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El principio de otra cosa

Nos repetíamos una y otra vez: “no volveremos nunca. No volveremos nunca. No volveremos nunca”. Acabábamos de pasar los trámites de la frontera de Rosso entre Mauritania y Senegal. Ha sido, de lejos, la peor experiencia de toda la aventura. Y nos volvíamos a repetir “no volveremos nunca”. Eso fue el 10 de julio. El 28 de septiembre nuestro corazón se aceleró cuando nos dijeron que no podíamos acceder a Mauritania desde Diema. Las lluvias habían inundado la zona y la pista estaba cerrada. Debíamos volver a Rosso para salir de Senegal. Y eso era una carga excesiva para nuestras cabezas. Recorrimos los 100 kilómetros que separan Saint Louis de Rosso en silencio. Los dos sabíamos que nuestro juramento quedaba roto en ese momento. “Joder, al final hemos vuelto” pensaba yo cuando nos acercábamos irremediablemente a ese infierno.

Pero ya no éramos los mismos que cuando llegamos a principios de julio. Habíamos pasado unos veinte trámites aduaneros y ya sabíamos decir NO a un policía corrupto cuando nos pedía dinero para algún trámite. Sabíamos por qué cosas se pagaba, cuánto y a quién. Con esa ventaja en nuestras mochilas (léase cabezas) afrontamos el primero de los trámites: el sello de salida en nuestro pasaporte. Dos minutos de reloj y estábamos de nuevo en la furgo. El siguiente trámite era el sello en el Carnet du Passage en Douane (CPD). Entramos en el recinto del “puerto” fluvial. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer, así que me fui a buscar a la persona adecuada. La encontré. Me puso el sello y… delante de la gente que estaba allí esperando me pidió 10.000 cefars por devolverme el documento. Forcejeamos un poco por el bloc (ni se me hubiera ocurrido hacer eso hace tres meses…) y cuando la cosa se calmó le expliqué que no iba a pagar ni un céntimo y a regañadientes me lo devolvió.

Siguiente trámite: la aduana. Entramos en la garita del policía de turno, nos pide “los papeles del coche y 5.000 cefars”. Harto ya de tanto corrupto suelto, saqué mi pasaporte y le enseñé página por página los más de 35 sellos que nos han estampado a lo largo del viaje. Le dije: “Ves todos estos sellos? Crees que llegamos ayer a África? No te vamos a pagar NADA!”. Nos hizo entrar en su despacho y nos intentó convencer una última vez de que debíamos pagar. En un despiste cogimos nuestros pasaportes y salimos de allí. Más tarde vengó su rabia impidiéndonos subir en el primer ferry. “Como si tuviéramos prisa” le dijimos. Y esperamos pacientes al siguiente. La parte Mauritana fue mucho más fácil, sin sobresaltos de ningún tipo ni amenazas ni nada por el estilo.

Queríamos llegar hasta Nouakchott ese mismo día. Y lo logramos. Decidimos dormir donde la primera vez, en el Auberge Menata. Está sucio, no tiene presión de agua para ducharse y está lleno de mosquitos. Pero nos gusta el ambiente. Al entrar allí, según las guías, puedes encontrarte con algún que otro overlander. En julio no había nadie, pero esta vez sí. Una pareja de jubilados con un Toyota HZJ que tenían previstos 9 meses de viaje por África y dos cicloturistas muy jóvenes que nos hicieron reír un rato. Compartimos sobremesa después de la cena. Lógicamente, nos bombardearon a preguntas sobre trámites, fronteras, seguridad… Todos nos fuimos contentos a dormir y a la mañana siguiente, cada uno por su lado.

Nos despertamos aún de noche para intentar llegar a Marruecos ese mismo día. A medio camino nos sorprendió una pequeña tormenta de arena. La temperatura subió hasta los 50ºC. La nevera también empezó a sufrir. No podía bajar de los 11 grados, seis por encima de lo que es normal. La furgo se empezó a llenar de arena fina que entraba por todas partes. El calor se hizo insoportable. Y esta situación duró unos 200 kilómetros… Muy duro para nuestros cuerpos y para la mecánica de la furgo. Son momentos en los que piensas en la dureza de la vida en ese país. Poca gente se aventura a vivir en el Sahara y quien lo hace es alguien especial.

Alcanzamos la frontera de Mauritania sucios y sudados. No tuvimos ningún problema para hacer los distintos trámites. Y por allí, por una zona desértica y llena de polvo, rueda ahora una de las bicis que compramos en Burkina. La mía, la que se partió en dos y soldamos. La vendimos…

Otra vez volvíamos a estar en tierra de nadie, ese tramo de cinco kilómetros impracticables y llenos de coches abandonados. Nos llevamos una sorpresa: alguien se había encargado de llevarse esos esqueletos que algún día sirvieron para desplazarse.

Marruecos era el último país por el que debíamos pasar para llegar a España. Nos esperaba el puerto de Tánger para dar casi por finalizado el viaje. Pero nos quedaban 2500km por recorrer, unos kilómetros de un paisaje inigualable. El sur marroquí es sobrecogedor, solitario, cálido pero agradable, batido por los vientos atlánticos que refrescan la costa casi continuamente. Hay tanto por descubrir…

Pasar la frontera por la tarde, con scanner completo a la furgo, complica seguir rodando. La noche se te echa encima. Divisamos unas dunas a lo lejos y pusimos rumbo a ellas. El desierto no nos dificultó alcanzar la que, quizás, era la más grande. Su forma de media luna nos sirvió de refugio. La arena parecía abrazarnos. Un paraje sin igual para descansar una noche a la luz de las estrellas. Sin un solo ruido, sin una sola molestia. Una soledad que daba miedo a ratos. Una sensación agradable. E inolvidable.
Subimos a lo alto de la duna. Parecía estar esperándonos. Y bajamos por su cara más recta, un tobogán de arena finísima y blandísima. Nos duchamos (con la ducha de 12 voltios) para quitarnos la arena y el calor mauritano, cenamos a la luz de una vela y deseamos no olvidarnos nunca de ese regalo que nos hizo el desierto, el viento y la arena. Algo irrepetible. Las dunas siempre están en movimiento y nunca la volveremos a ver como la vimos esa noche.

