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Próximo destino: Francia. Nos ayudas?

Uno de los regalos que recibí el día de mi 40 cumpleaños fue una guía de parte de Claudia. Era una guía de Francia. No es ni una Lonely Planet al uso (aunque sí es de esa editorial), ni la Guide du Routard ni nada por el estilo. Es una guía para conocer el país al volante de un vehículo. Comprende una serie de rutas separadas por días. Lógicamente, cuanto más kilómetros, más días. Nosotros la haremos en furgo, como también es lógico…

La verdad es que las guías más importantes se centran en el viajero que se mueve a pie o en transporte público. No hay nada que te hable de moverte con tu propio vehículo. Eso quiere decir que no hay recomendaciones como lugares en los que dormir, (ya sea camping o libre o area de descanso), ni avisos como que no hay otra gasolinera en 600 km (eso nos pasó en Malí), ni lugares donde reparar el vehículo, ni cosas por el estilo. Es una lástima que no tengan en cuenta esta manera de viajar… Veremos qué tal nos va con ésta.

En fin, que nos iremos hacia Francia a pasar unos días. Aún tenemos que hacer la ruta definitiva porque no tenemos mucho tiempo y queremos visitar muchas cosas. Como siempre, vaya… Me gustaría volver a uno de los lugares más típicos del sur del país: Carcassonne. Su fortaleza medieval bien vale una parada pese a que se haya convertido en una atracción turística de primer orden. Quizás recupere una ruta que ya hicimos unos cuantos amigos con nuestras furgos hace unos años: la ruta de los Cataros. Pero a mi lo que me apetece realmente es volver a la Val de Loire, con unos paisajes extraordinarios y una naturaleza que se puede vivir cada segundo que pasas a su lado. Fui hace unos cuantos años con unos compañeros del AVWC cuando tenía la T2 (aquí encontraréis algunas fotos). Ya veremos… La suerte que tenemos es que lo podemos hacer entre semana. Nos olvidaremos de turistas molestos, de aglomeraciones, de precios desorbitados…

Se aceptan recomendaciones de todo tipo: restaurantes, campings, lugares para visitar, bares, ciudades, pueblos, granjas, castillos, montañas, parques… En definitiva, sitios que valgan la pena… No se trata de un concurso. Simplemente deja tu comentario al final del post y a las mejores les enviaremos un detalle de 10fronterasfotofurgo en forma de adhesivo.

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Atrapa tu sueño, como los Zapp

“Debemos escribir otro post”, pensaba desde hacía días. Pero no nos gusta escribir por escribir. Siempre tiene que haber algo que enganche al lector (o al bloguero…). No es necesario que refleje cosas de la aventura así, sin más. Nosotros seguimos teniendo mucho que explicar. Fueron varios meses fuera de casa, viviendo en la furgo y en contacto permanente con la gente de ahí donde pasábamos.
Una de las cosas que van cambiando a medida que avanza una aventura es la sensación de inseguridad. A menudo, cuando preparas un viaje de estas características sentado delante del ordenador, leyendo periódicos, viendo las noticias en televisión, escuchando a amistades alarmistas te vuelves paranoico. Empiezas el viaje pensando que quizás te robarán, que serás atacado, detenido, que quizás te secuestren. Vamos, que desaparecerás de la faz de la tierra. Evidentemente, no hay manera de saber qué ocurrirá, pero a medida que pasan los días te vas relajando llegando incluso a ponerte en peligro. De eso sólo te das cuenta cuando estás de vuelta. Y ni así.
Nosotros no nos vimos en problemas en ningún momento. Ni en Mauritania, ni en Malí, ni en Costa de Marfil. Evidentemente hay ocasiones en las que no ves las cosas claras. Hubo un momento de pánico cuando vimos que no podíamos acceder a Guinea Conakry y teníamos que ir a Malí. Yo lo sufrí. Los nervios te bloquean y no consigues ver nada de manera positiva. Pero Claudia estaba allí para calmar los ánimos y ver las cosas de otra manera. Debíamos seguir para llegar a Ghana. Y esa era la única ruta posible. Los que habéis seguido el blog ya sabéis que fue una de las mejores decisiones de nuestra vida. La gente de Malí es impresionante.
A veces lloro. Lo hago sólo. Me sobreviene una tristeza tremenda recordando lo que vivimos. Es como la morriña galega. Supongo, porque yo soy catalán. Pero lo que está claro es que esos recuerdos te hacen soñar. Incluso a veces desconectar. Te impiden prestar atención a lo que estás haciendo. Como ahora, que estoy en la montaña pero me acabo de trasladar a Burkina Faso. Porque ya sabéis que no queríamos volver.
Unos años antes de partir empecé la lectura de “Atrapa tu sueño”, muy recomendable para los que piensan en cambiar el rumbo de sus vidas algún día. De qué trata? De una pareja que un buen día lo dejaron todo para ponerse en ruta al volante de un antiguo coche de los años 20 (un Graham-Paige de 1928) y cruzar el continente americano desde Argentina hasta Alaska. Fue el primero de una serie de viajes impresionantes que aún hoy siguen llevando a cabo con ese mismo vehículo. Lo puedes adquirir haciendo click aquí. Nosotros hemos empezado a perseguir nuestro sueño, como el título del libro de Candelaria y Herman, “los Zapp”. Y lo atraparemos seguro. En ese libro, una referencia para todo aquel que decide cambiar su vida para vivirla y disfrutarla (y si obviamos la profunda religiosidad de la pareja), hay una cita que dice:
“Lo que ustedes están haciendo es el sueño irrealizado de muchos de nosotros, que vemos pasar los años y las oportunidades por motivos que no tienen razón de ser. Un sueño realizado es la mayor fortuna que un hombre puede llegar a tener. Pase lo que pase, seguirá con él, nadie podrá quitárselo. Ni la muerte. Porque lo llevará guardado en el alma”

Poco más se puede decir. Considero que es una verdad irrebatible. No hay nada mejor que un recuerdo. Pero la vida sigue. Y volver a viajar es difícil. Y sobre todo, costoso. Tenemos decidido cuál será nuestro próximo destino: Asia. Pero hasta que ese momento llegue y podamos acumular otro recuerdo que ni la muerte pueda arrebatarnos, debemos seguir luchando para poder seguir persiguiendo nuestro sueño… hasta atraparlo.

De momento hemos cambiado la calidez de la gente africana, los kilómetros y kilómetros de desierto, las noches en vela por el calor, los mosquitos y las comidas picantes por horas y horas en el estudio de fotografía de Claudia y por un trabajo a tiempo parcial en una estación de ski que no me deja ni un fin de semana ni un festivo libre hasta después de semana santa. Tenemos que ahorrar mientras pensamos en proyectos, como pasar un par de meses en Sardegna para hacer un reportaje que hace tiempo que a Claudia le ronda por la cabeza, o mientras intentamos mover el documental que realizamos en Ghana con las supervivientes del cáncer de mama de los hospitales Peace & Love.

