Archivo mensual: julio 2013

Malí y un mes

Mali está ahí. Siempre lo ha estado. Me refiero a que desde un primer momento fue un destino que nos planteamos. El porqué no está muy claro. Supongo que las dificultades de visitar un país que está en guerra lo hacen más atractivo. Así que la decisión “obligada” de pasar por Malí nos llenó de emoción. Al principio.

Es cierto que era nuestra única opción de llegar a Ghana una vez anunciado que no pasaríamos por Guinea (quizás a la vuelta?), así que no hay otra. Tienes que pasar sí o sí. Y eso, quizás, fue lo que más me costó. No fue una decisión tomada relajadamente estirados en la cama de un hotel con aire acondicionado. Aunque, la verdad sea dicha, habíamos decidido pasar por Malí a la vuelta. Pero fue en caliente, sin reflexionarlo. Sin pensar en pros y contras. Y claro, si estás acostumbrado a ver las noticias y a escuchar lo que dice la gente y a leer foros de aventureros que hablan mucho sin salir de casa, pues le coges respeto a las cosas. Llámale respeto; llámale miedo. Y yo sentí miedo. Era algo inconsciente, algo que salía de mi interior. Llevábamos 20 días viajando y no sabíamos nada de la situación del país. Pero allá íbamos. Nos levantamos en Tambacounda, Senegal. Y las sábanas se me pegaban. Seguramente de forma más que consciente. Buscaba, sin conseguirlo, retrasar el momento de partir hacia Malí, hacia ese infierno que mi cerebro imaginaba influenciado por todo: los telediarios, los periódicos, internet, la familia, los amigos…

Pero llegó el momento de subirse a la furgoneta, de ponerse detrás del volante, de encender el motor. Y la tensión fue aumentando. Claudia era la diana perfecta para descargar mis miedos. De hecho era la única. Tuvo que soportar mis enfados y mis reproches por haberme llevado hacia donde inconscientemente no quería ir.

Y llegamos a Malí. La frontera fue un pequeño infierno. No por los funcionarios, sino por la cantidad de camiones que había. Se tiene que atravesar un poblado de estrechas calles de fina arena batida. Y cuando llevas una hora de cola detrás de estas moles que lanzan calor al exterior como si fueran hornos con ruedas llegas a la aduana. Sorpresa: “donde están los pasaportes sellados?”, logro entender. “No los tengo” pienso para mis adentros y empiezo a sudar. “Dónde los sello?” pregunto en un mal francés. Malo. Muy malo. Estaba al otro lado del pueblo. Eso significaba que teníamos que dar marcha atrás, sellar los pasaportes y volver a hacer la cola. Pero lo hicimos. Y no nos pareció tan mal. Por que te acostumbras a todo esto. La burocracia, las colas, las horas de espera, los funcionarios en sus cuchitriles llenos de papeles y suciedad. Lo que al principio te llama la atención y te desespera y te recuerda que eres occidental, ahora es un puro trámite que pasas sin más. Sin nervios. Sin miedos. Una sonrisa en la boca y cara de pardillo. Eso ayuda mucho. Será que algo ha cambiado en nosotros desde que pusimos los pies en África…

Así que después de unas dos horas y media ya estábamos circulando por Malí dirección a Kayes, a unos 200km de la frontera. Nos sorprendió la calidez de la gente y lo auténticos que son. Si les saludas con la mano, se les forma una sonrisa. Dejan ver sus blancos dientes, sus bocas abiertas. Ríen y se les ve felices. Y si paras, acuden a ti, pero no para venderte nada. En realidad sí. Te venden algo, lo que tienen. Pero si les dices que no, no les parece ningún desprecio, no insisten y rápidamente te dan las gracias y se van. No hay signos de violencia por ningún lado. Claro! Estamos en el sur y aquí parece que no haya habido guerra. Pero mi cerebro no quiere reconocerlo. Estamos en Malí y eso es lo que cuenta. Por suerte sus gentes son encantadoras. Y todos los miedos desaparecen.

Malí es tan bonita y su gente tan diferente al resto de lo que hemos visitados que volveremos. Nos ha encantado la experiencia. No tienes buenas conexiones a internet, no hay campings, no hay infraestructuras turísticas. Pero es maravilloso. Hemos vivido situaciones que no hemos podido vivir en otros países. Y es precioso. Mucho. Mi cerebro se liberó por fin de la tensión y empezó a disfrutar. Que maravilla viajar así.

Pero desgraciadamente sólo tres días han sido suficientes para dejar atrás este país. La segunda jornada fue maratoniana, con 670 kilómetros en 12 horas, problemas con la gasolina y circulando más de tres horas de noche, la prohibición máxima de los que viajan con coche por este continente. Llegamos a Bamako exhaustos, sucios, sudados y con ganas de meternos en la cama. Y eso hicimos para poder continuar al día siguiente hacia Sikasso, a solo 50 kilómetros de la frontera con Malí. Pero la aventura nos tenía preparada la primera sorpresa en forma de avería mecánica importante desde que salimos de Barcelona.

Al parar en una estación de servicio a repostar y mientras el gasolinero llenaba el depósito de la furgo con gasoil bueno (en Malí es muy difícil encontrar buen combustible) me dio por mirar la parte trasera. Vi una mancha a la que no di importancia. Aquí todos los coches pierden aceite. Pero esta vez observé como la mancha se iba haciendo grande. Sin duda la fuga la teníamos nosotros. Aparto la furgo y con la mano compruebo que es gasoil. Primer pensamiento: “mierda!”. Segundo pensamiento: “vale, vamos a ver qué pasa”. Al abrir el compartimento del motor encuentro que en la zona del primer inyector hay un charco de combustible. Pero después de comprobar veo que es un tapón del sobrante que está rajado. No tengo recambio para eso, pero esto es África y aquí lo arreglan todo. Encuentro al mecánico del pueblo debajo del suelo de una limusina Hummer (¡!) que había atraído la atención de todos los que allí vivían. Incluso los trabajadores de la gasolinera se habían acercado para ver el espectáculo. Le enseño mi problema, me dice que ahora vuelve y a los dos minutos aparece con un apaño de los que no se le ocurren a un mecánico europeo en 10 horas: un tubo de presión con un tornillo enroscado en la punta a modo de tapón. Fantástico! Lo coloca, arranco y observo como esa fuga queda reparada pero ahora pierde por otro lado. Un calentador nos quiere fastidiar. Me subo al techo, abro la caja de herramientas, cojo una llave de tubo del 10 y una llave inglesa. Bajo del techo, le meto un apretón sin mucha confianza. Arranco y… solucionado! Vuelvo al techo, cierro la caja de herramientas, ato todo fuertemente, me bajo y seguimos camino.

Sikasso forma parte de esas ciudades poblado medio caóticas. Dormimos en un hotel junto con toda una tropa de observadores de la UE. Sí, en Malí hoy domingo día 28, hay elecciones. Nos enteramos en la frontera, pero ya no había vuelta atrás. No nos hemos encontrado ni un problema desde que entramos. Y las tropas francesas solo las vimos en Bamako.

Salimos de Malí y en Burkina Faso nos reciben una cuadrilla de policías de lo más divertidos. Tanto que al enterarse de que estamos recién casados nos montan una boda improvisada, con abrazo incluido. Pasamos un buen rato y seguimos dirección a la aduana donde estaremos más de una hora esperando a que el funcionario tuviera ganas de ponerse a trabajar. Una vez se lo toma en serio y vuelve a su sitio, en cinco minutos salimos de allí. A los 500 metros, un control. Bajo y me voy a ver al funcionario a su garita. Me pide los papeles del coche, apunta lo que le parece como por ejemplo que el coche es un Volkswagen Castellón (cuando esa es la provincia donde lo compré) y me pide 2.000 cefars. Y por primer vez oigo a mi boca decir: “no, no pago si no me das un recibo” y la cara del militar empalidece. “Cómo? No quieres pagar? Aquí paga todo el mundo!”. Sentía miedo, pero estaba lanzado: “si no me das un recibo, no te pago”. Salgo de la garita y le digo a Claudia que prepare 2.000 cefars (por lo que pueda ser). El funcionario aparece a lo lejos, me grita y me dice con la mano que siga. Me siento medio orgulloso de lo que acabo de hacer, medio temeroso de las represalias que puedan llevar a cabo en el siguiente control. Pero no, no pasa nada…

Así que seguimos disfrutando de un paisaje cada vez más verde y frondoso. Al cruzar un puente vemos a unas mujeres lavando la ropa. Paramos, cogemos una tela y nos bajamos con ellas. Les pido que me enseñen cómo se hace. Me pasan el jabón y se ríen un buen rato de mi poca habilidad para lavar la ropa en el río. Decidimos ir hasta Bobo, la segunda ciudad de Burkina Faso. De momento, la avería sigue solucionada… Y por cierto, hoy cumplimos un mes de aventura!

