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Atrapa tu sueño, como los Zapp

“Debemos escribir otro post”, pensaba desde hacía días. Pero no nos gusta escribir por escribir. Siempre tiene que haber algo que enganche al lector (o al bloguero…). No es necesario que refleje cosas de la aventura así, sin más. Nosotros seguimos teniendo mucho que explicar. Fueron varios meses fuera de casa, viviendo en la furgo y en contacto permanente con la gente de ahí donde pasábamos.
Una de las cosas que van cambiando a medida que avanza una aventura es la sensación de inseguridad. A menudo, cuando preparas un viaje de estas características sentado delante del ordenador, leyendo periódicos, viendo las noticias en televisión, escuchando a amistades alarmistas te vuelves paranoico. Empiezas el viaje pensando que quizás te robarán, que serás atacado, detenido, que quizás te secuestren. Vamos, que desaparecerás de la faz de la tierra. Evidentemente, no hay manera de saber qué ocurrirá, pero a medida que pasan los días te vas relajando llegando incluso a ponerte en peligro. De eso sólo te das cuenta cuando estás de vuelta. Y ni así.
Nosotros no nos vimos en problemas en ningún momento. Ni en Mauritania, ni en Malí, ni en Costa de Marfil. Evidentemente hay ocasiones en las que no ves las cosas claras. Hubo un momento de pánico cuando vimos que no podíamos acceder a Guinea Conakry y teníamos que ir a Malí. Yo lo sufrí. Los nervios te bloquean y no consigues ver nada de manera positiva. Pero Claudia estaba allí para calmar los ánimos y ver las cosas de otra manera. Debíamos seguir para llegar a Ghana. Y esa era la única ruta posible. Los que habéis seguido el blog ya sabéis que fue una de las mejores decisiones de nuestra vida. La gente de Malí es impresionante.
A veces lloro. Lo hago sólo. Me sobreviene una tristeza tremenda recordando lo que vivimos. Es como la morriña galega. Supongo, porque yo soy catalán. Pero lo que está claro es que esos recuerdos te hacen soñar. Incluso a veces desconectar. Te impiden prestar atención a lo que estás haciendo. Como ahora, que estoy en la montaña pero me acabo de trasladar a Burkina Faso. Porque ya sabéis que no queríamos volver.
Unos años antes de partir empecé la lectura de “Atrapa tu sueño”, muy recomendable para los que piensan en cambiar el rumbo de sus vidas algún día. De qué trata? De una pareja que un buen día lo dejaron todo para ponerse en ruta al volante de un antiguo coche de los años 20 (un Graham-Paige de 1928) y cruzar el continente americano desde Argentina hasta Alaska. Fue el primero de una serie de viajes impresionantes que aún hoy siguen llevando a cabo con ese mismo vehículo. Lo puedes adquirir haciendo click aquí. Nosotros hemos empezado a perseguir nuestro sueño, como el título del libro de Candelaria y Herman, “los Zapp”. Y lo atraparemos seguro. En ese libro, una referencia para todo aquel que decide cambiar su vida para vivirla y disfrutarla (y si obviamos la profunda religiosidad de la pareja), hay una cita que dice:
“Lo que ustedes están haciendo es el sueño irrealizado de muchos de nosotros, que vemos pasar los años y las oportunidades por motivos que no tienen razón de ser. Un sueño realizado es la mayor fortuna que un hombre puede llegar a tener. Pase lo que pase, seguirá con él, nadie podrá quitárselo. Ni la muerte. Porque lo llevará guardado en el alma”

Poco más se puede decir. Considero que es una verdad irrebatible. No hay nada mejor que un recuerdo. Pero la vida sigue. Y volver a viajar es difícil. Y sobre todo, costoso. Tenemos decidido cuál será nuestro próximo destino: Asia. Pero hasta que ese momento llegue y podamos acumular otro recuerdo que ni la muerte pueda arrebatarnos, debemos seguir luchando para poder seguir persiguiendo nuestro sueño… hasta atraparlo.

