Lógica africana

A los europeos nos sorprenden muchas cosas cuando viajamos por África. Nos sorprende el desorden, la incapacidad para hacer una cola, la suciedad, las carreteras… Pero en dos semanas uno se acostumbra a todo. Incluso a lidiar con la corrupción. Pero a lo que no hemos podido acostumbrarnos es al tipo de lógica que gastan. Nosotros la hemos llamado lógica africana. Y difiere mucho de la europea. Incluso de la latina o mediterránea propia de nuestro país que tanto critican en el norte de Europa.

Aquí las cosas son como son. Y no pretendemos cambiarlas. Pero no dejan de ser curiosas. No tiene lógica que los tro-tro, las destartaladas furgonetas que sirven de transporte público (por cierto que una se nos desmontó literalmente encima…) arranquen a toda pastilla de las paradas y se incorporen al tráfico rodado sin mirar si viene algún vehículo. Hemos visto imágenes de peligro extremo cuando un camión cisterna se acercaba por detrás y tuvo que dar un volantazo para no empotrarse con una de ellas. Y lo hacen así porque el primero que llega a la siguiente parada se lleva los clientes que están allí esperando. Prisas, frenazos, pitos y acelerones… hasta llegar al semáforo. Entonces no sabemos qué ocurre ni porqué ocurre, pero el tro-tro que ha llegado primero, el que más temeridades ha hecho, el que luchaba por llevarse un cliente como fuese (lo que le reporta 60 cidis que al cambio no llega ni a 30 céntimos de euro), ESE, arranca apaciblemente y es rebasado por cinco tro-tros que le arrebatan la clientela de la parada que tiene a escasos 100 metros.

Tampoco tiene lógica que circulando por carretera un coche te alcance y no haga ademán de adelantarte durante 50 kilómetros. Pero cuando se decide se coloca a tu lado, te cierra, aminora la marcha, da un frenazo acompañado por un volantazo y se para a comprar lo que vendan en ese momento en el arcén cuando eso mismo lo venden a lo largo de todo el camino. No lo podría haber hecho antes? Pues no…
Lógica africana. Como el que barre todo el bar, lo deja impoluto pero deposita lo barrido en la misma puerta y el viento lo empuja de nuevo hacia el interior. O el que friega el suelo de la zona de paso de un hotel en el momento del checkout que es cuando hay más tráfico de gente, que vendría a ser lo mismo que fregar el suelo de un colegio cuando salen los niños de clase… Eso sí, las cuatro horas anteriores ha estado vagabundeando por las instalaciones con el mocho en la mano sin ponerse a fregar ni una baldosa.

Claudia se enamoró rápidamente de las telas africanas y quiso hacerse un vestido y una falda. Allá que nos fuimos a un sastre en Burkina Faso. Te toman medidas para hacerte el vestido a medida. Pero curiosamente solo toman tres medidas diferentes y encima no se apuntan nada. Resultado desastroso… Una vez en Ghana se lo quiso arreglar, así que nos acercamos a una costurera. Más de lo mismo. Pero esta vez tomaron las tres medidas famosas (cadera, cintura y pecho) y no usaron ni un solo alfiler. A ojo, que es como se demuestra que uno domina su trabajo y sabe lo que se hace. Pero lo debieron medir a su manera, porque cuando fuimos a buscar el resultado no se parecía en nada a lo que pedimos. Claudia había pedido que le cortasen el vestido por debajo de la rodilla y seguía igual. Que le hiciesen el escote más bajo y seguía igual. Que la espalda fuese más destapada y seguía igual. Solo le pusieron una cremallera más larga. Y nada más. Hasta tres veces tuvimos que ir a la costurera para lograr un resultado más o menos aceptable… Con lápiz y papel y un metro hubiésemos avanzado mucho más. Pero… ¿desde cuándo se apuntan las medidas las costureras?

También funcionan diferente los diseñadores gráficos. Acudimos a uno para hacer unos adhesivos de un patrocinador (Quantik) y la experiencia fue cuanto menos curiosa. Los ordenadores tienen los menús y los avisos escritos en alfabeto chino y como no lo entienden van probando cosas hasta conseguir más o menos (siempre menos que más…) lo que buscas.
Poco lógico nos parece a los europeos que hayan cinco personas detrás de la barra de un bufet aburridos como ostras y con los brazos cruzados y tengas que pedir el pan porque no lo han sacado de la cocina, hacerte tu mismo las tostadas, servirte el café y buscar una mesa libre donde no haya comido nadie antes, porque ahí se quedan los platos sucios hasta el día siguiente.

No es lógico que esté bien visto (o por lo menos que no esté mal visto) que una secretaria de una empresa se eche una siestecita mientras estás esperando delante de ella a que llegue el jefe. Simplemente pone los brazos encima de la mesa, la cabeza encima de los brazos y sin ningún reparo se pone a dormir…
Los vendedores de la calle también tienen su propia lógica. Cuando entras en una zona donde venden mangos, hay veinte puestos donde venden mangos. Uno seguido al otro. Bien juntos, para que quien quiera comprar mangos se vuelva loco intentado decidir con quien hace la transacción ayudado por los gritos de los vendedores para llamar su atención. Yo no compro según lo que me gritan. Compro según el aspecto que tengan… Ah! Y si se venden mangos, se venden mangos. Quizás más adelante encuentres 20 puestos donde vendan pan. Todos juntos. Uno al lado de otro. Pero solo pan. Si quieres mangos, haber comprado antes… Porque el mango y el pan deben llevarse mal. Y el pan con la piña también. Y el mango con el plátano. O el plátano con la sandía…

Curioso puede llegar a ser (sobre todo al principio) sentarte en un restaurante, que te traigan una carta con muchos platos y que a la hora de pedir solo tengan tres de ellos. Muchos de estos restaurantes están desabastecidos. Es lógico en África y en según que poblados. Pero… ¿no sería mejor decir de buen principio los platos que tienes y no dejar que el cliente juegue a una especie de lotería sin sentido probando suerte con diez platos diferentes hasta que acierta con uno que sí te pueden servir? O sea, comentar de buen principio: “tenemos A. B y C. El resto no” Así que completar el menú puede llevarte 20 minutos probando y probando:

– “Tienes H?”
– “No. No tenemos”
– “Bien, y J? Tienes J?
– “No. No tenemos”
– “Aha… Y S, tienes?”
– “No. No tenemos”
– “A ver… mira Claudia! Tienen N! Te apetece? Sí claro! Que rico!. Una de N, por favor”
– “No, no tenemos”
– “Vale… y que tienes?”
– “Tenemos pescado”
– “Ah! Pues para mi pescado D”
– “No. No tenemos pescado D”
– “Bueno, pues pescado F”
– “No, no tenemos pescado F”
– “Madre mía… y qué pescado tienes, majo?”
– “Tenemos sólo pescado R”
– “No me gusta, pero tráelo por dios!…”

Y no exagero…

Poca lógica tienen las carreteras. En Ghana, por ejemplo, hay un poblado detrás de otro. Y cada poblado tiene su retahíla de badenes de 60 centímetros de alto. Suelen tener tres: uno al principio, otro en medio y otro al final. Tienes que parar el coche literalmente si no quieres salir despedido. Así, para hacer los 240 kilómetros que separan Kumasi de Accra (las dos principales ciudades del país) tardas 5 horas. Muy “rápido”. Es la solución que ha encontrado el gobierno para aminorar la marcha de los coches en los poblados. Porque en Ghana se construyen autovías, pero no por fuera de las aldeas a modo de variante. Se aprovecha el trazado de la antigua carretera… y se ponen badenes! En la autovía! Si tienes la mala suerte de no ver uno de estos sube-baja y te lo comes, adiós coche… Eso sí: pagas peaje.

En las carreteras también te encuentras camiones. Muchos camiones. Y muy lentos. Pero mucho, mucho. Los puedes adelantar caminando… Los llevan sobrecargados hasta límites insospechados, con los chasis doblados, los tubos de escape escupiendo una humareda impresionante, las bocinas atronando… y sin luces. Entonces, cuando llega la noche, hacen convoyes. Uno que tiene luces va delante abriendo camino. Detrás de él, unos cuatro o cinco camiones. Y el último, el que cierra el grupo, que también tiene luces. Y así van desplazándose. Bueno, más o menos… Estorban más que circulan. Si no sabes de la existencia de estos “convoyes con pocas luces”, empiezas a adelantar y te encuentras con una caravana de camiones a un metro el uno del otro y que no te dejan espacio para volver a entrar en tu carril. Fantástico. Y el camión que no puede seguir el ritmo de la caravana (que debe ser de unos 10km/h en algunos puntos) se para a dormir en medio del carril esperando a que se haga de día para volver a ponerse en movimiento. Y claro, triángulos de emergencia para avisar de que hay una mole parada sin una sola luz en medio del carril por el que circulas, pues no. Se ponen cuatro ramas de un árbol en el suelo y ya está indicado. Es uno de los peligros de circular de noche por África. Y es realmente peligroso. No son para hacer bromas los accidentes que vemos, pero mejor sacarle hierro al asunto… y no circular de noche.

