Mali

Juramos volver

Nada que ver con el resto de los países que hemos visitado. Dijimos que volveríamos y así lo hicimos. Malí, tan temida desde que aparece en los telediarios, nos volvió a sorprender. Y ya estamos pensando cuándo será la próxima vez que la visitemos. Esta vez lo hicimos porque queríamos. Sin ningún temor, abiertos a lo que nos ofrece ese país y sus gentes. Malí está lleno de sonrisas por todas partes. Solo tienes que buscarlas un poco. Una mirada es suficiente para descubrir los blancos dientes de los que allí habitan. Y da lo mismo que sean niños, adolescentes, adultos o ancianos. Todos dibujan una gran sonrisa cuando te ven.

En esta ocasión habíamos decidido no dormir en ningún hotel de las ciudades importantes del país. Más que nada porque nos estamos quedando sin dinero y tenemos que ahorrar como sea…
Entramos a través de la frontera con Cote d’Ivore. Para este viaje disponemos del Carnet du Passage en Douane (CPD), unos impresos oficiales para la importación temporal de un vehículo. Te ahorra muchos problemas en las aduanas de las fronteras y bastantes euros, pues donde no sirve te suelen cobrar una cantidad importante por un permiso para transitar por el país que suele ser de 15 días. Malí es uno de estos países. El CPD no sirve y debes pagar 5.000 cefars por la furgo. Allí que nos plantamos los dos con nuestro bloc de documentos de importación (CPD) y con toda la cara del mundo les explicamos a los aduaneros qué era eso que tenían delante de sus ojos y cómo se rellenaba. El 99% de los que trabajan en las fronteras no han visto un CPD en su vida… La primera vez, entrando desde Senegal, nos dijeron que no servía. Pero esta vez coló. Así que con el sello en el CPD empezamos a entrar en Malí.

La tarde en West Africa dura poco. A las 18h anochece. Queríamos dormir en Sikasso, la primera ciudad después de la frontera, pero al llegar allí nos dimos cuenta de que no era muy agradable dormir en la furgo en medio de una ciudad africana. Aún quedaba una hora y media de luz y decidimos seguir rodando. Tras una hora más de conducción vimos un poblado a lo lejos y decidimos acercarnos a ver si nos acogían para dormir allí. Guelebougoula resultó llamarse. Al llegar preguntamos por el jefe del poblado, que muy amablemente nos aceptó. Nos dejó aparcar la furgo en medio del poblado. La gente no hacía más que mirar y mirar. Miraban todo lo que hacíamos. Si abría el portón, todos se acercaban. Si abría la puerta lateral, todos se acercaban. Sacaba la mesa y allí estaban. Mirando. Se acomodaron a unos pocos metros y allí pasaron las horas. Nosotros preparamos un poco de pasta con tomate para cenar y les acercamos un plato para que lo compartiesen. A los dos minutos ya teníamos el plato de vuelta con una sonrisa de oreja a oreja. Después de cenar, una infusión y a dormir. Poco había para hacer, sin luz, sin vernos las caras, sin hablar nada de nuestras respectivas lenguas. Así que nos metimos en la cama. A la mañana siguiente nos despedimos cordialmente de todo el poblado y seguimos la marcha.

La noche siguiente la pasamos cerca de Bamako. Habíamos escogido un campamento que resultó ser un lugar idílico. Está a una media hora de la capital, en medio de la montaña, cerca del río Níger: Le Campament Kangaba. La historia del lugar es muy singular. Hervé, el propietario, es un francés fabricante de djembés. Un buen día tomó conciencia de que su trabajo destruía árboles y que estaba ayudando a la deforestación de África. Así que se fue a Malí y se compró un terreno en el que empezó a plantar árboles para compensar el daño que había hecho. Un terreno de 20 hectáreas con una colina a la que subir merece la pena. Un treking espectacular por las vistas. Poco a poco los amigos empezaron a presionar para que les hiciese una casita de madera para pasar unos días en plena naturaleza. Y una casita dio paso a otra. Y esa otra, a una tercera. Y así se construyó Le Campament. Se tiene que ir por lo menos una vez en la vida. Además, a Claudia le llovió una oferta de trabajo por parte de Mariane, la mujer de Hervé. Podeís verlo en su blog.

Tuvimos que dejar este paraíso maliense para seguir camino. Esta vez el anochecer nos cogió a medio camino de Kayes. Se suele llegar en un día, pero habíamos estado esperando el visado de Mauritania en la embajada de Bamako (que no conseguimos…) y salimos tarde.
Así que la zona escogida para dormir fue la naturaleza. Nos desviamos por un camino que quedaba a nuestra izquierda y un gran árbol nos dio cobijo. Aquí no había nadie mirando. Pasamos la noche en soledad.