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Toubab! Hombre blanco

Querer descansar cuando estás viajando por África es legítimo. El calor, la comida, el idioma, las relaciones con la gente… todo te agota. Y este continente tiene ugares en los que relajarse. Uno de ellos es la Casamance, en el sur de Senegal. Cruzas Gambia como tú quieras, rápidamente o de forma lenta. Y después ya puedes empezar a relajarte en las playas senegalesas de más renombre. Las fronteras se pasan rápidamente. Los policías son amables y te dicen qué tienes que hacer en cada momento. Así que en 10 minutos ya has pasado las dos, la de Gambia de salida y la de Senegal de entrada.

Kafountine. El nombre que nos abría las puertas al descanso y al paraíso semi- tropical. Antes de salir de Barcelona habíamos decidido pasar unos días a modo de luna de miel en un hotel de la Casamance. Y allí íbamos. A disfrutar del no hacer nada, del tomar el sol, del dormir en una cama…
Llegamos a esa población rápidamente. Seguíamos las indicaciones del Esperanto Lodge, donde nos esperaban para el día siguiente según nuestra reserva de Internet. “Mira! Aquí hay un letrero que indica que debemos coger este camino”. Y giro sin más. De repente aparece ante nosotros un camino de basuras y agua estancada, con sus cabras adornándolo todo. Claudia, que no había visto el letrero indicativo empieza a dudar: “estás seguro de que ponía Esperanto Lodge?”. “Sí, a tres kilómetros… creo”. Así que decidimos seguir. Empezamos a pasar charcos cada vez más profundos. 1 kilómetro. 2 kilómetros. 3… Y por fin, nuestro destino.

No se sorprenden de vernos llegar con un día de antelación y sin avisar. Aquí no se sorprenden por nada. Nos dan la llave de la cabaña y nos dicen que a las 20h estará la cena lista. Ellos eligen el menú. Nos duchamos, nos acicalamos y ya estamos listos. Cenamos, una infusión y a dormir. A la mañana siguiente un buen desayuno, un poco de lluvia, un rato de playa, una buena caminata y una siesta de dos horas. Por la tarde, nada. Y por la noche, nada. Bueno sí, decisiones importantes sí que tomamos… Pero aquí, a la Casamance, se viene precisamente a eso: a no hacer nada. Y nosotros fuimos muy aplicados.

Esas decisiones aportan cambios importantes en el proyecto de 10fronterasfotofurgo. Ya habíamos comentado que no íbamos a visitar Guinea-Bissau. Pero la novedad más importantes es que tampoco vamos a ir a Guinea Conakry. La noche del segundo día leímos aterrados que en N’zerekore, una de las ciudades que están en la ruta que debemos seguir para ir a Costa de Marfil, han quemado vivos y degollado a 54 personas. Son confrontaciones étnicas que cuando se inician son muy difíciles de controlar y que se contagian rapidísimamente por todo el territorio. Estamos avisados por una web de periodistas españoles que trabaja en Conakry de lo frágil de la situación, ya que este país está en pleno periodo de elecciones y el vacío legal que se produce es el caldo de cultivo ideal para las revueltas y los abusos de unos sobre otros. Sin control.

Así que una vez tomada la decisión de no pasar por Guinea (así es como se le llama en África, a secas, sin Conakry) la única ruta que nos permite llegar a Ghana es pasar por Mali. Sopesamos la situación, lo comentamos con otras personas y al final decidimos ir. No disponemos de visado, así que nos tocará volver a Banjul, la capital de Gambia, a hacerlo. No tuvimos suficiente con la búsqueda desesperante del visado para Guinea (un visado que finalmente no vamos a usar…) sino que ahora nos animamos y volvemos a por otra ración de nuestra particular búsqueda imposible. Así que a la mañana siguiente ponemos rumbo a Banjul. En la frontera nos preguntan qué ocurre con nuestro “up & down”. Se lo explicamos y todo ok. Llegamos a Banjul sobre las 14h de un domingo. Deberemos esperar al lunes. Volvemos al Camping Sukuta, donde Christian, el austríaco que viaja en bici, sigue cuidando de Adonis, el perro del dueño del camping (que está de viaje a Alemania). Le explicamos qué ha ocurrido y nos comenta que el lunes es fiesta nacional en Gambia. Pues nada, lo celebraremos con los gambianos. Bueno, no. Nos iremos a la playa con Christian, que nos ha dicho que conoce una muy limpia y donde no hay nadie.

Pasamos la tarde intentando colgar la colada que hicimos en la Casamance, donde nos llovió toda la noche y fue imposible secar. Pero aquí parece que tampoco nos va a dejar. La colgamos, pero la humedad hace que sea tarea imposible. No corre nada de brisa. El calor es asfixiante. Sudas sin hacer nada más que respirar. La noche será larga pese a dormir con todo abierto: puertas, ventanas, portón lateral, portón trasero…

La mañana llega rápidamente. A las 6 ya es de día. Recogemos la ropa, que sigue húmeda y nos vamos a buscar algún lugar con wi-fi. Lo encontramos en la zona más turística, pero mientras miramos el correo y demás, la red se cae y Gambia se queda sin Internet. Este país merece un post a parte. Por un lado es agradable. La gente sonríe, los niños de las aldeas gritan “Toubab!” (algo así como hombre blanco) cuando te ven. Por el otro, a la mínima que te adentras, ves sus miserias tan acentuadas que te sorprende. Por que en Gambia todo es bonito, todo está bien, todo es seguro. Pero descubres que es una fachada a punto de derrumbarse. Y al final te cansa de tanta falsedad.

Por la tarde vamos a la playa con Christian (en coche, no en bici…) y la verdad es que supera todas nuestras expectativas. Está limpia, es grande y solo para gente autóctona. Nos reciben muy bien, con sus amplias sonrisas. Pero esta vez no nos piden nada a cambio. Disfrutamos de un fantástico baño, nos reímos con Adonis y su habilidad para surfear, ayudamos a unos pescadores a meter su barca en el agua y vemos como se aproxima una tormenta tropical de primer orden. Nos vamos al camping, donde tenemos más ropa colgada (la de color…). Llegamos a tiempo para recogerla, pero cuando nos ponemos a cenar empieza a llover abundantemente. Esto es la estación húmeda, así que hay que aguantarse.

El martes vamos en busca de la embajada de Mali. No la encontramos por que, sencillamente, no hay. Pese a que en la guía y en Internet aparece. “Nos harán el visado en la frontera”, decidimos nosotros mismos. Así que empezamos a desplazarnos hacia Mali. No salimos hacia Senegal, donde las carreteras son pésimas, sino que circulamos por Gambia con unas infraestructuras dignas de cualquier país europeo. La cooperación internacional está presente en todos y cada uno de los poblados que cruzamos. Y hay uno cada 500 metros. Parece como si los gambianos estuvieran acostumbrados a pedir y que se les dé todo lo que piden. Si no es Noruega, es Italia. Y si no, España. O Francia. O Inglaterra. Gracias a este último país podemos dormir apaciblemente en un campamento Scout en la pequeña localidad de Soma.

Llegamos por una pista de tierra y lo vemos a la izquierda. Abdullah, un guía con el que conversamos en una parada para descansar y que habla un perfecto español, nos había puesto sobre aviso de la existencia de este campamento. Lo encontramos rápidamente y somos bienvenidos. Es un campamento de Scouts ingleses que vienen cada año en diciembre. Así que ahora no hay nadie más que los cuidadores y los chicos Scouts del pueblo. Hablamos con ellos (de fútbol, como no) y cuando llega la hora de romper el Ramadán (a las 19.30) nos invitan a sentarnos con ellos. Pollo con pasta de arroz, patatas y lechuga. No tiene muy buena pinta, pero está buenísimo y para un vegetariano como yo es una buena manera de comer algo de carne sin mirar mucho qué comes…

A la mañana siguiente nos ponemos en marcha muy pronto. Son las 7h. Hay una luz espectacular y un movimiento que no habíamos visto. Los campesinos aprovechan las horas más frescas para labrar el campo (a mano…), recolectar, abonar, arreglar un tractor o lo que se tercie, que en África se tercian muchas cosas…
Finalmente no nos queda otra que volver a Senegal y sus carreteras infernales. SI te alejas de la red principal que rodea a Gambia, no puedes pasar de 10km/h a riesgo de reventar el coche, la furgo o el camión por los terribles socavones que hay cada tres metros. Tambacounda es el lugar escogido para descansar antes de seguir hacia Mali.

