Marrakech

Medio día en la Plaza Jamaa el Fna.

Marrakech posee una luz de misterio desde que sale el sol. Te despiertas relativamente pronto y ya notas ese calor especial que te acompaña a la que te alejas de la costa. Empiezas a sudar cuando mueves un dedo y ya no paras hasta que te vas a dormir. Y sigues sudando. Pero quejarse es de débiles. Y con una piscina en el camping no hay queja posible…

Primero un desayuno abundante (lo de “petit” dejeuner debe ser una broma). Y después, bañador y al agua. La mejor manera de quitarte el sudor: nadar, hablar en remojo, relajarse en la piscina. Un pequeño parón para la tarde que nos espera y que empieza a las 13.30h cogiendo uno de los buses de línea regular que pasa por delante del camping y que tiene parada… donde se quiera. Así que lo paramos y nos subimos a él. 14DH (unos 1,4 euros) por los dos para hacer unos 20km y con parada a escasos metros de la plaza Jamaa el Fna

Una vez en Marrakech nos acercamos a ver el ambiente. A esas horas no hay mucho que ver. Algunos carros de zumo de frutas, las tiendas de souvenirs, mujeres que decoran con henna y poco más. Bueno sí: sol y calor. Un sol abrasador. De camino a la plaza más famosa de Marruecos te encuentras lugares donde comer. Lugares donde nunca te pararías ni siquiera a mirar si lo tuyo es el hotel de cinco estrellas y no eres muy dado a probar cosas nuevas. Sitios donde solo hay lugareños. Sitios de esos de pensar que si ellos comen allí, malo no debe ser. Así que decidimos dar marcha atrás y refugiarnos en un auténtico puesto de comidas callejero, una especie de bar que en nuestro país no recibiría ni el calificativo de antro. Nos acomodamos en unas sillas frente a una mesa mugrienta y llena de huesos de pollo. Un trapo para tirarlos al suelo y ya está lista. Pedimos dos tahin que en principio debían ser vegetales pero que tenían trozos de carne por todas partes. El vegetarianismo en África es complicado…

Las raciones, servidas en el típico cono y calentadas en brasas, son más que generosas. Nos fijamos en cómo comen los que allí están sentados. Un trozo de pan y a remojarlo. Los dedos sumergidos en el caldo que acompaña a las patatas, las legumbres, la cebolla, el tomate y algo más. Y a la boca. A los turistas nos traen cubiertos, pero a un amante del pan (como yo) le parecerá una muy buena opción para darse un atracón. El veredicto final: increíblemente delicioso. Nunca se debe perder la oportunidad de probar las comidas de sitios así.

Con la panza llena las cosas se ven… igual pero con la panza llena. El calor sigue ahí. El sol, también. Y la gente. Y los caballos con sus carros. Y como no los vendedores de souvenirs, los carros de zumos de fruta y las mujeres que decoran con henna. Aún tiene poco que ver con el movimiento que te espera pocas horas después. Si quieres matar el tiempo puedes adentrarte en la Medina, pero sigue haciendo calor y los vendedores te agobian. No puedes relajarte ni un segundo a mirar nada porque ya los tienes encima con un “barato, 5DH”. Salimos. Nos sentamos en un bar a esperar.

Una espera que se ve recompensada a las 18.15h cuando aparecen, de golpe y por sorpresa, una marabunta de carritos de color verde. Son los que montan las paradas de comida para la cena. El movimiento aumenta. Subir a una de las terrazas-mirador es una muy buena opción para verlo todo en perspectiva. Unas escaleras separan el suelo de la plaza de una de estas terrazas donde la consumición es obligatoria incluso antes de acceder a ellas. No vemos a nadie, así que pasamos y nos sentamos. Ahora sí que se observa la habilidad de los marroquíes para montar estructuras y cambiar el paisaje que tienes delante en un abrir y cerrar de ojos. En tan solo 30 minutos montan una especie de mini barrio lleno de puestos de comida (esta vez sí, callejeros). Es como una feria de cualquier ciudad española, pero en vez de necesitar dos días ésta se monta y se desmonta en minutos (Tras las fotos encontraréis un vídeo para que lo veáis).

Entre aguas frías que se calientan en minutos y tés con menta que se mantienen calientes hagas lo que hagas, van pasando las horas hasta que la noche abraza toda la plaza. Ese momento es mágico. Las luces se encienden y el humo de las parrillas lo envuelve todo. Volvemos a la calle. Hay mucha gente. Mucha. Adentrarse en esa feria diaria de la comida callejera es un tanto pesado. No puedes dar dos pasos sin que alguno de los “cazadores de clientes” te moleste invitándote a su garito. Cuando averiguan tu nacionalidad empieza la retahíla de frases típicas como : más barato que en el Mercadona de Valencia, Barcelona bona si la bossa sona, adeu Andreu y cosas por el estilo, incluido el omnipresente Barça. Tenemos suerte de que por aquí corre mucho español. El tema de los rusos aún no lo tienen controlado y pretenden convencerles para que se sienten en sus bancos al grito de “Kalasnicov!”. Evidentemente, no tienen el mismo éxito que con nosotros. Una risas y accedemos a uno de esos chiringuitos.

La carta es completa: brochetas, patatas fritas, berenjenas y algo así como “cena” y “pimienta”, que no es otra cosa que la traducción vía google de palabras como “soup” o “pevre”. Así que lo correcto sería “sopa” y “pimientos”. Otra de esas cosas que te sacan una sonrisa de esta gente tan amable y alegre. La carne, según Claudia, no es nada del otro mundo. Solo se salva el pollo, algo contrastado ya de las dos veces que lo ha probado. El resto, seco y sin gusto. Yo opto por unas berenjenas con pimientos y patatas. Buenísimo no estaba, pero se podía comer. A la hora de pagar, sorpresa. 135DH por una comida mala y rápida. No nos convence…

Para volver al camping ya no hay autobús. El último sale a las 20.30 y son las 21:30. Negociamos el precio con un taxi para que nos acerque hasta nuestro alojamiento. Quedamos en 60DH tras ser espectadores de excepción de las discusiones entre los propios taxistas. Nos subimos al coche con uno de ellos. Antes de salir de la ciudad para en el arcén. “Voy a hacer un truco” nos comenta. Arranca dos hojas del manual de usuario del coche. Se baja. Quita el letrero de Taxi del techo del coche y lo deja en el maletero. Abre la puerta. Coge las hojas arrancadas del manual y un poco de cinta aislante. Tapa con ellas la palabra “Taxi” de los laterales del coche. Se sube y continuamos. No nos explica nada, sino que intenta cambiar de tema diciéndonos que ahora se pone el cinturón de seguridad porque salimos de la ciudad. Quizás piensa que no nos hemos dado cuenta de lo que acaba de pasar. Los “petit taxi” como este en el que vamos sentados no pueden salir de la ciudad con pasaje. Por eso ha tapado y quitado todos los indicativos. Finalmente llegamos al camping. Le damos un billete de 200DH y nos devuelve 130. “Habíamos pactado el precio en 60DH, no en 70” le digo. Como si oyera llover. Empieza a hablar en árabe y yo en catalán. Cerramos la puerta y vemos como se aleja de nuevo hacia la ciudad con los papeles aún en las puertas y 10DH de más en su bolsillo. Por lo menos la furgo nos espera, paciente y acalorada, dispuesta a darnos cobijo una vez más.

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