En Dakhla paramos en busca de una conexión a Internet. Claudia debía enviar un mail urgente. Nos habíamos prometido hacer kite surf cuando volviésemos, pero nuestro bolsillo no podía aguantar un extra como ese a estas alturas. Hicimos ver que no nos acordábamos y abandonamos la bahía sin dejar de contemplar el magnífico paisaje que brinda a los que la visitan.
También paramos en Camp Beduin. Buscábamos reencontrarnos con la cocina de Hafida. Y otra vez la lección de África que no acabamos de aprender: no se pueden hacer planes. Nunca. Llegamos a Camp Beduin después de una paliza de 600km desde Dakhla y Hafida no estaba. Pero el tagine de verduras que nos prepararon los que allí estaban suplió con creces su ausencia. Volvíamos a pasar la noche en medio del desierto, pero esta vez en compañía: unos alemanes que iban camino de Mauritania. Uno con un Mercedes G y otro con un Toyota Hj 60. Todos se sorprenden al vernos viajar con la Syncro… Al calor de una pequeña fogata pasamos un buen rato hablando.

Y el camino de vuelta a casa seguía implacable. Imparable. Alcanzamos Tiznit y en el camping municipal estaba acampada media Francia. “Se nota que vamos hacia el norte. Cada día encontramos más turistas” le dije a Claudia. También en Tiznit fuimos a comprar al mercado. Un poco de fruta, unas verduras y unas olivas buenísimas. Y una tela de PVC para la baca. Más vale tarde que nunca…
Y de allí a Marrakech para volver a su plaza y a su zoco. Decidimos perdernos y ver qué ocurría. Lo que pasó fue una tarde espléndida entre gente, tiendas, vendedores, gatos, bicis y demás.

No podíamos parar. La costa nos llamaba de nuevo. Entre Casablanca y Rabat hay un pueblo llamado Mohammedia. Pasamos un par de noches y compartimos muchas cosas con sus habitantes. Eran las últimas horas de nuestra aventura. Teníamos que partir rumbo al norte, rumbo al final del viaje.

Podría haber empezado a escribir este post en el puerto de Tánger. Teníamos varias horas de espera así que hubiera sido un buen momento. Pero las emociones no me dejaban siquiera plantearme abrir el ordenador. El proyecto de 10fronterasfotofurgo, la aventura, llegaba a su fin. Se acababa. Quedaban dos noches de ferry pero esa era la despedida de África, un continente que nos ha fascinado. Una tierra que nos ha dado cobijo tres meses y medio, un poco más de lo planeado, pero en la que nos hubiéramos quedado mucho tiempo más. Nos vamos sabiendo que volveremos, que nos encontraremos de nuevo con la maravillosa gente de Breast Care International en Ghana, que pasaremos más tiempo en Malí, que nos compraremos otra bici en Burkina, que nadaremos en las lagunas de Senegal, que atravesaremos el río Gambia, que miraremos al cielo buscando el fin de los rascacielos de Cote d’Ivore. Nos vamos sabiendo que volveremos a pasar calor en Mauritania y frío en Marruecos. Se acabó por esta vez. Pero no por siempre…

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¿Cuántas farolas tiene tu pueblo?

Muchas ciudades europeas miden su competitividad con sus vecinas en aspectos como los servicios que tiene, los supermercados, los centros comerciales, las universidades, el equipo de fútbol o incluso las marcas de los coches matriculados. Pero deben estar equivocándose en algo. Que tu ciudad sea más importante que cualquier otra lo da el número de farolas que tiene a la entrada y a la salida de la calle principal. Hemos visto ciudades con kilómetros y kilómetros de farolas dándote la bienvenida, con grandes avenidas llenas de polvo y farolas por todas partes. Una seguida de otra. Y da igual la forma. Se pueden combinar farolas antiguas con algunos diseños que se denominarían “arriesgados” incluso para ciudades de diseño como Barcelona. Y entre medio de esas altas farolas, otras más modestas, las típicas que puedes ver en cualquier pueblo del pirineo.

Ejemplos los hay en todas las zonas por las que hemos pasado: El Alayún, Tarfaya, Guelmin o Tiznit en Marruecos; Nouackchott en Mauritania; Kayes o Sikasso en Malí; Bobo en Burkina; Yamoussoukro en Cote d’Ivore; Volgatanga en Ghana; o Thiés en Senegal. Parece ser que cuantas más farolas mejor. Con un denominador común. Ninguna funciona por la noche…

Y deberían, pues en cuanto anochece no se ve absolutamente nada. Y muchas veces tienes miedo de atropellar a alguien, a algún niño. Sobre todo en Senegal. Hay niños por la calle. Muchos niños y de toda clase. Los hay que van camino a la escuela. Hay algunos que pasan el rato mirando la gente pasar. También hay niños que juegan al futbolín. Y hay otros que viven en la calle. Senegal es el país de los niños. Hay tantos que parece una guardería. Pero los que llaman la atención son los niños de la calle. Los encuentras con sus latas vacías pidiendo que les eches no dinero, sino comida. La historia de estos pequeños es casi siempre la misma: una familia de la zona rural le confía a un familiar que vive en la ciudad el cuidado de uno de sus hijos. Pero ese familiar no quiere hacerse cargo del niño y lo abandona a su suerte. Muchos no saben dónde nacieron, ni cual es el poblado en el que viven sus padres. Existen algunas ONG’s en países como Ghana que intentan darles una profesión para el futuro, pero son sólo unos pocos afortunados los que acceden a esas ayudas.

Senegal, tan grande y tan verde. Llueve. Es el primer país donde la época de lluvias se deja notar. O el último, según se mire. Pero aquí, dejando a un lado Tambacunda y Kaolak llegas a Dakar y ves que algo no anda bien. En la capital se mezclan coches de lujo con humeantes vehículos de más de 40 años; mansiones de tamaño imponente con chabolas a sus lados; tiendas de lujo con vendedores ambulantes de huevos duros. Aquí, a Dakar, fueron a parar todas las sedes de las grandes empresas y organizaciones mundiales que huyeron de la guerra de Cote d’Ivore. El sueldo medio de un senegales es de 100.000 cefars, poco más de 150 euros. Pero el señor de World Food Programme (o Programa Mundial de Alimentos) que no hace nada más en todo el día que asistir a cursos de formación (en Senegal los cursos de formación son remunerados) dispone de un coche de 60.000 euros, dietas pagadas, casa pagada y sueldazo. Y no debemos olvidar que WFP forma parte de las Naciones Unidas y lucha contra el hambre… No nos parece la mejor manera de luchar contra nada el vivir como un rico cuando a tu alrededor hay gente que se tiene que espabilar con un euro al día.