Senegal ya nos quedaba cerca. Un último esfuerzo para abandonar Malí y un último vistazo a las caras de sus gentes. Juramos volver de nuevo.

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Malí y un mes

Mali está ahí. Siempre lo ha estado. Me refiero a que desde un primer momento fue un destino que nos planteamos. El porqué no está muy claro. Supongo que las dificultades de visitar un país que está en guerra lo hacen más atractivo. Así que la decisión “obligada” de pasar por Malí nos llenó de emoción. Al principio.

Es cierto que era nuestra única opción de llegar a Ghana una vez anunciado que no pasaríamos por Guinea (quizás a la vuelta?), así que no hay otra. Tienes que pasar sí o sí. Y eso, quizás, fue lo que más me costó. No fue una decisión tomada relajadamente estirados en la cama de un hotel con aire acondicionado. Aunque, la verdad sea dicha, habíamos decidido pasar por Malí a la vuelta. Pero fue en caliente, sin reflexionarlo. Sin pensar en pros y contras. Y claro, si estás acostumbrado a ver las noticias y a escuchar lo que dice la gente y a leer foros de aventureros que hablan mucho sin salir de casa, pues le coges respeto a las cosas. Llámale respeto; llámale miedo. Y yo sentí miedo. Era algo inconsciente, algo que salía de mi interior. Llevábamos 20 días viajando y no sabíamos nada de la situación del país. Pero allá íbamos. Nos levantamos en Tambacounda, Senegal. Y las sábanas se me pegaban. Seguramente de forma más que consciente. Buscaba, sin conseguirlo, retrasar el momento de partir hacia Malí, hacia ese infierno que mi cerebro imaginaba influenciado por todo: los telediarios, los periódicos, internet, la familia, los amigos…

Pero llegó el momento de subirse a la furgoneta, de ponerse detrás del volante, de encender el motor. Y la tensión fue aumentando. Claudia era la diana perfecta para descargar mis miedos. De hecho era la única. Tuvo que soportar mis enfados y mis reproches por haberme llevado hacia donde inconscientemente no quería ir.

Y llegamos a Malí. La frontera fue un pequeño infierno. No por los funcionarios, sino por la cantidad de camiones que había. Se tiene que atravesar un poblado de estrechas calles de fina arena batida. Y cuando llevas una hora de cola detrás de estas moles que lanzan calor al exterior como si fueran hornos con ruedas llegas a la aduana. Sorpresa: “donde están los pasaportes sellados?”, logro entender. “No los tengo” pienso para mis adentros y empiezo a sudar. “Dónde los sello?” pregunto en un mal francés. Malo. Muy malo. Estaba al otro lado del pueblo. Eso significaba que teníamos que dar marcha atrás, sellar los pasaportes y volver a hacer la cola. Pero lo hicimos. Y no nos pareció tan mal. Por que te acostumbras a todo esto. La burocracia, las colas, las horas de espera, los funcionarios en sus cuchitriles llenos de papeles y suciedad. Lo que al principio te llama la atención y te desespera y te recuerda que eres occidental, ahora es un puro trámite que pasas sin más. Sin nervios. Sin miedos. Una sonrisa en la boca y cara de pardillo. Eso ayuda mucho. Será que algo ha cambiado en nosotros desde que pusimos los pies en África…

Así que después de unas dos horas y media ya estábamos circulando por Malí dirección a Kayes, a unos 200km de la frontera. Nos sorprendió la calidez de la gente y lo auténticos que son. Si les saludas con la mano, se les forma una sonrisa. Dejan ver sus blancos dientes, sus bocas abiertas. Ríen y se les ve felices. Y si paras, acuden a ti, pero no para venderte nada. En realidad sí. Te venden algo, lo que tienen. Pero si les dices que no, no les parece ningún desprecio, no insisten y rápidamente te dan las gracias y se van. No hay signos de violencia por ningún lado. Claro! Estamos en el sur y aquí parece que no haya habido guerra. Pero mi cerebro no quiere reconocerlo. Estamos en Malí y eso es lo que cuenta. Por suerte sus gentes son encantadoras. Y todos los miedos desaparecen.

Malí es tan bonita y su gente tan diferente al resto de lo que hemos visitados que volveremos. Nos ha encantado la experiencia. No tienes buenas conexiones a internet, no hay campings, no hay infraestructuras turísticas. Pero es maravilloso. Hemos vivido situaciones que no hemos podido vivir en otros países. Y es precioso. Mucho. Mi cerebro se liberó por fin de la tensión y empezó a disfrutar. Que maravilla viajar así.