Para los que no lo sepan, ese reportaje debía haber aparecido en la revista Yodona coincidiendo con el día mundial del cáncer de mama que se celebra en octubre, pero a una semana de publicarse y con todo hablado y pactado se tiraron atrás no sabemos aún muy bien porqué. Ellos se basaron en que las fotografías eran duras. El cáncer es una enfermedad dura. Claudia hizo un trabajo excelente para lograr reflejar lo que esas mujeres llegan a sufrir en un continente en el que esta enfermedad sigue siendo tabú. En fin, que nos dejaron tirados y sin cobrar. Y lo que duele más: sin saber nada más de ellos pese a los mails que les enviamos. En fin…

Seguimos adelante. No hay nada que nos pueda parar. Como dice la canción Mar, el poder del mar de Delafé, “esto no se para!”. Nos costará más que en la primera ocasión, pero lo conseguiremos. Estoy seguro de ello.

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El principio de otra cosa

Nos repetíamos una y otra vez: “no volveremos nunca. No volveremos nunca. No volveremos nunca”. Acabábamos de pasar los trámites de la frontera de Rosso entre Mauritania y Senegal. Ha sido, de lejos, la peor experiencia de toda la aventura. Y nos volvíamos a repetir “no volveremos nunca”. Eso fue el 10 de julio. El 28 de septiembre nuestro corazón se aceleró cuando nos dijeron que no podíamos acceder a Mauritania desde Diema. Las lluvias habían inundado la zona y la pista estaba cerrada. Debíamos volver a Rosso para salir de Senegal. Y eso era una carga excesiva para nuestras cabezas. Recorrimos los 100 kilómetros que separan Saint Louis de Rosso en silencio. Los dos sabíamos que nuestro juramento quedaba roto en ese momento. “Joder, al final hemos vuelto” pensaba yo cuando nos acercábamos irremediablemente a ese infierno.

Pero ya no éramos los mismos que cuando llegamos a principios de julio. Habíamos pasado unos veinte trámites aduaneros y ya sabíamos decir NO a un policía corrupto cuando nos pedía dinero para algún trámite. Sabíamos por qué cosas se pagaba, cuánto y a quién. Con esa ventaja en nuestras mochilas (léase cabezas) afrontamos el primero de los trámites: el sello de salida en nuestro pasaporte. Dos minutos de reloj y estábamos de nuevo en la furgo. El siguiente trámite era el sello en el Carnet du Passage en Douane (CPD). Entramos en el recinto del “puerto” fluvial. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer, así que me fui a buscar a la persona adecuada. La encontré. Me puso el sello y… delante de la gente que estaba allí esperando me pidió 10.000 cefars por devolverme el documento. Forcejeamos un poco por el bloc (ni se me hubiera ocurrido hacer eso hace tres meses…) y cuando la cosa se calmó le expliqué que no iba a pagar ni un céntimo y a regañadientes me lo devolvió.

Siguiente trámite: la aduana. Entramos en la garita del policía de turno, nos pide “los papeles del coche y 5.000 cefars”. Harto ya de tanto corrupto suelto, saqué mi pasaporte y le enseñé página por página los más de 35 sellos que nos han estampado a lo largo del viaje. Le dije: “Ves todos estos sellos? Crees que llegamos ayer a África? No te vamos a pagar NADA!”. Nos hizo entrar en su despacho y nos intentó convencer una última vez de que debíamos pagar. En un despiste cogimos nuestros pasaportes y salimos de allí. Más tarde vengó su rabia impidiéndonos subir en el primer ferry. “Como si tuviéramos prisa” le dijimos. Y esperamos pacientes al siguiente. La parte Mauritana fue mucho más fácil, sin sobresaltos de ningún tipo ni amenazas ni nada por el estilo.

Queríamos llegar hasta Nouakchott ese mismo día. Y lo logramos. Decidimos dormir donde la primera vez, en el Auberge Menata. Está sucio, no tiene presión de agua para ducharse y está lleno de mosquitos. Pero nos gusta el ambiente. Al entrar allí, según las guías, puedes encontrarte con algún que otro overlander. En julio no había nadie, pero esta vez sí. Una pareja de jubilados con un Toyota HZJ que tenían previstos 9 meses de viaje por África y dos cicloturistas muy jóvenes que nos hicieron reír un rato. Compartimos sobremesa después de la cena. Lógicamente, nos bombardearon a preguntas sobre trámites, fronteras, seguridad… Todos nos fuimos contentos a dormir y a la mañana siguiente, cada uno por su lado.

Nos despertamos aún de noche para intentar llegar a Marruecos ese mismo día. A medio camino nos sorprendió una pequeña tormenta de arena. La temperatura subió hasta los 50ºC. La nevera también empezó a sufrir. No podía bajar de los 11 grados, seis por encima de lo que es normal. La furgo se empezó a llenar de arena fina que entraba por todas partes. El calor se hizo insoportable. Y esta situación duró unos 200 kilómetros… Muy duro para nuestros cuerpos y para la mecánica de la furgo. Son momentos en los que piensas en la dureza de la vida en ese país. Poca gente se aventura a vivir en el Sahara y quien lo hace es alguien especial.

Alcanzamos la frontera de Mauritania sucios y sudados. No tuvimos ningún problema para hacer los distintos trámites. Y por allí, por una zona desértica y llena de polvo, rueda ahora una de las bicis que compramos en Burkina. La mía, la que se partió en dos y soldamos. La vendimos…

Otra vez volvíamos a estar en tierra de nadie, ese tramo de cinco kilómetros impracticables y llenos de coches abandonados. Nos llevamos una sorpresa: alguien se había encargado de llevarse esos esqueletos que algún día sirvieron para desplazarse.

Marruecos era el último país por el que debíamos pasar para llegar a España. Nos esperaba el puerto de Tánger para dar casi por finalizado el viaje. Pero nos quedaban 2500km por recorrer, unos kilómetros de un paisaje inigualable. El sur marroquí es sobrecogedor, solitario, cálido pero agradable, batido por los vientos atlánticos que refrescan la costa casi continuamente. Hay tanto por descubrir…

Pasar la frontera por la tarde, con scanner completo a la furgo, complica seguir rodando. La noche se te echa encima. Divisamos unas dunas a lo lejos y pusimos rumbo a ellas. El desierto no nos dificultó alcanzar la que, quizás, era la más grande. Su forma de media luna nos sirvió de refugio. La arena parecía abrazarnos. Un paraje sin igual para descansar una noche a la luz de las estrellas. Sin un solo ruido, sin una sola molestia. Una soledad que daba miedo a ratos. Una sensación agradable. E inolvidable.
Subimos a lo alto de la duna. Parecía estar esperándonos. Y bajamos por su cara más recta, un tobogán de arena finísima y blandísima. Nos duchamos (con la ducha de 12 voltios) para quitarnos la arena y el calor mauritano, cenamos a la luz de una vela y deseamos no olvidarnos nunca de ese regalo que nos hizo el desierto, el viento y la arena. Algo irrepetible. Las dunas siempre están en movimiento y nunca la volveremos a ver como la vimos esa noche.

En Dakhla paramos en busca de una conexión a Internet. Claudia debía enviar un mail urgente. Nos habíamos prometido hacer kite surf cuando volviésemos, pero nuestro bolsillo no podía aguantar un extra como ese a estas alturas. Hicimos ver que no nos acordábamos y abandonamos la bahía sin dejar de contemplar el magnífico paisaje que brinda a los que la visitan.
También paramos en Camp Beduin. Buscábamos reencontrarnos con la cocina de Hafida. Y otra vez la lección de África que no acabamos de aprender: no se pueden hacer planes. Nunca. Llegamos a Camp Beduin después de una paliza de 600km desde Dakhla y Hafida no estaba. Pero el tagine de verduras que nos prepararon los que allí estaban suplió con creces su ausencia. Volvíamos a pasar la noche en medio del desierto, pero esta vez en compañía: unos alemanes que iban camino de Mauritania. Uno con un Mercedes G y otro con un Toyota Hj 60. Todos se sorprenden al vernos viajar con la Syncro… Al calor de una pequeña fogata pasamos un buen rato hablando.