Pero en este país hay cosas fantásticas, como nuestro querido Zebrabar. Hemos vuelto a estar allí. No podía ser de otra manera. La paz y la tranquilidad y el ambiente y la naturaleza. Todo junto en este estratégico campamento. Allí seguía la laguna, las mesas al borde del agua, las cabañas, las palmeras, los cocos, los empleados que son como de la familia… Queríamos llegar como fuese, aunque tuviéramos que dormir en una gasolinera a medio camino. Esta vez accedimos a través de una pista por el sur. 13 ó 14 kilómetros que las lluvias habían dejado llenos de trampas. Pero llegamos. Queríamos quedarnos dos noches, pero una gastroenteritis nos obligó a quedarnos cinco días. No estuvo mal, sobre todo pensando que la siguiente etapa nos llevaba a Mauritania y a Rosso… No pudimos acceder a Diama porque las lluvias habían inundado la pista de acceso. Volvíamos al infierno.

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Toubab! Hombre blanco

Querer descansar cuando estás viajando por África es legítimo. El calor, la comida, el idioma, las relaciones con la gente… todo te agota. Y este continente tiene ugares en los que relajarse. Uno de ellos es la Casamance, en el sur de Senegal. Cruzas Gambia como tú quieras, rápidamente o de forma lenta. Y después ya puedes empezar a relajarte en las playas senegalesas de más renombre. Las fronteras se pasan rápidamente. Los policías son amables y te dicen qué tienes que hacer en cada momento. Así que en 10 minutos ya has pasado las dos, la de Gambia de salida y la de Senegal de entrada.

Kafountine. El nombre que nos abría las puertas al descanso y al paraíso semi- tropical. Antes de salir de Barcelona habíamos decidido pasar unos días a modo de luna de miel en un hotel de la Casamance. Y allí íbamos. A disfrutar del no hacer nada, del tomar el sol, del dormir en una cama…
Llegamos a esa población rápidamente. Seguíamos las indicaciones del Esperanto Lodge, donde nos esperaban para el día siguiente según nuestra reserva de Internet. “Mira! Aquí hay un letrero que indica que debemos coger este camino”. Y giro sin más. De repente aparece ante nosotros un camino de basuras y agua estancada, con sus cabras adornándolo todo. Claudia, que no había visto el letrero indicativo empieza a dudar: “estás seguro de que ponía Esperanto Lodge?”. “Sí, a tres kilómetros… creo”. Así que decidimos seguir. Empezamos a pasar charcos cada vez más profundos. 1 kilómetro. 2 kilómetros. 3… Y por fin, nuestro destino.

No se sorprenden de vernos llegar con un día de antelación y sin avisar. Aquí no se sorprenden por nada. Nos dan la llave de la cabaña y nos dicen que a las 20h estará la cena lista. Ellos eligen el menú. Nos duchamos, nos acicalamos y ya estamos listos. Cenamos, una infusión y a dormir. A la mañana siguiente un buen desayuno, un poco de lluvia, un rato de playa, una buena caminata y una siesta de dos horas. Por la tarde, nada. Y por la noche, nada. Bueno sí, decisiones importantes sí que tomamos… Pero aquí, a la Casamance, se viene precisamente a eso: a no hacer nada. Y nosotros fuimos muy aplicados.

Esas decisiones aportan cambios importantes en el proyecto de 10fronterasfotofurgo. Ya habíamos comentado que no íbamos a visitar Guinea-Bissau. Pero la novedad más importantes es que tampoco vamos a ir a Guinea Conakry. La noche del segundo día leímos aterrados que en N’zerekore, una de las ciudades que están en la ruta que debemos seguir para ir a Costa de Marfil, han quemado vivos y degollado a 54 personas. Son confrontaciones étnicas que cuando se inician son muy difíciles de controlar y que se contagian rapidísimamente por todo el territorio. Estamos avisados por una web de periodistas españoles que trabaja en Conakry de lo frágil de la situación, ya que este país está en pleno periodo de elecciones y el vacío legal que se produce es el caldo de cultivo ideal para las revueltas y los abusos de unos sobre otros. Sin control.

Así que una vez tomada la decisión de no pasar por Guinea (así es como se le llama en África, a secas, sin Conakry) la única ruta que nos permite llegar a Ghana es pasar por Mali. Sopesamos la situación, lo comentamos con otras personas y al final decidimos ir. No disponemos de visado, así que nos tocará volver a Banjul, la capital de Gambia, a hacerlo. No tuvimos suficiente con la búsqueda desesperante del visado para Guinea (un visado que finalmente no vamos a usar…) sino que ahora nos animamos y volvemos a por otra ración de nuestra particular búsqueda imposible. Así que a la mañana siguiente ponemos rumbo a Banjul. En la frontera nos preguntan qué ocurre con nuestro “up & down”. Se lo explicamos y todo ok. Llegamos a Banjul sobre las 14h de un domingo. Deberemos esperar al lunes. Volvemos al Camping Sukuta, donde Christian, el austríaco que viaja en bici, sigue cuidando de Adonis, el perro del dueño del camping (que está de viaje a Alemania). Le explicamos qué ha ocurrido y nos comenta que el lunes es fiesta nacional en Gambia. Pues nada, lo celebraremos con los gambianos. Bueno, no. Nos iremos a la playa con Christian, que nos ha dicho que conoce una muy limpia y donde no hay nadie.