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Pequeños accidentes africanos

Llegamos a Gambia por una de las peores carreteras nacionales que nos hemos encontrado no sólo en África sino en cualquier sitio en el que hayamos estado, juntos o separados. Primero el tráfico de salida de Dakar, que es denso como el cemento cuando empieza a fraguar. Pero lo superamos. Aquí se supera todo con paciencia.

Miramos el mapa y decidimos que podíamos entrar a Gambia por Karang, un pueblo fronterizo al que llega una carretera nacional que sale de Kaolack. Kaolack es una pequeña ciudad de paso entre Dakar y el interior de Senegal. Llegamos pasadas 3 horas para hacer 190km, con unos 30 últimos donde no se podía pasar de 20km/h al ser una especie de gincana de esquivar socavones. Y al pasar al lado de un autocar de línea, la furgo empieza a moverse. Un ruido seco. Y suenan las bocinas. Algo pasa. Miro por el retrovisor y veo cristales volando. Me paro enseguida y bajo de la furgo sin saber aún muy bien qué ha ocurrido. Me señalan la baca. Miro y me doy cuenta de que la palanca del gato Hi-Lift se ha soltado por los baches y se ha abierto, quedando perpendicular al sentido de la marcha. Y al pasar por el lado del autocar lo he golpeado de arriba abajo llevándome por delante el retrovisor. “Madre mía! Y ahora qué?” me pregunto. Esto no sale en las guías…

Si normalmente nuestro francés deja mucho que desear, con los nervios se parece más a un idioma inventado que a una lengua reglada. Aparecen cinco personas que empiezan a hablar todos a la vez. No entendemos nada, así que saco el seguro y le pido al conductor que me enseñe el suyo. Desaparece (al autocar no va) y vuelve al cabo de cinco minutos con algo que parece ser un seguro. Evidentemente, no tiene. Insisto en hacer un parte, pero claro… alguien sabe cómo se dice eso en francés? Yo no. Y Claudia tampoco. Ellos insisten en hablarme todos a la vez y decirme que si no les entiendo es mi problema, así que me pongo a hablar en catalán con cara de cabreado preguntándoles “tu ara m’entens? Oi que no? Doncs aquí tots callats, hostia!”. Empiezan a callar. Al final me piden 5.000 cefars por el retrovisor o llaman a la policía. Les digo que la llamen, que no tengo miedo, aunque la verdad es que estas cosas se te pueden girar en contra siendo blanco. Les digo que no les pago más de 1.000 cefars por el retrovisor y me dicen que no, que 3.000 o policía. Así que vuelvo a poner cara de cabreado y les digo: “ok, ale a la pólice!”. Y me subo en la furgo. Al segundo me dicen que 1.000 cefars está bien. Se los doy, atamos el hi-lift de nuevo y seguimos con el susto en el cuerpo.

Para llegar a la frontera de Karang la carretera está recién asfaltada. Ja!! Asfalto nuevo, sí. Pero sólo 5km. Después se convierte en una pista que reúne todos los requisitos para reventar no solo los neumáticos, sino todo el vehículo. Poco a poco vamos avanzando a menos de 10km/h. Todo cruje en el interior de la furgo. Los muebles se descolocan, los tornillos se sueltan, los amortiguadores se fatigan. Un infierno para la mecánica…
Yo había leído que el último ferry que cruza el río Gambia sale a las 18h. Y son las 17.30. Así que siendo imposible llegar decidimos parar a dormir en Toubacouta, el último poblado senegalés antes de la frontera. Aquí hay varios sitios donde dormir. Miramos dos, y nos decantamos por el que tiene Internet. Gran error. Al entrar en la habitación (no se puede dormir en la furgo, pero son muy baratas) se me llenan los pies de pulgas. Le digo a Claudia “recoge que nos vamos”. Avisamos a uno de los trabajadores (el dueño se ha ido a Dakar) y le intentamos hacer entender en vano lo que ocurre. Entre que nosotros no hablamos fluidamente y que él no pone de su parte, no hay manera. Lo único que nos ofrece es otra habitación, que comprobamos a fondo. “Parece que aquí no hay pulgas. Nos quedamos”, le digo a Claudia.
Una ducha, cenamos una ensalada Florette que habíamos comprado en Dakar por 3.900 cefars (casi 6 euros.) y nos metemos en la cama aún con luz solar. A la mañana siguiente nos esperan las fronteras y queremos llegar pronto para evitar colas.

A las 7 de la mañana ya estamos duchados y listos para seguir. En 30 minutos hemos llegado a la frontera, la hemos pasado y alcanzamos el ferry. Estamos en Barra. Compramos los tickets y cuando vamos a entrar en la zona del “puerto” nos viene un hombre sin uniforme y nos enseña una acreditación. Es un policía antidroga. Nos aparta de la cola y nos revisa toda la furgo. Cuando se cansa de mirar y preguntar, nos da el OK para continuar y pasamos directamente a la zona portuaria. Ya habíamos perdido el ferry anterior. Nos tocará esperar 1 hora a que vuelva. Nos sentamos con unos gambianos y el poder hablar en inglés nos facilita mucho las cosas. Preguntamos, nos preguntan, hablamos, reímos… Pasamos un buen rato. Esta gente, aunque te pide dinero por todo, es muy simpática. Lo del dinero no es problema. Les dices que no y te dicen que vale, siempre con la sonrisa. En ese rato de charla nos enteramos de que el ferry no para nunca. Incluso de noche funciona…

Cuando llega, la gente se vuelve loca y empieza a apiñarse. Primero los coches y camiones. Después las personas. Ese es el orden. Un orden que desaparece en cuanto se abre la barrera…
Nosotros tenemos casi asegurado nuestro pase en ese ferry. Si no, deberemos esperar al siguiente. Uno de los trabajadores del puerto viene hasta nosotros y nos dice que si le damos algo de dinero, él nos “ayuda” a entrar en este turno. Le decimos que no, que no necesitamos su “ayuda”. Hace un último intento de dejarnos fuera, pero no lo consigue. Hemos estado hablando todo el rato con su superior. Era uno de los integrantes de ese grupo con el que conversamos y le caímos muy bien. Así que al final entramos los penúltimos. Detrás nuestro, un Mercedes-Benz que se apoya literalmente en nuestra furgoneta y que lleva el maletero colgando encima del mar. Yo siempre me pregunto cómo es que no hay más hundimientos de ferrys de este tipo, porque la sobrecarga es más que evidente. Después de 45 minutos alcanzamos la otra orilla: Banjul, la capital.

Salimos de Banjul casi sin darnos cuenta dirección a Serekunda, donde están las infraestructuras turísticas más importantes del oeste africano. No vemos nada. Es igual que el resto de países. Arena, suciedad y mucho tráfico. Los hoteles están escondidos frente a las playas, sucias de plásticos y demás basuras. No le encontramos el encanto que sí que parecen encontrarle alemanes e ingleses.
Localizamos el Sukuta Camping, donde dormimos perfectamente. Ah! Y cenamos pizza… En ese camping conocemos a Christian, un austríaco que lleva 15 años viajando, los últimos siete meses con bici. Ahora está instalado en el Sukuta, donde tiene cobijo a cambio de cuidar al perro del propietario… Nos explicamos unas cuantas anécdotas e intercambiamos experiencias. Es un placer hablar con otro viajero.

Nos toca ir a buscar el visado de Guinea. No visitaremos Guinea-Bissau porque no te lo recomienda ni su propia embajada. Es el punto de entrada de drogas a África, donde siguen camino a Europa gracias a gente de no muy buena reputación. Y podemos encontrarnos con problemas. Así que lo descartamos.
La embajada de Guinea en Banjul ha desaparecido. No está donde debería. Les preguntamos a unos policías y nos envían al consulado, que está entre Serakunda y Banjul capital. No nos lo creemos, así que vamos a un internet café y lo buscamos. Pues sí, internet dice lo mismo… Estamos más de una hora buscando el consulado, preguntando en embajadas cercanas, en empresas… nada. No parece que esté allí. Finalmente paramos en un cuartelillo de la policía y nos dicen que ha cambiado de lugar, que ahora está en Serekunda. Siguen igual. Nadie te dice nada concreto. Que lo busques…

Evidentemente, no lo encontramos ni a la de tres. El calor nos está derritiendo. Bebemos agua y todo lo que bebemos lo sudamos. Hay tráfico. Mucho. Y para colmo, un taxi se estropea en medio de la calzada con 6 personas dentro. Todos los coches pasan por su lado. Llegamos nosotros con la furgo y justo en ese momento al pasajero de atrás le da por abrir la puerta de golpe. Adiós puerta. Me la llevo puesta de regalo… La suerte es que una mujer policía lo ha visto todo. Bajo, aparece esta policía, habla con el taxista, le pregunta de quién ha sido la culpa y señala a ese pasajero. A mi me dice que ya puedo continuar… Nos vamos, pero con un buen recuerdo en la chapa de nuestra furgo… No entiendo para qué sirven los seguros que te hacen pagar en las aduanas…