Y el camino de vuelta a casa seguía implacable. Imparable. Alcanzamos Tiznit y en el camping municipal estaba acampada media Francia. “Se nota que vamos hacia el norte. Cada día encontramos más turistas” le dije a Claudia. También en Tiznit fuimos a comprar al mercado. Un poco de fruta, unas verduras y unas olivas buenísimas. Y una tela de PVC para la baca. Más vale tarde que nunca…
Y de allí a Marrakech para volver a su plaza y a su zoco. Decidimos perdernos y ver qué ocurría. Lo que pasó fue una tarde espléndida entre gente, tiendas, vendedores, gatos, bicis y demás.

No podíamos parar. La costa nos llamaba de nuevo. Entre Casablanca y Rabat hay un pueblo llamado Mohammedia. Pasamos un par de noches y compartimos muchas cosas con sus habitantes. Eran las últimas horas de nuestra aventura. Teníamos que partir rumbo al norte, rumbo al final del viaje.

Podría haber empezado a escribir este post en el puerto de Tánger. Teníamos varias horas de espera así que hubiera sido un buen momento. Pero las emociones no me dejaban siquiera plantearme abrir el ordenador. El proyecto de 10fronterasfotofurgo, la aventura, llegaba a su fin. Se acababa. Quedaban dos noches de ferry pero esa era la despedida de África, un continente que nos ha fascinado. Una tierra que nos ha dado cobijo tres meses y medio, un poco más de lo planeado, pero en la que nos hubiéramos quedado mucho tiempo más. Nos vamos sabiendo que volveremos, que nos encontraremos de nuevo con la maravillosa gente de Breast Care International en Ghana, que pasaremos más tiempo en Malí, que nos compraremos otra bici en Burkina, que nadaremos en las lagunas de Senegal, que atravesaremos el río Gambia, que miraremos al cielo buscando el fin de los rascacielos de Cote d’Ivore. Nos vamos sabiendo que volveremos a pasar calor en Mauritania y frío en Marruecos. Se acabó por esta vez. Pero no por siempre…

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¿Cuántas farolas tiene tu pueblo?

Muchas ciudades europeas miden su competitividad con sus vecinas en aspectos como los servicios que tiene, los supermercados, los centros comerciales, las universidades, el equipo de fútbol o incluso las marcas de los coches matriculados. Pero deben estar equivocándose en algo. Que tu ciudad sea más importante que cualquier otra lo da el número de farolas que tiene a la entrada y a la salida de la calle principal. Hemos visto ciudades con kilómetros y kilómetros de farolas dándote la bienvenida, con grandes avenidas llenas de polvo y farolas por todas partes. Una seguida de otra. Y da igual la forma. Se pueden combinar farolas antiguas con algunos diseños que se denominarían “arriesgados” incluso para ciudades de diseño como Barcelona. Y entre medio de esas altas farolas, otras más modestas, las típicas que puedes ver en cualquier pueblo del pirineo.

Ejemplos los hay en todas las zonas por las que hemos pasado: El Alayún, Tarfaya, Guelmin o Tiznit en Marruecos; Nouackchott en Mauritania; Kayes o Sikasso en Malí; Bobo en Burkina; Yamoussoukro en Cote d’Ivore; Volgatanga en Ghana; o Thiés en Senegal. Parece ser que cuantas más farolas mejor. Con un denominador común. Ninguna funciona por la noche…

Y deberían, pues en cuanto anochece no se ve absolutamente nada. Y muchas veces tienes miedo de atropellar a alguien, a algún niño. Sobre todo en Senegal. Hay niños por la calle. Muchos niños y de toda clase. Los hay que van camino a la escuela. Hay algunos que pasan el rato mirando la gente pasar. También hay niños que juegan al futbolín. Y hay otros que viven en la calle. Senegal es el país de los niños. Hay tantos que parece una guardería. Pero los que llaman la atención son los niños de la calle. Los encuentras con sus latas vacías pidiendo que les eches no dinero, sino comida. La historia de estos pequeños es casi siempre la misma: una familia de la zona rural le confía a un familiar que vive en la ciudad el cuidado de uno de sus hijos. Pero ese familiar no quiere hacerse cargo del niño y lo abandona a su suerte. Muchos no saben dónde nacieron, ni cual es el poblado en el que viven sus padres. Existen algunas ONG’s en países como Ghana que intentan darles una profesión para el futuro, pero son sólo unos pocos afortunados los que acceden a esas ayudas.

Senegal, tan grande y tan verde. Llueve. Es el primer país donde la época de lluvias se deja notar. O el último, según se mire. Pero aquí, dejando a un lado Tambacunda y Kaolak llegas a Dakar y ves que algo no anda bien. En la capital se mezclan coches de lujo con humeantes vehículos de más de 40 años; mansiones de tamaño imponente con chabolas a sus lados; tiendas de lujo con vendedores ambulantes de huevos duros. Aquí, a Dakar, fueron a parar todas las sedes de las grandes empresas y organizaciones mundiales que huyeron de la guerra de Cote d’Ivore. El sueldo medio de un senegales es de 100.000 cefars, poco más de 150 euros. Pero el señor de World Food Programme (o Programa Mundial de Alimentos) que no hace nada más en todo el día que asistir a cursos de formación (en Senegal los cursos de formación son remunerados) dispone de un coche de 60.000 euros, dietas pagadas, casa pagada y sueldazo. Y no debemos olvidar que WFP forma parte de las Naciones Unidas y lucha contra el hambre… No nos parece la mejor manera de luchar contra nada el vivir como un rico cuando a tu alrededor hay gente que se tiene que espabilar con un euro al día.

Pero en este país hay cosas fantásticas, como nuestro querido Zebrabar. Hemos vuelto a estar allí. No podía ser de otra manera. La paz y la tranquilidad y el ambiente y la naturaleza. Todo junto en este estratégico campamento. Allí seguía la laguna, las mesas al borde del agua, las cabañas, las palmeras, los cocos, los empleados que son como de la familia… Queríamos llegar como fuese, aunque tuviéramos que dormir en una gasolinera a medio camino. Esta vez accedimos a través de una pista por el sur. 13 ó 14 kilómetros que las lluvias habían dejado llenos de trampas. Pero llegamos. Queríamos quedarnos dos noches, pero una gastroenteritis nos obligó a quedarnos cinco días. No estuvo mal, sobre todo pensando que la siguiente etapa nos llevaba a Mauritania y a Rosso… No pudimos acceder a Diama porque las lluvias habían inundado la pista de acceso. Volvíamos al infierno.

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Juramos volver

Nada que ver con el resto de los países que hemos visitado. Dijimos que volveríamos y así lo hicimos. Malí, tan temida desde que aparece en los telediarios, nos volvió a sorprender. Y ya estamos pensando cuándo será la próxima vez que la visitemos. Esta vez lo hicimos porque queríamos. Sin ningún temor, abiertos a lo que nos ofrece ese país y sus gentes. Malí está lleno de sonrisas por todas partes. Solo tienes que buscarlas un poco. Una mirada es suficiente para descubrir los blancos dientes de los que allí habitan. Y da lo mismo que sean niños, adolescentes, adultos o ancianos. Todos dibujan una gran sonrisa cuando te ven.