Pese a que ya llevamos dos meses por aquí, hay cosas que nuestra mentalidad occidental no es capaz de asimilar. No son cosas malas. No te molestan una vez las tienes controladas. Te llaman la atención y no creo que nos la deje de llamar. Porque esto es África. Y si lo pones en una balanza, siempre ganarán las personas, con su humor y su alegría. Y la lógica africana te parecerá maravillosa…

Las fotos han sido hechas con el móvil…

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Para dar la vuelta al mundo

Hablas con unos. Hablas con otros. Y todos (o casi) te dicen que su sueño es viajar. Hay muchas maneras de hacerlo. Tantas como personas. Pero la que cada día gana más adeptos es, sin duda, viajar de manera autónoma. O sea, con un vehículo. Y ese vehículo debe ser resistente, amplio y 4×4. Como el nuestro, una Volkswagen T3 Syncro preparada para todo. Es resistente, es amplio y es 4×4. Y nos está llevando a cumplir nuestro sueño de viajar por el mundo. Pero además nosotros tenemos la inmensa suerte de que Volkswagen Vehículos Comerciales nos apoya en todo momento.

Volkswagen. Siempre he sido amante incondicional de esta marca. Antes de viajar con la T3 Syncro lo he hecho al volante de una T2 “aircooled” con motor bóxer 2.0 refrigerado por aire (de ahí “aircooled”). Muchos kilómetros y muchas anécdotas. Una forma diferente de viajar. Y la vendí con mucha pena para hacerme con la maravilla que hoy nos lleva por África. También tuve un Escarabajo. Era un 1200 standard de 1965. Rojo. Y divertido. Muy divertido. También lo vendí. Entonces llegó el Golf VI 1.6 TDI negro, quizás el mejor coche que he tenido. Combinaba prestaciones suficientes para moverse con dinamismo con un consumo ridículo. Siempre Volkswagen. Y creo que siempre viajaré con uno de ellos. Más todavía viendo las últimas creaciones de la marca.

La gama 4Motion de Volkswagen Vehículos Comerciales se ha convertido desde el primer momento en una base inmejorable para preparar un vehículo de expedición. Quizás tenga el concepto de vehículo un poco atrofiado. Siempre los miro como una herramienta para hacer un gran viaje, para vivir en su interior y que sean capaces de llevarme por el mundo. Por todo el mundo. Y ahora la gama 4Motion me tiene enamorado. Abarca versatilidad, seguridad, fiabilidad, capacidades off-road y posibilidades de preparación (o camperización…).
Siete modelos nos ofrece Volkswagen Vehículos Comerciales en su gama 4Motion: Caddy, Transporter, Caravelle, Multivan, California, Amarok y Crafter. Seguro que alguno encaja perfectamente con lo que buscas.

Crafter 4Motion

Nuestro sueño lleva ese nombre. Nos encanta esta furgo. Nos ha gustado desde la primera vez que vimos fotografías corriendo por Internet. Crafter 4Motion… Me la he imaginado mil veces preparada como vehículo overland. Con su mobiliario interior, su zona de baño con ducha y WC y una cama. No necesitas nada más. Cuando viajas te vas dando cuenta de que muchas cosas de nuestra actual furgoneta no se usan. No necesitas un gran almacenaje. Casi siempre encuentras lo que buscas allí donde vas. Siempre que no quieras lujos occidentales, claro. Con unos poco muebles, una cocina de camping gas, unos depósitos de agua, la zona de baño, una calefacción estática y una placa solar que te aporte la electricidad suficiente como para ser totalmente autónomo, te sobra. Claro que se puede viajar con una Crafter totalmente equipada y con unos acabados extraordinarios. Eso va a gusto de cada uno.

El encargado de transformar este modelo en algo excepcional es Achleitner, que sabe un montón de que va esto. Se encargaba de la preparación de las furgonetas que hacían de asistencia en el Dakar y es capaz de transformar vehículos normales en auténticas armas militares. Achleitner ha centrado sus esfuerzos en ofrecer un bastidor de lo más fiable. Ha modificado el eje delantero y el trasero, que es rígido (con las ventajas que eso comporta para su preparación y uso en off road). Muelles reforzados con mayor recorrido, amortiguadores progresivos y estabilizadoras modificadas son capaces de mejorar la distancia libre al suelo en 25cm y de levantar la carrocería 10 centímetros respecto al modelo original. La motorización para el Crafter 4Motion es la más potente de la gama: el 2.0 TDI Biturbo con 163CV y 400Nm de par, más que suficiente para mover nuestra hipotética furgoneta overland perfecta con total soltura por la dunas del Sahara, el barro de Centroamérica, los empinados caminos asiáticos o las aguas de los ríos de la estepa mongola. Ya nos vemos moviéndonos con una de estas maravillas que comercializa Volkswagen Vehículos Comerciales por las zonas más remotas de la tierra. Por soñar que no quede…

T5

La evolución de lo que vendría a ser nuestra T3 Syncro se llama Rockton. Hacía tiempo que Volkswagen Vehículos Comerciales no lanzaba al mercado un modelo tan representativo, ambicioso y multiusos como lo fue la T3 Syncro en su momento. Se trata de una T5 preparada para un uso de lo más intensivo por fuera de carretera. O sea, ideal para hacerse un pequeño vehículo de expedición. Ha sido pensada para dar cobertura a los trabajos más duros, combinando el transporte de personas con el de mercancías. Si un vehículo es capaz de soportar el trato al que le puede someter un conductor profesional en su día a día, no hay duda de que soportará las pistas y las carreteras más duras en cualquier viaje que tengas en mente.

El Rockton está basado en el Transporter Kombi, pero con tracción permanente con un embrague Haldex (de cuarta generación), bloqueo de diferencial en el eje trasero, altura de la carrocería 30mm más alta y suspensión y amortiguadores reforzados. A nosotros nos encanta y vemos en ella un mundo de posibilidades de camperización. Con un techo elevado y cuatro cosas, a viajar!

Si quieres algo menos radical (¿porqué?) en la gama 4Motion de Volkswagen Vehículos Comerciales tienes la Transporter, la Caravelle, la Multivan y la California. Esta última sigue manteniendo el espíritu de las primeras T1, unas furgonetas que son un icono de la libertad incluso 60 años después de haber sido lanzada. Las T5 te permiten tener un solo automóvil para todo. Lo puedes usar para ir a la oficina, repartir paquetes o transportar personas y serán capaces de llevarte hasta donde quieras si ese es tu deseo. La estampa típica de una de estas furgos con el toldo desplegado en medio del desierto hace soñar a cualquiera. ¿o no?

Caddy

La más pequeña de la gama 4Motion no es ni la peor ni la menos versátil. Ni mucho menos. La Caddy tiene muchas ventajas. Empezando por el precio y terminando por el peso y las posibilidades de preparación. El precio es básico para acceder a uno de estos vehículos si tenemos deseos de viajar por todo el mundo. El peso es un problema si viajamos solos. Y las posibilidades de preparar el interior a nuestro gusto es esencial. Nosotros nos quedaríamos con la versión Maxi, con batalla más larga y una interior 45 cm más largo. El acabado Tramper incorpora mesa, sillas, un colchón y una tienda de campaña que se monta en la parte trasera. Atención al Caddy 4Motion Himalaya, que ofrece 3,5cm de altura extra respecto al suelo.

Amarok

Ahora el Amarok se ofrece en cabina simple, lo que le convierte en una muy buena base para montarte una especie de autocarvana todo terreno. Simplemente debes elegir la célula vivienda que más se adapte a tus necesidades y ya lo tienes. La cabina simple es nuestra preferida, pues el peso está mucho más centrado cuando le montas este tipo de células (visita las webs de Tischer, Bimobil o Uro Camper, por ejemplo) y las mismas pueden ser más grandes y espaciosas. En cuanto a las cualidades todo terreneras del Amarok, no vamos a ser nosotros quienes las descubran. Simplemente decir que también ha sido vehículo de asistencia en el Dakar…

Elegir entre uno de los modelos de la gama 4Motion de Volkswagen Vehículos Comerciales no es tarea fácil. Bueno, para nosotros quizás no sea tan difícil. Sólo tienes que leer el principio del texto para darte cuenta de que la Crafter nos tiene robado el corazón…

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El valor de vivir

Lo emocionante de viajar es que por mucho que lo hagas toda la vida nunca dejas de sorprenderte. Ya sea por Centroamérica, por Asia o por África. Incluso en los países mal llamados desarrollados te encuentras con cosas que llaman la atención. La capacidad del ser humano para adaptarse a cualquier circunstancia es increíble. Hemos podido vivirlo en primera persona. Hemos podido verlo en primera persona. Hemos podido oírlo en primera persona. Y olerlo. Y tocarlo. Por que hemos tenido la inmensa suerte de conocer a unas mujeres que han decidido dar un paso adelante y luchar contra las creencias místicas y contra el machismo intrínseco de unos países donde quien manda es el hombre. Unas mujeres que han sabido pelear por su vida. Aquí las llaman supervivientes. Y realmente lo son. Sin conocerlas se diría que la palabra es una más del diccionario para definir lo que es una persona que vive después de la muerte de otra o después de un determinado suceso. Pero ellas le suman a ese frío vocablo otras palabras como valentía, inconformismo, dureza, ilusión, esperanza…

Lo sabemos de primera mano. Nos han dejado entrar en sus vidas (no sólo en sus casas) para compartir con ellas su día a día. Ha sido una de las mejores experiencias que hemos vivido. Y tenemos unas grandes fotos acompañadas de vivencias. Estamos preparando un reportaje para un revista de tirada nacional. Pero aquí, en nuestro blog, no podemos (ni queremos) olvidarnos de Francisca, ni de Yaa Mansah, ni de Regina, ni de Vivian, ni de Raheemah (quizás la que más nos ha impactado), ni de las dos Beatrice, ni de Ayisha, ni de Lidia, ni de Monica, ni de la joven Claudine, que viene desde Benin hasta Kumasi para tratar su cáncer, ahora con metástasis en el cerebro. Son más de 12 horas de viaje en bus para alguien a la que le han dicho que aquí, en Ghana, no la pueden tratar…
Para ellas, para estas mujeres que sin duda formarán parte de la historia de la lucha contra el cáncer de mama en África, toda nuestra admiración.

