frontera africana

El principio de otra cosa

Nos repetíamos una y otra vez: “no volveremos nunca. No volveremos nunca. No volveremos nunca”. Acabábamos de pasar los trámites de la frontera de Rosso entre Mauritania y Senegal. Ha sido, de lejos, la peor experiencia de toda la aventura. Y nos volvíamos a repetir “no volveremos nunca”. Eso fue el 10 de julio. El 28 de septiembre nuestro corazón se aceleró cuando nos dijeron que no podíamos acceder a Mauritania desde Diema. Las lluvias habían inundado la zona y la pista estaba cerrada. Debíamos volver a Rosso para salir de Senegal. Y eso era una carga excesiva para nuestras cabezas. Recorrimos los 100 kilómetros que separan Saint Louis de Rosso en silencio. Los dos sabíamos que nuestro juramento quedaba roto en ese momento. “Joder, al final hemos vuelto” pensaba yo cuando nos acercábamos irremediablemente a ese infierno.

Pero ya no éramos los mismos que cuando llegamos a principios de julio. Habíamos pasado unos veinte trámites aduaneros y ya sabíamos decir NO a un policía corrupto cuando nos pedía dinero para algún trámite. Sabíamos por qué cosas se pagaba, cuánto y a quién. Con esa ventaja en nuestras mochilas (léase cabezas) afrontamos el primero de los trámites: el sello de salida en nuestro pasaporte. Dos minutos de reloj y estábamos de nuevo en la furgo. El siguiente trámite era el sello en el Carnet du Passage en Douane (CPD). Entramos en el recinto del “puerto” fluvial. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer, así que me fui a buscar a la persona adecuada. La encontré. Me puso el sello y… delante de la gente que estaba allí esperando me pidió 10.000 cefars por devolverme el documento. Forcejeamos un poco por el bloc (ni se me hubiera ocurrido hacer eso hace tres meses…) y cuando la cosa se calmó le expliqué que no iba a pagar ni un céntimo y a regañadientes me lo devolvió.

Siguiente trámite: la aduana. Entramos en la garita del policía de turno, nos pide “los papeles del coche y 5.000 cefars”. Harto ya de tanto corrupto suelto, saqué mi pasaporte y le enseñé página por página los más de 35 sellos que nos han estampado a lo largo del viaje. Le dije: “Ves todos estos sellos? Crees que llegamos ayer a África? No te vamos a pagar NADA!”. Nos hizo entrar en su despacho y nos intentó convencer una última vez de que debíamos pagar. En un despiste cogimos nuestros pasaportes y salimos de allí. Más tarde vengó su rabia impidiéndonos subir en el primer ferry. “Como si tuviéramos prisa” le dijimos. Y esperamos pacientes al siguiente. La parte Mauritana fue mucho más fácil, sin sobresaltos de ningún tipo ni amenazas ni nada por el estilo.

Queríamos llegar hasta Nouakchott ese mismo día. Y lo logramos. Decidimos dormir donde la primera vez, en el Auberge Menata. Está sucio, no tiene presión de agua para ducharse y está lleno de mosquitos. Pero nos gusta el ambiente. Al entrar allí, según las guías, puedes encontrarte con algún que otro overlander. En julio no había nadie, pero esta vez sí. Una pareja de jubilados con un Toyota HZJ que tenían previstos 9 meses de viaje por África y dos cicloturistas muy jóvenes que nos hicieron reír un rato. Compartimos sobremesa después de la cena. Lógicamente, nos bombardearon a preguntas sobre trámites, fronteras, seguridad… Todos nos fuimos contentos a dormir y a la mañana siguiente, cada uno por su lado.

Nos despertamos aún de noche para intentar llegar a Marruecos ese mismo día. A medio camino nos sorprendió una pequeña tormenta de arena. La temperatura subió hasta los 50ºC. La nevera también empezó a sufrir. No podía bajar de los 11 grados, seis por encima de lo que es normal. La furgo se empezó a llenar de arena fina que entraba por todas partes. El calor se hizo insoportable. Y esta situación duró unos 200 kilómetros… Muy duro para nuestros cuerpos y para la mecánica de la furgo. Son momentos en los que piensas en la dureza de la vida en ese país. Poca gente se aventura a vivir en el Sahara y quien lo hace es alguien especial.

Alcanzamos la frontera de Mauritania sucios y sudados. No tuvimos ningún problema para hacer los distintos trámites. Y por allí, por una zona desértica y llena de polvo, rueda ahora una de las bicis que compramos en Burkina. La mía, la que se partió en dos y soldamos. La vendimos…

Otra vez volvíamos a estar en tierra de nadie, ese tramo de cinco kilómetros impracticables y llenos de coches abandonados. Nos llevamos una sorpresa: alguien se había encargado de llevarse esos esqueletos que algún día sirvieron para desplazarse.