En esta ocasión habíamos decidido no dormir en ningún hotel de las ciudades importantes del país. Más que nada porque nos estamos quedando sin dinero y tenemos que ahorrar como sea…
Entramos a través de la frontera con Cote d’Ivore. Para este viaje disponemos del Carnet du Passage en Douane (CPD), unos impresos oficiales para la importación temporal de un vehículo. Te ahorra muchos problemas en las aduanas de las fronteras y bastantes euros, pues donde no sirve te suelen cobrar una cantidad importante por un permiso para transitar por el país que suele ser de 15 días. Malí es uno de estos países. El CPD no sirve y debes pagar 5.000 cefars por la furgo. Allí que nos plantamos los dos con nuestro bloc de documentos de importación (CPD) y con toda la cara del mundo les explicamos a los aduaneros qué era eso que tenían delante de sus ojos y cómo se rellenaba. El 99% de los que trabajan en las fronteras no han visto un CPD en su vida… La primera vez, entrando desde Senegal, nos dijeron que no servía. Pero esta vez coló. Así que con el sello en el CPD empezamos a entrar en Malí.

La tarde en West Africa dura poco. A las 18h anochece. Queríamos dormir en Sikasso, la primera ciudad después de la frontera, pero al llegar allí nos dimos cuenta de que no era muy agradable dormir en la furgo en medio de una ciudad africana. Aún quedaba una hora y media de luz y decidimos seguir rodando. Tras una hora más de conducción vimos un poblado a lo lejos y decidimos acercarnos a ver si nos acogían para dormir allí. Guelebougoula resultó llamarse. Al llegar preguntamos por el jefe del poblado, que muy amablemente nos aceptó. Nos dejó aparcar la furgo en medio del poblado. La gente no hacía más que mirar y mirar. Miraban todo lo que hacíamos. Si abría el portón, todos se acercaban. Si abría la puerta lateral, todos se acercaban. Sacaba la mesa y allí estaban. Mirando. Se acomodaron a unos pocos metros y allí pasaron las horas. Nosotros preparamos un poco de pasta con tomate para cenar y les acercamos un plato para que lo compartiesen. A los dos minutos ya teníamos el plato de vuelta con una sonrisa de oreja a oreja. Después de cenar, una infusión y a dormir. Poco había para hacer, sin luz, sin vernos las caras, sin hablar nada de nuestras respectivas lenguas. Así que nos metimos en la cama. A la mañana siguiente nos despedimos cordialmente de todo el poblado y seguimos la marcha.

La noche siguiente la pasamos cerca de Bamako. Habíamos escogido un campamento que resultó ser un lugar idílico. Está a una media hora de la capital, en medio de la montaña, cerca del río Níger: Le Campament Kangaba. La historia del lugar es muy singular. Hervé, el propietario, es un francés fabricante de djembés. Un buen día tomó conciencia de que su trabajo destruía árboles y que estaba ayudando a la deforestación de África. Así que se fue a Malí y se compró un terreno en el que empezó a plantar árboles para compensar el daño que había hecho. Un terreno de 20 hectáreas con una colina a la que subir merece la pena. Un treking espectacular por las vistas. Poco a poco los amigos empezaron a presionar para que les hiciese una casita de madera para pasar unos días en plena naturaleza. Y una casita dio paso a otra. Y esa otra, a una tercera. Y así se construyó Le Campament. Se tiene que ir por lo menos una vez en la vida. Además, a Claudia le llovió una oferta de trabajo por parte de Mariane, la mujer de Hervé. Podeís verlo en su blog.

Tuvimos que dejar este paraíso maliense para seguir camino. Esta vez el anochecer nos cogió a medio camino de Kayes. Se suele llegar en un día, pero habíamos estado esperando el visado de Mauritania en la embajada de Bamako (que no conseguimos…) y salimos tarde.
Así que la zona escogida para dormir fue la naturaleza. Nos desviamos por un camino que quedaba a nuestra izquierda y un gran árbol nos dio cobijo. Aquí no había nadie mirando. Pasamos la noche en soledad.

Senegal ya nos quedaba cerca. Un último esfuerzo para abandonar Malí y un último vistazo a las caras de sus gentes. Juramos volver de nuevo.

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Lógica africana

A los europeos nos sorprenden muchas cosas cuando viajamos por África. Nos sorprende el desorden, la incapacidad para hacer una cola, la suciedad, las carreteras… Pero en dos semanas uno se acostumbra a todo. Incluso a lidiar con la corrupción. Pero a lo que no hemos podido acostumbrarnos es al tipo de lógica que gastan. Nosotros la hemos llamado lógica africana. Y difiere mucho de la europea. Incluso de la latina o mediterránea propia de nuestro país que tanto critican en el norte de Europa.

Aquí las cosas son como son. Y no pretendemos cambiarlas. Pero no dejan de ser curiosas. No tiene lógica que los tro-tro, las destartaladas furgonetas que sirven de transporte público (por cierto que una se nos desmontó literalmente encima…) arranquen a toda pastilla de las paradas y se incorporen al tráfico rodado sin mirar si viene algún vehículo. Hemos visto imágenes de peligro extremo cuando un camión cisterna se acercaba por detrás y tuvo que dar un volantazo para no empotrarse con una de ellas. Y lo hacen así porque el primero que llega a la siguiente parada se lleva los clientes que están allí esperando. Prisas, frenazos, pitos y acelerones… hasta llegar al semáforo. Entonces no sabemos qué ocurre ni porqué ocurre, pero el tro-tro que ha llegado primero, el que más temeridades ha hecho, el que luchaba por llevarse un cliente como fuese (lo que le reporta 60 cidis que al cambio no llega ni a 30 céntimos de euro), ESE, arranca apaciblemente y es rebasado por cinco tro-tros que le arrebatan la clientela de la parada que tiene a escasos 100 metros.

Tampoco tiene lógica que circulando por carretera un coche te alcance y no haga ademán de adelantarte durante 50 kilómetros. Pero cuando se decide se coloca a tu lado, te cierra, aminora la marcha, da un frenazo acompañado por un volantazo y se para a comprar lo que vendan en ese momento en el arcén cuando eso mismo lo venden a lo largo de todo el camino. No lo podría haber hecho antes? Pues no…
Lógica africana. Como el que barre todo el bar, lo deja impoluto pero deposita lo barrido en la misma puerta y el viento lo empuja de nuevo hacia el interior. O el que friega el suelo de la zona de paso de un hotel en el momento del checkout que es cuando hay más tráfico de gente, que vendría a ser lo mismo que fregar el suelo de un colegio cuando salen los niños de clase… Eso sí, las cuatro horas anteriores ha estado vagabundeando por las instalaciones con el mocho en la mano sin ponerse a fregar ni una baldosa.