De momento hemos cambiado la calidez de la gente africana, los kilómetros y kilómetros de desierto, las noches en vela por el calor, los mosquitos y las comidas picantes por horas y horas en el estudio de fotografía de Claudia y por un trabajo a tiempo parcial en una estación de ski que no me deja ni un fin de semana ni un festivo libre hasta después de semana santa. Tenemos que ahorrar mientras pensamos en proyectos, como pasar un par de meses en Sardegna para hacer un reportaje que hace tiempo que a Claudia le ronda por la cabeza, o mientras intentamos mover el documental que realizamos en Ghana con las supervivientes del cáncer de mama de los hospitales Peace & Love.

Para los que no lo sepan, ese reportaje debía haber aparecido en la revista Yodona coincidiendo con el día mundial del cáncer de mama que se celebra en octubre, pero a una semana de publicarse y con todo hablado y pactado se tiraron atrás no sabemos aún muy bien porqué. Ellos se basaron en que las fotografías eran duras. El cáncer es una enfermedad dura. Claudia hizo un trabajo excelente para lograr reflejar lo que esas mujeres llegan a sufrir en un continente en el que esta enfermedad sigue siendo tabú. En fin, que nos dejaron tirados y sin cobrar. Y lo que duele más: sin saber nada más de ellos pese a los mails que les enviamos. En fin…

Seguimos adelante. No hay nada que nos pueda parar. Como dice la canción Mar, el poder del mar de Delafé, “esto no se para!”. Nos costará más que en la primera ocasión, pero lo conseguiremos. Estoy seguro de ello.

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Lo que nos hacía rabiar

Hace ya unos días que llegamos a Barcelona. Llegamos a Barcelona, que no quiere decir que hayamos vuelto. Los recuerdos de lo vivido son imborrables. Y lo serán para toda la vida. En tres meses y medio hay días para todo: para la felicidad y para la tristeza; para reír y para llorar; para pasar calor y para pasar frío; para cansarse y para descansar; para hacer fotos y para hacer vídeos; para conocer a gente y para despedirse. Para vivir.

Es duro volver a poner los pies en el suelo de un país desarrollado y de una ciudad como Barcelona. Ves a la gente de otra manera. Los primeros días te horrorizas cuando accedes a un centro comercial y ves lo superficiales que podemos llegar a ser. Queremos irnos. Y cuanto antes lo logremos, mejor.

Queremos irnos para volver a conocer (volver a conocer, curiosa construcción…) a gente de otras culturas. A PERSONAS, en mayúsculas. Personas que nos han abierto su corazón, que nos han ofrecido todo lo que tenían, por muy poco que fuese. Echamos de menos hablar con los policías de los controles de carretera, que se quedaban alucinados al ver el tatuaje de letras árabes que llevo en el antebrazo. Lo traducían y reían. Echamos de menos perder tres horas para cruzar una frontera ahora que sabemos cómo movernos y evitar a los vividores que se creen que eres mercancía y te piden dinero por no hacer absolutamente nada. Queremos sentir de nuevo los nervios de desviarnos de la ruta marcada y acceder a un camino sin saber muy bien donde va a parar. Echamos de menos conducir con el viento entrando por las ventanas y el sol pegando en nuestras caras. Nos teníamos que poner crema protectora para no quedar carbonizados. Y así una anécdota tras otra. Hasta poder llenar un libro.

Nos gusta viajar. Y lo hacemos con gusto. Nos encanta interactuar con los demás. Nos apetece pasar calor en el desierto porque sabemos que por la noche el frío se nos echará encima y podremos encender una fogata para calentarnos. Nos apetece mojarnos con las lluvias torrenciales que dejan todo embarrado, ponernos unas zapatillas de deporte y caminar. Pocas cosas hay que puedan igualar la sensación de caminar por pueblos y ciudades en los que acaba de caer una buena tormenta aunque, como nos pasó en Bobo, nos haya obligado a coger un taxi que no podía resistir el agua y se paraba irremediablemente. Nos gusta buscar lugares para dormir aunque tengamos que empezar la búsqueda a las 3 de la tarde.