Marruecos era el último país por el que debíamos pasar para llegar a España. Nos esperaba el puerto de Tánger para dar casi por finalizado el viaje. Pero nos quedaban 2500km por recorrer, unos kilómetros de un paisaje inigualable. El sur marroquí es sobrecogedor, solitario, cálido pero agradable, batido por los vientos atlánticos que refrescan la costa casi continuamente. Hay tanto por descubrir…

Pasar la frontera por la tarde, con scanner completo a la furgo, complica seguir rodando. La noche se te echa encima. Divisamos unas dunas a lo lejos y pusimos rumbo a ellas. El desierto no nos dificultó alcanzar la que, quizás, era la más grande. Su forma de media luna nos sirvió de refugio. La arena parecía abrazarnos. Un paraje sin igual para descansar una noche a la luz de las estrellas. Sin un solo ruido, sin una sola molestia. Una soledad que daba miedo a ratos. Una sensación agradable. E inolvidable.
Subimos a lo alto de la duna. Parecía estar esperándonos. Y bajamos por su cara más recta, un tobogán de arena finísima y blandísima. Nos duchamos (con la ducha de 12 voltios) para quitarnos la arena y el calor mauritano, cenamos a la luz de una vela y deseamos no olvidarnos nunca de ese regalo que nos hizo el desierto, el viento y la arena. Algo irrepetible. Las dunas siempre están en movimiento y nunca la volveremos a ver como la vimos esa noche.

En Dakhla paramos en busca de una conexión a Internet. Claudia debía enviar un mail urgente. Nos habíamos prometido hacer kite surf cuando volviésemos, pero nuestro bolsillo no podía aguantar un extra como ese a estas alturas. Hicimos ver que no nos acordábamos y abandonamos la bahía sin dejar de contemplar el magnífico paisaje que brinda a los que la visitan.
También paramos en Camp Beduin. Buscábamos reencontrarnos con la cocina de Hafida. Y otra vez la lección de África que no acabamos de aprender: no se pueden hacer planes. Nunca. Llegamos a Camp Beduin después de una paliza de 600km desde Dakhla y Hafida no estaba. Pero el tagine de verduras que nos prepararon los que allí estaban suplió con creces su ausencia. Volvíamos a pasar la noche en medio del desierto, pero esta vez en compañía: unos alemanes que iban camino de Mauritania. Uno con un Mercedes G y otro con un Toyota Hj 60. Todos se sorprenden al vernos viajar con la Syncro… Al calor de una pequeña fogata pasamos un buen rato hablando.

Y el camino de vuelta a casa seguía implacable. Imparable. Alcanzamos Tiznit y en el camping municipal estaba acampada media Francia. “Se nota que vamos hacia el norte. Cada día encontramos más turistas” le dije a Claudia. También en Tiznit fuimos a comprar al mercado. Un poco de fruta, unas verduras y unas olivas buenísimas. Y una tela de PVC para la baca. Más vale tarde que nunca…
Y de allí a Marrakech para volver a su plaza y a su zoco. Decidimos perdernos y ver qué ocurría. Lo que pasó fue una tarde espléndida entre gente, tiendas, vendedores, gatos, bicis y demás.

No podíamos parar. La costa nos llamaba de nuevo. Entre Casablanca y Rabat hay un pueblo llamado Mohammedia. Pasamos un par de noches y compartimos muchas cosas con sus habitantes. Eran las últimas horas de nuestra aventura. Teníamos que partir rumbo al norte, rumbo al final del viaje.

Podría haber empezado a escribir este post en el puerto de Tánger. Teníamos varias horas de espera así que hubiera sido un buen momento. Pero las emociones no me dejaban siquiera plantearme abrir el ordenador. El proyecto de 10fronterasfotofurgo, la aventura, llegaba a su fin. Se acababa. Quedaban dos noches de ferry pero esa era la despedida de África, un continente que nos ha fascinado. Una tierra que nos ha dado cobijo tres meses y medio, un poco más de lo planeado, pero en la que nos hubiéramos quedado mucho tiempo más. Nos vamos sabiendo que volveremos, que nos encontraremos de nuevo con la maravillosa gente de Breast Care International en Ghana, que pasaremos más tiempo en Malí, que nos compraremos otra bici en Burkina, que nadaremos en las lagunas de Senegal, que atravesaremos el río Gambia, que miraremos al cielo buscando el fin de los rascacielos de Cote d’Ivore. Nos vamos sabiendo que volveremos a pasar calor en Mauritania y frío en Marruecos. Se acabó por esta vez. Pero no por siempre…