Vemos otro internet café. Aparcamos delante y entramos en un último intento de encontrar algo. Es viernes, son las 12:30 de la mañana, llevamos casi 4 horas buscando el consulado y el sábado y el domingo no trabajan. Finalmente en un foro aparece una información. Hay consulado de Guinea y está en Serekunda. Lo malo es que no está la dirección. Seguimos buscando y al final encontramos algo que parece ser una calle: Mosque Road, 151. Allí vamos sin saber si es el consulado de Guinea o el de Guinea-Bissau. Llegamos, preguntamos y sí. Finalmente lo hemos encontrado! El cónsul, estirado en un sofá, nos recibe con cara de pocos amigos, pero Claudia empieza a hablar de su país, de las cosas que hay que ver, de lo bonito que parece… y entablamos conversación. Nos dice que volvamos a las 15:30 para recoger el visado. Nos vamos a comer algo a la furgo. Aparecen tres niñas sordas pidiéndonos agua. Les damos agua y se comen nuestros bocadillos con sus ojos. Claudia les prepara una rebanada de pan de molde con mantequilla para cada una. La cara se les ilumina. E igual que aparecen, desaparecen.
Tras un rato de esperar (y de sudar), vamos a recoger los visados. Y ponemos rumbo a la zona de Cassamance.

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Maravillas senegalesas y otras cosas…

Senegal te recibe con los brazos abiertos y te atrapa. Es lo que nos ha pasado. Llevamos 5 días enteros en el país y todavía estamos en Dakar. Las razones son sencillas. La primera se llama Saint Louis. Es una pequeña ciudad colonial al norte del país que posee un carácter propio. Sus gentes son alegres y están encantados de verte. Y si te sacan unos cefars, más todavía. La moneda oficial es el Franco CFA que responde a las siglas de Franco de Colonias Francesas de África, pero todos le llaman cefars. Allí fuimos buscando algún sitio en el que dormir y nos encontramos el Camping Ocean, que forma parte de un hotel, el Dior. Viniendo de Mauritania y habiendo dormido en una gasolinera el día anterior, este camping nos pareció el paraíso. Y decidimos quedarnos a descansar y recuperarnos del palizón de cruzar la frontera de Rosso. Piscina, acceso directo a la playa, sombra, tranquilidad, buena comida. Y nos gustó tanto que decidimos quedarnos un día más…

La “tortura” llegó al día siguiente. Nos metimos en el cuerpo un montón de kilómetros: 20 en total. Sí, no está mal escrito. 20, sin ningún cero de menos. Fue el recorrido que separa Saint Louis de un punto de encuentro de overlanders: el Zebrabar. Pensábamos que el paraíso estaba en el Ocean, pero nos habíamos equivocado. Llegamos allí para buscar consejo, pues habíamos leído que el propietario (un suizo llamado Martin) informaba de casi todo lo informable en Senegal. Así que allí nos plantamos. Después de hablar con él un buen rato y de quedarnos tranquilos con el tema de si renovar o no el Carnet du Passage en Doune (CPD) en Dakar con un límite de 48 horas, de qué hacer si nos paraba la policía y nos pedían papeles que no nos debían pedir, de si acceder a Gambia y salir era más fácil o más difícil que entrar en Senegal y unas cuantas cosas más nos sentamos a tomar un agua fresca.

Y nos quedamos maravillados con lo que vimos. Es inexplicable. No hay palabras. Se tiene que ver. Y lo vimos. Tan claro lo vimos que ninguno de los dos se atrevía a proponer lo que ambos deseábamos: quedarnos allí por lo menos una noche. No es solo el paisaje, con la laguna salada donde bañarte; ni las mesas al borde del agua en las que pasa un viento refrescante; ni los niños del poblado que comparten contigo risas y juegos sin pedir nada a cambio; ni siquiera los baños y las habitaciones para huéspedes que se integran en el paisaje perfectamente. Es eso junto y el ambiente que se respira. Hablando con Martin nos comentó que él todo estuvo 25 años viajando por África (fue vendedor de coches que compraba en Europa y vendía en Túnez y Níger) y que sabía perfectamente lo que el aventurero busca cuando lleva días y días viajando. Y es cierto que lo sabe. Sin estrés de ningún tipo, en medio de un parque natural, sin luz eléctrica (solo placas solares), sin agua caliente “artificial”, sin internet, con hamacas por todas partes, con perros, con gatos, con sus hijos, con la laguna, con la naturaleza, con un torreón a modo de observatorio, con rayos y truenos, con calor, con viento, con arena, con sus amables trabajadores, con su acordeón, con sus charlas…
Le caímos bien. Cenamos juntos, con su hija mayor y su nueva pequeña, una senegalesa de 19 meses increíblemente alegre en proceso de adopción. Y cenamos todos los que allí estábamos tras un pequeño concierto que Martin dio con su acordeón y que es la llamada a los que tienen hambre. Por que en el Zebrabar tampoco hay radios que desgarren los oídos con música que no siempre apetece escuchar. La música la pone él cuando quiere. Y siempre acierta.

A la mañana siguiente nos despedimos con mucha pena. Casi tanta pena como ganas de volver cuando estemos de regreso. Y enfilamos hacia Dakar. Teníamos que parar en la capital para hacer visados. Necesitábamos el de Gambia, el de Guinea y el de Ghana. Pero decidimos ir al Lago Rosa, que está fuera de Dakar, a unos 30km al norte. Solo pensar en llegar al Lago Rosa con la furgo me ponía los pelos de punta. Y a cualquier aficionado y soñador de aventuras africanas, también. Allí es donde acababa el mítico Paris- Dakar. El auténtico. El que creó Thierry Sabine en 1979. Y allí llegamos al atardecer. Hicimos unas cuantas fotos para dejar claro que el Lago Rosa no es tan rosa como se veía en las llegadas del raid. Una segunda decepción, pues yo ya había estado en el lago hace unos cuantos años y tampoco lo pude ver rosa… En fin, quizás en otra ocasión.

Nos quedamos a dormir por la zona, llena de campings y hoteles. Escogimos uno de ellos por el que pasamos sin pena ni gloria. Sólo uno de los huéspedes del hotel (en Senegal hay muchos Hoteles-camping) nos alegró la estancia al interesarse en el proyecto que llevamos a cabo junto a Volkswagen Vehículos Comerciales. Ya era lunes, así que podíamos ir a las embajadas. Planificamos el desplazamiento con suficiente antelación, pero sin pensar (una vez más) que esto es África y que las cosas no se pueden planificar. Dakar capital nos recibió con un monumental atasco. Unas obras dificultaban aún más el denso tráfico de esta metrópolis. Una vez las pasamos, directos al centro. Nos plantamos en la puerta de la Embajada de Gambia… y estaba cerrada. Un chico que estaba por allí nos dijo que la habían trasladado al aeropuerto. Y que la de Ghana también estaba allí. Debíamos desandar unos 12 kilómetros para llegar al aeropuerto. Suerte que el tráfico era fluido.

Pero en el aeropuerto nos dicen que no, que la embajada de Gambia no está allí. Vueltas y más vueltas hasta encontrar un agente que se iluminó y nos envió a la ventanilla de Gambia Airlines, donde también nos dijeron en un primer momento que la embajada seguía estando en el centro. Insistimos hasta que cogieron el teléfono y llamaron a la embajada. Por suerte para nosotros (nos veíamos volviendo otra vez a Dakar) les dijeron que teníamos razón y que habían cambiado de ubicación. Nos enviaron “por aquí detrás”, dejando claro algo que ya venimos viendo desde que pusimos los píes en este continente: que los africanos no saben dar indicaciones. No hay nadie que te diga exactamente donde están las cosas. Te dicen: “sí, por allí está” o “si, sigue por aquí” o “está cerca de aquí”. Finalmente la encontramos junto a la de Ghana. Escogimos parar primero en la de Ghana, donde nos ponen problemas para darnos el visado al no vivir en Senegal. Ya os contaremos cómo termina la cosa…

Resignados, nos vamos a la de Gambia. Nos reciben, nos dan el formulario para los datos y nos hacen entrar en una sala para rellenarlo. A mi se me ocurre poner que necesitamos un visado de Transito. Al entregar lo papeles la chica nos dice que qué es lo que queremos, que si un visado de tránsito o uno de turismo. Como no vamos a estar más de 48 horas en Gambia le digo que uno de tránsito. “Muy bien” dice la chica. Bueno, toda esta conversación la tuvimos en inglés, que es el idioma oficial de Gambia… Volvemos a la sala. Perfecto por que tiene aire acondicionado, un lujo al que no estamos acostumbrados. Pero hablando, al final decido volver a hablar con la chica y pedirle que tache lo de Transito y ponga Turismo. Me suelta un sermón-bronca y me da de nuevo los formularios para volver a rellenarlos, pues según ella “se deben tener las cosas claras y no ir haciendo borrones”. “Claro, aquí sois todos muy ordenados y tenéis las cosas muy claras”, pensé para mis adentros. Me vuelvo a la sala. Otra vez rellenando formularios. Acabamos. Salgo de nuevo. Se los entrego y vuelvo a la sala a esperar turno. Un turno que llega 40 minutos después, cuando se abre la puerta y nos señalan. Nos levantamos y acudimos a la ventanilla de la chica de siempre. Nos dice que son 45.000 cefars cada uno. Lo pagamos y de nuevo a la sala. Tras otros 40 minutos de espera, se vuelve a abrir la puerta, nos entrega un recibo y nos dice que volvamos mañana, que hoy ya no nos lo dan. “Eso es tener las cosas claras”, volvía a pensar de nuevo para mis adentros. Pero no pasa nada. Poco a poco les vas cogiendo el pulso a este continente.