La duodécima mujer que lucha por salvar su vida y unirse al grupo de supervivientes tiene 54 años, un tumor en su mama derecha y es anónima. Con ella pudimos compartir quirófano y ver cómo se lleva a cabo una mastectomía en África. La Dr. B nos invitó y aceptamos al momento. Mientras ella cortaba, cauterizaba, volvía a cortar y a cauterizar, buscaba ganglios con sus dedos, sudaba y reía, esta mujer dormía. Seguramente se durmió nerviosa, deseando que esa operación le acabe salvando la vida, temerosa de su futuro que a partir de ahora tendrá que afrontar con una sola mama. Y nosotros lo vimos todo. Las fotografías pueden herir los sentimientos de los más aprehensivos.

Breast Care International (BCI) está dispuesta a seguir luchando contra el cáncer de mama en Ghana con todas las herramientas a su alcance. La donación de 10.310 euros de Volkswagen Vehículos Comerciales les permite respirar un poco y seguir adelante. Una de las maneras es formando a formadores. Y esas nuevas formadoras se encargarán de formar a otras que a su vez ayudarán y darán soporte moral a mujeres que hayan sido diagnosticadas de cáncer de mama. Fuimos invitados a este curso de formación: Hope Peer Navigation Training Program. Es la primera vez que se hace en Ghana y se han encargado de ello las estadounidenses Reverend Tam Denyse y Ekland Abdiwahab (de Carriestouch.org). Tam, a parte de ser una gran creyente, es una superviviente de cáncer de mama.

A lo largo de los tres días del training hemos podido ver las dificultades de las formadoras para inculcar nuevos valores a las formadas. Es casi como cambiar su personalidad. Y podríamos decir que lo han logrado poco a poco, sin desfallecer, involucrándolas y sumergiéndolas en esa nueva manera de tratar a la gente. Su tarea ahora es la de formar a otras voluntarias para que, llegado el momento de hablar con una mujer que sufra cáncer de mama, sepan usar las palabras adecuadas, sepan conectar con ella, animarla y ayudarla en todo lo posible. Se les enseñó cómo evitar que dejen el tratamiento o que no acudan al hospital porque cuesta dinero, cómo manejar la situación familiar, cómo afrontar los cambios que se le vienen encima. Al final todas recibieron un certificado de asistencia que seguro que ya debe estar colgado en las paredes de sus casas.

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Por estar ahí

Hacía tiempo que queríamos haceros un regalo. Si has recibido este mail es porque nos sigues, porque desde el primer momento nos acompañaste en esta aventura, porque quieres saber qué estamos haciendo, qué nos pasa, qué vemos y oímos. Porque, quizás, querrías estar aquí y no puedes, pero nosotros te llevamos en nuestra furgo a recorrer kilómetros y kilómetros de arena, sol, lluvia, nubes y lunas.

Hemos hecho un pequeño montaje con unas fotografías muy especiales. Las teníamos guardadas para una ocasión especial. Y qué mejor que ésta? Fue un atardecer en Tan Tan, Marruecos. Vimos desde donde estábamos acampados una feria con su noria. Y fuimos a echar una ojeada…

Sabes? Este vídeo sólo lo recibirán los que siguen nuestro blog. Nosotros no lo vamos a colgar en ninguna red social. Porque alguna recompensa deberías tener, no? Es nuestra pequeña manera de agradecer tu compañía.

Un abrazo,

Claudia y Koke
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El rey del pueblo

Nuestra llegada a Ghana, a parte de un caluroso recibimiento, nos ha comportado horas y horas de trabajo. Pero estamos encantados de compartir esas horas con estas personas. La gente de Breast Care International (BCI) son casi todos voluntarios. Pero cualquiera lo diría. Sacrifican los días enteros por ayudar a otras personas, en darles apoyo moral, en acompañarlas. Y también en los Outreach Programs, o acciones de concienciación. Se desplazan a un poblado, con su furgoneta y algún que otro coche particular. Y en el poblado elegido dan charlas sobre lo que es el cáncer de mama, les cuentan que no es contagioso, que se puede curar, que tienen que hacerse controles periódicos… y al final las mujeres que quieran pueden hacerse un chequeo rápido. Es un trabajo difícil el convencer a las mujeres de esta sociedad tan marcada por las creencias religiosas y la brujería. Pero insisten una y otra vez. Y no piensan dejar de hacerlo.

Los Outreach se realizan unas tres veces al mes. Cuestan mucho dinero y según nos contó la Dra. Beatrice Wiafe (directora de Breast Care International y los hospitales Peace & Love), BCI andaba muy justo de presupuesto. La donación de Volkswagen Vehículos Comerciales les ha permitido continuar con estos programas por una largo periodo de tiempo.

Tuvimos la suerte de ser invitados a una de estas acciones. La preparación es difícil, pues debe contar con el visto bueno de lo que aquí denominan Chiefs, que son una especie de reyes de los poblados. Las decisiones las toman en pequeño comité, pero la última palabra siempre la tiene el Chief junto a la Queenmother, que no es otra que la madre del “rey”.

El día amaneció tapado, como casi todos los días en Kumasi. Nos recogieron a las 8 de la mañana en nuestro hotel. Nos subimos a nuestra furgoneta con algún que otro acompañante en el asiento trasero. Y pusimos rumbo hacia el interior de la región hasta llegar por unos caminos rotos por las lluvias hasta Inwiaso. Este poblado no consiguió la aprobación del Chief, que depende de otro Chief más importante que a su vez también está por debajo en el escalón mandatario del Chief del pueblo más grande. Vamos, un lío… En la última foto del post podéis ver al Chief más importante que visitamos. Otra de las tradiciones curiosas trata sobre las sillas. En esa foto el Chief está rodeado de sillas vacías. Es una superstición. En ellas las mujeres no se pueden sentar porque son sillas sagradas y si tienen la menstruación no están puras. Además, si se sientan en esas sillas no podrán tener hijos…
Total, que este pequeño poblado que apenas se ve al estar en medio de la densa vegetación (su nombre se traduce por “en los árboles”) sí contó con el apoyo del pastor (albino) de su iglesia. Así que la primera parada después de una hora la hicimos en una pequeña capilla que se había convertido por unas horas en una especie de sala de conferencias.

Sentadas en unas sillas de plástico de jardín había unas 30 mujeres esperando a ver qué pasaba y qué hacía toda esa gente allí. Entramos a grito de “Aleluya!”. Nos sentamos y empiezan los rezos y los cánticos. Volvíamos a estar de pie. La Dra. Beatrice (vamos a llamarla Dr. B) toma el micrófono que le cede el pastor y lo primero que hace es presentarnos. Habla en Akan. Aunque el idioma oficial sea el inglés, no hay mucha gente que lo domine y en las aldeas no se escucha. No nos enteramos de nada pero Ike, uno de los voluntarios, nos hace de traductor improvisado. Cuando acaba de contar nuestra historia, nuestro viaje, el tema de la donación, etcétera, suenan los aplausos. Volvemos a sentarnos y observamos atentamente todo lo que sucede a nuestro alrededor.

La Dr. B empieza entonces a explicarles a las asistentes qué es lo que van a hacer y cuál es la razón por la que estamos todos ahí. Les comenta lo que es el cáncer de mama y las dificultades que pueden encontrarse con sus familias, amigos y gente del poblado. También les explica los diferentes tratamientos, sus consecuencias (caída del pelo, vómitos, cambio en el color de la piel…) así como la mastectomía y los tratamientos posteriores. Les quiere hacer entender que el cáncer de mama afecta a todo tipo de mujeres, sean de la raza que sean, del continente que sean y de la clase social a la que pertenezcan. Acto seguido una mirada sirve para que las voluntarias del BCI desplieguen unas fotografías impactantes con tumores increíblemente grandes y alguna mama infectada e incluso reventada. Las mujeres africanas desconocen en su mayoría el cáncer y cuando tienen un problema se acercan a clínicas herbales o curanderos que les dan soluciones que empeoran la situación hasta llevarla a extremos que nosotros (y suponemos que mucha gente en Europa) no hemos visto jamás. Las voluntarias se pasean por delante de las mujeres con esas fotografías tamaño XXXL.

Ahora le toca el turno a las supervivientes. Los hospitales Peace & Love posee una asociación llamada PALSA (Peace & Love Survivors Asociation) formada por mujeres que han sufrido un cáncer de mama y han sobrevivido. Esta asociación lleva funcionando desde hace años, pero está registrada legalmente desde 2011. Se centran básicamente en dar apoyo a mujeres que lo necesitan (recién operadas, sin apoyo de la familia, desplazadas…), pero también se encargan de echar una mano en la organización de los eventos que lleva a cabo BCI.
Tres de ellas explican su vivencia. Raheemah, la última en hablar, se emociona. Se le rompe la voz cuando recuerda lo que tuvo que pasar (con perdida de la familia y del habla incluidas). Termina sacándose la prótesis y enseñándola con el brazo en alto diciendo: “no ha de daros miedo perder un pecho. Es más importante vivir!”