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Juramos volver

Nada que ver con el resto de los países que hemos visitado. Dijimos que volveríamos y así lo hicimos. Malí, tan temida desde que aparece en los telediarios, nos volvió a sorprender. Y ya estamos pensando cuándo será la próxima vez que la visitemos. Esta vez lo hicimos porque queríamos. Sin ningún temor, abiertos a lo que nos ofrece ese país y sus gentes. Malí está lleno de sonrisas por todas partes. Solo tienes que buscarlas un poco. Una mirada es suficiente para descubrir los blancos dientes de los que allí habitan. Y da lo mismo que sean niños, adolescentes, adultos o ancianos. Todos dibujan una gran sonrisa cuando te ven.

En esta ocasión habíamos decidido no dormir en ningún hotel de las ciudades importantes del país. Más que nada porque nos estamos quedando sin dinero y tenemos que ahorrar como sea…
Entramos a través de la frontera con Cote d’Ivore. Para este viaje disponemos del Carnet du Passage en Douane (CPD), unos impresos oficiales para la importación temporal de un vehículo. Te ahorra muchos problemas en las aduanas de las fronteras y bastantes euros, pues donde no sirve te suelen cobrar una cantidad importante por un permiso para transitar por el país que suele ser de 15 días. Malí es uno de estos países. El CPD no sirve y debes pagar 5.000 cefars por la furgo. Allí que nos plantamos los dos con nuestro bloc de documentos de importación (CPD) y con toda la cara del mundo les explicamos a los aduaneros qué era eso que tenían delante de sus ojos y cómo se rellenaba. El 99% de los que trabajan en las fronteras no han visto un CPD en su vida… La primera vez, entrando desde Senegal, nos dijeron que no servía. Pero esta vez coló. Así que con el sello en el CPD empezamos a entrar en Malí.

La tarde en West Africa dura poco. A las 18h anochece. Queríamos dormir en Sikasso, la primera ciudad después de la frontera, pero al llegar allí nos dimos cuenta de que no era muy agradable dormir en la furgo en medio de una ciudad africana. Aún quedaba una hora y media de luz y decidimos seguir rodando. Tras una hora más de conducción vimos un poblado a lo lejos y decidimos acercarnos a ver si nos acogían para dormir allí. Guelebougoula resultó llamarse. Al llegar preguntamos por el jefe del poblado, que muy amablemente nos aceptó. Nos dejó aparcar la furgo en medio del poblado. La gente no hacía más que mirar y mirar. Miraban todo lo que hacíamos. Si abría el portón, todos se acercaban. Si abría la puerta lateral, todos se acercaban. Sacaba la mesa y allí estaban. Mirando. Se acomodaron a unos pocos metros y allí pasaron las horas. Nosotros preparamos un poco de pasta con tomate para cenar y les acercamos un plato para que lo compartiesen. A los dos minutos ya teníamos el plato de vuelta con una sonrisa de oreja a oreja. Después de cenar, una infusión y a dormir. Poco había para hacer, sin luz, sin vernos las caras, sin hablar nada de nuestras respectivas lenguas. Así que nos metimos en la cama. A la mañana siguiente nos despedimos cordialmente de todo el poblado y seguimos la marcha.

La noche siguiente la pasamos cerca de Bamako. Habíamos escogido un campamento que resultó ser un lugar idílico. Está a una media hora de la capital, en medio de la montaña, cerca del río Níger: Le Campament Kangaba. La historia del lugar es muy singular. Hervé, el propietario, es un francés fabricante de djembés. Un buen día tomó conciencia de que su trabajo destruía árboles y que estaba ayudando a la deforestación de África. Así que se fue a Malí y se compró un terreno en el que empezó a plantar árboles para compensar el daño que había hecho. Un terreno de 20 hectáreas con una colina a la que subir merece la pena. Un treking espectacular por las vistas. Poco a poco los amigos empezaron a presionar para que les hiciese una casita de madera para pasar unos días en plena naturaleza. Y una casita dio paso a otra. Y esa otra, a una tercera. Y así se construyó Le Campament. Se tiene que ir por lo menos una vez en la vida. Además, a Claudia le llovió una oferta de trabajo por parte de Mariane, la mujer de Hervé. Podeís verlo en su blog.

Tuvimos que dejar este paraíso maliense para seguir camino. Esta vez el anochecer nos cogió a medio camino de Kayes. Se suele llegar en un día, pero habíamos estado esperando el visado de Mauritania en la embajada de Bamako (que no conseguimos…) y salimos tarde.
Así que la zona escogida para dormir fue la naturaleza. Nos desviamos por un camino que quedaba a nuestra izquierda y un gran árbol nos dio cobijo. Aquí no había nadie mirando. Pasamos la noche en soledad.