Claudia se enamoró rápidamente de las telas africanas y quiso hacerse un vestido y una falda. Allá que nos fuimos a un sastre en Burkina Faso. Te toman medidas para hacerte el vestido a medida. Pero curiosamente solo toman tres medidas diferentes y encima no se apuntan nada. Resultado desastroso… Una vez en Ghana se lo quiso arreglar, así que nos acercamos a una costurera. Más de lo mismo. Pero esta vez tomaron las tres medidas famosas (cadera, cintura y pecho) y no usaron ni un solo alfiler. A ojo, que es como se demuestra que uno domina su trabajo y sabe lo que se hace. Pero lo debieron medir a su manera, porque cuando fuimos a buscar el resultado no se parecía en nada a lo que pedimos. Claudia había pedido que le cortasen el vestido por debajo de la rodilla y seguía igual. Que le hiciesen el escote más bajo y seguía igual. Que la espalda fuese más destapada y seguía igual. Solo le pusieron una cremallera más larga. Y nada más. Hasta tres veces tuvimos que ir a la costurera para lograr un resultado más o menos aceptable… Con lápiz y papel y un metro hubiésemos avanzado mucho más. Pero… ¿desde cuándo se apuntan las medidas las costureras?

También funcionan diferente los diseñadores gráficos. Acudimos a uno para hacer unos adhesivos de un patrocinador (Quantik) y la experiencia fue cuanto menos curiosa. Los ordenadores tienen los menús y los avisos escritos en alfabeto chino y como no lo entienden van probando cosas hasta conseguir más o menos (siempre menos que más…) lo que buscas.
Poco lógico nos parece a los europeos que hayan cinco personas detrás de la barra de un bufet aburridos como ostras y con los brazos cruzados y tengas que pedir el pan porque no lo han sacado de la cocina, hacerte tu mismo las tostadas, servirte el café y buscar una mesa libre donde no haya comido nadie antes, porque ahí se quedan los platos sucios hasta el día siguiente.

No es lógico que esté bien visto (o por lo menos que no esté mal visto) que una secretaria de una empresa se eche una siestecita mientras estás esperando delante de ella a que llegue el jefe. Simplemente pone los brazos encima de la mesa, la cabeza encima de los brazos y sin ningún reparo se pone a dormir…
Los vendedores de la calle también tienen su propia lógica. Cuando entras en una zona donde venden mangos, hay veinte puestos donde venden mangos. Uno seguido al otro. Bien juntos, para que quien quiera comprar mangos se vuelva loco intentado decidir con quien hace la transacción ayudado por los gritos de los vendedores para llamar su atención. Yo no compro según lo que me gritan. Compro según el aspecto que tengan… Ah! Y si se venden mangos, se venden mangos. Quizás más adelante encuentres 20 puestos donde vendan pan. Todos juntos. Uno al lado de otro. Pero solo pan. Si quieres mangos, haber comprado antes… Porque el mango y el pan deben llevarse mal. Y el pan con la piña también. Y el mango con el plátano. O el plátano con la sandía…

Curioso puede llegar a ser (sobre todo al principio) sentarte en un restaurante, que te traigan una carta con muchos platos y que a la hora de pedir solo tengan tres de ellos. Muchos de estos restaurantes están desabastecidos. Es lógico en África y en según que poblados. Pero… ¿no sería mejor decir de buen principio los platos que tienes y no dejar que el cliente juegue a una especie de lotería sin sentido probando suerte con diez platos diferentes hasta que acierta con uno que sí te pueden servir? O sea, comentar de buen principio: “tenemos A. B y C. El resto no” Así que completar el menú puede llevarte 20 minutos probando y probando:

– “Tienes H?”
– “No. No tenemos”
– “Bien, y J? Tienes J?
– “No. No tenemos”
– “Aha… Y S, tienes?”
– “No. No tenemos”
– “A ver… mira Claudia! Tienen N! Te apetece? Sí claro! Que rico!. Una de N, por favor”
– “No, no tenemos”
– “Vale… y que tienes?”
– “Tenemos pescado”
– “Ah! Pues para mi pescado D”
– “No. No tenemos pescado D”
– “Bueno, pues pescado F”
– “No, no tenemos pescado F”
– “Madre mía… y qué pescado tienes, majo?”
– “Tenemos sólo pescado R”
– “No me gusta, pero tráelo por dios!…”

Y no exagero…

Poca lógica tienen las carreteras. En Ghana, por ejemplo, hay un poblado detrás de otro. Y cada poblado tiene su retahíla de badenes de 60 centímetros de alto. Suelen tener tres: uno al principio, otro en medio y otro al final. Tienes que parar el coche literalmente si no quieres salir despedido. Así, para hacer los 240 kilómetros que separan Kumasi de Accra (las dos principales ciudades del país) tardas 5 horas. Muy “rápido”. Es la solución que ha encontrado el gobierno para aminorar la marcha de los coches en los poblados. Porque en Ghana se construyen autovías, pero no por fuera de las aldeas a modo de variante. Se aprovecha el trazado de la antigua carretera… y se ponen badenes! En la autovía! Si tienes la mala suerte de no ver uno de estos sube-baja y te lo comes, adiós coche… Eso sí: pagas peaje.

En las carreteras también te encuentras camiones. Muchos camiones. Y muy lentos. Pero mucho, mucho. Los puedes adelantar caminando… Los llevan sobrecargados hasta límites insospechados, con los chasis doblados, los tubos de escape escupiendo una humareda impresionante, las bocinas atronando… y sin luces. Entonces, cuando llega la noche, hacen convoyes. Uno que tiene luces va delante abriendo camino. Detrás de él, unos cuatro o cinco camiones. Y el último, el que cierra el grupo, que también tiene luces. Y así van desplazándose. Bueno, más o menos… Estorban más que circulan. Si no sabes de la existencia de estos “convoyes con pocas luces”, empiezas a adelantar y te encuentras con una caravana de camiones a un metro el uno del otro y que no te dejan espacio para volver a entrar en tu carril. Fantástico. Y el camión que no puede seguir el ritmo de la caravana (que debe ser de unos 10km/h en algunos puntos) se para a dormir en medio del carril esperando a que se haga de día para volver a ponerse en movimiento. Y claro, triángulos de emergencia para avisar de que hay una mole parada sin una sola luz en medio del carril por el que circulas, pues no. Se ponen cuatro ramas de un árbol en el suelo y ya está indicado. Es uno de los peligros de circular de noche por África. Y es realmente peligroso. No son para hacer bromas los accidentes que vemos, pero mejor sacarle hierro al asunto… y no circular de noche.

Pese a que ya llevamos dos meses por aquí, hay cosas que nuestra mentalidad occidental no es capaz de asimilar. No son cosas malas. No te molestan una vez las tienes controladas. Te llaman la atención y no creo que nos la deje de llamar. Porque esto es África. Y si lo pones en una balanza, siempre ganarán las personas, con su humor y su alegría. Y la lógica africana te parecerá maravillosa…

Las fotos han sido hechas con el móvil…

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El rey del pueblo

Nuestra llegada a Ghana, a parte de un caluroso recibimiento, nos ha comportado horas y horas de trabajo. Pero estamos encantados de compartir esas horas con estas personas. La gente de Breast Care International (BCI) son casi todos voluntarios. Pero cualquiera lo diría. Sacrifican los días enteros por ayudar a otras personas, en darles apoyo moral, en acompañarlas. Y también en los Outreach Programs, o acciones de concienciación. Se desplazan a un poblado, con su furgoneta y algún que otro coche particular. Y en el poblado elegido dan charlas sobre lo que es el cáncer de mama, les cuentan que no es contagioso, que se puede curar, que tienen que hacerse controles periódicos… y al final las mujeres que quieran pueden hacerse un chequeo rápido. Es un trabajo difícil el convencer a las mujeres de esta sociedad tan marcada por las creencias religiosas y la brujería. Pero insisten una y otra vez. Y no piensan dejar de hacerlo.