Se abre el turno de preguntas y curiosamente el protagonista es un hombre. Se acerca hasta la parte delantera, coge el micro y pregunta si chuparle los senos a su esposa le puede provocar cáncer de mama. Todo el mundo en la capilla arranca a reír por la vergüenza casi adolescente de esta sociedad tan cerrada y el atrevimiento del protagonista. Pero si nos paramos a pensar un poco podemos ver reflejado en ese hombre el desconocimiento total y absoluto que hay en África sobre el cáncer. Le responden que no, pero que el seno debe ser tratado con cariño. Feliz por la respuesta, se vuelve a sentar en el banco que hay en la zona trasera.
Ahora las mujeres que quieran someterse a un reconocimiento deben rellenar una ficha con su nombre, edad, numero de hijos, estudios, cuánto hace que parió por primera vez y cosas por el estilo. Muy pocas mujeres saben leer ni escribir, así que los voluntarios de BCI se encargan de rellenarles esa ficha.

Las que han decidido chequearse pasan detrás de unas sábanas cogidas por pinzas a un hilo que va de lado a lado de la capilla y que hace las funciones de zona reservada en la que hay una báscula, un medidor de altura, dos mesas a modo de camillas y una palangana con agua y jabón para que las enfermeras se puedan lavar las manos. Van pasando las mujeres desnudas de cintura para arriba y les hacen un reconocimiento, primero de pie y después estiradas en las mesas. A una de ellas le encuentran un bulto en el pecho. Ha sido la Dr. Be la que lo ha detectado. Le explican lo que tiene qué hacer y cómo desplazarse hasta el hospital.

Se recoge todo en un momento y seguimos camino hacia el segundo poblado. Este se llama Ambuoso (entre las rocas) y es más grande que el primero. Aquí el Chief sí que ha dado permiso para realizar la acción. Nos detenemos frente a una especie de foro. No alcanzamos a ver el interior hasta que entramos. Se trata de un espacio con patio central y cubiertas en los laterales. En frente a la puerta, el Chief sentado en una silla encima de un pedestal. Y la Queenmother a su lado. Desconocemos las tradiciones, así que nos las explican. Antes de entrar se anuncia nuestra presencia por los altavoces de este local. La gente va llegando y al final se llena el recinto. No hay sillas para todas. Algunas se sientan en el suelo, otras permanecen de pie. Entramos y la tradición manda saludar uno por uno a los jefes del poblado. Van vestidos con unas coloridas telas a modo de túnica. Un apretón de mano y una mirada son suficiente para sentirse bienvenido. Una vez acabamos con los saludos nos mandan sentar en unas sillas que quedan enfrentadas al Chief y su “séquito”. Entonces se levantan y son ellos los que vienen hasta nosotros para saludarnos. El mismo ritual: apretón de manos y una mirada… Nos damos cuenta de que estamos viviendo algo especial junto a todo el equipo de BCI. Nunca hubiésemos conocido el funcionamiento de las tradiciones locales sin su invitación.

Ahora toca el turno de las presentaciones. Esta vez con más ímpetu. Las supervivientes se presentan simplemente con el nombre. A nosotros nos hacen hablar un poco más. Al final, aplausos. Una espontanea también se quiere presentar, así que agarra el micrófono, dice su nombre y se va entre las risas de los asistentes. Empieza el discurso de la Dr. B y la gente se mantiene en silencio. Es un discurso largo, aunque habla de lo mismo que en el primer poblado (y también en Akan). Pero Ike, nuestro traductor, dice que está haciendo hincapié en la prevención. Les muestra dibujos de cómo auto examinarse y las voluntarias vuelven a sacar las fotos de los tumores. La Dr. B dice que no hay que esperar a llegar a esos extremos y que la prevención ayuda a salvar muchas vidas. Anima a las mujeres ser valientes y no tener miedo ante la posible estigmatización que puedan sufrir al tener un cáncer. Es el máximo temor que hay que superar en las aldeas. Y esta vez también avisa de que los hombres pueden sufrir un cáncer de mama ante el estupor de los allí presentes.

Nuevamente es el turno de las PALSA. Esta vez son cinco las que explican sus experiencias y cada una da un mensaje positivo: “el cáncer se puede vencer”; “hay que ir al hospital al primer síntoma”; “se puede rehacer la vida amorosa incluso con un solo pecho”…
La ronda de preguntas sirve para mostrar una vez más las diferencias entre vivir en un país desarrollado y moderno y vivir en una aldea en medio de África. La primera mujer que coge el micro se dirige hacia la doctora y le da las gracias por ser médico, pues su hija fue tratada por la Dr. B y la curó. La Reina Madre (ya no sé cómo escribirlo, si ponerlo en minúsculas o en mayúsculas, o no ponerlo…) también tiene palabras de agradecimiento hacia BCI. Comenta que está muy feliz por haber sido su poblado el elegido para esta acción.

Las fichas son el paso previo para empezar con los reconocimientos. Como en Inwiaso (si os habéis perdido, es el primer poblado…), los voluntarios se encargan de escribir las respuestas a las mujeres. La zona reservada es una sala contigua con una ventana cerrada. Es un lugar muy oscuro, con una mesa, la báscula, el medidor de altura y la palangana. Aquí hay muchas mujeres esperando turno y pocas sillas para sentarse. Cuando se levantan para avanzar en la cola hay empujones para coger sitio. Todas quieren saber si están sanas. Pero esta vez también hay alguna que tendrá que visitar el hospital.

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Peace & Love Hospitals

Tamale fue nuestra siguiente parada en Ghana. Poco a poco íbamos accediendo al país que da un poco de sentido a toda esta aventura. Ghana. Por fin Ghana. Después de un mes y una semana viajando, llegábamos al primero de nuestros destinos. El segundo es Barcelona…
Así que la felicidad podía más que el cansancio, que se va acumulando lenta, pero implacablemente no solo en nuestros cuerpos, sino también en nuestras cabezas. No analizaremos si la gente de este país es simpática o no, de si sonríen o no, de si son felices o no. Pero se podría decir que no sorprenden en ese aspecto. Son diferentes al resto. Lo que sí es destacable es su religiosidad que en algunas ocasiones puede llegar a ser incluso excesivamente alarmante. Si algo no tiene explicación (o parece no tenerla), siempre queda ese ser superior en el que las religiones se basan para justificarlo.

Incluso a la hora de buscar alojamiento la religión está presente. En Tamale dormimos en el TICCS(Tamale Institute of Cross Cultural Studies), un lugar sencillo, sin lujos y dedicado a los estudios teológicos. Había gente europea por todas partes. Y un misionero colombiano que desarrollaba las labores de director. Dormir se duerme bien, pero al día siguiente no nos quisieron hacer el desayuno porque no lo habíamos encargado la noche anterior. En Ghana son muy lentos haciendo las cosas y siempre tienes que encargarlas. O armarte de paciencia. En la guía puedes leer que lo mejor es llegar a un restaurante, leer la carta, pedir los platos, irte y volver en una hora. Y hasta que no llegas aquí no te lo crees.

Pensamos que en Kumasi la cosa cambiaría. La segunda ciudad de cualquier país tiene que ser más o menos moderna y cosmopolita. Nos equivocamos una vez más. Kumasi es grande (viven 2,5 millones de personas), pero no tiene apenas servicios. Me refiero a que no hay restaurantes con cara y ojos, ni supermercados, ni tiendas, ni servicios. La gente vive allí. Y punto. Hay todo eso que he comentado, pero no en la cantidad que te esperas encontrar en un país en el que todo África se mira por su crecimiento económico (impulsado por el petróleo) y por su democracia consolidada.
Pero nosotros no estamos aquí para juzgar la manera de vivir de los lugareños. Estamos aquí porque hemos hecho más de 8.000km para estar con las mujeres africanas que sufren o han sufrido cáncer de mama. Estamos aquí para conocer de primera mano cómo viven, cómo sienten, cómo afrontan una enfermedad como esa en un continente donde estas cosas, simplemente, no se entienden. Y nos hemos encontrado con la realidad de golpe y muy pronto.