Senegal ya nos quedaba cerca. Un último esfuerzo para abandonar Malí y un último vistazo a las caras de sus gentes. Juramos volver de nuevo.

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Volver a empezar

En España deben estar todos con el tema de la vuelta al cole, al trabajo, a la rutina. Nosotros también. Pero de otra manera. En un viaje como este llega un momento en que debes tomar la decisión de volver. Quizás vuelves por unos meses, unos días o unos años. Eso ya se verá. Pero es como volver a empezar. Todo tiene un principio y un final. Y este es el principio de nuestro final. El final de la aventura ya se acerca. Nos faltan unas cuantas semanas. A algunos les parecerá una eternidad, pero para nosotros los días pasan rápidos. Sin darnos cuenta alcanzaremos Tanger para embarcar camino de Barcelona.

Ghana ya queda lejos, pero el recuerdo que nos llevamos es tan bueno que siempre estará presente. Nos ha marcado. Los que seguís el blog ya sabéis porqué. Pero es que, además, la despedida no podía ser mejor. En nuestro canal de youtube colgamos hace unos días un par de vídeos de Cap Three Points. Fue una recomendación de Xavier y Queralt, una pareja catalana que vive con sus dos hijos desde hace un año en Accra, la capital de Ghana. Nos recibieron con los brazos abiertos y hablando de cosas bonitas para ver Xavier nos dijo que esa zona era para no perdérsela. Y así era. Tiene algo especial. Es salvaje, inaccesible, calurosa. Es el lugar donde hemos decidido que, si cambiamos de vida, deberán buscarnos.

Costa de Marfil (así se conocía en nuestro país) hace poco que dejó la guerra atrás. El simple hecho de oír su nombre me traía malos recuerdos. Oficialmente en 2002 entró en guerra. Una guerra que hacía años que estaba presenté, pero no declarada abiertamente. Y una guerra africana, entre africanos, sin intervención de las llamadas “fuerzas de paz” hasta que se pierde el control, se convierte en la mayoría de casos en una sangría sin límite. Las atrocidades vividas por los marfileños hace que después de 4 años oficialmente desarmada queden en el aire sentimientos de venganza, miedos, rencores. Y se percibe. Sobre todo en el centro y en el norte.

La entrada a Cote d’Ivore desde Ghana no fue fácil. Ninguna frontera lo es. Pero lo nuestro roza la mala suerte. Nos caducaba el visado el día 5 de septiembre. Fuimos a renovarlo unos días antes, pues queríamos visitar alguna zona del país que no habíamos visto. Al llegar a la oficina de inmigración de Accra rellenamos unos papeles y los entregamos en la ventanilla. Al momento nos dicen: “no hace falta renovarlo si vais a salir del país dentro de los cinco días siguientes a que caduque el visado”. Caducaba el 5, así que el 9 estábamos en la frontera. Por si acaso…

Y claro, al enseñar los pasaportes nos dicen que el visado está caducado. Les argumentamos lo que nos habían dicho en la oficina de inmigración de la capital, pero nos dicen que es mentira y que debemos pagar 40 dólares por cabeza de “penalización”. Es el mismo precio que alargar el visado un mes. Nos negamos en redondo. Y los policías también se negaron del mismo modo a ponernos el sello. Llovía, así que nos refugiamos en la furgo. Había leído en foros de Internet que en situaciones así quien demuestra más paciencia, gana. Pues vamos allá. Nos preparamos unos bocadillos delante de la garita de los policías (más que nada para que nos vieran) y cuando acabamos herví agua para un té y me fui a beberlo al lado de donde ellos estaban. Sin prisas. Sin hacerles caso. Como diciendo “tengo todo el tiempo del mundo”.
Al minuto siguiente nos pidieron de nuevo los pasaportes, nos pusieron el sello y nos rogaron que no fuésemos diciendo por ahí que habíamos pasado sin pagar. “Claro! Todo muy legal, verdad?” pensé para mí mismo. Por suerte en Cote d’Ivore nos recibieron fantásticamente. En 20 minutos ya estábamos subidos de nuevo en la furgo y conduciendo dirección Grand Bassam.