Los Outreach se realizan unas tres veces al mes. Cuestan mucho dinero y según nos contó la Dra. Beatrice Wiafe (directora de Breast Care International y los hospitales Peace & Love), BCI andaba muy justo de presupuesto. La donación de Volkswagen Vehículos Comerciales les ha permitido continuar con estos programas por una largo periodo de tiempo.

Tuvimos la suerte de ser invitados a una de estas acciones. La preparación es difícil, pues debe contar con el visto bueno de lo que aquí denominan Chiefs, que son una especie de reyes de los poblados. Las decisiones las toman en pequeño comité, pero la última palabra siempre la tiene el Chief junto a la Queenmother, que no es otra que la madre del “rey”.

El día amaneció tapado, como casi todos los días en Kumasi. Nos recogieron a las 8 de la mañana en nuestro hotel. Nos subimos a nuestra furgoneta con algún que otro acompañante en el asiento trasero. Y pusimos rumbo hacia el interior de la región hasta llegar por unos caminos rotos por las lluvias hasta Inwiaso. Este poblado no consiguió la aprobación del Chief, que depende de otro Chief más importante que a su vez también está por debajo en el escalón mandatario del Chief del pueblo más grande. Vamos, un lío… En la última foto del post podéis ver al Chief más importante que visitamos. Otra de las tradiciones curiosas trata sobre las sillas. En esa foto el Chief está rodeado de sillas vacías. Es una superstición. En ellas las mujeres no se pueden sentar porque son sillas sagradas y si tienen la menstruación no están puras. Además, si se sientan en esas sillas no podrán tener hijos…
Total, que este pequeño poblado que apenas se ve al estar en medio de la densa vegetación (su nombre se traduce por “en los árboles”) sí contó con el apoyo del pastor (albino) de su iglesia. Así que la primera parada después de una hora la hicimos en una pequeña capilla que se había convertido por unas horas en una especie de sala de conferencias.

Sentadas en unas sillas de plástico de jardín había unas 30 mujeres esperando a ver qué pasaba y qué hacía toda esa gente allí. Entramos a grito de “Aleluya!”. Nos sentamos y empiezan los rezos y los cánticos. Volvíamos a estar de pie. La Dra. Beatrice (vamos a llamarla Dr. B) toma el micrófono que le cede el pastor y lo primero que hace es presentarnos. Habla en Akan. Aunque el idioma oficial sea el inglés, no hay mucha gente que lo domine y en las aldeas no se escucha. No nos enteramos de nada pero Ike, uno de los voluntarios, nos hace de traductor improvisado. Cuando acaba de contar nuestra historia, nuestro viaje, el tema de la donación, etcétera, suenan los aplausos. Volvemos a sentarnos y observamos atentamente todo lo que sucede a nuestro alrededor.

La Dr. B empieza entonces a explicarles a las asistentes qué es lo que van a hacer y cuál es la razón por la que estamos todos ahí. Les comenta lo que es el cáncer de mama y las dificultades que pueden encontrarse con sus familias, amigos y gente del poblado. También les explica los diferentes tratamientos, sus consecuencias (caída del pelo, vómitos, cambio en el color de la piel…) así como la mastectomía y los tratamientos posteriores. Les quiere hacer entender que el cáncer de mama afecta a todo tipo de mujeres, sean de la raza que sean, del continente que sean y de la clase social a la que pertenezcan. Acto seguido una mirada sirve para que las voluntarias del BCI desplieguen unas fotografías impactantes con tumores increíblemente grandes y alguna mama infectada e incluso reventada. Las mujeres africanas desconocen en su mayoría el cáncer y cuando tienen un problema se acercan a clínicas herbales o curanderos que les dan soluciones que empeoran la situación hasta llevarla a extremos que nosotros (y suponemos que mucha gente en Europa) no hemos visto jamás. Las voluntarias se pasean por delante de las mujeres con esas fotografías tamaño XXXL.

Ahora le toca el turno a las supervivientes. Los hospitales Peace & Love posee una asociación llamada PALSA (Peace & Love Survivors Asociation) formada por mujeres que han sufrido un cáncer de mama y han sobrevivido. Esta asociación lleva funcionando desde hace años, pero está registrada legalmente desde 2011. Se centran básicamente en dar apoyo a mujeres que lo necesitan (recién operadas, sin apoyo de la familia, desplazadas…), pero también se encargan de echar una mano en la organización de los eventos que lleva a cabo BCI.
Tres de ellas explican su vivencia. Raheemah, la última en hablar, se emociona. Se le rompe la voz cuando recuerda lo que tuvo que pasar (con perdida de la familia y del habla incluidas). Termina sacándose la prótesis y enseñándola con el brazo en alto diciendo: “no ha de daros miedo perder un pecho. Es más importante vivir!”

Se abre el turno de preguntas y curiosamente el protagonista es un hombre. Se acerca hasta la parte delantera, coge el micro y pregunta si chuparle los senos a su esposa le puede provocar cáncer de mama. Todo el mundo en la capilla arranca a reír por la vergüenza casi adolescente de esta sociedad tan cerrada y el atrevimiento del protagonista. Pero si nos paramos a pensar un poco podemos ver reflejado en ese hombre el desconocimiento total y absoluto que hay en África sobre el cáncer. Le responden que no, pero que el seno debe ser tratado con cariño. Feliz por la respuesta, se vuelve a sentar en el banco que hay en la zona trasera.
Ahora las mujeres que quieran someterse a un reconocimiento deben rellenar una ficha con su nombre, edad, numero de hijos, estudios, cuánto hace que parió por primera vez y cosas por el estilo. Muy pocas mujeres saben leer ni escribir, así que los voluntarios de BCI se encargan de rellenarles esa ficha.

Las que han decidido chequearse pasan detrás de unas sábanas cogidas por pinzas a un hilo que va de lado a lado de la capilla y que hace las funciones de zona reservada en la que hay una báscula, un medidor de altura, dos mesas a modo de camillas y una palangana con agua y jabón para que las enfermeras se puedan lavar las manos. Van pasando las mujeres desnudas de cintura para arriba y les hacen un reconocimiento, primero de pie y después estiradas en las mesas. A una de ellas le encuentran un bulto en el pecho. Ha sido la Dr. Be la que lo ha detectado. Le explican lo que tiene qué hacer y cómo desplazarse hasta el hospital.

Se recoge todo en un momento y seguimos camino hacia el segundo poblado. Este se llama Ambuoso (entre las rocas) y es más grande que el primero. Aquí el Chief sí que ha dado permiso para realizar la acción. Nos detenemos frente a una especie de foro. No alcanzamos a ver el interior hasta que entramos. Se trata de un espacio con patio central y cubiertas en los laterales. En frente a la puerta, el Chief sentado en una silla encima de un pedestal. Y la Queenmother a su lado. Desconocemos las tradiciones, así que nos las explican. Antes de entrar se anuncia nuestra presencia por los altavoces de este local. La gente va llegando y al final se llena el recinto. No hay sillas para todas. Algunas se sientan en el suelo, otras permanecen de pie. Entramos y la tradición manda saludar uno por uno a los jefes del poblado. Van vestidos con unas coloridas telas a modo de túnica. Un apretón de mano y una mirada son suficiente para sentirse bienvenido. Una vez acabamos con los saludos nos mandan sentar en unas sillas que quedan enfrentadas al Chief y su “séquito”. Entonces se levantan y son ellos los que vienen hasta nosotros para saludarnos. El mismo ritual: apretón de manos y una mirada… Nos damos cuenta de que estamos viviendo algo especial junto a todo el equipo de BCI. Nunca hubiésemos conocido el funcionamiento de las tradiciones locales sin su invitación.