En el hospital Peace & Love de la ONG Breast Care International (BCI) nos recibieron con los brazos abiertos. No había nadie que no supiera de nuestra llegada. El edificio sobresale en la colina de un barrio de calles de tierra batida y suelo roto llamado Oduom. La silueta blanca, rectangular, con el techo pintado de azul celeste se puede ver desde varias puntos. La verja que lo rodea tiene en lo alto una alambrada de púas para evitar que nadie entre sin permiso saltando sus muros de 2 metros de altura. Una vez superas esa verja, la visión cambia. Aparece ante nuestros ojos un pequeño edificio con ventanas. Y gente. Todos mirando. La furgoneta ayuda a crear expectación. Y los dos blancos que van sentados en su interior no hace más que aumentarla. Nos miran 300 ojos. Y nosotros no podemos mirar a nadie. No sabemos a dónde mirar…

Nos recibe el director del hospital, de cuyo nombre no es que no quiera acordarme, sino que no puedo. Para nosotros los nombres africanos son muy difíciles. Y si encima uno ya tiene dificultades para recordar los nombres de gente española, pues la cosa no pinta bien. Vaya, que no apuntamos el nombre de nadie y no me acuerdo de casi ninguno… Comenzamos nuestro día de presentación con una visita por las instalaciones. El hospital dispone de todo lo necesario para ser autosuficiente: sala de quimio, sala de diálisis, maquina de mamografía, scanner, quirófano, habitaciones de grupo y privadas, laboratorio e incluso un pequeño banco de sangre. Leyendo esto, parece que estemos en cualquier hospital europeo. Pero se tiene que estar aquí para percibir las diferencias. Parecemos estar en unas instalaciones de los años 70. Las salas son oscuras, tristes. Y vacías. El lugar no es acogedor. Las puertas de las estancias son de cristal y para ganar intimidad se han instalado unas cortinas de estampados bastante serios. Esos mismos cristales son aprovechados como tablón de anuncios y en ellos se enganchan normativas, directrices y todo lo que deba dar a conocer a los pacientes. Las habitaciones compartidas tienen ocho camas. Entramos en una de ellas y saludamos a ocho jóvenes que acaban de ser operadas. Les han practicado una mastectomía hace unas horas. Nos sentimos violentos al asaltar su intimidad, pero ellas nos sonríen. Ya lo he comentado, pero son muy jóvenes. En África el cáncer de mama afecta a mujeres desde los 13 años y de una manera más virulenta que a las mujeres blancas.

Seguimos con nuestra visita sin dejar de sorprendernos de la obsoleta máquina de mamografías, del scanner analógico que les obliga a tener un laboratorio de revelado, del banco de sangre que es una pequeña nevera cuya puerta se abre y se cierra sin control (la abrieron para nosotros animando a Claudia a hacer unas fotografías…), de las habitaciones reservadas para los VIP y donde en España no serían más que un almacén. Las sesiones de quimioterapia se reducen a una enfermera con una jeringa que introduce el medicamento poco a poco en el cuerpo de la paciente. Una maltrecha puerta de madera siempre entreabierta da acceso al quirófano. Las sandalias en el suelo de la entrada indican que está ocupado. Para los momentos de más calor hay repartidos por el techo una serie de ventiladores dignos de cualquier película de Humphrey Bogart. En el exterior hay dos zonas diferenciadas. Por un lado, los despachos de administración y archivo con un orden propio. Por el otro, las consultas externas.

Pero el trabajo que llevan a cabo es ejemplar. Luchan contra todo tipo de impedimentos para dar servicio a las mujeres que lo necesitan. Avanzan cada día un poco más en la lucha contra el cáncer de mama y quieren acercarse a la manera de tratar al paciente que tenemos en los países mal llamados desarrollados. Mucho tenemos que aprender de un continente como el africano, que con los recursos de los que dispone va avanzando poco a poco en temas como este.

Al poco de empezar nuestra visita llega la gran protagonista, el alma mater de los hospitales Peace & Love y de la ONG Breat Care International: la Dra. Beatrice Wiafe Addai, una mujer con unas formas de actuar un tanto curiosas, pero con un corazón que no le cabe ni en todo el cuerpo. Nos abraza y nos convoca en la sala de reuniones para una rueda de prensa con los medios ghaneses. Entramos en la sala y el proyector lanza una imagen fija a la pantalla blanca que cuelga del techo. En ella se puede leer: “Welcome Claudia & Maccioni”. Bueno, ellos lo intentan. Pero la verdad es que en estas cosas son un auténtico desastre. Lo confirmamos unos días después cuando leemos en los periódicos cosas como que hemos tardado una semana en llegar desde Barcelona, o que la ruta empieza en Niger, o que Claudia ha conducido desde España, o cosas por el estilo.

Tomamos asiento en la primera fila y esperamos. Cuando la Dra Wiafe (Dr. Be, para ellos) entra por la puerta la reciben aplausos y saludos. Antes de empezar el acto, un rezo (árabe en este caso) que realiza un periodista. Empieza el acto con una danza tradicional. Una mujer un tanto estrafalaria empieza a moverse a ritmo de una música tribal. A los dos minutos y ante las risas de todos los presentes, me saca a bailar. Las risas van en aumento y pasan a se carcajadas. Cuando la mujer empieza a saltar y dar brincos, le pido permiso para sentarme. Ahora le toca a Claudia, que se defiende un poco (solo un poco) mejor que yo…

Acaba la danza y la Dr. Be (aquí son Dr sean hombres o mujeres) realiza una introducción a la prensa de los hospitales (hay otro en Accra) y de BCI. Nos hace levantar para presentarnos. Comenta todo el recorrido, los días que llevamos viajando, cosas de la furgoneta (no se pueden creer que “vivamos” en el coche), anécdotas del primer mail que recibió de parte de Claudia y que pensó que era spam… Y eleva el tono para anunciar la cuantía de la donación al tiempo que mira a Claudia con mucha emoción pidiéndole a dios que la proteja toda la vida.
Nos pasa el micro para que hablemos un rato con los presentes y cuando acabamos abre el turno de preguntas. Un periodista abre fuego con una pregunta. Y después de eso, se acabó la rueda de prensa.

Nos trasladamos, para los cortes de voz, al despacho de la Dr. Be, el único con los cristales tintados. Aquí no hay cortina.

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150 dólares

Los días de frontera son largos. Es una de las cosas a las que debes acostumbrarte cuando viajas por África. Y también debes saber que Ghana es uno de los países del oeste africano que más trabas pone a la hora de entrar. La razón no está clara. Tiene recursos (se encontró petróleo, lo que disparó su “valoración” mundial), industria, grandes ciudades. En cambio, parece que el turismo no va con ellos. Pero es nuestro destino principal, así que debemos ir.
Plantarse en la frontera de Burkina Faso con Ghana no lleva mucho tiempo. Son relativamente pocos kilómetros desde Ouagadougou. Eran las 11:30h cuando llegamos. Y salir de Burkina Faso tampoco fue difícil. “El día pinta bien!”, pensé.

Y así era hasta que llegamos a la frontera de la policía ghanesa. En las fronteras tienes, por un lado, la policía que te sella el pasaporte. Y por el otro, la aduana que te “sella” el vehículo. Nunca debes olvidar que necesitas los dos sellos, el de la persona y el del coche. Si no te van a cobrar nada por las gestiones que realicen por el coche, no te lo recordarán. Así que estate atento y pregunta siempre cual es el siguiente paso. No quiero ni imaginarme qué pasaría si accedemos a un país sin haber pasado por la aduana…

Nos presentamos los dos ante la policía. Nuestro contacto en Ghana, la gente de Breast Care Internacional, nos había facilitado unos visados ya que en Senegal no nos los hacían si no teníamos la nacionalidad senegalesa, que no es el caso… Rellenamos la ficha inicial, nos toman una foto para el visado biométrico (menuda farsa esto del visado biométrico en África…) y nos hacen entrar en una sala y sentarnos frente a un funcionario. A este hombre le debimos parecer de Marte, pues nos leía la petición de visado que le entregamos en voz alta, muy despacio, una y otra vez. Sobre todo la parte en la que ponía “payment on arrival”. Y lo leía. Y lo volvía a leer. Y nosotros respondíamos que lo entendíamos y que todo ok. Lo hizo una vez más para luego decir: “150 dollars for each one”. Casi nada…

Habíamos sacado dinero en un cajero, pero no tanto. No nos esperábamos ese precio. Preguntamos el porqué de esa cantidad y nos dijeron que era una Emergency Visa. Así lo ponía en el papel que nosotros mismos le entregamos: EV. Y no te queda otra que pagar. “Tarjeta de crédito”, dijimos. No cobran con tarjeta de crédito en casi ningún sitio por debajo de Essaouira (y estamos hablando de Marruecos…). Pero por intentarlo que no quede. No tuvimos éxito. La solución era volver a entrar en Burkina Faso para llegar a un pueblo llamado Pò, donde hay un cajero. Así que cojo la bici (sí, esa que está soldada y apañada de mala manera) y me encamino de nuevo a la frontera de Burkina Faso. Les explico a los funcionarios el problema y entre las risas que seguramente les provocaba el ver a un tipo blanco, sucio, sudado, con chancletas y en bici y el pedir permiso para entrar en su país de nuevo sin sello y en un francés pésimo, pues me dejaron pasar. No sin antes desearme que tenga suerte, porque desde la frontera hasta el cajero más próximo hay 20km a pleno sol. Y un sol de los que abrasan. No era buena idea ir en una bici hecha un trapo…

Busco una solución en forma de taxi-moto en el pequeño poblado fronterizo sin nombre. Negociamos el precio y le digo que me parece demasiado caro. Empiezo a caminar esperando el típico: “ok, ce bonne”. Pero esta vez lo que consigo es un reproche y que el “taxista” arranque su moto rápidamente y se dedique a decirle al resto de taxi-motos que no me lleven por menos de 10.000 cefars (él me pedía 4.000). Muy majete…
La chulería mafiosa de este tipo me obligó a empezar a caminar en busca de un taxi-moto “no oficial”. No tuve suerte. Me decanté entonces por seguir caminando hasta que una mujer me dijo que no siguiera, que desde donde estaba hasta mi destino no había ninguna sombra y que si seguía estaba “fou” (loco, palabras literales). Así que volví hacia el pequeño poblado fronterizo en busca de algún otro tipo de transporte. Vi un taxi (coche esta vez) y negocié el precio: 750cefars por trayecto. Lo que hacía un total de 1.500. Perfecto!
Aquí los taxis funcionan de la siguiente manera: son seis plazas “legales”. Y un taxi nunca arranca hasta llevar 6 pasajeros. Y yo era el tercero. Debíamos esperar a tres personas más. Las esperas suelen ser largas y tienes tiempo para pensar. Y me puse a hacerlo para, finalmente, darme cuenta de que no llevaba ni un cefar encima. Llevaba el pasaporte y la tarjeta de crédito. Nada más.