En Dakar no hay campings, así que nos buscamos un hotel cerca de la zona de las embajadas y encontramos el Maison Abaka, en Ngor Beach. Es punto de encuentro de surfistas y nos sale más barato que un camping con muchas más comodidades. Nos planteamos si no hemos estado haciendo el primo todo este tiempo… Aquí tranquilidad no hay mucha, pues está en frente de la playa y los juegos de los senegaleses no son precisamente tranquilos ni silenciosos, pero la verdad es que se está muy bien. También parece un refugio para animales. La propietaria, Isa, recoge todo lo que ve por la calle. Hay tres gatos más uno nuevo que recogió una noche, una perra muy curiosa, un pelícano juguetón (aunque a veces da miedo cómo “juega”), un mono y un loro. Todos recogidos de la calle. Aquí nos quedamos hasta recibir el visado de Gambia intentando, además, solucionar el tema de Ghana.

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Una tarde de fotos

Claudia está disfrutando. Le gusta el contacto con la gente y Senegal le ha permitido, por fin, pasárselo bien haciendo lo que ha hecho de su afición una manera de vivir: fotografías.

Tendríais que verla como se va acercando a las personas. Les habla dulcemente, como es ella, con cariño y de tú a tú. Nunca se sitúa por encima de nadie. Nunca se cree superior. Y la gente de este continente, que al principio desconfía de una persona blanca, poco a poco va abriendo su corazón y acaban mostrándose tal y como son, alegres, simpáticos, sonrientes, bromistas.

Al final consigue pasar desapercibida. Ya no le hacen caso y los corros de curiosidad cuando saca su cámara y empieza a hacer fotos; los posados de estrellas del hip-hop con los brazos cruzados y la cara seria; la demanda de “ahora a mí”… desaparecen. Los niños vuelven a jugar en el muelle de madera. Se lanzan al agua salada de la laguna. Y ese es su momento, cuando no deja de abrir y cerrar el diafragma, de encuadrar, de quemar, de difuminar los fondos. Ese es el momento que ella estaba esperando. El momento que ha estado buscando todo el viaje. El momento en que capta todo lo que quiere. Y a la vuelta sus sonrisa le delata. Ha disfrutado.

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Errores que no se deben cometer

De Nouakchott a la frontera con Senegal hay 200km. Atraviesas poblados bereberes que te hacen preguntar cómo viven estas gentes, de dónde sacan para comer algo cada día. No es dinero lo que les falta (que también…), pues en Mauritania lo que no hay son cosas para comprar. Es que no podemos imaginar qué pueden llevarse a la boca. No es el país más pobre de los que visitaremos, pero es impactante para un europeo encontrarse tan rápidamente con zonas donde el 69% de la población vive con menos de un dólar al día.

Cuanto más al sur, peor. Las carreteras están rotas y solo caben dos coches muy justos. Si te encuentras con un camión, te vas al arcén. Es la ley del más fuerte. Nos ponemos en marcha pensando: “solo son 200 kilómetros. Los haremos rápido”. Primer error de un día cargado de errores. En África las distancias no se cuentan en kilómetros. Se cuentan en horas. Segundo error: no poner gasoil saliendo de Nouakchott, sabiendo además que la gasolinera más cercana estaba a 200 kilómetros, a la entrada de Rosso. Tercer error: confiar en un GPS antes que en las indicaciones de un lugareño. Así pues, ya os podéis hacer una idea de cómo transcurrió el desplazamiento. Fuimos mucho más lentos de lo esperado, sin carburante (primera ley de África: pon gasoil siempre que puedas…) y a una de las fronteras más odiadas por los overlanders: Rosso.

Por el camino, además, cometimos otro error, el más grave quizás. En un control de carretera el militar de turno nos dijo que su hermano trabajaba como transito en la frontera mauritana. Nos pareció buena idea que nos llevara el tema de papeleos. Fue llegar a Rosso y empezar nuestro calvario. Entramos la furgo a la zona de aduanas con la frontera cerrada y nos salimos. Mal. Nunca debimos salir de allí. No pudimos volver a entrar hasta las 15h de la tarde (eran las 14:00) y durante todo ese rato fuimos los monigotes de una tal David, el hermano del militar. Nos llevó a comer a una casa particular donde nos cobraron. Nos comentó que en Senegal ahora se necesitaba visado (sí, desde el 1 de julio se neceita…), que en la frontera de Mauritania se tenían que pagar casi 100 euros para conseguir la salida, cuando a la entrada pagamos 10, que los trámites en Senegal cuestan otros 150 euros (todo esto en moneda del país, claro), que si en el otro lado del rio, o sea Senegal, no hay garitas de cambio y se tiene que cambiar allí (cosa cierta, pero a su manera), que sí necesitaremos un guía en el otro lado… Y un montón de cosas más que lo único que hacen es despistarte.

Juramos que nunca daríamos los pasaportes o los papeles del coche a uno de estos tipos. Y a la primera de cambio, nos quedamos sin ellos. Empezó un baile de idas y venidas con nuestros pasaportes, los papeles del coche y mi carnet de conducir. Y nosotros sin saber nada porque nada te explicaban. De repente: “corre, corre! Al coche!” nos subimos y embarcamos en el ferry. Sin nuestros pasaportes y sin los papeles del coche y sin mi carnet de conducir. Los llevaba el supuesto “hermano” de David, un tal Omar. No había manera de que nos los devolviese. Desembarcamos en Senegal. Lo primero: “Visa”. “Pas de visa” les decimos. Pues sin visa “no sello”. Para conseguir el maldito sello tienes que presentar un justificante de haber rellenado el formulario de petición de visado a través de Internet. Vamos a una especie de garito donde los ordenadores deben funcionar con un modem de 56k. O menos… Después de casi media hora rellenando un formulario, Omar dice: “vamos a la policía que os darán el sello sin formulario porque conozco al jefe”. Confiados, vamos con él. Bueno, confiados y porque tenía todos nuestros papeles. Llegamos a donde supuestamente dan el sello. Nada. Sin visa no hay manera de entrar. Nos lleva entonces a otra zona de la aduana para “arreglar” los papeles del coche. Disponemos de Carnet du Passage en Doune, un papel imprescindible para entrar en Senegal con un vehículo de más de 5 años de antigüedad y que se gestiona en España con aval bancario de por medio. Todo esto para evitar que vendas el coche. Como si tuviéramos pintas de vender la furgo en Senegal…

Ahí nos empieza a pedir dinero. “Todo va con recibo, confía en mí”. No tenemos otra opción. Nos tiene atados de pies y manos. Después, a otro lado a no sabemos qué. Y vuelta a empezar. Que si a la garita de policía donde ponen el sello, que si a lo del coche, que si a no sabemos donde. Y otra vez. Y otra vez. Y una más. Y otra. Mi desespero va en aumento y cuando después de 3 horas le digo que ya está bien, que me cuente como está el tema, me dice que el no lo soporta más y que nos espabilemos. En ese momento la desesperación y la impotencia es total. Continuamos una hora más detrás de este tipo que no nos solucionó nada. Al final dice que se va, que está de Ramadán y que esta “tres fatigué”. Pero que nos deja con otro amigo suyo, igual de jeta y aprovechado. Volvemos entonces a la policía del sello. Nada. Sin el maldito formulario no hay visado. Así que volvemos a ese antro de Internet y después de una hora y de pagar 52 euros cada uno nos dan un provisional. Para el visado definitivo tienes que esperar. Encontramos a dos chicos franceses que llevaban tres días esperando para conseguirlo, pero el mail no les llegaba (finalmente les llegó).