Ahora toca el turno de las presentaciones. Esta vez con más ímpetu. Las supervivientes se presentan simplemente con el nombre. A nosotros nos hacen hablar un poco más. Al final, aplausos. Una espontanea también se quiere presentar, así que agarra el micrófono, dice su nombre y se va entre las risas de los asistentes. Empieza el discurso de la Dr. B y la gente se mantiene en silencio. Es un discurso largo, aunque habla de lo mismo que en el primer poblado (y también en Akan). Pero Ike, nuestro traductor, dice que está haciendo hincapié en la prevención. Les muestra dibujos de cómo auto examinarse y las voluntarias vuelven a sacar las fotos de los tumores. La Dr. B dice que no hay que esperar a llegar a esos extremos y que la prevención ayuda a salvar muchas vidas. Anima a las mujeres ser valientes y no tener miedo ante la posible estigmatización que puedan sufrir al tener un cáncer. Es el máximo temor que hay que superar en las aldeas. Y esta vez también avisa de que los hombres pueden sufrir un cáncer de mama ante el estupor de los allí presentes.

Nuevamente es el turno de las PALSA. Esta vez son cinco las que explican sus experiencias y cada una da un mensaje positivo: “el cáncer se puede vencer”; “hay que ir al hospital al primer síntoma”; “se puede rehacer la vida amorosa incluso con un solo pecho”…
La ronda de preguntas sirve para mostrar una vez más las diferencias entre vivir en un país desarrollado y moderno y vivir en una aldea en medio de África. La primera mujer que coge el micro se dirige hacia la doctora y le da las gracias por ser médico, pues su hija fue tratada por la Dr. B y la curó. La Reina Madre (ya no sé cómo escribirlo, si ponerlo en minúsculas o en mayúsculas, o no ponerlo…) también tiene palabras de agradecimiento hacia BCI. Comenta que está muy feliz por haber sido su poblado el elegido para esta acción.

Las fichas son el paso previo para empezar con los reconocimientos. Como en Inwiaso (si os habéis perdido, es el primer poblado…), los voluntarios se encargan de escribir las respuestas a las mujeres. La zona reservada es una sala contigua con una ventana cerrada. Es un lugar muy oscuro, con una mesa, la báscula, el medidor de altura y la palangana. Aquí hay muchas mujeres esperando turno y pocas sillas para sentarse. Cuando se levantan para avanzar en la cola hay empujones para coger sitio. Todas quieren saber si están sanas. Pero esta vez también hay alguna que tendrá que visitar el hospital.

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150 dólares

Los días de frontera son largos. Es una de las cosas a las que debes acostumbrarte cuando viajas por África. Y también debes saber que Ghana es uno de los países del oeste africano que más trabas pone a la hora de entrar. La razón no está clara. Tiene recursos (se encontró petróleo, lo que disparó su “valoración” mundial), industria, grandes ciudades. En cambio, parece que el turismo no va con ellos. Pero es nuestro destino principal, así que debemos ir.
Plantarse en la frontera de Burkina Faso con Ghana no lleva mucho tiempo. Son relativamente pocos kilómetros desde Ouagadougou. Eran las 11:30h cuando llegamos. Y salir de Burkina Faso tampoco fue difícil. “El día pinta bien!”, pensé.

Y así era hasta que llegamos a la frontera de la policía ghanesa. En las fronteras tienes, por un lado, la policía que te sella el pasaporte. Y por el otro, la aduana que te “sella” el vehículo. Nunca debes olvidar que necesitas los dos sellos, el de la persona y el del coche. Si no te van a cobrar nada por las gestiones que realicen por el coche, no te lo recordarán. Así que estate atento y pregunta siempre cual es el siguiente paso. No quiero ni imaginarme qué pasaría si accedemos a un país sin haber pasado por la aduana…

Nos presentamos los dos ante la policía. Nuestro contacto en Ghana, la gente de Breast Care Internacional, nos había facilitado unos visados ya que en Senegal no nos los hacían si no teníamos la nacionalidad senegalesa, que no es el caso… Rellenamos la ficha inicial, nos toman una foto para el visado biométrico (menuda farsa esto del visado biométrico en África…) y nos hacen entrar en una sala y sentarnos frente a un funcionario. A este hombre le debimos parecer de Marte, pues nos leía la petición de visado que le entregamos en voz alta, muy despacio, una y otra vez. Sobre todo la parte en la que ponía “payment on arrival”. Y lo leía. Y lo volvía a leer. Y nosotros respondíamos que lo entendíamos y que todo ok. Lo hizo una vez más para luego decir: “150 dollars for each one”. Casi nada…

Habíamos sacado dinero en un cajero, pero no tanto. No nos esperábamos ese precio. Preguntamos el porqué de esa cantidad y nos dijeron que era una Emergency Visa. Así lo ponía en el papel que nosotros mismos le entregamos: EV. Y no te queda otra que pagar. “Tarjeta de crédito”, dijimos. No cobran con tarjeta de crédito en casi ningún sitio por debajo de Essaouira (y estamos hablando de Marruecos…). Pero por intentarlo que no quede. No tuvimos éxito. La solución era volver a entrar en Burkina Faso para llegar a un pueblo llamado Pò, donde hay un cajero. Así que cojo la bici (sí, esa que está soldada y apañada de mala manera) y me encamino de nuevo a la frontera de Burkina Faso. Les explico a los funcionarios el problema y entre las risas que seguramente les provocaba el ver a un tipo blanco, sucio, sudado, con chancletas y en bici y el pedir permiso para entrar en su país de nuevo sin sello y en un francés pésimo, pues me dejaron pasar. No sin antes desearme que tenga suerte, porque desde la frontera hasta el cajero más próximo hay 20km a pleno sol. Y un sol de los que abrasan. No era buena idea ir en una bici hecha un trapo…

Busco una solución en forma de taxi-moto en el pequeño poblado fronterizo sin nombre. Negociamos el precio y le digo que me parece demasiado caro. Empiezo a caminar esperando el típico: “ok, ce bonne”. Pero esta vez lo que consigo es un reproche y que el “taxista” arranque su moto rápidamente y se dedique a decirle al resto de taxi-motos que no me lleven por menos de 10.000 cefars (él me pedía 4.000). Muy majete…
La chulería mafiosa de este tipo me obligó a empezar a caminar en busca de un taxi-moto “no oficial”. No tuve suerte. Me decanté entonces por seguir caminando hasta que una mujer me dijo que no siguiera, que desde donde estaba hasta mi destino no había ninguna sombra y que si seguía estaba “fou” (loco, palabras literales). Así que volví hacia el pequeño poblado fronterizo en busca de algún otro tipo de transporte. Vi un taxi (coche esta vez) y negocié el precio: 750cefars por trayecto. Lo que hacía un total de 1.500. Perfecto!
Aquí los taxis funcionan de la siguiente manera: son seis plazas “legales”. Y un taxi nunca arranca hasta llevar 6 pasajeros. Y yo era el tercero. Debíamos esperar a tres personas más. Las esperas suelen ser largas y tienes tiempo para pensar. Y me puse a hacerlo para, finalmente, darme cuenta de que no llevaba ni un cefar encima. Llevaba el pasaporte y la tarjeta de crédito. Nada más.