Pasamos la tarde intentando colgar la colada que hicimos en la Casamance, donde nos llovió toda la noche y fue imposible secar. Pero aquí parece que tampoco nos va a dejar. La colgamos, pero la humedad hace que sea tarea imposible. No corre nada de brisa. El calor es asfixiante. Sudas sin hacer nada más que respirar. La noche será larga pese a dormir con todo abierto: puertas, ventanas, portón lateral, portón trasero…

La mañana llega rápidamente. A las 6 ya es de día. Recogemos la ropa, que sigue húmeda y nos vamos a buscar algún lugar con wi-fi. Lo encontramos en la zona más turística, pero mientras miramos el correo y demás, la red se cae y Gambia se queda sin Internet. Este país merece un post a parte. Por un lado es agradable. La gente sonríe, los niños de las aldeas gritan “Toubab!” (algo así como hombre blanco) cuando te ven. Por el otro, a la mínima que te adentras, ves sus miserias tan acentuadas que te sorprende. Por que en Gambia todo es bonito, todo está bien, todo es seguro. Pero descubres que es una fachada a punto de derrumbarse. Y al final te cansa de tanta falsedad.

Por la tarde vamos a la playa con Christian (en coche, no en bici…) y la verdad es que supera todas nuestras expectativas. Está limpia, es grande y solo para gente autóctona. Nos reciben muy bien, con sus amplias sonrisas. Pero esta vez no nos piden nada a cambio. Disfrutamos de un fantástico baño, nos reímos con Adonis y su habilidad para surfear, ayudamos a unos pescadores a meter su barca en el agua y vemos como se aproxima una tormenta tropical de primer orden. Nos vamos al camping, donde tenemos más ropa colgada (la de color…). Llegamos a tiempo para recogerla, pero cuando nos ponemos a cenar empieza a llover abundantemente. Esto es la estación húmeda, así que hay que aguantarse.

El martes vamos en busca de la embajada de Mali. No la encontramos por que, sencillamente, no hay. Pese a que en la guía y en Internet aparece. “Nos harán el visado en la frontera”, decidimos nosotros mismos. Así que empezamos a desplazarnos hacia Mali. No salimos hacia Senegal, donde las carreteras son pésimas, sino que circulamos por Gambia con unas infraestructuras dignas de cualquier país europeo. La cooperación internacional está presente en todos y cada uno de los poblados que cruzamos. Y hay uno cada 500 metros. Parece como si los gambianos estuvieran acostumbrados a pedir y que se les dé todo lo que piden. Si no es Noruega, es Italia. Y si no, España. O Francia. O Inglaterra. Gracias a este último país podemos dormir apaciblemente en un campamento Scout en la pequeña localidad de Soma.

Llegamos por una pista de tierra y lo vemos a la izquierda. Abdullah, un guía con el que conversamos en una parada para descansar y que habla un perfecto español, nos había puesto sobre aviso de la existencia de este campamento. Lo encontramos rápidamente y somos bienvenidos. Es un campamento de Scouts ingleses que vienen cada año en diciembre. Así que ahora no hay nadie más que los cuidadores y los chicos Scouts del pueblo. Hablamos con ellos (de fútbol, como no) y cuando llega la hora de romper el Ramadán (a las 19.30) nos invitan a sentarnos con ellos. Pollo con pasta de arroz, patatas y lechuga. No tiene muy buena pinta, pero está buenísimo y para un vegetariano como yo es una buena manera de comer algo de carne sin mirar mucho qué comes…

A la mañana siguiente nos ponemos en marcha muy pronto. Son las 7h. Hay una luz espectacular y un movimiento que no habíamos visto. Los campesinos aprovechan las horas más frescas para labrar el campo (a mano…), recolectar, abonar, arreglar un tractor o lo que se tercie, que en África se tercian muchas cosas…
Finalmente no nos queda otra que volver a Senegal y sus carreteras infernales. SI te alejas de la red principal que rodea a Gambia, no puedes pasar de 10km/h a riesgo de reventar el coche, la furgo o el camión por los terribles socavones que hay cada tres metros. Tambacounda es el lugar escogido para descansar antes de seguir hacia Mali.

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Pequeños accidentes africanos

Llegamos a Gambia por una de las peores carreteras nacionales que nos hemos encontrado no sólo en África sino en cualquier sitio en el que hayamos estado, juntos o separados. Primero el tráfico de salida de Dakar, que es denso como el cemento cuando empieza a fraguar. Pero lo superamos. Aquí se supera todo con paciencia.

Miramos el mapa y decidimos que podíamos entrar a Gambia por Karang, un pueblo fronterizo al que llega una carretera nacional que sale de Kaolack. Kaolack es una pequeña ciudad de paso entre Dakar y el interior de Senegal. Llegamos pasadas 3 horas para hacer 190km, con unos 30 últimos donde no se podía pasar de 20km/h al ser una especie de gincana de esquivar socavones. Y al pasar al lado de un autocar de línea, la furgo empieza a moverse. Un ruido seco. Y suenan las bocinas. Algo pasa. Miro por el retrovisor y veo cristales volando. Me paro enseguida y bajo de la furgo sin saber aún muy bien qué ha ocurrido. Me señalan la baca. Miro y me doy cuenta de que la palanca del gato Hi-Lift se ha soltado por los baches y se ha abierto, quedando perpendicular al sentido de la marcha. Y al pasar por el lado del autocar lo he golpeado de arriba abajo llevándome por delante el retrovisor. “Madre mía! Y ahora qué?” me pregunto. Esto no sale en las guías…

Si normalmente nuestro francés deja mucho que desear, con los nervios se parece más a un idioma inventado que a una lengua reglada. Aparecen cinco personas que empiezan a hablar todos a la vez. No entendemos nada, así que saco el seguro y le pido al conductor que me enseñe el suyo. Desaparece (al autocar no va) y vuelve al cabo de cinco minutos con algo que parece ser un seguro. Evidentemente, no tiene. Insisto en hacer un parte, pero claro… alguien sabe cómo se dice eso en francés? Yo no. Y Claudia tampoco. Ellos insisten en hablarme todos a la vez y decirme que si no les entiendo es mi problema, así que me pongo a hablar en catalán con cara de cabreado preguntándoles “tu ara m’entens? Oi que no? Doncs aquí tots callats, hostia!”. Empiezan a callar. Al final me piden 5.000 cefars por el retrovisor o llaman a la policía. Les digo que la llamen, que no tengo miedo, aunque la verdad es que estas cosas se te pueden girar en contra siendo blanco. Les digo que no les pago más de 1.000 cefars por el retrovisor y me dicen que no, que 3.000 o policía. Así que vuelvo a poner cara de cabreado y les digo: “ok, ale a la pólice!”. Y me subo en la furgo. Al segundo me dicen que 1.000 cefars está bien. Se los doy, atamos el hi-lift de nuevo y seguimos con el susto en el cuerpo.

