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Pequeños accidentes africanos

Llegamos a Gambia por una de las peores carreteras nacionales que nos hemos encontrado no sólo en África sino en cualquier sitio en el que hayamos estado, juntos o separados. Primero el tráfico de salida de Dakar, que es denso como el cemento cuando empieza a fraguar. Pero lo superamos. Aquí se supera todo con paciencia.

Miramos el mapa y decidimos que podíamos entrar a Gambia por Karang, un pueblo fronterizo al que llega una carretera nacional que sale de Kaolack. Kaolack es una pequeña ciudad de paso entre Dakar y el interior de Senegal. Llegamos pasadas 3 horas para hacer 190km, con unos 30 últimos donde no se podía pasar de 20km/h al ser una especie de gincana de esquivar socavones. Y al pasar al lado de un autocar de línea, la furgo empieza a moverse. Un ruido seco. Y suenan las bocinas. Algo pasa. Miro por el retrovisor y veo cristales volando. Me paro enseguida y bajo de la furgo sin saber aún muy bien qué ha ocurrido. Me señalan la baca. Miro y me doy cuenta de que la palanca del gato Hi-Lift se ha soltado por los baches y se ha abierto, quedando perpendicular al sentido de la marcha. Y al pasar por el lado del autocar lo he golpeado de arriba abajo llevándome por delante el retrovisor. “Madre mía! Y ahora qué?” me pregunto. Esto no sale en las guías…

Si normalmente nuestro francés deja mucho que desear, con los nervios se parece más a un idioma inventado que a una lengua reglada. Aparecen cinco personas que empiezan a hablar todos a la vez. No entendemos nada, así que saco el seguro y le pido al conductor que me enseñe el suyo. Desaparece (al autocar no va) y vuelve al cabo de cinco minutos con algo que parece ser un seguro. Evidentemente, no tiene. Insisto en hacer un parte, pero claro… alguien sabe cómo se dice eso en francés? Yo no. Y Claudia tampoco. Ellos insisten en hablarme todos a la vez y decirme que si no les entiendo es mi problema, así que me pongo a hablar en catalán con cara de cabreado preguntándoles “tu ara m’entens? Oi que no? Doncs aquí tots callats, hostia!”. Empiezan a callar. Al final me piden 5.000 cefars por el retrovisor o llaman a la policía. Les digo que la llamen, que no tengo miedo, aunque la verdad es que estas cosas se te pueden girar en contra siendo blanco. Les digo que no les pago más de 1.000 cefars por el retrovisor y me dicen que no, que 3.000 o policía. Así que vuelvo a poner cara de cabreado y les digo: “ok, ale a la pólice!”. Y me subo en la furgo. Al segundo me dicen que 1.000 cefars está bien. Se los doy, atamos el hi-lift de nuevo y seguimos con el susto en el cuerpo.

Para llegar a la frontera de Karang la carretera está recién asfaltada. Ja!! Asfalto nuevo, sí. Pero sólo 5km. Después se convierte en una pista que reúne todos los requisitos para reventar no solo los neumáticos, sino todo el vehículo. Poco a poco vamos avanzando a menos de 10km/h. Todo cruje en el interior de la furgo. Los muebles se descolocan, los tornillos se sueltan, los amortiguadores se fatigan. Un infierno para la mecánica…
Yo había leído que el último ferry que cruza el río Gambia sale a las 18h. Y son las 17.30. Así que siendo imposible llegar decidimos parar a dormir en Toubacouta, el último poblado senegalés antes de la frontera. Aquí hay varios sitios donde dormir. Miramos dos, y nos decantamos por el que tiene Internet. Gran error. Al entrar en la habitación (no se puede dormir en la furgo, pero son muy baratas) se me llenan los pies de pulgas. Le digo a Claudia “recoge que nos vamos”. Avisamos a uno de los trabajadores (el dueño se ha ido a Dakar) y le intentamos hacer entender en vano lo que ocurre. Entre que nosotros no hablamos fluidamente y que él no pone de su parte, no hay manera. Lo único que nos ofrece es otra habitación, que comprobamos a fondo. “Parece que aquí no hay pulgas. Nos quedamos”, le digo a Claudia.
Una ducha, cenamos una ensalada Florette que habíamos comprado en Dakar por 3.900 cefars (casi 6 euros.) y nos metemos en la cama aún con luz solar. A la mañana siguiente nos esperan las fronteras y queremos llegar pronto para evitar colas.

A las 7 de la mañana ya estamos duchados y listos para seguir. En 30 minutos hemos llegado a la frontera, la hemos pasado y alcanzamos el ferry. Estamos en Barra. Compramos los tickets y cuando vamos a entrar en la zona del “puerto” nos viene un hombre sin uniforme y nos enseña una acreditación. Es un policía antidroga. Nos aparta de la cola y nos revisa toda la furgo. Cuando se cansa de mirar y preguntar, nos da el OK para continuar y pasamos directamente a la zona portuaria. Ya habíamos perdido el ferry anterior. Nos tocará esperar 1 hora a que vuelva. Nos sentamos con unos gambianos y el poder hablar en inglés nos facilita mucho las cosas. Preguntamos, nos preguntan, hablamos, reímos… Pasamos un buen rato. Esta gente, aunque te pide dinero por todo, es muy simpática. Lo del dinero no es problema. Les dices que no y te dicen que vale, siempre con la sonrisa. En ese rato de charla nos enteramos de que el ferry no para nunca. Incluso de noche funciona…