Discutimos varias veces a lo largo de los tres meses y medio que duró la aventura. Eso no se le escapa a nadie. Pero lo hicimos a gusto. Discutíamos porque pasar 24 horas juntos en una furgoneta pasando calor, frío, con lluvia, con tormenta de arena, con cansancio, con pena, con nervios, con alegría… pues no es fácil. Pero recompensa hasta límites insospechados. Ahora sabemos que podemos afrontar nuevas aventuras juntos. Y lo haremos. Sin duda. Estar de vuelta en Barcelona es solo un trámite.

Muchos quieren vivir una aventura en su vida. Viajar de otra manera durante un tiempo. Cambiar sus costumbres y olvidarse de todo. Después, a la vuelta, la rutina se convierte en la nueva aventura. No queremos que nos pase eso. Queremos vivir una vida de aventuras y viajes. Y lo haremos. Sin duda. Lo que nos hacía rabiar nos empuja a ello. Porque ahora nos encanta.

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¿Cuántas farolas tiene tu pueblo?

Muchas ciudades europeas miden su competitividad con sus vecinas en aspectos como los servicios que tiene, los supermercados, los centros comerciales, las universidades, el equipo de fútbol o incluso las marcas de los coches matriculados. Pero deben estar equivocándose en algo. Que tu ciudad sea más importante que cualquier otra lo da el número de farolas que tiene a la entrada y a la salida de la calle principal. Hemos visto ciudades con kilómetros y kilómetros de farolas dándote la bienvenida, con grandes avenidas llenas de polvo y farolas por todas partes. Una seguida de otra. Y da igual la forma. Se pueden combinar farolas antiguas con algunos diseños que se denominarían “arriesgados” incluso para ciudades de diseño como Barcelona. Y entre medio de esas altas farolas, otras más modestas, las típicas que puedes ver en cualquier pueblo del pirineo.

Ejemplos los hay en todas las zonas por las que hemos pasado: El Alayún, Tarfaya, Guelmin o Tiznit en Marruecos; Nouackchott en Mauritania; Kayes o Sikasso en Malí; Bobo en Burkina; Yamoussoukro en Cote d’Ivore; Volgatanga en Ghana; o Thiés en Senegal. Parece ser que cuantas más farolas mejor. Con un denominador común. Ninguna funciona por la noche…

Y deberían, pues en cuanto anochece no se ve absolutamente nada. Y muchas veces tienes miedo de atropellar a alguien, a algún niño. Sobre todo en Senegal. Hay niños por la calle. Muchos niños y de toda clase. Los hay que van camino a la escuela. Hay algunos que pasan el rato mirando la gente pasar. También hay niños que juegan al futbolín. Y hay otros que viven en la calle. Senegal es el país de los niños. Hay tantos que parece una guardería. Pero los que llaman la atención son los niños de la calle. Los encuentras con sus latas vacías pidiendo que les eches no dinero, sino comida. La historia de estos pequeños es casi siempre la misma: una familia de la zona rural le confía a un familiar que vive en la ciudad el cuidado de uno de sus hijos. Pero ese familiar no quiere hacerse cargo del niño y lo abandona a su suerte. Muchos no saben dónde nacieron, ni cual es el poblado en el que viven sus padres. Existen algunas ONG’s en países como Ghana que intentan darles una profesión para el futuro, pero son sólo unos pocos afortunados los que acceden a esas ayudas.