Para llegar a la frontera de Karang la carretera está recién asfaltada. Ja!! Asfalto nuevo, sí. Pero sólo 5km. Después se convierte en una pista que reúne todos los requisitos para reventar no solo los neumáticos, sino todo el vehículo. Poco a poco vamos avanzando a menos de 10km/h. Todo cruje en el interior de la furgo. Los muebles se descolocan, los tornillos se sueltan, los amortiguadores se fatigan. Un infierno para la mecánica…
Yo había leído que el último ferry que cruza el río Gambia sale a las 18h. Y son las 17.30. Así que siendo imposible llegar decidimos parar a dormir en Toubacouta, el último poblado senegalés antes de la frontera. Aquí hay varios sitios donde dormir. Miramos dos, y nos decantamos por el que tiene Internet. Gran error. Al entrar en la habitación (no se puede dormir en la furgo, pero son muy baratas) se me llenan los pies de pulgas. Le digo a Claudia “recoge que nos vamos”. Avisamos a uno de los trabajadores (el dueño se ha ido a Dakar) y le intentamos hacer entender en vano lo que ocurre. Entre que nosotros no hablamos fluidamente y que él no pone de su parte, no hay manera. Lo único que nos ofrece es otra habitación, que comprobamos a fondo. “Parece que aquí no hay pulgas. Nos quedamos”, le digo a Claudia.
Una ducha, cenamos una ensalada Florette que habíamos comprado en Dakar por 3.900 cefars (casi 6 euros.) y nos metemos en la cama aún con luz solar. A la mañana siguiente nos esperan las fronteras y queremos llegar pronto para evitar colas.

A las 7 de la mañana ya estamos duchados y listos para seguir. En 30 minutos hemos llegado a la frontera, la hemos pasado y alcanzamos el ferry. Estamos en Barra. Compramos los tickets y cuando vamos a entrar en la zona del “puerto” nos viene un hombre sin uniforme y nos enseña una acreditación. Es un policía antidroga. Nos aparta de la cola y nos revisa toda la furgo. Cuando se cansa de mirar y preguntar, nos da el OK para continuar y pasamos directamente a la zona portuaria. Ya habíamos perdido el ferry anterior. Nos tocará esperar 1 hora a que vuelva. Nos sentamos con unos gambianos y el poder hablar en inglés nos facilita mucho las cosas. Preguntamos, nos preguntan, hablamos, reímos… Pasamos un buen rato. Esta gente, aunque te pide dinero por todo, es muy simpática. Lo del dinero no es problema. Les dices que no y te dicen que vale, siempre con la sonrisa. En ese rato de charla nos enteramos de que el ferry no para nunca. Incluso de noche funciona…

Cuando llega, la gente se vuelve loca y empieza a apiñarse. Primero los coches y camiones. Después las personas. Ese es el orden. Un orden que desaparece en cuanto se abre la barrera…
Nosotros tenemos casi asegurado nuestro pase en ese ferry. Si no, deberemos esperar al siguiente. Uno de los trabajadores del puerto viene hasta nosotros y nos dice que si le damos algo de dinero, él nos “ayuda” a entrar en este turno. Le decimos que no, que no necesitamos su “ayuda”. Hace un último intento de dejarnos fuera, pero no lo consigue. Hemos estado hablando todo el rato con su superior. Era uno de los integrantes de ese grupo con el que conversamos y le caímos muy bien. Así que al final entramos los penúltimos. Detrás nuestro, un Mercedes-Benz que se apoya literalmente en nuestra furgoneta y que lleva el maletero colgando encima del mar. Yo siempre me pregunto cómo es que no hay más hundimientos de ferrys de este tipo, porque la sobrecarga es más que evidente. Después de 45 minutos alcanzamos la otra orilla: Banjul, la capital.

Salimos de Banjul casi sin darnos cuenta dirección a Serekunda, donde están las infraestructuras turísticas más importantes del oeste africano. No vemos nada. Es igual que el resto de países. Arena, suciedad y mucho tráfico. Los hoteles están escondidos frente a las playas, sucias de plásticos y demás basuras. No le encontramos el encanto que sí que parecen encontrarle alemanes e ingleses.
Localizamos el Sukuta Camping, donde dormimos perfectamente. Ah! Y cenamos pizza… En ese camping conocemos a Christian, un austríaco que lleva 15 años viajando, los últimos siete meses con bici. Ahora está instalado en el Sukuta, donde tiene cobijo a cambio de cuidar al perro del propietario… Nos explicamos unas cuantas anécdotas e intercambiamos experiencias. Es un placer hablar con otro viajero.

Nos toca ir a buscar el visado de Guinea. No visitaremos Guinea-Bissau porque no te lo recomienda ni su propia embajada. Es el punto de entrada de drogas a África, donde siguen camino a Europa gracias a gente de no muy buena reputación. Y podemos encontrarnos con problemas. Así que lo descartamos.
La embajada de Guinea en Banjul ha desaparecido. No está donde debería. Les preguntamos a unos policías y nos envían al consulado, que está entre Serakunda y Banjul capital. No nos lo creemos, así que vamos a un internet café y lo buscamos. Pues sí, internet dice lo mismo… Estamos más de una hora buscando el consulado, preguntando en embajadas cercanas, en empresas… nada. No parece que esté allí. Finalmente paramos en un cuartelillo de la policía y nos dicen que ha cambiado de lugar, que ahora está en Serekunda. Siguen igual. Nadie te dice nada concreto. Que lo busques…

Evidentemente, no lo encontramos ni a la de tres. El calor nos está derritiendo. Bebemos agua y todo lo que bebemos lo sudamos. Hay tráfico. Mucho. Y para colmo, un taxi se estropea en medio de la calzada con 6 personas dentro. Todos los coches pasan por su lado. Llegamos nosotros con la furgo y justo en ese momento al pasajero de atrás le da por abrir la puerta de golpe. Adiós puerta. Me la llevo puesta de regalo… La suerte es que una mujer policía lo ha visto todo. Bajo, aparece esta policía, habla con el taxista, le pregunta de quién ha sido la culpa y señala a ese pasajero. A mi me dice que ya puedo continuar… Nos vamos, pero con un buen recuerdo en la chapa de nuestra furgo… No entiendo para qué sirven los seguros que te hacen pagar en las aduanas…