Hablé con el taxista para ver si me podía llevar hasta el cajero, parar, sacar dinero y pagarle. Pero le pareció demasiado sacrificio. Así que estaba otra vez como al principio pero con dos horas de sol de más encima de mi cabeza. Y Claudia, en la furgoneta inmovilizada entre las dos fronteras. Me puse a caminar de nuevo sin éxito. Nadie me rebajaba el precio. Cuando ya no sabía qué hacer y me disponía a volver a la furgoneta para esperar al día siguiente se acerca un chaval con su moto y me dice que por 5.000 me lleva y me trae de vuelta a la frontera. Y que le pago después. Al final lo acordamos por 4.000. Por fin…
De ahí hasta Pò con el gas a fondo. Pero llegué a las 17.00h, antes de que cerrase la frontera a las 18.00h.

Contento y con el dinero (y con más sol de la cuenta encima) entramos de nuevo en la garita para pagar los visados. Nos habían dicho que el cambio de 150 dólares era 100.000 cefars por cabeza. Se lo damos al policía y entonces, me ilumino: “serán realmente 150 dólares esos 100.000 cefars que nos han dicho?”. Salgo de la habitación con una excusa tonta y vuelvo a la furgo a mirar el cambio oficial que aparece en la guía que llevamos. No cuadra ni por asomo. Lo correcto sería 70.000 cefars por cabeza. Vuelvo a entrar, se lo comento a Claudia y les decimos lo que ocurre. El dinero ya no está encima de la mesa donde lo dejamos cuando salí hacia la furgo. Lo tiene el jefe de frontera en su despacho. Discutimos con los funcionarios hasta que ese jefe, cansado de oírnos, nos hace entrar en ese despacho y nos explica que el cambio es correcto porque es la comisión que él cobra por tener que cambiar de cefars a dólares. 60.000 cefars de gastos extras para cambiar. Menuda cara más dura… Más discusiones con la chulería extrema del jefe y su segundo de a bordo hasta el punto de decirnos que o le pagábamos en dólares o no nos daba el visado y que dormiríamos allí hasta que así lo hiciésemos. Claudia se arranca: “¿Porqué se tiene que pagar en dólares? Que yo sepa, esto no es Estados Unidos aunque se hable inglés! Esto es Ghana y vuestra moneda es el cedis! Así que si quieres cefars, como en un principio habías dicho, bien. Y si no, cambiamos a cedis y te pagamos en cedis! Pero en dólares, NO!”.

No hay manera. Le digo a Claudia gesticulando que llame al jefe de inmigración (que es quien nos había firmado la invitación/ visado). Y de repente, el jefe se pone a rellenar el recibo por un valor de 80.000 cefars, le da la orden a su segundo para que nos ponga el sello y listos. Nunca sabremos qué les hizo cambiar de opinión. Suponemos que llegaron al punto donde la gente paga o no paga. Y saben que si pasas de ese punto estás dispuesto a no pagar. Y nosotros lo pasamos…
La aduana de la furgo, por suerte, fue rápida y legal.

Llegamos hasta Bolgatanga, la primera ciudad de Ghana ,con la intención de encontrar un sitio rápidamente en el que descansar. Todos los posibles alojamientos estaban llenos. Todos menos uno. Un pequeño antro bajo el nombre de Sandgardens. La habitación no tenía nada que envidiar a la de cualquier hostal de puerto que todos hemos visto en las películas españolas que se centran en las aventuras y desventuras de gente más o menos marginal. Horrible no lo define del todo bien… Pero dormir en la furgo no nos pareció seguro. Así que, derrotados, sucios, sudados y malhumorados nos duchamos y nos metimos en la cama. Pero el día no podía terminar sin alguna sorpresa más: la fiebre, que me quiso acompañar toda la noche. Pensamos que sería malaria y nos hemos equivocado. Debió ser una insolación. Pero hemos llegado a Ghana, que era lo importante.

Todo lo explicado no puede ilustrarse. En las fronteras no se pueden hacer fotos y llegamos a Bolgatanga ya de noche. Esa es la razón por la que este post solo tiene dos fotografías…

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Bicis y gusanos

Puedes leer por ahí que Burkina Faso es un sitio para quedarse más tiempo del planeado. Pues debe ser cierto. Un país que se puede cruzar en tres días (a nuestro ritmo, con un coche normal te lo pules en un día) nos costará, si todo va bien, una semana entera. Son muchas cosas las que ocurren aquí. La gente es seria si la comparas con los malís (nadie se pone de acuerdo si son malís o malineses). Pero a la que entablas una conversación se destapan como muy amables. Te dan la bienvenida a sus país y se interesan por ti, por cómo va el viaje, por saber de dónde eres, por tu familia incluso. Y no te molestan. No vas por la calle seguido por una hilera de personas intentando venderte algo. Puedes pasear, mirar algo que te gustaría comprar, hacer fotos, tomarte un café en un bar…

Bobo-Dioulasso es, ya lo dijimos, la segunda ciudad de Burkina Faso. Viven cerca de 450.000 personas, pero la verdad es que cuesta imaginar dónde se meten. No parece tan grande. No hay edificios, no hay grandes barrios. Lo único que hay es polvo y en época de lluvia, como ahora, charcos y barro. Por todas partes hay agua que se queda estancada y se llena de mosquitos. Que te destrocen los pies y los brazos a picotazos es fácil. Y mejor usar un anti mosquitos efectivo de verdad y no lo que todo la gente en España usa: Relec extra fuerte. Debemos visitar las farmacias de aquí para que nos den un remedio urgente…

Bobo (así la llaman) es, en definitiva, agradable. Y está llena de gente agradable. Tanto oriundos como extranjeros. Nosotros coincidimos con una familia francesa de lo más simpática: Fanny, Mika, Satine y Toscan. Son profesores en Nimes. Y viajan con sus dos pequeños de 4 años y 6 meses. Son viajeros. Trabajan para viajar. Este año han decidido pasar los dos meses de vacaciones que tienen visitando Burkina Faso. Nosotros hemos decidido hacer como ellos. Seguir viajando pero a un solo destino y estar el tiempo necesario para conocer a fondo todo un país. Fanny y Mika llegaron a Burkina Faso en avión, se compraron dos bicis y se mueven con transporte público. Y coinciden que África es duro. Y más con dos niños pequeños (uno de ellos un bebé). Tienen un blog muy interesante que recomendamos visitar (si quieres leerlo, haz click aquí).

De ellos, a parte de una cena muy agradable, sacamos una forma de ver las ciudades: en bici. Uno de los días se fueron a visitar una población cercana a Bobo y nos ofrecieron sus bicicletas. No lo dudamos ni un segundo y nos lanzamos al tráfico africano pedaleando. La experiencia nos gustó tanto que ahora tenemos dos bicis vintage africanas dentro de la furgo. Y digo dentro porque el primer día las pusimos en la baca y al pasar por el primer árbol una rama se coló por el cuadro y partió mi bici en dos y dejó la llanta para tirar. Una chapuza con soldador y unos pisotones a la llanta me permiten seguir rodando. La máxima de por aquí: seguir rodando. Harán lo posible para que no te quedes parado. Aunque sea una de las peores chapuzas que haya visto en toda mi vida. Ahora no tengo frenos, voy con una bici en la que el chasis está doblado como si le hubiera pasado un camión por encima y con una rueda que parece un tobogán de un parque acuático. Pero me desplazo. Genial…

Para entrar a Ghana hay dos opciones: o por una carretera desde Bobo o bien desde la capital, Ouagadougou. La primera, que es la más corta, está impracticable en época de lluvias. Y además es de arena. Una arena que aquí es arcilla y que cuando llueve se convierte en un barro implacable. Al mínimo error, te quedas atrapado. La solución es desplazarse hasta la capital, a 370 km al este. Queríamos dormir en un poblado auténticamente Burkino y lo hicimos. La experiencia es inolvidable. Tanto por sus habitantes como por sus múltiples animales e insectos. A contar: burro, lagartos, tortuga, gallinas, hormigas gigantes, mosquitos, moscas, libélulas, pulgas… Pero la ducha africana (un espacio al aire libre con un barreño lleno de agua y un cazo para coger el agua y echártela por encima) y los niños que jugaban sin parar hace que olvides cualquier tipo de incomodidad.

La noche fue larga, pues a las 20h ya estábamos metidos en la furgo. Sin luz eléctrica, con noche cerrada (aquí anochece a las 18.30h), con mosquitos y hormigas picándote y con una compañía que no habla apenas francés, poco se puede hacer. Al levantarse, un té, un café y a seguir camino. Un poco de pan con mantequilla acompaña a la bebida. Lejos queda el homenaje que nos dimos en una tienda de productos orgánicos de Bobo, con su cerveza artesanal y sus platos combinados de productos vegetarianos. Y si seguimos hablando de comida, una de las anécdotas del viaje la hemos tenido en Ouagadougou.