Senegal, tan grande y tan verde. Llueve. Es el primer país donde la época de lluvias se deja notar. O el último, según se mire. Pero aquí, dejando a un lado Tambacunda y Kaolak llegas a Dakar y ves que algo no anda bien. En la capital se mezclan coches de lujo con humeantes vehículos de más de 40 años; mansiones de tamaño imponente con chabolas a sus lados; tiendas de lujo con vendedores ambulantes de huevos duros. Aquí, a Dakar, fueron a parar todas las sedes de las grandes empresas y organizaciones mundiales que huyeron de la guerra de Cote d’Ivore. El sueldo medio de un senegales es de 100.000 cefars, poco más de 150 euros. Pero el señor de World Food Programme (o Programa Mundial de Alimentos) que no hace nada más en todo el día que asistir a cursos de formación (en Senegal los cursos de formación son remunerados) dispone de un coche de 60.000 euros, dietas pagadas, casa pagada y sueldazo. Y no debemos olvidar que WFP forma parte de las Naciones Unidas y lucha contra el hambre… No nos parece la mejor manera de luchar contra nada el vivir como un rico cuando a tu alrededor hay gente que se tiene que espabilar con un euro al día.

Pero en este país hay cosas fantásticas, como nuestro querido Zebrabar. Hemos vuelto a estar allí. No podía ser de otra manera. La paz y la tranquilidad y el ambiente y la naturaleza. Todo junto en este estratégico campamento. Allí seguía la laguna, las mesas al borde del agua, las cabañas, las palmeras, los cocos, los empleados que son como de la familia… Queríamos llegar como fuese, aunque tuviéramos que dormir en una gasolinera a medio camino. Esta vez accedimos a través de una pista por el sur. 13 ó 14 kilómetros que las lluvias habían dejado llenos de trampas. Pero llegamos. Queríamos quedarnos dos noches, pero una gastroenteritis nos obligó a quedarnos cinco días. No estuvo mal, sobre todo pensando que la siguiente etapa nos llevaba a Mauritania y a Rosso… No pudimos acceder a Diama porque las lluvias habían inundado la pista de acceso. Volvíamos al infierno.

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Juramos volver

Nada que ver con el resto de los países que hemos visitado. Dijimos que volveríamos y así lo hicimos. Malí, tan temida desde que aparece en los telediarios, nos volvió a sorprender. Y ya estamos pensando cuándo será la próxima vez que la visitemos. Esta vez lo hicimos porque queríamos. Sin ningún temor, abiertos a lo que nos ofrece ese país y sus gentes. Malí está lleno de sonrisas por todas partes. Solo tienes que buscarlas un poco. Una mirada es suficiente para descubrir los blancos dientes de los que allí habitan. Y da lo mismo que sean niños, adolescentes, adultos o ancianos. Todos dibujan una gran sonrisa cuando te ven.

En esta ocasión habíamos decidido no dormir en ningún hotel de las ciudades importantes del país. Más que nada porque nos estamos quedando sin dinero y tenemos que ahorrar como sea…
Entramos a través de la frontera con Cote d’Ivore. Para este viaje disponemos del Carnet du Passage en Douane (CPD), unos impresos oficiales para la importación temporal de un vehículo. Te ahorra muchos problemas en las aduanas de las fronteras y bastantes euros, pues donde no sirve te suelen cobrar una cantidad importante por un permiso para transitar por el país que suele ser de 15 días. Malí es uno de estos países. El CPD no sirve y debes pagar 5.000 cefars por la furgo. Allí que nos plantamos los dos con nuestro bloc de documentos de importación (CPD) y con toda la cara del mundo les explicamos a los aduaneros qué era eso que tenían delante de sus ojos y cómo se rellenaba. El 99% de los que trabajan en las fronteras no han visto un CPD en su vida… La primera vez, entrando desde Senegal, nos dijeron que no servía. Pero esta vez coló. Así que con el sello en el CPD empezamos a entrar en Malí.