Esa zona (Grand Bassam) la llaman la costa más bonita del país. Yo la calificaría como la zona más turística. Está llena de hoteles, hostales y albergues. Nosotros entramos en un hotel y nos dejaron dormir dentro de la furgoneta, en el parking. Una buena manera de ahorrarse unos cefars. Al día siguiente estábamos en Abidjan, la capital económica de Cote d’Ivore, por un tema de visados. La llegada a esa ciudad es sorprendente. Tiene un skyline tipo Manhattan que no habíamos visto en ninguno de los otros países en los que hemos estado. De lejos sorprende. Pero a medida que te acercas vas descubriendo que la “fortuna” del país, que se gestó a principio de los años 80 gracias al cacao y a la agricultura, se ha desvanecido. Ahora es como una megápolis en decadencia. Los altos edificios son moles de cemento sucio, sin apenas vida. La guerra pasó factura y muchas empresas se dieron a la fuga apresuradamente. Y la mayoría no ha vuelto.

Pese a todo, Cote d’Ivore es el único país de West Africa que tiene una autopista. Y como en el resto del país todo lo que se construyó al paraguas de los millones del cacao ahora no se puede mantener.
Íbamos hacia el centro, hacia la zona más castigada por la guerra. El día volvía a ser lluvioso. Nos llovió todos los días. A veces con intensidad. Otras con unas pocas gotas. Yamoussoukro (llámese Yakro, que aquí lo acortan todo) es la capital política. Allí las callejuelas desaparecen para dar paso a la majestuosidad de las grandes (grandísimas) avenidas que no llevan a ninguna parte. Siempre al estilo africano. Es decir, con arena, polvo, gente, cabras y socavones. A lo lejos vislumbramos una cúpula. Allá que nos fuimos para descubrir una enorme iglesia: la Basílica de Notre Dame de la Paix. Y es que Cote d’Ivore tiene las dos iglesias modernas más grandes del mundo. Esta es la mayor. Su construcción (entre 1985 y 1989) tuvo un coste aproximado de 250 millones de euros. Otra muestra de los contrastes del continente.

El siguiente objetivo en el mapa era Bouaké. Esta caótica ciudad, la segunda más grande del país, es la cuna de los rebeldes. Se nota por la cantidad de coches de Naciones Unidas circulando por las calles y por el gran control policial que hay a la entrada y a la salida. En un sitio así no es recomendable dormir en la furgo, así que nos fuimos al Mon Afrike, un paraíso entre tanto caos y una especie de búnker. Tiene varios guardas armados, doble muro de seguridad, alambrada de púas, puertas blindadas… Una maravilla para recordar la fragilidad política y la inestabilidad del país. Lo alcanzamos después de seguir las indicaciones y perdernos para darnos de bruces con un chimpancé. Y las sorpresas continúan una vez dentro del Mon Afrike. Allí conviven dos perros, una enorme tortuga cuya diversión es tirar las sillas que acaban de recoger los trabajadores y un ciervo al estilo Bambi. Ya lo decíamos: un oasis de paz y tranquilidad… no sólo para las personas.

Más al norte, hacia la frontera de Malí. Ese era nuestro objetivo. Salió el sol, como contento de vernos en ruta de nuevo. Pero le duró poco. Lo justo para descubrir la vegetación selvática que vive en Cote d’Ivore y parar a ver unos telares al borde de la carretera. Hacen estampados increíbles con una simple cámara de coche cortada a lo largo. La habilidad del encargado de diseñar los estampados nos sorprendió. Y el ver a niños de 10 años trabajando en esos telares nos devolvió a la realidad de la manera más directa. Ferkessédougóu (Ferké para los amigos) nos acogió para dormir una noche más antes de cambiar de país. Y no paraba de llover.

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150 dólares

Los días de frontera son largos. Es una de las cosas a las que debes acostumbrarte cuando viajas por África. Y también debes saber que Ghana es uno de los países del oeste africano que más trabas pone a la hora de entrar. La razón no está clara. Tiene recursos (se encontró petróleo, lo que disparó su “valoración” mundial), industria, grandes ciudades. En cambio, parece que el turismo no va con ellos. Pero es nuestro destino principal, así que debemos ir.
Plantarse en la frontera de Burkina Faso con Ghana no lleva mucho tiempo. Son relativamente pocos kilómetros desde Ouagadougou. Eran las 11:30h cuando llegamos. Y salir de Burkina Faso tampoco fue difícil. “El día pinta bien!”, pensé.