Con ese papel y gracias a que hace solo 10 días que empezaron con toda esta tomadura de pelo, les colamos un gol. Les dijimos que ese era el papel que nos pedían. Y en media hora, el sello. Con el sello en nuestros pasaportes, fuimos a acabar de arreglar el tema del vehículo. Media horita más. Noche cerrada ya hacía un par de horas casi. Finalmente lo conseguimos. Asqueados, enfadados, rabiosos y humillados por el gran timo de esta gentuza que se hacen llamar guías de tránsito, nos fuimos de Rosso para, esperamos, no volver nunca más.

Dormimos a 15 kilómetros, en la primera gasolinera que encontramos. Por fin. Un mal sabor de boca que nos quitó rápidamente el chico que trabajaba en esa gasolinera, todo un ejemplo de amabilidad y simpatía.

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Dejamos atrás Marruecos y empezamos a cruzar Mauritania

La carretera seguía y seguía y seguía. Las rectas del sur de marruecos camino al Sahara son interminables. Y aburridas. No hay nada que ver. No hay nada que observar. El paisaje que al principio llama tanto la atención va dejando paso a la indiferencia. Nada. Esa es la palabra.

Pero entre esa nada encontramos un oasis en forma de campamento beduino. Así se llama: Camp Beduin. Lo regenta una pareja, ella árabe y él, francés. El enclavamiento posee una fuerza que no se puede percibir en ningún otro lugar del sur de Marruecos. Su haima lo domina todo. Y la cocina de Hafida, que así se llama ella, es de otro planeta. No hemos comido tan bien desde que salimos de Barcelona. Y eso son muchos kilómetros de pruebas diarias… Sopas, tahin de camello, de pollo con arroz, de verduras, queso de sus cabras y un desayuno que es imposible de acabárselo. Podéis ver las fotos de las comidas en el post que Claudia ha colgado en su blog. El camp se encuentra lejos de la carretera (4’5km de pista) y cerca de las lagunas saladas que hay por la zona y eso hace que el agua de la ducha sea ligeramente salada (solo ligeramente). Y no hay luz eléctrica. Bueno, sí la hay gracias a un generador, pero no funcionaba. No nos importó en absoluto. Y menos todavía sabiendo lo que nos esperaba al día siguiente.

Nos despertamos descansados. Y devoramos el desayuno que nos había preparado Hafida. Nos pusimos rumbo, de nuevo, hacia la nada, que se rompía de vez en cuando por un control policial. Por cierto que no hemos vuelto a tener ningún intento de soborno por parte de ningún policía. Y llegamos a Dakhla. Entrar en la bahía es descubrir un mundo occidentalizado. Hay algún purista que se queja de la incipiente masificación de la zona. A nosotros nos pareció genial. Dakhla ha desplazado a Essaouira como meca del kite surf y la verdad es que no nos extraña en absoluto. Si bien la ciudad no tiene ningún encanto, los paisajes son impresionantes. Si continuas por la bahía llegas hasta la ciudad en sí. Y te das cuenta de que algo es diferente. Hay mucha gente lo que choca con los pueblos abandonados 50, 100 y 150 kilómetros atrás. Y está relativamente limpio para lo que es Marruecos. Vamos a seguir observando: hoteles de 4 estrellas, restaurantes occidentalizados, coches de alta gama, perros paseando por la ciudad… Aquí pasa algo. Claro que pasa! Dakhla es una ciudad militar y el punto de encuentro y reunión de múltiples organismos oficiales. Y esa gente se gana bien la vida. Y si se gana bien la vida, eso se nota por todas partes.

El problema fue encontrar un lugar en el que dormir. Pensábamos que en la zona de la bahía donde se practica kite habrían campings. Pero nos equivocamos. Solo hay zonas de bungalows de lujo para occidentales a precios occidentales. Y una zona para autocaravanas que no nos acabó de convencer. Así que al final acabamos en el único camping de la zona, de muy mala clasificación pero que nos sacó del apuro de la ducha matutina con un agua caliente y potente. Agua caliente? Sí. Por suerte hemos pasado frío por las noches. Cargamos agua dulce y nos vamos. Antes nos hacemos unas fotos con algún camión de algún overlander que encontramos. De momento, los únicos en toda la aventura…

Nos vamos de Dakhla jurando que a la vuelta pararíamos a hacer kite. Ese tipo de promesas te animan por lo menos un rato. Pongamos que ese rato se corresponde con unos 20 kilómetros de carretera que te ahorras de estar mirando hacia el infinito. Nos quedaban 340 kilómetros hasta la frontera de Mauritania. Se suceden las horas. Una, dos, tres, cuatro… A lo largo de la quinta hora alcanzamos la frontera de Marruecos. La pasamos sin problemas con perro rastreador incluido. Los agentes se deben pensar todavía que estamos locos. Normalmente la gente se pone tensa cuando le meten el perro en la furgo. A nosotros nos encantó. Echamos de menos a Syncro (nuestro Border Collie) y eso se nota. Solo nos faltó hacerle mimos al perro policía.

Y salimos de Marruecos. Ahora falta atravesar una pista de enduro de unos 5 kilómetros para alcanzar la otra frontera, la mauritana. En esos cinco kilómetros de tierra de nadie, que se dice que están minados, hay cientos de coches abandonados, desguazados y quemados. Un panorama dantesco que no puedes imaginarte si no pasas por ahí. Increíble. La llegada a la frontera no es menos dantesca. Del orden desordenado de Marruecos se pasa al caos total. Aparcamos y al segundo aparece un tipo que dice trabajar allí. Nos pide los pasaportes, que no le damos ni por asomo. Este tipo de gente se hace pasar por agente de aduanas (aunque en nuestro caso vestía una camiseta blanca que no se había lavado en 7 semanas), te coge los pasaportes, te marea, te hace los trámites (los hace, eso sí) y después te pide dinero o no te da los pasaportes. Suerte que tenía la lección aprendida de la primera vez que visité Marruecos y no le dimos nada.

Tras una hora de ir de aquí para allá, de “hacernos pequeñitos”, como dice Claudia, delante de tanto uniforme militar, de no entender nada y de rellenar papeles ya entrábamos en Mauritania. Tuvimos que pagar un seguro para la furgo, pues la carta verde no cubre en este país. 20 euros, que al cambio son unos 7500 uquias, la moneda Mauritana. Curiosamente, una de las cosas que más ayuda a que los mauritanos se abran (también los marroquíes) es el tatuaje en árabe que llevo en el brazo. Les hace mucha gracia y los controles se pasan en segundos. Porque el tema de los controles es un mundo a parte. Te paran, te piden los pasaportes y la ficha técnica del vehículo. Te llevan a una garita y lo apuntan todo en un bloc enorme. Esto te rompe cualquier media porque hay un control cada 20km. La solución es fotocopiar el pasaporte y escribir el numero de matrícula y la marca de la furgo. Te paran, se lo das al gendarme de turno y sigues. Un truco muy útil.

Llegamos por fin a Nouadhibou, en el norte de Mauritania. En este país no hay campings, hay albergues. En ellos se puede dormir con la furgo dentro, pero los servicios son mínimos. Es lo que hay, así que toca adaptarse. Y lo hacemos muy rápidamente. Después de instalarnos vamos a cenar algo. Solo estaremos dos noches en Mauritania y queremos comer algo típico. El destino nos lleva al Restaurante Tako. Entramos y a los dos minutos llega el dueño. Se llama Luis y es un madrileño que lleva cinco años viviendo en esta ciudad de 80.000 habitantes. Nos empieza a sacar platos y más platos. Incluso ensaladas, que hace días y días que no comemos. Lo devoramos todo y estamos un buen rato hablando con él. Le regalamos una de las tres botellas de vino que llevamos y que nos regalaron nuestros amigos de Lokavore antes de partir. En la frontera nos lo querían requisar si no pagábamos 200DH. En Mauritania está prohibido el alcohol. Cuando el militar de la frontera nos invita a pagarle esa cantidad o se quedan el vino un “ok, no hay problema. El vino ya te lo puedes quedar” lo soluciona todo rápidamente. Al ver que no nos interesaba para nada quedarnos con el alcohol que llevábamos, que era la verdad, decide que por ser nosotros nos deja pasarlo. Pues perfecto. A Luis le dimos una alegría enorme…

Por la mañana conducimos rumbo a Nouakchott, la capital. Más carretera sin fin. Más desierto. Y, ahora sí, el calor hace acto de presencia. Estamos atravesando el Sahara. Que se note! Son 460km que hacemos en dos etapas, parando en la única sombra que hay en todo el recorrido: una gasolinera curiosa. A las 16.00 entramos en esta ciudad de 1 millón de habitantes en víspera de Ramadán y el caos se multiplica. Andamos buscando un albergue en el que nos dejen entrar con la furgo. Finalmente lo conseguimos. Auberge Menata se llama.