La tarde en West Africa dura poco. A las 18h anochece. Queríamos dormir en Sikasso, la primera ciudad después de la frontera, pero al llegar allí nos dimos cuenta de que no era muy agradable dormir en la furgo en medio de una ciudad africana. Aún quedaba una hora y media de luz y decidimos seguir rodando. Tras una hora más de conducción vimos un poblado a lo lejos y decidimos acercarnos a ver si nos acogían para dormir allí. Guelebougoula resultó llamarse. Al llegar preguntamos por el jefe del poblado, que muy amablemente nos aceptó. Nos dejó aparcar la furgo en medio del poblado. La gente no hacía más que mirar y mirar. Miraban todo lo que hacíamos. Si abría el portón, todos se acercaban. Si abría la puerta lateral, todos se acercaban. Sacaba la mesa y allí estaban. Mirando. Se acomodaron a unos pocos metros y allí pasaron las horas. Nosotros preparamos un poco de pasta con tomate para cenar y les acercamos un plato para que lo compartiesen. A los dos minutos ya teníamos el plato de vuelta con una sonrisa de oreja a oreja. Después de cenar, una infusión y a dormir. Poco había para hacer, sin luz, sin vernos las caras, sin hablar nada de nuestras respectivas lenguas. Así que nos metimos en la cama. A la mañana siguiente nos despedimos cordialmente de todo el poblado y seguimos la marcha.

La noche siguiente la pasamos cerca de Bamako. Habíamos escogido un campamento que resultó ser un lugar idílico. Está a una media hora de la capital, en medio de la montaña, cerca del río Níger: Le Campament Kangaba. La historia del lugar es muy singular. Hervé, el propietario, es un francés fabricante de djembés. Un buen día tomó conciencia de que su trabajo destruía árboles y que estaba ayudando a la deforestación de África. Así que se fue a Malí y se compró un terreno en el que empezó a plantar árboles para compensar el daño que había hecho. Un terreno de 20 hectáreas con una colina a la que subir merece la pena. Un treking espectacular por las vistas. Poco a poco los amigos empezaron a presionar para que les hiciese una casita de madera para pasar unos días en plena naturaleza. Y una casita dio paso a otra. Y esa otra, a una tercera. Y así se construyó Le Campament. Se tiene que ir por lo menos una vez en la vida. Además, a Claudia le llovió una oferta de trabajo por parte de Mariane, la mujer de Hervé. Podeís verlo en su blog.

Tuvimos que dejar este paraíso maliense para seguir camino. Esta vez el anochecer nos cogió a medio camino de Kayes. Se suele llegar en un día, pero habíamos estado esperando el visado de Mauritania en la embajada de Bamako (que no conseguimos…) y salimos tarde.
Así que la zona escogida para dormir fue la naturaleza. Nos desviamos por un camino que quedaba a nuestra izquierda y un gran árbol nos dio cobijo. Aquí no había nadie mirando. Pasamos la noche en soledad.

Senegal ya nos quedaba cerca. Un último esfuerzo para abandonar Malí y un último vistazo a las caras de sus gentes. Juramos volver de nuevo.

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Volver a empezar

En España deben estar todos con el tema de la vuelta al cole, al trabajo, a la rutina. Nosotros también. Pero de otra manera. En un viaje como este llega un momento en que debes tomar la decisión de volver. Quizás vuelves por unos meses, unos días o unos años. Eso ya se verá. Pero es como volver a empezar. Todo tiene un principio y un final. Y este es el principio de nuestro final. El final de la aventura ya se acerca. Nos faltan unas cuantas semanas. A algunos les parecerá una eternidad, pero para nosotros los días pasan rápidos. Sin darnos cuenta alcanzaremos Tanger para embarcar camino de Barcelona.