Y así era hasta que llegamos a la frontera de la policía ghanesa. En las fronteras tienes, por un lado, la policía que te sella el pasaporte. Y por el otro, la aduana que te “sella” el vehículo. Nunca debes olvidar que necesitas los dos sellos, el de la persona y el del coche. Si no te van a cobrar nada por las gestiones que realicen por el coche, no te lo recordarán. Así que estate atento y pregunta siempre cual es el siguiente paso. No quiero ni imaginarme qué pasaría si accedemos a un país sin haber pasado por la aduana…

Nos presentamos los dos ante la policía. Nuestro contacto en Ghana, la gente de Breast Care Internacional, nos había facilitado unos visados ya que en Senegal no nos los hacían si no teníamos la nacionalidad senegalesa, que no es el caso… Rellenamos la ficha inicial, nos toman una foto para el visado biométrico (menuda farsa esto del visado biométrico en África…) y nos hacen entrar en una sala y sentarnos frente a un funcionario. A este hombre le debimos parecer de Marte, pues nos leía la petición de visado que le entregamos en voz alta, muy despacio, una y otra vez. Sobre todo la parte en la que ponía “payment on arrival”. Y lo leía. Y lo volvía a leer. Y nosotros respondíamos que lo entendíamos y que todo ok. Lo hizo una vez más para luego decir: “150 dollars for each one”. Casi nada…

Habíamos sacado dinero en un cajero, pero no tanto. No nos esperábamos ese precio. Preguntamos el porqué de esa cantidad y nos dijeron que era una Emergency Visa. Así lo ponía en el papel que nosotros mismos le entregamos: EV. Y no te queda otra que pagar. “Tarjeta de crédito”, dijimos. No cobran con tarjeta de crédito en casi ningún sitio por debajo de Essaouira (y estamos hablando de Marruecos…). Pero por intentarlo que no quede. No tuvimos éxito. La solución era volver a entrar en Burkina Faso para llegar a un pueblo llamado Pò, donde hay un cajero. Así que cojo la bici (sí, esa que está soldada y apañada de mala manera) y me encamino de nuevo a la frontera de Burkina Faso. Les explico a los funcionarios el problema y entre las risas que seguramente les provocaba el ver a un tipo blanco, sucio, sudado, con chancletas y en bici y el pedir permiso para entrar en su país de nuevo sin sello y en un francés pésimo, pues me dejaron pasar. No sin antes desearme que tenga suerte, porque desde la frontera hasta el cajero más próximo hay 20km a pleno sol. Y un sol de los que abrasan. No era buena idea ir en una bici hecha un trapo…

Busco una solución en forma de taxi-moto en el pequeño poblado fronterizo sin nombre. Negociamos el precio y le digo que me parece demasiado caro. Empiezo a caminar esperando el típico: “ok, ce bonne”. Pero esta vez lo que consigo es un reproche y que el “taxista” arranque su moto rápidamente y se dedique a decirle al resto de taxi-motos que no me lleven por menos de 10.000 cefars (él me pedía 4.000). Muy majete…
La chulería mafiosa de este tipo me obligó a empezar a caminar en busca de un taxi-moto “no oficial”. No tuve suerte. Me decanté entonces por seguir caminando hasta que una mujer me dijo que no siguiera, que desde donde estaba hasta mi destino no había ninguna sombra y que si seguía estaba “fou” (loco, palabras literales). Así que volví hacia el pequeño poblado fronterizo en busca de algún otro tipo de transporte. Vi un taxi (coche esta vez) y negocié el precio: 750cefars por trayecto. Lo que hacía un total de 1.500. Perfecto!
Aquí los taxis funcionan de la siguiente manera: son seis plazas “legales”. Y un taxi nunca arranca hasta llevar 6 pasajeros. Y yo era el tercero. Debíamos esperar a tres personas más. Las esperas suelen ser largas y tienes tiempo para pensar. Y me puse a hacerlo para, finalmente, darme cuenta de que no llevaba ni un cefar encima. Llevaba el pasaporte y la tarjeta de crédito. Nada más.

Hablé con el taxista para ver si me podía llevar hasta el cajero, parar, sacar dinero y pagarle. Pero le pareció demasiado sacrificio. Así que estaba otra vez como al principio pero con dos horas de sol de más encima de mi cabeza. Y Claudia, en la furgoneta inmovilizada entre las dos fronteras. Me puse a caminar de nuevo sin éxito. Nadie me rebajaba el precio. Cuando ya no sabía qué hacer y me disponía a volver a la furgoneta para esperar al día siguiente se acerca un chaval con su moto y me dice que por 5.000 me lleva y me trae de vuelta a la frontera. Y que le pago después. Al final lo acordamos por 4.000. Por fin…
De ahí hasta Pò con el gas a fondo. Pero llegué a las 17.00h, antes de que cerrase la frontera a las 18.00h.