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Problemas con la conexión a internet nos impiden colgar más fotos…

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Empiezan los controles

Las sorpresas en este país se suceden una detrás de otra. Lo primero fue Agadir. Esta ciudad fue completamente destruida en los años 60 por un terremoto. Así que todo es nuevo. Incluida la Medina, que fue creada por un arquitecto italiano (no recuerdo ahora el nombre…). La pasamos de largo, pero nos deja claro que el desorden nos acompaña alá donde vamos. Ponemos rumbo a TanTan, que tiene playa y creemos que allí habrán campings. No nos equivocamos, pero antes de llegar allí hacemos una parada para comer en Tiznit. Es una población pequeña. Poco a destacar si no fuese porque nos perdimos con la furgoneta y fuimos a dar directamente la calle del mercado semanal. Fue divertido pasar por en medio y hablar con un orfebre que nos quería cambiar algo de plata por algo de whiskey y que se dirigió a nosotros en un inglés que para lo que se ve por aquí era bastante bueno.

Paramos a comer en esta misma ciudad y como más vale ser previsor, miro el techo para ver si todo está ok. Pues bien, una de las cinchas que sujetan la carga que llevamos estaba suelta. Menos mal que no se cayó nada, por que una sola de las cajas pesa unos 10 kilos y no quiero saber qué hubiese ocurrido de haber caído encima del parabrisas de un coche. Desde ahora las reviso a diario por que el ajetreo de los baches va en aumento…

Las carreteras, otro tema a parte. Cuanto más al sur, mas descuidadas. Pero el cambio respecto a la última vez que estuve viajando por Marruecos es bestial. Nada de carreteras de un solo carril más arcén de tierra. Ahora ya no tienes que tirarte a un lado cuando viene un conductor de cara o jugarte la vida a ver quién aguanta más antes de tirarse a ese arcén que parece un campo de coles. Un descanso, la verdad. Pero ahora, esas carreteras de doble carril son aprovechadas por los conductores de autocares suicidas que circulan a una velocidad elevadísima, con una mano apoyada en la ventana y la otra sujetando un móvil. Da miedo verlos venir ladeados por el sobrepeso que llevan y la ventolera que provocan hace que tengas que sujetar el volante con más fuerza de la que tienes. Y ahora las carreteras están llenas de baches, son más estrechas y los arcenes tienen un palmo de desnivel. Por lo menos algo de emoción para las últimas jornadas de conducción en las que las rectas kilométricas del desierto aburren hasta al policía más veterano acostumbrado a esperar el paso de algún turista para hablar un rato o pedir algo…

Los temidos controles policiales nos habían dejado en paz hasta que llegamos a TanTan. Fue entrar en esta población/ciudad y empezar nuestro calvario. El primero, muy amable. El segundo no puedo describirlo. Nos para y nos dice: “acaba de cometer usted una infracción de primer grado. Se ha saltado un Stop. Son 700DH de multa (70 euros)” Se me ponen los ojos como platos. “700?” le pregunto. “Sí. Así es”. Ya me vi el percal. Me hace bajar de la furgoneta y me lleva a su garita de madera. Allí me dice que me lo puede “arreglar” por 500DH. Le digo que no, pese a que realmente me había saltado el dichoso Stop. Le pido que me rebaje más el precio de su particular “mordida” y me dice que por menos de 500DH no me da ningún recibo de multa. Pero que si le doy 400 lo olvida todo. Al final le suelto 300DH con todo el dolor de mi corazón. Después de darle vueltas en la cama, he llegado a la conclusión de que me coló un gol como una catedral. Pagué por que me había saltado el Stop (que no vi en ningún momento pero Claudia me dijo que sí que estaba), pero el próximo que me pare para multarme tendrá que enseñarme una tarifa de multas o llevarme al cuartelillo a hablar con su superior. 300DH! Madre mía! Cada vez que lo pienso se me revuelve todo. Desde entonces no hemos dejado de pasar controles uno tras otros. Habremos pasado ya, no sé, 20 ó 25. En 400km no está mal…

Otras de las sorpresas que nos tenía preparada Marruecos era el tema de Internet. Nosotros estábamos tan felices con nuestras conexiones diarias en cualquier café o restaurante o camping o gasolinera incluso. Pero eso se acabó. Por el sur hay dificultades incluso para encontrar un teléfono. No hay internet en ningún lado. Solo algunos pueblos que disponen de buena conexión telefónica disponen de algún local con wi-fi. Poco para lo que estábamos acostumbrados… que ya se sabe que a lo bueno se acostumbra uno rápido…

Tras TanTan y su policía corrupto nos desplazamos en busca del camping a TanTan Plage. El nombre, no me lo negaréis, promete. Pero al llegar te das cuenta de que solo es eso: el nombre. TanTan Plage estaría a medio camino entre… y… Bueno, la verdad es que no conocemos ningún sitio comparable a este. Y el Camping Atlantic, al que fuimos a parar aún no sé porqué, merece una mención a parte. No quiero ni recordar el aspecto de los inodoros. Los debieron instalar hace algún tiempo en busca de darle un toque más europeo a sus instalaciones, pues son de taza. Unas instalaciones aún por acabar, como casi todo por aquí. Pues bien, los han usado y no los han limpiado nunca. Yo creo que no saben que se tienen que limpiar. En fin, que tuvimos que estrenar un gadget que llevábamos para emergencias como estas. Suerte de la feria con la noria sacada de una película de terror y que nos animó la tarde/noche. Ya veréis las fotos en otro post…

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Hacia Mauritania sin prisas

Dejamos atrás Marrakech y ponemos rumbo a una de las mecas del Windsurf, ahora Kite surf: Essaouira. La carretera que sale de Marrakech no tiene la misma magia ni la espiritualidad que sí posee el centro de la ciudad. Es fea, con tráfico, sucia y calurosa. Pero recta y plana, algo que se agradece después de tantas subidas y bajadas que impone la falda del Atlas. Poco a poco vas dejando atrás la modernidad del norte de Marruecos para encontrar algo, aunque sea por unos pocos kilómetros, de la esencia de Marruecos. Los potentes coches de lujo dejan paso a los burros cargados hasta los topes y tirando de un carro que en todos los casos se han fabricado con trozos de metal reutilizados.

También queda atrás, por el momento, el calor. A medida que alcanzas la costa la temperatura cambia considerablemente. Y el viento aumenta exponencialmente. La verdad es que se agradece. A mitad de camino lo que era una carretera nacional llena de parches y gente se convierte en una especie de autovía desierta por la que apenas circula nadie. Nosotros mantenemos nuestro ritmo. Unos 80km/h de marcador que, de momento, nos llevan a todas partes sin prisas pero sin pausas. Da igual que sea subida o bajada. La velocidad es la misma. No tenemos prisa. Aquí nadie tiene prisa.

En un par de horas alcanzamos Essaouira. Pero antes nos sorprende una cooperativa femenina dedicada a la fabricación de aceite de Argán. Aquí el Argán está por todas partes. El árbol, claro está. Y se aprovecha el tirón comercial que posee actualmente todo lo fabricado con Argán para conseguir unos Dirham. Decidimos parar a echar una ojeada y la decisión no puede ser mejor. Nos enseñan no solo el fruto del que se extrae el aceite, sino todo su proceso de fabricación y el de sus derivados: cremas cosméticas, mascarillas de pelo, champú, gel de baño, aceite para cocinar, pasta para untar… Esta cooperativa da trabajo a 60 mujeres que descascarillan, pelan, tuestan, machacan, calientan y hacen todo lo necesario con sus manos para conseguir finalmente que alguien disfrute del aceite de Argán.

Con una sensación de haber hecho las cosas bien al ayudar con la compra de algún producto a lo que nos pareció un gran avance en la lucha por los derechos de las mujeres en Marruecos, seguimos camino hasta entrar en Essaouria. Por el camino encontramos varias cooperativas más de mujeres dedicadas a la producción de aceite de Argán. Lo que pensábamos que era algo único pierde parte de su encanto al ver que es un gran negocio en esta zona. Pero, la verdad, nos da igual…

Essaouria no es grande, pero sí que es turística. Ya no es la meca que los windsurfistas encontraron hace décadas tranquila y bohemia y que aparece en todas las guías como una ciudad imprescindible de visitar. Sí que es cierto que posee un aire especial, que puedes pasear sin que nadie te moleste, que la Medina posee un punto de decadencia que la hace muy agradable. Pero hay algo que llama la atención: las cientos de tiendas que hay por la zona comercial no están muy abiertas a regatear y eso aquí es muy extraño. Puede ser por que los rusos han llegado hasta aquí con sus pulseras “todo incluido” y sus bolsillos bien llenos a través de buses lanzaderas desde Agadir. “Si no lo compras tú por 15DH, quizás lo compren ellos por 50”, deben pensar. No vamos a culparles. Aquí todos somos turistas y, unos más y otros menos, todos tenemos dinero para gastar.