Ghana ya queda lejos, pero el recuerdo que nos llevamos es tan bueno que siempre estará presente. Nos ha marcado. Los que seguís el blog ya sabéis porqué. Pero es que, además, la despedida no podía ser mejor. En nuestro canal de youtube colgamos hace unos días un par de vídeos de Cap Three Points. Fue una recomendación de Xavier y Queralt, una pareja catalana que vive con sus dos hijos desde hace un año en Accra, la capital de Ghana. Nos recibieron con los brazos abiertos y hablando de cosas bonitas para ver Xavier nos dijo que esa zona era para no perdérsela. Y así era. Tiene algo especial. Es salvaje, inaccesible, calurosa. Es el lugar donde hemos decidido que, si cambiamos de vida, deberán buscarnos.

Costa de Marfil (así se conocía en nuestro país) hace poco que dejó la guerra atrás. El simple hecho de oír su nombre me traía malos recuerdos. Oficialmente en 2002 entró en guerra. Una guerra que hacía años que estaba presenté, pero no declarada abiertamente. Y una guerra africana, entre africanos, sin intervención de las llamadas “fuerzas de paz” hasta que se pierde el control, se convierte en la mayoría de casos en una sangría sin límite. Las atrocidades vividas por los marfileños hace que después de 4 años oficialmente desarmada queden en el aire sentimientos de venganza, miedos, rencores. Y se percibe. Sobre todo en el centro y en el norte.

La entrada a Cote d’Ivore desde Ghana no fue fácil. Ninguna frontera lo es. Pero lo nuestro roza la mala suerte. Nos caducaba el visado el día 5 de septiembre. Fuimos a renovarlo unos días antes, pues queríamos visitar alguna zona del país que no habíamos visto. Al llegar a la oficina de inmigración de Accra rellenamos unos papeles y los entregamos en la ventanilla. Al momento nos dicen: “no hace falta renovarlo si vais a salir del país dentro de los cinco días siguientes a que caduque el visado”. Caducaba el 5, así que el 9 estábamos en la frontera. Por si acaso…

Y claro, al enseñar los pasaportes nos dicen que el visado está caducado. Les argumentamos lo que nos habían dicho en la oficina de inmigración de la capital, pero nos dicen que es mentira y que debemos pagar 40 dólares por cabeza de “penalización”. Es el mismo precio que alargar el visado un mes. Nos negamos en redondo. Y los policías también se negaron del mismo modo a ponernos el sello. Llovía, así que nos refugiamos en la furgo. Había leído en foros de Internet que en situaciones así quien demuestra más paciencia, gana. Pues vamos allá. Nos preparamos unos bocadillos delante de la garita de los policías (más que nada para que nos vieran) y cuando acabamos herví agua para un té y me fui a beberlo al lado de donde ellos estaban. Sin prisas. Sin hacerles caso. Como diciendo “tengo todo el tiempo del mundo”.
Al minuto siguiente nos pidieron de nuevo los pasaportes, nos pusieron el sello y nos rogaron que no fuésemos diciendo por ahí que habíamos pasado sin pagar. “Claro! Todo muy legal, verdad?” pensé para mí mismo. Por suerte en Cote d’Ivore nos recibieron fantásticamente. En 20 minutos ya estábamos subidos de nuevo en la furgo y conduciendo dirección Grand Bassam.

Esa zona (Grand Bassam) la llaman la costa más bonita del país. Yo la calificaría como la zona más turística. Está llena de hoteles, hostales y albergues. Nosotros entramos en un hotel y nos dejaron dormir dentro de la furgoneta, en el parking. Una buena manera de ahorrarse unos cefars. Al día siguiente estábamos en Abidjan, la capital económica de Cote d’Ivore, por un tema de visados. La llegada a esa ciudad es sorprendente. Tiene un skyline tipo Manhattan que no habíamos visto en ninguno de los otros países en los que hemos estado. De lejos sorprende. Pero a medida que te acercas vas descubriendo que la “fortuna” del país, que se gestó a principio de los años 80 gracias al cacao y a la agricultura, se ha desvanecido. Ahora es como una megápolis en decadencia. Los altos edificios son moles de cemento sucio, sin apenas vida. La guerra pasó factura y muchas empresas se dieron a la fuga apresuradamente. Y la mayoría no ha vuelto.