Contento y con el dinero (y con más sol de la cuenta encima) entramos de nuevo en la garita para pagar los visados. Nos habían dicho que el cambio de 150 dólares era 100.000 cefars por cabeza. Se lo damos al policía y entonces, me ilumino: “serán realmente 150 dólares esos 100.000 cefars que nos han dicho?”. Salgo de la habitación con una excusa tonta y vuelvo a la furgo a mirar el cambio oficial que aparece en la guía que llevamos. No cuadra ni por asomo. Lo correcto sería 70.000 cefars por cabeza. Vuelvo a entrar, se lo comento a Claudia y les decimos lo que ocurre. El dinero ya no está encima de la mesa donde lo dejamos cuando salí hacia la furgo. Lo tiene el jefe de frontera en su despacho. Discutimos con los funcionarios hasta que ese jefe, cansado de oírnos, nos hace entrar en ese despacho y nos explica que el cambio es correcto porque es la comisión que él cobra por tener que cambiar de cefars a dólares. 60.000 cefars de gastos extras para cambiar. Menuda cara más dura… Más discusiones con la chulería extrema del jefe y su segundo de a bordo hasta el punto de decirnos que o le pagábamos en dólares o no nos daba el visado y que dormiríamos allí hasta que así lo hiciésemos. Claudia se arranca: “¿Porqué se tiene que pagar en dólares? Que yo sepa, esto no es Estados Unidos aunque se hable inglés! Esto es Ghana y vuestra moneda es el cedis! Así que si quieres cefars, como en un principio habías dicho, bien. Y si no, cambiamos a cedis y te pagamos en cedis! Pero en dólares, NO!”.

No hay manera. Le digo a Claudia gesticulando que llame al jefe de inmigración (que es quien nos había firmado la invitación/ visado). Y de repente, el jefe se pone a rellenar el recibo por un valor de 80.000 cefars, le da la orden a su segundo para que nos ponga el sello y listos. Nunca sabremos qué les hizo cambiar de opinión. Suponemos que llegaron al punto donde la gente paga o no paga. Y saben que si pasas de ese punto estás dispuesto a no pagar. Y nosotros lo pasamos…
La aduana de la furgo, por suerte, fue rápida y legal.

Llegamos hasta Bolgatanga, la primera ciudad de Ghana ,con la intención de encontrar un sitio rápidamente en el que descansar. Todos los posibles alojamientos estaban llenos. Todos menos uno. Un pequeño antro bajo el nombre de Sandgardens. La habitación no tenía nada que envidiar a la de cualquier hostal de puerto que todos hemos visto en las películas españolas que se centran en las aventuras y desventuras de gente más o menos marginal. Horrible no lo define del todo bien… Pero dormir en la furgo no nos pareció seguro. Así que, derrotados, sucios, sudados y malhumorados nos duchamos y nos metimos en la cama. Pero el día no podía terminar sin alguna sorpresa más: la fiebre, que me quiso acompañar toda la noche. Pensamos que sería malaria y nos hemos equivocado. Debió ser una insolación. Pero hemos llegado a Ghana, que era lo importante.

Todo lo explicado no puede ilustrarse. En las fronteras no se pueden hacer fotos y llegamos a Bolgatanga ya de noche. Esa es la razón por la que este post solo tiene dos fotografías…

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Errores que no se deben cometer

De Nouakchott a la frontera con Senegal hay 200km. Atraviesas poblados bereberes que te hacen preguntar cómo viven estas gentes, de dónde sacan para comer algo cada día. No es dinero lo que les falta (que también…), pues en Mauritania lo que no hay son cosas para comprar. Es que no podemos imaginar qué pueden llevarse a la boca. No es el país más pobre de los que visitaremos, pero es impactante para un europeo encontrarse tan rápidamente con zonas donde el 69% de la población vive con menos de un dólar al día.

Cuanto más al sur, peor. Las carreteras están rotas y solo caben dos coches muy justos. Si te encuentras con un camión, te vas al arcén. Es la ley del más fuerte. Nos ponemos en marcha pensando: “solo son 200 kilómetros. Los haremos rápido”. Primer error de un día cargado de errores. En África las distancias no se cuentan en kilómetros. Se cuentan en horas. Segundo error: no poner gasoil saliendo de Nouakchott, sabiendo además que la gasolinera más cercana estaba a 200 kilómetros, a la entrada de Rosso. Tercer error: confiar en un GPS antes que en las indicaciones de un lugareño. Así pues, ya os podéis hacer una idea de cómo transcurrió el desplazamiento. Fuimos mucho más lentos de lo esperado, sin carburante (primera ley de África: pon gasoil siempre que puedas…) y a una de las fronteras más odiadas por los overlanders: Rosso.