Comemos. Es algo de lo que no hemos hablado todavía. En Marruecos la gran mayoría come fuera de casa. Es muy barato incluso para los marroquíes. Aquel dicho tantas veces usado para justificar un gasto extra de “es más barato comer fuera que en casa” aquí es cierto. Si buscas un poco encuentras menús completos por 35DH (menos de 3,40 euros). Y la comida es buena, aunque por ese precio olvídate de langosta y exquisiteces similares, claro. Y haces relaciones sociales y observas costumbres diferentes, como por ejemplo dar el pan sobrante a la mesa de al lado cuando tu ya has acabado de comer.

Después de comer damos una vuelta por el puerto de pescadores. Queremos hacer algunas fotos a las gentes que allí trabajan, pero siguen con su negativa a ser retratados. Es ver una cámara que les apunta y empezar a recriminarte. Duro trabajo el de Claudia por estos lares…

Agadir nos espera. Nos despedimos de Essaouria, con sus playas abarrotadas de gente, por una carretera que va bordeando la costa para después saltar al interior y volver al océano a falta de pocos kilómetros para llegar a nuestro destino.

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Medio día en la Plaza Jamaa el Fna.

Marrakech posee una luz de misterio desde que sale el sol. Te despiertas relativamente pronto y ya notas ese calor especial que te acompaña a la que te alejas de la costa. Empiezas a sudar cuando mueves un dedo y ya no paras hasta que te vas a dormir. Y sigues sudando. Pero quejarse es de débiles. Y con una piscina en el camping no hay queja posible…

Primero un desayuno abundante (lo de “petit” dejeuner debe ser una broma). Y después, bañador y al agua. La mejor manera de quitarte el sudor: nadar, hablar en remojo, relajarse en la piscina. Un pequeño parón para la tarde que nos espera y que empieza a las 13.30h cogiendo uno de los buses de línea regular que pasa por delante del camping y que tiene parada… donde se quiera. Así que lo paramos y nos subimos a él. 14DH (unos 1,4 euros) por los dos para hacer unos 20km y con parada a escasos metros de la plaza Jamaa el Fna

Una vez en Marrakech nos acercamos a ver el ambiente. A esas horas no hay mucho que ver. Algunos carros de zumo de frutas, las tiendas de souvenirs, mujeres que decoran con henna y poco más. Bueno sí: sol y calor. Un sol abrasador. De camino a la plaza más famosa de Marruecos te encuentras lugares donde comer. Lugares donde nunca te pararías ni siquiera a mirar si lo tuyo es el hotel de cinco estrellas y no eres muy dado a probar cosas nuevas. Sitios donde solo hay lugareños. Sitios de esos de pensar que si ellos comen allí, malo no debe ser. Así que decidimos dar marcha atrás y refugiarnos en un auténtico puesto de comidas callejero, una especie de bar que en nuestro país no recibiría ni el calificativo de antro. Nos acomodamos en unas sillas frente a una mesa mugrienta y llena de huesos de pollo. Un trapo para tirarlos al suelo y ya está lista. Pedimos dos tahin que en principio debían ser vegetales pero que tenían trozos de carne por todas partes. El vegetarianismo en África es complicado…

Las raciones, servidas en el típico cono y calentadas en brasas, son más que generosas. Nos fijamos en cómo comen los que allí están sentados. Un trozo de pan y a remojarlo. Los dedos sumergidos en el caldo que acompaña a las patatas, las legumbres, la cebolla, el tomate y algo más. Y a la boca. A los turistas nos traen cubiertos, pero a un amante del pan (como yo) le parecerá una muy buena opción para darse un atracón. El veredicto final: increíblemente delicioso. Nunca se debe perder la oportunidad de probar las comidas de sitios así.

Con la panza llena las cosas se ven… igual pero con la panza llena. El calor sigue ahí. El sol, también. Y la gente. Y los caballos con sus carros. Y como no los vendedores de souvenirs, los carros de zumos de fruta y las mujeres que decoran con henna. Aún tiene poco que ver con el movimiento que te espera pocas horas después. Si quieres matar el tiempo puedes adentrarte en la Medina, pero sigue haciendo calor y los vendedores te agobian. No puedes relajarte ni un segundo a mirar nada porque ya los tienes encima con un “barato, 5DH”. Salimos. Nos sentamos en un bar a esperar.

Una espera que se ve recompensada a las 18.15h cuando aparecen, de golpe y por sorpresa, una marabunta de carritos de color verde. Son los que montan las paradas de comida para la cena. El movimiento aumenta. Subir a una de las terrazas-mirador es una muy buena opción para verlo todo en perspectiva. Unas escaleras separan el suelo de la plaza de una de estas terrazas donde la consumición es obligatoria incluso antes de acceder a ellas. No vemos a nadie, así que pasamos y nos sentamos. Ahora sí que se observa la habilidad de los marroquíes para montar estructuras y cambiar el paisaje que tienes delante en un abrir y cerrar de ojos. En tan solo 30 minutos montan una especie de mini barrio lleno de puestos de comida (esta vez sí, callejeros). Es como una feria de cualquier ciudad española, pero en vez de necesitar dos días ésta se monta y se desmonta en minutos (Tras las fotos encontraréis un vídeo para que lo veáis).

Entre aguas frías que se calientan en minutos y tés con menta que se mantienen calientes hagas lo que hagas, van pasando las horas hasta que la noche abraza toda la plaza. Ese momento es mágico. Las luces se encienden y el humo de las parrillas lo envuelve todo. Volvemos a la calle. Hay mucha gente. Mucha. Adentrarse en esa feria diaria de la comida callejera es un tanto pesado. No puedes dar dos pasos sin que alguno de los “cazadores de clientes” te moleste invitándote a su garito. Cuando averiguan tu nacionalidad empieza la retahíla de frases típicas como : más barato que en el Mercadona de Valencia, Barcelona bona si la bossa sona, adeu Andreu y cosas por el estilo, incluido el omnipresente Barça. Tenemos suerte de que por aquí corre mucho español. El tema de los rusos aún no lo tienen controlado y pretenden convencerles para que se sienten en sus bancos al grito de “Kalasnicov!”. Evidentemente, no tienen el mismo éxito que con nosotros. Una risas y accedemos a uno de esos chiringuitos.

La carta es completa: brochetas, patatas fritas, berenjenas y algo así como “cena” y “pimienta”, que no es otra cosa que la traducción vía google de palabras como “soup” o “pevre”. Así que lo correcto sería “sopa” y “pimientos”. Otra de esas cosas que te sacan una sonrisa de esta gente tan amable y alegre. La carne, según Claudia, no es nada del otro mundo. Solo se salva el pollo, algo contrastado ya de las dos veces que lo ha probado. El resto, seco y sin gusto. Yo opto por unas berenjenas con pimientos y patatas. Buenísimo no estaba, pero se podía comer. A la hora de pagar, sorpresa. 135DH por una comida mala y rápida. No nos convence…

Para volver al camping ya no hay autobús. El último sale a las 20.30 y son las 21:30. Negociamos el precio con un taxi para que nos acerque hasta nuestro alojamiento. Quedamos en 60DH tras ser espectadores de excepción de las discusiones entre los propios taxistas. Nos subimos al coche con uno de ellos. Antes de salir de la ciudad para en el arcén. “Voy a hacer un truco” nos comenta. Arranca dos hojas del manual de usuario del coche. Se baja. Quita el letrero de Taxi del techo del coche y lo deja en el maletero. Abre la puerta. Coge las hojas arrancadas del manual y un poco de cinta aislante. Tapa con ellas la palabra “Taxi” de los laterales del coche. Se sube y continuamos. No nos explica nada, sino que intenta cambiar de tema diciéndonos que ahora se pone el cinturón de seguridad porque salimos de la ciudad. Quizás piensa que no nos hemos dado cuenta de lo que acaba de pasar. Los “petit taxi” como este en el que vamos sentados no pueden salir de la ciudad con pasaje. Por eso ha tapado y quitado todos los indicativos. Finalmente llegamos al camping. Le damos un billete de 200DH y nos devuelve 130. “Habíamos pactado el precio en 60DH, no en 70” le digo. Como si oyera llover. Empieza a hablar en árabe y yo en catalán. Cerramos la puerta y vemos como se aleja de nuevo hacia la ciudad con los papeles aún en las puertas y 10DH de más en su bolsillo. Por lo menos la furgo nos espera, paciente y acalorada, dispuesta a darnos cobijo una vez más.

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koke jose ramon puig

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claudia maccioni

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