Pero desgraciadamente sólo tres días han sido suficientes para dejar atrás este país. La segunda jornada fue maratoniana, con 670 kilómetros en 12 horas, problemas con la gasolina y circulando más de tres horas de noche, la prohibición máxima de los que viajan con coche por este continente. Llegamos a Bamako exhaustos, sucios, sudados y con ganas de meternos en la cama. Y eso hicimos para poder continuar al día siguiente hacia Sikasso, a solo 50 kilómetros de la frontera con Malí. Pero la aventura nos tenía preparada la primera sorpresa en forma de avería mecánica importante desde que salimos de Barcelona.

Al parar en una estación de servicio a repostar y mientras el gasolinero llenaba el depósito de la furgo con gasoil bueno (en Malí es muy difícil encontrar buen combustible) me dio por mirar la parte trasera. Vi una mancha a la que no di importancia. Aquí todos los coches pierden aceite. Pero esta vez observé como la mancha se iba haciendo grande. Sin duda la fuga la teníamos nosotros. Aparto la furgo y con la mano compruebo que es gasoil. Primer pensamiento: “mierda!”. Segundo pensamiento: “vale, vamos a ver qué pasa”. Al abrir el compartimento del motor encuentro que en la zona del primer inyector hay un charco de combustible. Pero después de comprobar veo que es un tapón del sobrante que está rajado. No tengo recambio para eso, pero esto es África y aquí lo arreglan todo. Encuentro al mecánico del pueblo debajo del suelo de una limusina Hummer (¡!) que había atraído la atención de todos los que allí vivían. Incluso los trabajadores de la gasolinera se habían acercado para ver el espectáculo. Le enseño mi problema, me dice que ahora vuelve y a los dos minutos aparece con un apaño de los que no se le ocurren a un mecánico europeo en 10 horas: un tubo de presión con un tornillo enroscado en la punta a modo de tapón. Fantástico! Lo coloca, arranco y observo como esa fuga queda reparada pero ahora pierde por otro lado. Un calentador nos quiere fastidiar. Me subo al techo, abro la caja de herramientas, cojo una llave de tubo del 10 y una llave inglesa. Bajo del techo, le meto un apretón sin mucha confianza. Arranco y… solucionado! Vuelvo al techo, cierro la caja de herramientas, ato todo fuertemente, me bajo y seguimos camino.

Sikasso forma parte de esas ciudades poblado medio caóticas. Dormimos en un hotel junto con toda una tropa de observadores de la UE. Sí, en Malí hoy domingo día 28, hay elecciones. Nos enteramos en la frontera, pero ya no había vuelta atrás. No nos hemos encontrado ni un problema desde que entramos. Y las tropas francesas solo las vimos en Bamako.

Salimos de Malí y en Burkina Faso nos reciben una cuadrilla de policías de lo más divertidos. Tanto que al enterarse de que estamos recién casados nos montan una boda improvisada, con abrazo incluido. Pasamos un buen rato y seguimos dirección a la aduana donde estaremos más de una hora esperando a que el funcionario tuviera ganas de ponerse a trabajar. Una vez se lo toma en serio y vuelve a su sitio, en cinco minutos salimos de allí. A los 500 metros, un control. Bajo y me voy a ver al funcionario a su garita. Me pide los papeles del coche, apunta lo que le parece como por ejemplo que el coche es un Volkswagen Castellón (cuando esa es la provincia donde lo compré) y me pide 2.000 cefars. Y por primer vez oigo a mi boca decir: “no, no pago si no me das un recibo” y la cara del militar empalidece. “Cómo? No quieres pagar? Aquí paga todo el mundo!”. Sentía miedo, pero estaba lanzado: “si no me das un recibo, no te pago”. Salgo de la garita y le digo a Claudia que prepare 2.000 cefars (por lo que pueda ser). El funcionario aparece a lo lejos, me grita y me dice con la mano que siga. Me siento medio orgulloso de lo que acabo de hacer, medio temeroso de las represalias que puedan llevar a cabo en el siguiente control. Pero no, no pasa nada…

Así que seguimos disfrutando de un paisaje cada vez más verde y frondoso. Al cruzar un puente vemos a unas mujeres lavando la ropa. Paramos, cogemos una tela y nos bajamos con ellas. Les pido que me enseñen cómo se hace. Me pasan el jabón y se ríen un buen rato de mi poca habilidad para lavar la ropa en el río. Decidimos ir hasta Bobo, la segunda ciudad de Burkina Faso. De momento, la avería sigue solucionada… Y por cierto, hoy cumplimos un mes de aventura!

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