Andábamos con las bicis buscando un mecánico que fuese capaz de afinar ligeramente los desperfectos que había sufrido la mía. No lo encontramos, pero nos paramos delante de un local del que salía música en vivo. Un pequeño grupo de música africana nos esperaba en una especie de plaza de pueblo andaluz. No por lo bonita, sino por la distribución con una gran zona central al aire libre y sus laterales cubiertos. La música sonaba y observábamos las habilidades de la gente para bailar. Esta claro que los negros llevan la música en los huesos.

En una de estas aparece un hombre con una bolsa de la que sacaba algo que se llevaba a la boca. Se acerca y nos ofrece unos gusanos que ya habíamos visto en un mercado rural y que visualmente son poco agraciados. Habíamos estado observando que la gente comparte todo lo que come y que es un feo muy importante rechazar algo a lo que te invitan. Así que no nos queda otra. Nos miramos y nos lo llevamos a la boca: un gusto entre quemado, ahumado e indefinido. Y cruje… Lo acabamos de empujar con un poco de cerveza y nos pedimos unos cacahuetes, que por cierto no están tostados y son frescos.

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Malí y un mes

Mali está ahí. Siempre lo ha estado. Me refiero a que desde un primer momento fue un destino que nos planteamos. El porqué no está muy claro. Supongo que las dificultades de visitar un país que está en guerra lo hacen más atractivo. Así que la decisión “obligada” de pasar por Malí nos llenó de emoción. Al principio.

Es cierto que era nuestra única opción de llegar a Ghana una vez anunciado que no pasaríamos por Guinea (quizás a la vuelta?), así que no hay otra. Tienes que pasar sí o sí. Y eso, quizás, fue lo que más me costó. No fue una decisión tomada relajadamente estirados en la cama de un hotel con aire acondicionado. Aunque, la verdad sea dicha, habíamos decidido pasar por Malí a la vuelta. Pero fue en caliente, sin reflexionarlo. Sin pensar en pros y contras. Y claro, si estás acostumbrado a ver las noticias y a escuchar lo que dice la gente y a leer foros de aventureros que hablan mucho sin salir de casa, pues le coges respeto a las cosas. Llámale respeto; llámale miedo. Y yo sentí miedo. Era algo inconsciente, algo que salía de mi interior. Llevábamos 20 días viajando y no sabíamos nada de la situación del país. Pero allá íbamos. Nos levantamos en Tambacounda, Senegal. Y las sábanas se me pegaban. Seguramente de forma más que consciente. Buscaba, sin conseguirlo, retrasar el momento de partir hacia Malí, hacia ese infierno que mi cerebro imaginaba influenciado por todo: los telediarios, los periódicos, internet, la familia, los amigos…

Pero llegó el momento de subirse a la furgoneta, de ponerse detrás del volante, de encender el motor. Y la tensión fue aumentando. Claudia era la diana perfecta para descargar mis miedos. De hecho era la única. Tuvo que soportar mis enfados y mis reproches por haberme llevado hacia donde inconscientemente no quería ir.

Y llegamos a Malí. La frontera fue un pequeño infierno. No por los funcionarios, sino por la cantidad de camiones que había. Se tiene que atravesar un poblado de estrechas calles de fina arena batida. Y cuando llevas una hora de cola detrás de estas moles que lanzan calor al exterior como si fueran hornos con ruedas llegas a la aduana. Sorpresa: “donde están los pasaportes sellados?”, logro entender. “No los tengo” pienso para mis adentros y empiezo a sudar. “Dónde los sello?” pregunto en un mal francés. Malo. Muy malo. Estaba al otro lado del pueblo. Eso significaba que teníamos que dar marcha atrás, sellar los pasaportes y volver a hacer la cola. Pero lo hicimos. Y no nos pareció tan mal. Por que te acostumbras a todo esto. La burocracia, las colas, las horas de espera, los funcionarios en sus cuchitriles llenos de papeles y suciedad. Lo que al principio te llama la atención y te desespera y te recuerda que eres occidental, ahora es un puro trámite que pasas sin más. Sin nervios. Sin miedos. Una sonrisa en la boca y cara de pardillo. Eso ayuda mucho. Será que algo ha cambiado en nosotros desde que pusimos los pies en África…

Así que después de unas dos horas y media ya estábamos circulando por Malí dirección a Kayes, a unos 200km de la frontera. Nos sorprendió la calidez de la gente y lo auténticos que son. Si les saludas con la mano, se les forma una sonrisa. Dejan ver sus blancos dientes, sus bocas abiertas. Ríen y se les ve felices. Y si paras, acuden a ti, pero no para venderte nada. En realidad sí. Te venden algo, lo que tienen. Pero si les dices que no, no les parece ningún desprecio, no insisten y rápidamente te dan las gracias y se van. No hay signos de violencia por ningún lado. Claro! Estamos en el sur y aquí parece que no haya habido guerra. Pero mi cerebro no quiere reconocerlo. Estamos en Malí y eso es lo que cuenta. Por suerte sus gentes son encantadoras. Y todos los miedos desaparecen.

Malí es tan bonita y su gente tan diferente al resto de lo que hemos visitados que volveremos. Nos ha encantado la experiencia. No tienes buenas conexiones a internet, no hay campings, no hay infraestructuras turísticas. Pero es maravilloso. Hemos vivido situaciones que no hemos podido vivir en otros países. Y es precioso. Mucho. Mi cerebro se liberó por fin de la tensión y empezó a disfrutar. Que maravilla viajar así.

Pero desgraciadamente sólo tres días han sido suficientes para dejar atrás este país. La segunda jornada fue maratoniana, con 670 kilómetros en 12 horas, problemas con la gasolina y circulando más de tres horas de noche, la prohibición máxima de los que viajan con coche por este continente. Llegamos a Bamako exhaustos, sucios, sudados y con ganas de meternos en la cama. Y eso hicimos para poder continuar al día siguiente hacia Sikasso, a solo 50 kilómetros de la frontera con Malí. Pero la aventura nos tenía preparada la primera sorpresa en forma de avería mecánica importante desde que salimos de Barcelona.

Al parar en una estación de servicio a repostar y mientras el gasolinero llenaba el depósito de la furgo con gasoil bueno (en Malí es muy difícil encontrar buen combustible) me dio por mirar la parte trasera. Vi una mancha a la que no di importancia. Aquí todos los coches pierden aceite. Pero esta vez observé como la mancha se iba haciendo grande. Sin duda la fuga la teníamos nosotros. Aparto la furgo y con la mano compruebo que es gasoil. Primer pensamiento: “mierda!”. Segundo pensamiento: “vale, vamos a ver qué pasa”. Al abrir el compartimento del motor encuentro que en la zona del primer inyector hay un charco de combustible. Pero después de comprobar veo que es un tapón del sobrante que está rajado. No tengo recambio para eso, pero esto es África y aquí lo arreglan todo. Encuentro al mecánico del pueblo debajo del suelo de una limusina Hummer (¡!) que había atraído la atención de todos los que allí vivían. Incluso los trabajadores de la gasolinera se habían acercado para ver el espectáculo. Le enseño mi problema, me dice que ahora vuelve y a los dos minutos aparece con un apaño de los que no se le ocurren a un mecánico europeo en 10 horas: un tubo de presión con un tornillo enroscado en la punta a modo de tapón. Fantástico! Lo coloca, arranco y observo como esa fuga queda reparada pero ahora pierde por otro lado. Un calentador nos quiere fastidiar. Me subo al techo, abro la caja de herramientas, cojo una llave de tubo del 10 y una llave inglesa. Bajo del techo, le meto un apretón sin mucha confianza. Arranco y… solucionado! Vuelvo al techo, cierro la caja de herramientas, ato todo fuertemente, me bajo y seguimos camino.

Sikasso forma parte de esas ciudades poblado medio caóticas. Dormimos en un hotel junto con toda una tropa de observadores de la UE. Sí, en Malí hoy domingo día 28, hay elecciones. Nos enteramos en la frontera, pero ya no había vuelta atrás. No nos hemos encontrado ni un problema desde que entramos. Y las tropas francesas solo las vimos en Bamako.

Salimos de Malí y en Burkina Faso nos reciben una cuadrilla de policías de lo más divertidos. Tanto que al enterarse de que estamos recién casados nos montan una boda improvisada, con abrazo incluido. Pasamos un buen rato y seguimos dirección a la aduana donde estaremos más de una hora esperando a que el funcionario tuviera ganas de ponerse a trabajar. Una vez se lo toma en serio y vuelve a su sitio, en cinco minutos salimos de allí. A los 500 metros, un control. Bajo y me voy a ver al funcionario a su garita. Me pide los papeles del coche, apunta lo que le parece como por ejemplo que el coche es un Volkswagen Castellón (cuando esa es la provincia donde lo compré) y me pide 2.000 cefars. Y por primer vez oigo a mi boca decir: “no, no pago si no me das un recibo” y la cara del militar empalidece. “Cómo? No quieres pagar? Aquí paga todo el mundo!”. Sentía miedo, pero estaba lanzado: “si no me das un recibo, no te pago”. Salgo de la garita y le digo a Claudia que prepare 2.000 cefars (por lo que pueda ser). El funcionario aparece a lo lejos, me grita y me dice con la mano que siga. Me siento medio orgulloso de lo que acabo de hacer, medio temeroso de las represalias que puedan llevar a cabo en el siguiente control. Pero no, no pasa nada…

Así que seguimos disfrutando de un paisaje cada vez más verde y frondoso. Al cruzar un puente vemos a unas mujeres lavando la ropa. Paramos, cogemos una tela y nos bajamos con ellas. Les pido que me enseñen cómo se hace. Me pasan el jabón y se ríen un buen rato de mi poca habilidad para lavar la ropa en el río. Decidimos ir hasta Bobo, la segunda ciudad de Burkina Faso. De momento, la avería sigue solucionada… Y por cierto, hoy cumplimos un mes de aventura!