Por el camino, además, cometimos otro error, el más grave quizás. En un control de carretera el militar de turno nos dijo que su hermano trabajaba como transito en la frontera mauritana. Nos pareció buena idea que nos llevara el tema de papeleos. Fue llegar a Rosso y empezar nuestro calvario. Entramos la furgo a la zona de aduanas con la frontera cerrada y nos salimos. Mal. Nunca debimos salir de allí. No pudimos volver a entrar hasta las 15h de la tarde (eran las 14:00) y durante todo ese rato fuimos los monigotes de una tal David, el hermano del militar. Nos llevó a comer a una casa particular donde nos cobraron. Nos comentó que en Senegal ahora se necesitaba visado (sí, desde el 1 de julio se neceita…), que en la frontera de Mauritania se tenían que pagar casi 100 euros para conseguir la salida, cuando a la entrada pagamos 10, que los trámites en Senegal cuestan otros 150 euros (todo esto en moneda del país, claro), que si en el otro lado del rio, o sea Senegal, no hay garitas de cambio y se tiene que cambiar allí (cosa cierta, pero a su manera), que sí necesitaremos un guía en el otro lado… Y un montón de cosas más que lo único que hacen es despistarte.

Juramos que nunca daríamos los pasaportes o los papeles del coche a uno de estos tipos. Y a la primera de cambio, nos quedamos sin ellos. Empezó un baile de idas y venidas con nuestros pasaportes, los papeles del coche y mi carnet de conducir. Y nosotros sin saber nada porque nada te explicaban. De repente: “corre, corre! Al coche!” nos subimos y embarcamos en el ferry. Sin nuestros pasaportes y sin los papeles del coche y sin mi carnet de conducir. Los llevaba el supuesto “hermano” de David, un tal Omar. No había manera de que nos los devolviese. Desembarcamos en Senegal. Lo primero: “Visa”. “Pas de visa” les decimos. Pues sin visa “no sello”. Para conseguir el maldito sello tienes que presentar un justificante de haber rellenado el formulario de petición de visado a través de Internet. Vamos a una especie de garito donde los ordenadores deben funcionar con un modem de 56k. O menos… Después de casi media hora rellenando un formulario, Omar dice: “vamos a la policía que os darán el sello sin formulario porque conozco al jefe”. Confiados, vamos con él. Bueno, confiados y porque tenía todos nuestros papeles. Llegamos a donde supuestamente dan el sello. Nada. Sin visa no hay manera de entrar. Nos lleva entonces a otra zona de la aduana para “arreglar” los papeles del coche. Disponemos de Carnet du Passage en Doune, un papel imprescindible para entrar en Senegal con un vehículo de más de 5 años de antigüedad y que se gestiona en España con aval bancario de por medio. Todo esto para evitar que vendas el coche. Como si tuviéramos pintas de vender la furgo en Senegal…

Ahí nos empieza a pedir dinero. “Todo va con recibo, confía en mí”. No tenemos otra opción. Nos tiene atados de pies y manos. Después, a otro lado a no sabemos qué. Y vuelta a empezar. Que si a la garita de policía donde ponen el sello, que si a lo del coche, que si a no sabemos donde. Y otra vez. Y otra vez. Y una más. Y otra. Mi desespero va en aumento y cuando después de 3 horas le digo que ya está bien, que me cuente como está el tema, me dice que el no lo soporta más y que nos espabilemos. En ese momento la desesperación y la impotencia es total. Continuamos una hora más detrás de este tipo que no nos solucionó nada. Al final dice que se va, que está de Ramadán y que esta “tres fatigué”. Pero que nos deja con otro amigo suyo, igual de jeta y aprovechado. Volvemos entonces a la policía del sello. Nada. Sin el maldito formulario no hay visado. Así que volvemos a ese antro de Internet y después de una hora y de pagar 52 euros cada uno nos dan un provisional. Para el visado definitivo tienes que esperar. Encontramos a dos chicos franceses que llevaban tres días esperando para conseguirlo, pero el mail no les llegaba (finalmente les llegó).

Con ese papel y gracias a que hace solo 10 días que empezaron con toda esta tomadura de pelo, les colamos un gol. Les dijimos que ese era el papel que nos pedían. Y en media hora, el sello. Con el sello en nuestros pasaportes, fuimos a acabar de arreglar el tema del vehículo. Media horita más. Noche cerrada ya hacía un par de horas casi. Finalmente lo conseguimos. Asqueados, enfadados, rabiosos y humillados por el gran timo de esta gentuza que se hacen llamar guías de tránsito, nos fuimos de Rosso para, esperamos, no volver nunca más.

Dormimos a 15 kilómetros, en la primera gasolinera que encontramos. Por fin. Un mal sabor de boca que nos quitó rápidamente el chico que trabajaba en esa gasolinera, todo un ejemplo de amabilidad y simpatía.

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