Pese a todo, Cote d’Ivore es el único país de West Africa que tiene una autopista. Y como en el resto del país todo lo que se construyó al paraguas de los millones del cacao ahora no se puede mantener.
Íbamos hacia el centro, hacia la zona más castigada por la guerra. El día volvía a ser lluvioso. Nos llovió todos los días. A veces con intensidad. Otras con unas pocas gotas. Yamoussoukro (llámese Yakro, que aquí lo acortan todo) es la capital política. Allí las callejuelas desaparecen para dar paso a la majestuosidad de las grandes (grandísimas) avenidas que no llevan a ninguna parte. Siempre al estilo africano. Es decir, con arena, polvo, gente, cabras y socavones. A lo lejos vislumbramos una cúpula. Allá que nos fuimos para descubrir una enorme iglesia: la Basílica de Notre Dame de la Paix. Y es que Cote d’Ivore tiene las dos iglesias modernas más grandes del mundo. Esta es la mayor. Su construcción (entre 1985 y 1989) tuvo un coste aproximado de 250 millones de euros. Otra muestra de los contrastes del continente.

El siguiente objetivo en el mapa era Bouaké. Esta caótica ciudad, la segunda más grande del país, es la cuna de los rebeldes. Se nota por la cantidad de coches de Naciones Unidas circulando por las calles y por el gran control policial que hay a la entrada y a la salida. En un sitio así no es recomendable dormir en la furgo, así que nos fuimos al Mon Afrike, un paraíso entre tanto caos y una especie de búnker. Tiene varios guardas armados, doble muro de seguridad, alambrada de púas, puertas blindadas… Una maravilla para recordar la fragilidad política y la inestabilidad del país. Lo alcanzamos después de seguir las indicaciones y perdernos para darnos de bruces con un chimpancé. Y las sorpresas continúan una vez dentro del Mon Afrike. Allí conviven dos perros, una enorme tortuga cuya diversión es tirar las sillas que acaban de recoger los trabajadores y un ciervo al estilo Bambi. Ya lo decíamos: un oasis de paz y tranquilidad… no sólo para las personas.

Más al norte, hacia la frontera de Malí. Ese era nuestro objetivo. Salió el sol, como contento de vernos en ruta de nuevo. Pero le duró poco. Lo justo para descubrir la vegetación selvática que vive en Cote d’Ivore y parar a ver unos telares al borde de la carretera. Hacen estampados increíbles con una simple cámara de coche cortada a lo largo. La habilidad del encargado de diseñar los estampados nos sorprendió. Y el ver a niños de 10 años trabajando en esos telares nos devolvió a la realidad de la manera más directa. Ferkessédougóu (Ferké para los amigos) nos acogió para dormir una noche más antes de cambiar de país. Y no paraba de llover.

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El paraíso está en África

Eso pensamos nosotros cuando encontramos este maravilloso lugar en Cape Three Points. Incluso nos hemos planteado quedarnos a vivir… Es una maravilla escondida, de difícil acceso y de una paz absoluta y un paisaje impresionante. Dormir allí, a cinco metros del agua y viendo las estrellas brillar como nunca lo habíamos visto nos ha cambiado a los dos.
Mirad los vídeos y sabréis porqué:

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El valor de vivir

Lo emocionante de viajar es que por mucho que lo hagas toda la vida nunca dejas de sorprenderte. Ya sea por Centroamérica, por Asia o por África. Incluso en los países mal llamados desarrollados te encuentras con cosas que llaman la atención. La capacidad del ser humano para adaptarse a cualquier circunstancia es increíble. Hemos podido vivirlo en primera persona. Hemos podido verlo en primera persona. Hemos podido oírlo en primera persona. Y olerlo. Y tocarlo. Por que hemos tenido la inmensa suerte de conocer a unas mujeres que han decidido dar un paso adelante y luchar contra las creencias místicas y contra el machismo intrínseco de unos países donde quien manda es el hombre. Unas mujeres que han sabido pelear por su vida. Aquí las llaman supervivientes. Y realmente lo son. Sin conocerlas se diría que la palabra es una más del diccionario para definir lo que es una persona que vive después de la muerte de otra o después de un determinado suceso. Pero ellas le suman a ese frío vocablo otras palabras como valentía, inconformismo, dureza, ilusión, esperanza…