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Toubab! Hombre blanco

Querer descansar cuando estás viajando por África es legítimo. El calor, la comida, el idioma, las relaciones con la gente… todo te agota. Y este continente tiene ugares en los que relajarse. Uno de ellos es la Casamance, en el sur de Senegal. Cruzas Gambia como tú quieras, rápidamente o de forma lenta. Y después ya puedes empezar a relajarte en las playas senegalesas de más renombre. Las fronteras se pasan rápidamente. Los policías son amables y te dicen qué tienes que hacer en cada momento. Así que en 10 minutos ya has pasado las dos, la de Gambia de salida y la de Senegal de entrada.

Kafountine. El nombre que nos abría las puertas al descanso y al paraíso semi- tropical. Antes de salir de Barcelona habíamos decidido pasar unos días a modo de luna de miel en un hotel de la Casamance. Y allí íbamos. A disfrutar del no hacer nada, del tomar el sol, del dormir en una cama…
Llegamos a esa población rápidamente. Seguíamos las indicaciones del Esperanto Lodge, donde nos esperaban para el día siguiente según nuestra reserva de Internet. “Mira! Aquí hay un letrero que indica que debemos coger este camino”. Y giro sin más. De repente aparece ante nosotros un camino de basuras y agua estancada, con sus cabras adornándolo todo. Claudia, que no había visto el letrero indicativo empieza a dudar: “estás seguro de que ponía Esperanto Lodge?”. “Sí, a tres kilómetros… creo”. Así que decidimos seguir. Empezamos a pasar charcos cada vez más profundos. 1 kilómetro. 2 kilómetros. 3… Y por fin, nuestro destino.

No se sorprenden de vernos llegar con un día de antelación y sin avisar. Aquí no se sorprenden por nada. Nos dan la llave de la cabaña y nos dicen que a las 20h estará la cena lista. Ellos eligen el menú. Nos duchamos, nos acicalamos y ya estamos listos. Cenamos, una infusión y a dormir. A la mañana siguiente un buen desayuno, un poco de lluvia, un rato de playa, una buena caminata y una siesta de dos horas. Por la tarde, nada. Y por la noche, nada. Bueno sí, decisiones importantes sí que tomamos… Pero aquí, a la Casamance, se viene precisamente a eso: a no hacer nada. Y nosotros fuimos muy aplicados.

Esas decisiones aportan cambios importantes en el proyecto de 10fronterasfotofurgo. Ya habíamos comentado que no íbamos a visitar Guinea-Bissau. Pero la novedad más importantes es que tampoco vamos a ir a Guinea Conakry. La noche del segundo día leímos aterrados que en N’zerekore, una de las ciudades que están en la ruta que debemos seguir para ir a Costa de Marfil, han quemado vivos y degollado a 54 personas. Son confrontaciones étnicas que cuando se inician son muy difíciles de controlar y que se contagian rapidísimamente por todo el territorio. Estamos avisados por una web de periodistas españoles que trabaja en Conakry de lo frágil de la situación, ya que este país está en pleno periodo de elecciones y el vacío legal que se produce es el caldo de cultivo ideal para las revueltas y los abusos de unos sobre otros. Sin control.

Así que una vez tomada la decisión de no pasar por Guinea (así es como se le llama en África, a secas, sin Conakry) la única ruta que nos permite llegar a Ghana es pasar por Mali. Sopesamos la situación, lo comentamos con otras personas y al final decidimos ir. No disponemos de visado, así que nos tocará volver a Banjul, la capital de Gambia, a hacerlo. No tuvimos suficiente con la búsqueda desesperante del visado para Guinea (un visado que finalmente no vamos a usar…) sino que ahora nos animamos y volvemos a por otra ración de nuestra particular búsqueda imposible. Así que a la mañana siguiente ponemos rumbo a Banjul. En la frontera nos preguntan qué ocurre con nuestro “up & down”. Se lo explicamos y todo ok. Llegamos a Banjul sobre las 14h de un domingo. Deberemos esperar al lunes. Volvemos al Camping Sukuta, donde Christian, el austríaco que viaja en bici, sigue cuidando de Adonis, el perro del dueño del camping (que está de viaje a Alemania). Le explicamos qué ha ocurrido y nos comenta que el lunes es fiesta nacional en Gambia. Pues nada, lo celebraremos con los gambianos. Bueno, no. Nos iremos a la playa con Christian, que nos ha dicho que conoce una muy limpia y donde no hay nadie.

Pasamos la tarde intentando colgar la colada que hicimos en la Casamance, donde nos llovió toda la noche y fue imposible secar. Pero aquí parece que tampoco nos va a dejar. La colgamos, pero la humedad hace que sea tarea imposible. No corre nada de brisa. El calor es asfixiante. Sudas sin hacer nada más que respirar. La noche será larga pese a dormir con todo abierto: puertas, ventanas, portón lateral, portón trasero…

La mañana llega rápidamente. A las 6 ya es de día. Recogemos la ropa, que sigue húmeda y nos vamos a buscar algún lugar con wi-fi. Lo encontramos en la zona más turística, pero mientras miramos el correo y demás, la red se cae y Gambia se queda sin Internet. Este país merece un post a parte. Por un lado es agradable. La gente sonríe, los niños de las aldeas gritan “Toubab!” (algo así como hombre blanco) cuando te ven. Por el otro, a la mínima que te adentras, ves sus miserias tan acentuadas que te sorprende. Por que en Gambia todo es bonito, todo está bien, todo es seguro. Pero descubres que es una fachada a punto de derrumbarse. Y al final te cansa de tanta falsedad.

Por la tarde vamos a la playa con Christian (en coche, no en bici…) y la verdad es que supera todas nuestras expectativas. Está limpia, es grande y solo para gente autóctona. Nos reciben muy bien, con sus amplias sonrisas. Pero esta vez no nos piden nada a cambio. Disfrutamos de un fantástico baño, nos reímos con Adonis y su habilidad para surfear, ayudamos a unos pescadores a meter su barca en el agua y vemos como se aproxima una tormenta tropical de primer orden. Nos vamos al camping, donde tenemos más ropa colgada (la de color…). Llegamos a tiempo para recogerla, pero cuando nos ponemos a cenar empieza a llover abundantemente. Esto es la estación húmeda, así que hay que aguantarse.

El martes vamos en busca de la embajada de Mali. No la encontramos por que, sencillamente, no hay. Pese a que en la guía y en Internet aparece. “Nos harán el visado en la frontera”, decidimos nosotros mismos. Así que empezamos a desplazarnos hacia Mali. No salimos hacia Senegal, donde las carreteras son pésimas, sino que circulamos por Gambia con unas infraestructuras dignas de cualquier país europeo. La cooperación internacional está presente en todos y cada uno de los poblados que cruzamos. Y hay uno cada 500 metros. Parece como si los gambianos estuvieran acostumbrados a pedir y que se les dé todo lo que piden. Si no es Noruega, es Italia. Y si no, España. O Francia. O Inglaterra. Gracias a este último país podemos dormir apaciblemente en un campamento Scout en la pequeña localidad de Soma.

Llegamos por una pista de tierra y lo vemos a la izquierda. Abdullah, un guía con el que conversamos en una parada para descansar y que habla un perfecto español, nos había puesto sobre aviso de la existencia de este campamento. Lo encontramos rápidamente y somos bienvenidos. Es un campamento de Scouts ingleses que vienen cada año en diciembre. Así que ahora no hay nadie más que los cuidadores y los chicos Scouts del pueblo. Hablamos con ellos (de fútbol, como no) y cuando llega la hora de romper el Ramadán (a las 19.30) nos invitan a sentarnos con ellos. Pollo con pasta de arroz, patatas y lechuga. No tiene muy buena pinta, pero está buenísimo y para un vegetariano como yo es una buena manera de comer algo de carne sin mirar mucho qué comes…

A la mañana siguiente nos ponemos en marcha muy pronto. Son las 7h. Hay una luz espectacular y un movimiento que no habíamos visto. Los campesinos aprovechan las horas más frescas para labrar el campo (a mano…), recolectar, abonar, arreglar un tractor o lo que se tercie, que en África se tercian muchas cosas…
Finalmente no nos queda otra que volver a Senegal y sus carreteras infernales. SI te alejas de la red principal que rodea a Gambia, no puedes pasar de 10km/h a riesgo de reventar el coche, la furgo o el camión por los terribles socavones que hay cada tres metros. Tambacounda es el lugar escogido para descansar antes de seguir hacia Mali.

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