Vemos otro internet café. Aparcamos delante y entramos en un último intento de encontrar algo. Es viernes, son las 12:30 de la mañana, llevamos casi 4 horas buscando el consulado y el sábado y el domingo no trabajan. Finalmente en un foro aparece una información. Hay consulado de Guinea y está en Serekunda. Lo malo es que no está la dirección. Seguimos buscando y al final encontramos algo que parece ser una calle: Mosque Road, 151. Allí vamos sin saber si es el consulado de Guinea o el de Guinea-Bissau. Llegamos, preguntamos y sí. Finalmente lo hemos encontrado! El cónsul, estirado en un sofá, nos recibe con cara de pocos amigos, pero Claudia empieza a hablar de su país, de las cosas que hay que ver, de lo bonito que parece… y entablamos conversación. Nos dice que volvamos a las 15:30 para recoger el visado. Nos vamos a comer algo a la furgo. Aparecen tres niñas sordas pidiéndonos agua. Les damos agua y se comen nuestros bocadillos con sus ojos. Claudia les prepara una rebanada de pan de molde con mantequilla para cada una. La cara se les ilumina. E igual que aparecen, desaparecen.
Tras un rato de esperar (y de sudar), vamos a recoger los visados. Y ponemos rumbo a la zona de Cassamance.

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Maravillas senegalesas y otras cosas…

Senegal te recibe con los brazos abiertos y te atrapa. Es lo que nos ha pasado. Llevamos 5 días enteros en el país y todavía estamos en Dakar. Las razones son sencillas. La primera se llama Saint Louis. Es una pequeña ciudad colonial al norte del país que posee un carácter propio. Sus gentes son alegres y están encantados de verte. Y si te sacan unos cefars, más todavía. La moneda oficial es el Franco CFA que responde a las siglas de Franco de Colonias Francesas de África, pero todos le llaman cefars. Allí fuimos buscando algún sitio en el que dormir y nos encontramos el Camping Ocean, que forma parte de un hotel, el Dior. Viniendo de Mauritania y habiendo dormido en una gasolinera el día anterior, este camping nos pareció el paraíso. Y decidimos quedarnos a descansar y recuperarnos del palizón de cruzar la frontera de Rosso. Piscina, acceso directo a la playa, sombra, tranquilidad, buena comida. Y nos gustó tanto que decidimos quedarnos un día más…

La “tortura” llegó al día siguiente. Nos metimos en el cuerpo un montón de kilómetros: 20 en total. Sí, no está mal escrito. 20, sin ningún cero de menos. Fue el recorrido que separa Saint Louis de un punto de encuentro de overlanders: el Zebrabar. Pensábamos que el paraíso estaba en el Ocean, pero nos habíamos equivocado. Llegamos allí para buscar consejo, pues habíamos leído que el propietario (un suizo llamado Martin) informaba de casi todo lo informable en Senegal. Así que allí nos plantamos. Después de hablar con él un buen rato y de quedarnos tranquilos con el tema de si renovar o no el Carnet du Passage en Doune (CPD) en Dakar con un límite de 48 horas, de qué hacer si nos paraba la policía y nos pedían papeles que no nos debían pedir, de si acceder a Gambia y salir era más fácil o más difícil que entrar en Senegal y unas cuantas cosas más nos sentamos a tomar un agua fresca.

Y nos quedamos maravillados con lo que vimos. Es inexplicable. No hay palabras. Se tiene que ver. Y lo vimos. Tan claro lo vimos que ninguno de los dos se atrevía a proponer lo que ambos deseábamos: quedarnos allí por lo menos una noche. No es solo el paisaje, con la laguna salada donde bañarte; ni las mesas al borde del agua en las que pasa un viento refrescante; ni los niños del poblado que comparten contigo risas y juegos sin pedir nada a cambio; ni siquiera los baños y las habitaciones para huéspedes que se integran en el paisaje perfectamente. Es eso junto y el ambiente que se respira. Hablando con Martin nos comentó que él todo estuvo 25 años viajando por África (fue vendedor de coches que compraba en Europa y vendía en Túnez y Níger) y que sabía perfectamente lo que el aventurero busca cuando lleva días y días viajando. Y es cierto que lo sabe. Sin estrés de ningún tipo, en medio de un parque natural, sin luz eléctrica (solo placas solares), sin agua caliente “artificial”, sin internet, con hamacas por todas partes, con perros, con gatos, con sus hijos, con la laguna, con la naturaleza, con un torreón a modo de observatorio, con rayos y truenos, con calor, con viento, con arena, con sus amables trabajadores, con su acordeón, con sus charlas…
Le caímos bien. Cenamos juntos, con su hija mayor y su nueva pequeña, una senegalesa de 19 meses increíblemente alegre en proceso de adopción. Y cenamos todos los que allí estábamos tras un pequeño concierto que Martin dio con su acordeón y que es la llamada a los que tienen hambre. Por que en el Zebrabar tampoco hay radios que desgarren los oídos con música que no siempre apetece escuchar. La música la pone él cuando quiere. Y siempre acierta.

A la mañana siguiente nos despedimos con mucha pena. Casi tanta pena como ganas de volver cuando estemos de regreso. Y enfilamos hacia Dakar. Teníamos que parar en la capital para hacer visados. Necesitábamos el de Gambia, el de Guinea y el de Ghana. Pero decidimos ir al Lago Rosa, que está fuera de Dakar, a unos 30km al norte. Solo pensar en llegar al Lago Rosa con la furgo me ponía los pelos de punta. Y a cualquier aficionado y soñador de aventuras africanas, también. Allí es donde acababa el mítico Paris- Dakar. El auténtico. El que creó Thierry Sabine en 1979. Y allí llegamos al atardecer. Hicimos unas cuantas fotos para dejar claro que el Lago Rosa no es tan rosa como se veía en las llegadas del raid. Una segunda decepción, pues yo ya había estado en el lago hace unos cuantos años y tampoco lo pude ver rosa… En fin, quizás en otra ocasión.