Hablé con el taxista para ver si me podía llevar hasta el cajero, parar, sacar dinero y pagarle. Pero le pareció demasiado sacrificio. Así que estaba otra vez como al principio pero con dos horas de sol de más encima de mi cabeza. Y Claudia, en la furgoneta inmovilizada entre las dos fronteras. Me puse a caminar de nuevo sin éxito. Nadie me rebajaba el precio. Cuando ya no sabía qué hacer y me disponía a volver a la furgoneta para esperar al día siguiente se acerca un chaval con su moto y me dice que por 5.000 me lleva y me trae de vuelta a la frontera. Y que le pago después. Al final lo acordamos por 4.000. Por fin…
De ahí hasta Pò con el gas a fondo. Pero llegué a las 17.00h, antes de que cerrase la frontera a las 18.00h.

Contento y con el dinero (y con más sol de la cuenta encima) entramos de nuevo en la garita para pagar los visados. Nos habían dicho que el cambio de 150 dólares era 100.000 cefars por cabeza. Se lo damos al policía y entonces, me ilumino: “serán realmente 150 dólares esos 100.000 cefars que nos han dicho?”. Salgo de la habitación con una excusa tonta y vuelvo a la furgo a mirar el cambio oficial que aparece en la guía que llevamos. No cuadra ni por asomo. Lo correcto sería 70.000 cefars por cabeza. Vuelvo a entrar, se lo comento a Claudia y les decimos lo que ocurre. El dinero ya no está encima de la mesa donde lo dejamos cuando salí hacia la furgo. Lo tiene el jefe de frontera en su despacho. Discutimos con los funcionarios hasta que ese jefe, cansado de oírnos, nos hace entrar en ese despacho y nos explica que el cambio es correcto porque es la comisión que él cobra por tener que cambiar de cefars a dólares. 60.000 cefars de gastos extras para cambiar. Menuda cara más dura… Más discusiones con la chulería extrema del jefe y su segundo de a bordo hasta el punto de decirnos que o le pagábamos en dólares o no nos daba el visado y que dormiríamos allí hasta que así lo hiciésemos. Claudia se arranca: “¿Porqué se tiene que pagar en dólares? Que yo sepa, esto no es Estados Unidos aunque se hable inglés! Esto es Ghana y vuestra moneda es el cedis! Así que si quieres cefars, como en un principio habías dicho, bien. Y si no, cambiamos a cedis y te pagamos en cedis! Pero en dólares, NO!”.

No hay manera. Le digo a Claudia gesticulando que llame al jefe de inmigración (que es quien nos había firmado la invitación/ visado). Y de repente, el jefe se pone a rellenar el recibo por un valor de 80.000 cefars, le da la orden a su segundo para que nos ponga el sello y listos. Nunca sabremos qué les hizo cambiar de opinión. Suponemos que llegaron al punto donde la gente paga o no paga. Y saben que si pasas de ese punto estás dispuesto a no pagar. Y nosotros lo pasamos…
La aduana de la furgo, por suerte, fue rápida y legal.

Llegamos hasta Bolgatanga, la primera ciudad de Ghana ,con la intención de encontrar un sitio rápidamente en el que descansar. Todos los posibles alojamientos estaban llenos. Todos menos uno. Un pequeño antro bajo el nombre de Sandgardens. La habitación no tenía nada que envidiar a la de cualquier hostal de puerto que todos hemos visto en las películas españolas que se centran en las aventuras y desventuras de gente más o menos marginal. Horrible no lo define del todo bien… Pero dormir en la furgo no nos pareció seguro. Así que, derrotados, sucios, sudados y malhumorados nos duchamos y nos metimos en la cama. Pero el día no podía terminar sin alguna sorpresa más: la fiebre, que me quiso acompañar toda la noche. Pensamos que sería malaria y nos hemos equivocado. Debió ser una insolación. Pero hemos llegado a Ghana, que era lo importante.

Todo lo explicado no puede ilustrarse. En las fronteras no se pueden hacer fotos y llegamos a Bolgatanga ya de noche. Esa es la razón por la que este post solo tiene dos fotografías…

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Comienza 10fronterasfotofurgo

Empezamos con los posts de la aventura. De momento hemos tenido suerte y disponemos de Internet en casi todos lados, lo que nos permite poder estar conectados con asiduidad. Y lo aprovechamos para empezar a contar en nuestro blog cómo discurren las cosas. Las fotos están hechas con nuestra última adquisición, una Fujifilm X100 que por el momento hemos decidido que será la encargada de ilustrar nuestro blog. Las fotos de la Canon EOS 5D Mark III (las buenas… ;-)) las podréis ver en la exposición que está organizando Volkswagen Vehículos Comerciales para nuestra vuelta.

Salimos ayer desde Barcelona. A las 10 de la mañana zarpó el barco de Grandi Navi Veloci con destino al puerto de Tánger. El camarote era amplio y aprovechamos para descansar del ajetreo de las últimas semanas. La boda y el viaje han consumido el 100% de nuestro tiempo y de nuestras fuerzas. Así que bienvenida fue la siesta y las 10 horas de descanso nocturno. La discoteca tampoco nos molestó excesivamente, pues en ella se habían instalado dos funcionarios marroquíes con sus portátiles para realizar los primeros trámites aduaneros. Pasamos un buen rato haciendo cola y hablando con los diferentes voluntarios que la organizaban. Por cierto, las mujeres no hacen cola si el coche está a su nombre, pero este no era nuestro caso. Así que estuvimos un par de horas entretenidos.

Y llegamos a Tánger, puerta de entrada a África. Supoerar la aduana fue más fácil que el desembarque. Colas, bocinas, furgonetas cargadas hasta los topes, peatones, policía. Faltaban ojos para controlar todo lo que pasaba alrededor de la furgoneta. Salimos dirección a Chefchaouen rápidamente… pero por la carretera equivocada. En vez de circular por la N2, que discurre por el interior, nos desviamos por la carretera de la costa, donde un viento infernal nos esperaba y nos acompañaría hasta Tetouan. Desde allí, tranquilamente hasta encontrar los desvíos correspondientes (cosa nada fácil ni con un GPS offroad…). La carretera que va desde Tetouan hacia Chefchaouen soporta mucho tráfico de camiones lentos. Y los adelantamientos nos ponían los pelos de punta.

Chefchaouen aparecía en lo alto de una colina y el camping está en lo alto de lo alto de esa misma colina. Un último esfuerzo para la Syncro, que de momento se está comportando perfectamente. Nos acomodamos, cambiamos nuestras vestimentas por unas más cómodas y frescas y nos fuimos a visitar la Medina de calles estrechas y paredes entre el blanco y el azul celeste. Mañana pondremos rumbo a Fes.

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10fronterasfotofurgo llega a Marruecos

La aventura solidaria junto a Volkswagen Vehículos Comerciales llega al puerto de Tanger, en Marruecos, primera etapa de 10fronterasfotofurgo. Tras más de 24 horas de navegación, ahora empieza lo bueno!

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