Cuando llega, la gente se vuelve loca y empieza a apiñarse. Primero los coches y camiones. Después las personas. Ese es el orden. Un orden que desaparece en cuanto se abre la barrera…
Nosotros tenemos casi asegurado nuestro pase en ese ferry. Si no, deberemos esperar al siguiente. Uno de los trabajadores del puerto viene hasta nosotros y nos dice que si le damos algo de dinero, él nos “ayuda” a entrar en este turno. Le decimos que no, que no necesitamos su “ayuda”. Hace un último intento de dejarnos fuera, pero no lo consigue. Hemos estado hablando todo el rato con su superior. Era uno de los integrantes de ese grupo con el que conversamos y le caímos muy bien. Así que al final entramos los penúltimos. Detrás nuestro, un Mercedes-Benz que se apoya literalmente en nuestra furgoneta y que lleva el maletero colgando encima del mar. Yo siempre me pregunto cómo es que no hay más hundimientos de ferrys de este tipo, porque la sobrecarga es más que evidente. Después de 45 minutos alcanzamos la otra orilla: Banjul, la capital.

Salimos de Banjul casi sin darnos cuenta dirección a Serekunda, donde están las infraestructuras turísticas más importantes del oeste africano. No vemos nada. Es igual que el resto de países. Arena, suciedad y mucho tráfico. Los hoteles están escondidos frente a las playas, sucias de plásticos y demás basuras. No le encontramos el encanto que sí que parecen encontrarle alemanes e ingleses.
Localizamos el Sukuta Camping, donde dormimos perfectamente. Ah! Y cenamos pizza… En ese camping conocemos a Christian, un austríaco que lleva 15 años viajando, los últimos siete meses con bici. Ahora está instalado en el Sukuta, donde tiene cobijo a cambio de cuidar al perro del propietario… Nos explicamos unas cuantas anécdotas e intercambiamos experiencias. Es un placer hablar con otro viajero.

Nos toca ir a buscar el visado de Guinea. No visitaremos Guinea-Bissau porque no te lo recomienda ni su propia embajada. Es el punto de entrada de drogas a África, donde siguen camino a Europa gracias a gente de no muy buena reputación. Y podemos encontrarnos con problemas. Así que lo descartamos.
La embajada de Guinea en Banjul ha desaparecido. No está donde debería. Les preguntamos a unos policías y nos envían al consulado, que está entre Serakunda y Banjul capital. No nos lo creemos, así que vamos a un internet café y lo buscamos. Pues sí, internet dice lo mismo… Estamos más de una hora buscando el consulado, preguntando en embajadas cercanas, en empresas… nada. No parece que esté allí. Finalmente paramos en un cuartelillo de la policía y nos dicen que ha cambiado de lugar, que ahora está en Serekunda. Siguen igual. Nadie te dice nada concreto. Que lo busques…

Evidentemente, no lo encontramos ni a la de tres. El calor nos está derritiendo. Bebemos agua y todo lo que bebemos lo sudamos. Hay tráfico. Mucho. Y para colmo, un taxi se estropea en medio de la calzada con 6 personas dentro. Todos los coches pasan por su lado. Llegamos nosotros con la furgo y justo en ese momento al pasajero de atrás le da por abrir la puerta de golpe. Adiós puerta. Me la llevo puesta de regalo… La suerte es que una mujer policía lo ha visto todo. Bajo, aparece esta policía, habla con el taxista, le pregunta de quién ha sido la culpa y señala a ese pasajero. A mi me dice que ya puedo continuar… Nos vamos, pero con un buen recuerdo en la chapa de nuestra furgo… No entiendo para qué sirven los seguros que te hacen pagar en las aduanas…

Vemos otro internet café. Aparcamos delante y entramos en un último intento de encontrar algo. Es viernes, son las 12:30 de la mañana, llevamos casi 4 horas buscando el consulado y el sábado y el domingo no trabajan. Finalmente en un foro aparece una información. Hay consulado de Guinea y está en Serekunda. Lo malo es que no está la dirección. Seguimos buscando y al final encontramos algo que parece ser una calle: Mosque Road, 151. Allí vamos sin saber si es el consulado de Guinea o el de Guinea-Bissau. Llegamos, preguntamos y sí. Finalmente lo hemos encontrado! El cónsul, estirado en un sofá, nos recibe con cara de pocos amigos, pero Claudia empieza a hablar de su país, de las cosas que hay que ver, de lo bonito que parece… y entablamos conversación. Nos dice que volvamos a las 15:30 para recoger el visado. Nos vamos a comer algo a la furgo. Aparecen tres niñas sordas pidiéndonos agua. Les damos agua y se comen nuestros bocadillos con sus ojos. Claudia les prepara una rebanada de pan de molde con mantequilla para cada una. La cara se les ilumina. E igual que aparecen, desaparecen.
Tras un rato de esperar (y de sudar), vamos a recoger los visados. Y ponemos rumbo a la zona de Cassamance.

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