Nos quedamos a dormir por la zona, llena de campings y hoteles. Escogimos uno de ellos por el que pasamos sin pena ni gloria. Sólo uno de los huéspedes del hotel (en Senegal hay muchos Hoteles-camping) nos alegró la estancia al interesarse en el proyecto que llevamos a cabo junto a Volkswagen Vehículos Comerciales. Ya era lunes, así que podíamos ir a las embajadas. Planificamos el desplazamiento con suficiente antelación, pero sin pensar (una vez más) que esto es África y que las cosas no se pueden planificar. Dakar capital nos recibió con un monumental atasco. Unas obras dificultaban aún más el denso tráfico de esta metrópolis. Una vez las pasamos, directos al centro. Nos plantamos en la puerta de la Embajada de Gambia… y estaba cerrada. Un chico que estaba por allí nos dijo que la habían trasladado al aeropuerto. Y que la de Ghana también estaba allí. Debíamos desandar unos 12 kilómetros para llegar al aeropuerto. Suerte que el tráfico era fluido.

Pero en el aeropuerto nos dicen que no, que la embajada de Gambia no está allí. Vueltas y más vueltas hasta encontrar un agente que se iluminó y nos envió a la ventanilla de Gambia Airlines, donde también nos dijeron en un primer momento que la embajada seguía estando en el centro. Insistimos hasta que cogieron el teléfono y llamaron a la embajada. Por suerte para nosotros (nos veíamos volviendo otra vez a Dakar) les dijeron que teníamos razón y que habían cambiado de ubicación. Nos enviaron “por aquí detrás”, dejando claro algo que ya venimos viendo desde que pusimos los píes en este continente: que los africanos no saben dar indicaciones. No hay nadie que te diga exactamente donde están las cosas. Te dicen: “sí, por allí está” o “si, sigue por aquí” o “está cerca de aquí”. Finalmente la encontramos junto a la de Ghana. Escogimos parar primero en la de Ghana, donde nos ponen problemas para darnos el visado al no vivir en Senegal. Ya os contaremos cómo termina la cosa…

Resignados, nos vamos a la de Gambia. Nos reciben, nos dan el formulario para los datos y nos hacen entrar en una sala para rellenarlo. A mi se me ocurre poner que necesitamos un visado de Transito. Al entregar lo papeles la chica nos dice que qué es lo que queremos, que si un visado de tránsito o uno de turismo. Como no vamos a estar más de 48 horas en Gambia le digo que uno de tránsito. “Muy bien” dice la chica. Bueno, toda esta conversación la tuvimos en inglés, que es el idioma oficial de Gambia… Volvemos a la sala. Perfecto por que tiene aire acondicionado, un lujo al que no estamos acostumbrados. Pero hablando, al final decido volver a hablar con la chica y pedirle que tache lo de Transito y ponga Turismo. Me suelta un sermón-bronca y me da de nuevo los formularios para volver a rellenarlos, pues según ella “se deben tener las cosas claras y no ir haciendo borrones”. “Claro, aquí sois todos muy ordenados y tenéis las cosas muy claras”, pensé para mis adentros. Me vuelvo a la sala. Otra vez rellenando formularios. Acabamos. Salgo de nuevo. Se los entrego y vuelvo a la sala a esperar turno. Un turno que llega 40 minutos después, cuando se abre la puerta y nos señalan. Nos levantamos y acudimos a la ventanilla de la chica de siempre. Nos dice que son 45.000 cefars cada uno. Lo pagamos y de nuevo a la sala. Tras otros 40 minutos de espera, se vuelve a abrir la puerta, nos entrega un recibo y nos dice que volvamos mañana, que hoy ya no nos lo dan. “Eso es tener las cosas claras”, volvía a pensar de nuevo para mis adentros. Pero no pasa nada. Poco a poco les vas cogiendo el pulso a este continente.

En Dakar no hay campings, así que nos buscamos un hotel cerca de la zona de las embajadas y encontramos el Maison Abaka, en Ngor Beach. Es punto de encuentro de surfistas y nos sale más barato que un camping con muchas más comodidades. Nos planteamos si no hemos estado haciendo el primo todo este tiempo… Aquí tranquilidad no hay mucha, pues está en frente de la playa y los juegos de los senegaleses no son precisamente tranquilos ni silenciosos, pero la verdad es que se está muy bien. También parece un refugio para animales. La propietaria, Isa, recoge todo lo que ve por la calle. Hay tres gatos más uno nuevo que recogió una noche, una perra muy curiosa, un pelícano juguetón (aunque a veces da miedo cómo “juega”), un mono y un loro. Todos recogidos de la calle. Aquí nos quedamos hasta recibir el visado de Gambia intentando, además, solucionar el tema de Ghana.

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Una tarde de fotos

Claudia está disfrutando. Le gusta el contacto con la gente y Senegal le ha permitido, por fin, pasárselo bien haciendo lo que ha hecho de su afición una manera de vivir: fotografías.

Tendríais que verla como se va acercando a las personas. Les habla dulcemente, como es ella, con cariño y de tú a tú. Nunca se sitúa por encima de nadie. Nunca se cree superior. Y la gente de este continente, que al principio desconfía de una persona blanca, poco a poco va abriendo su corazón y acaban mostrándose tal y como son, alegres, simpáticos, sonrientes, bromistas.

Al final consigue pasar desapercibida. Ya no le hacen caso y los corros de curiosidad cuando saca su cámara y empieza a hacer fotos; los posados de estrellas del hip-hop con los brazos cruzados y la cara seria; la demanda de “ahora a mí”… desaparecen. Los niños vuelven a jugar en el muelle de madera. Se lanzan al agua salada de la laguna. Y ese es su momento, cuando no deja de abrir y cerrar el diafragma, de encuadrar, de quemar, de difuminar los fondos. Ese es el momento que ella estaba esperando. El momento que ha estado buscando todo el viaje. El momento en que capta todo lo que quiere. Y a la vuelta sus sonrisa le delata. Ha disfrutado.