Lo sabemos de primera mano. Nos han dejado entrar en sus vidas (no sólo en sus casas) para compartir con ellas su día a día. Ha sido una de las mejores experiencias que hemos vivido. Y tenemos unas grandes fotos acompañadas de vivencias. Estamos preparando un reportaje para un revista de tirada nacional. Pero aquí, en nuestro blog, no podemos (ni queremos) olvidarnos de Francisca, ni de Yaa Mansah, ni de Regina, ni de Vivian, ni de Raheemah (quizás la que más nos ha impactado), ni de las dos Beatrice, ni de Ayisha, ni de Lidia, ni de Monica, ni de la joven Claudine, que viene desde Benin hasta Kumasi para tratar su cáncer, ahora con metástasis en el cerebro. Son más de 12 horas de viaje en bus para alguien a la que le han dicho que aquí, en Ghana, no la pueden tratar…
Para ellas, para estas mujeres que sin duda formarán parte de la historia de la lucha contra el cáncer de mama en África, toda nuestra admiración.

La duodécima mujer que lucha por salvar su vida y unirse al grupo de supervivientes tiene 54 años, un tumor en su mama derecha y es anónima. Con ella pudimos compartir quirófano y ver cómo se lleva a cabo una mastectomía en África. La Dr. B nos invitó y aceptamos al momento. Mientras ella cortaba, cauterizaba, volvía a cortar y a cauterizar, buscaba ganglios con sus dedos, sudaba y reía, esta mujer dormía. Seguramente se durmió nerviosa, deseando que esa operación le acabe salvando la vida, temerosa de su futuro que a partir de ahora tendrá que afrontar con una sola mama. Y nosotros lo vimos todo. Las fotografías pueden herir los sentimientos de los más aprehensivos.

Breast Care International (BCI) está dispuesta a seguir luchando contra el cáncer de mama en Ghana con todas las herramientas a su alcance. La donación de 10.310 euros de Volkswagen Vehículos Comerciales les permite respirar un poco y seguir adelante. Una de las maneras es formando a formadores. Y esas nuevas formadoras se encargarán de formar a otras que a su vez ayudarán y darán soporte moral a mujeres que hayan sido diagnosticadas de cáncer de mama. Fuimos invitados a este curso de formación: Hope Peer Navigation Training Program. Es la primera vez que se hace en Ghana y se han encargado de ello las estadounidenses Reverend Tam Denyse y Ekland Abdiwahab (de Carriestouch.org). Tam, a parte de ser una gran creyente, es una superviviente de cáncer de mama.

A lo largo de los tres días del training hemos podido ver las dificultades de las formadoras para inculcar nuevos valores a las formadas. Es casi como cambiar su personalidad. Y podríamos decir que lo han logrado poco a poco, sin desfallecer, involucrándolas y sumergiéndolas en esa nueva manera de tratar a la gente. Su tarea ahora es la de formar a otras voluntarias para que, llegado el momento de hablar con una mujer que sufra cáncer de mama, sepan usar las palabras adecuadas, sepan conectar con ella, animarla y ayudarla en todo lo posible. Se les enseñó cómo evitar que dejen el tratamiento o que no acudan al hospital porque cuesta dinero, cómo manejar la situación familiar, cómo afrontar los cambios que se le vienen encima. Al final todas recibieron un certificado de asistencia que seguro que ya debe estar colgado en las paredes de sus casas.

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