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Errores que no se deben cometer

De Nouakchott a la frontera con Senegal hay 200km. Atraviesas poblados bereberes que te hacen preguntar cómo viven estas gentes, de dónde sacan para comer algo cada día. No es dinero lo que les falta (que también…), pues en Mauritania lo que no hay son cosas para comprar. Es que no podemos imaginar qué pueden llevarse a la boca. No es el país más pobre de los que visitaremos, pero es impactante para un europeo encontrarse tan rápidamente con zonas donde el 69% de la población vive con menos de un dólar al día.

Cuanto más al sur, peor. Las carreteras están rotas y solo caben dos coches muy justos. Si te encuentras con un camión, te vas al arcén. Es la ley del más fuerte. Nos ponemos en marcha pensando: “solo son 200 kilómetros. Los haremos rápido”. Primer error de un día cargado de errores. En África las distancias no se cuentan en kilómetros. Se cuentan en horas. Segundo error: no poner gasoil saliendo de Nouakchott, sabiendo además que la gasolinera más cercana estaba a 200 kilómetros, a la entrada de Rosso. Tercer error: confiar en un GPS antes que en las indicaciones de un lugareño. Así pues, ya os podéis hacer una idea de cómo transcurrió el desplazamiento. Fuimos mucho más lentos de lo esperado, sin carburante (primera ley de África: pon gasoil siempre que puedas…) y a una de las fronteras más odiadas por los overlanders: Rosso.

Por el camino, además, cometimos otro error, el más grave quizás. En un control de carretera el militar de turno nos dijo que su hermano trabajaba como transito en la frontera mauritana. Nos pareció buena idea que nos llevara el tema de papeleos. Fue llegar a Rosso y empezar nuestro calvario. Entramos la furgo a la zona de aduanas con la frontera cerrada y nos salimos. Mal. Nunca debimos salir de allí. No pudimos volver a entrar hasta las 15h de la tarde (eran las 14:00) y durante todo ese rato fuimos los monigotes de una tal David, el hermano del militar. Nos llevó a comer a una casa particular donde nos cobraron. Nos comentó que en Senegal ahora se necesitaba visado (sí, desde el 1 de julio se neceita…), que en la frontera de Mauritania se tenían que pagar casi 100 euros para conseguir la salida, cuando a la entrada pagamos 10, que los trámites en Senegal cuestan otros 150 euros (todo esto en moneda del país, claro), que si en el otro lado del rio, o sea Senegal, no hay garitas de cambio y se tiene que cambiar allí (cosa cierta, pero a su manera), que sí necesitaremos un guía en el otro lado… Y un montón de cosas más que lo único que hacen es despistarte.

Juramos que nunca daríamos los pasaportes o los papeles del coche a uno de estos tipos. Y a la primera de cambio, nos quedamos sin ellos. Empezó un baile de idas y venidas con nuestros pasaportes, los papeles del coche y mi carnet de conducir. Y nosotros sin saber nada porque nada te explicaban. De repente: “corre, corre! Al coche!” nos subimos y embarcamos en el ferry. Sin nuestros pasaportes y sin los papeles del coche y sin mi carnet de conducir. Los llevaba el supuesto “hermano” de David, un tal Omar. No había manera de que nos los devolviese. Desembarcamos en Senegal. Lo primero: “Visa”. “Pas de visa” les decimos. Pues sin visa “no sello”. Para conseguir el maldito sello tienes que presentar un justificante de haber rellenado el formulario de petición de visado a través de Internet. Vamos a una especie de garito donde los ordenadores deben funcionar con un modem de 56k. O menos… Después de casi media hora rellenando un formulario, Omar dice: “vamos a la policía que os darán el sello sin formulario porque conozco al jefe”. Confiados, vamos con él. Bueno, confiados y porque tenía todos nuestros papeles. Llegamos a donde supuestamente dan el sello. Nada. Sin visa no hay manera de entrar. Nos lleva entonces a otra zona de la aduana para “arreglar” los papeles del coche. Disponemos de Carnet du Passage en Doune, un papel imprescindible para entrar en Senegal con un vehículo de más de 5 años de antigüedad y que se gestiona en España con aval bancario de por medio. Todo esto para evitar que vendas el coche. Como si tuviéramos pintas de vender la furgo en Senegal…

Ahí nos empieza a pedir dinero. “Todo va con recibo, confía en mí”. No tenemos otra opción. Nos tiene atados de pies y manos. Después, a otro lado a no sabemos qué. Y vuelta a empezar. Que si a la garita de policía donde ponen el sello, que si a lo del coche, que si a no sabemos donde. Y otra vez. Y otra vez. Y una más. Y otra. Mi desespero va en aumento y cuando después de 3 horas le digo que ya está bien, que me cuente como está el tema, me dice que el no lo soporta más y que nos espabilemos. En ese momento la desesperación y la impotencia es total. Continuamos una hora más detrás de este tipo que no nos solucionó nada. Al final dice que se va, que está de Ramadán y que esta “tres fatigué”. Pero que nos deja con otro amigo suyo, igual de jeta y aprovechado. Volvemos entonces a la policía del sello. Nada. Sin el maldito formulario no hay visado. Así que volvemos a ese antro de Internet y después de una hora y de pagar 52 euros cada uno nos dan un provisional. Para el visado definitivo tienes que esperar. Encontramos a dos chicos franceses que llevaban tres días esperando para conseguirlo, pero el mail no les llegaba (finalmente les llegó).

Con ese papel y gracias a que hace solo 10 días que empezaron con toda esta tomadura de pelo, les colamos un gol. Les dijimos que ese era el papel que nos pedían. Y en media hora, el sello. Con el sello en nuestros pasaportes, fuimos a acabar de arreglar el tema del vehículo. Media horita más. Noche cerrada ya hacía un par de horas casi. Finalmente lo conseguimos. Asqueados, enfadados, rabiosos y humillados por el gran timo de esta gentuza que se hacen llamar guías de tránsito, nos fuimos de Rosso para, esperamos, no volver nunca más.

Dormimos a 15 kilómetros, en la primera gasolinera que encontramos. Por fin. Un mal sabor de boca que nos quitó rápidamente el chico que trabajaba en esa gasolinera, todo un ejemplo de amabilidad y simpatía.

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