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El principio de otra cosa

Nos repetíamos una y otra vez: “no volveremos nunca. No volveremos nunca. No volveremos nunca”. Acabábamos de pasar los trámites de la frontera de Rosso entre Mauritania y Senegal. Ha sido, de lejos, la peor experiencia de toda la aventura. Y nos volvíamos a repetir “no volveremos nunca”. Eso fue el 10 de julio. El 28 de septiembre nuestro corazón se aceleró cuando nos dijeron que no podíamos acceder a Mauritania desde Diema. Las lluvias habían inundado la zona y la pista estaba cerrada. Debíamos volver a Rosso para salir de Senegal. Y eso era una carga excesiva para nuestras cabezas. Recorrimos los 100 kilómetros que separan Saint Louis de Rosso en silencio. Los dos sabíamos que nuestro juramento quedaba roto en ese momento. “Joder, al final hemos vuelto” pensaba yo cuando nos acercábamos irremediablemente a ese infierno.

Pero ya no éramos los mismos que cuando llegamos a principios de julio. Habíamos pasado unos veinte trámites aduaneros y ya sabíamos decir NO a un policía corrupto cuando nos pedía dinero para algún trámite. Sabíamos por qué cosas se pagaba, cuánto y a quién. Con esa ventaja en nuestras mochilas (léase cabezas) afrontamos el primero de los trámites: el sello de salida en nuestro pasaporte. Dos minutos de reloj y estábamos de nuevo en la furgo. El siguiente trámite era el sello en el Carnet du Passage en Douane (CPD). Entramos en el recinto del “puerto” fluvial. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer, así que me fui a buscar a la persona adecuada. La encontré. Me puso el sello y… delante de la gente que estaba allí esperando me pidió 10.000 cefars por devolverme el documento. Forcejeamos un poco por el bloc (ni se me hubiera ocurrido hacer eso hace tres meses…) y cuando la cosa se calmó le expliqué que no iba a pagar ni un céntimo y a regañadientes me lo devolvió.

Siguiente trámite: la aduana. Entramos en la garita del policía de turno, nos pide “los papeles del coche y 5.000 cefars”. Harto ya de tanto corrupto suelto, saqué mi pasaporte y le enseñé página por página los más de 35 sellos que nos han estampado a lo largo del viaje. Le dije: “Ves todos estos sellos? Crees que llegamos ayer a África? No te vamos a pagar NADA!”. Nos hizo entrar en su despacho y nos intentó convencer una última vez de que debíamos pagar. En un despiste cogimos nuestros pasaportes y salimos de allí. Más tarde vengó su rabia impidiéndonos subir en el primer ferry. “Como si tuviéramos prisa” le dijimos. Y esperamos pacientes al siguiente. La parte Mauritana fue mucho más fácil, sin sobresaltos de ningún tipo ni amenazas ni nada por el estilo.

Queríamos llegar hasta Nouakchott ese mismo día. Y lo logramos. Decidimos dormir donde la primera vez, en el Auberge Menata. Está sucio, no tiene presión de agua para ducharse y está lleno de mosquitos. Pero nos gusta el ambiente. Al entrar allí, según las guías, puedes encontrarte con algún que otro overlander. En julio no había nadie, pero esta vez sí. Una pareja de jubilados con un Toyota HZJ que tenían previstos 9 meses de viaje por África y dos cicloturistas muy jóvenes que nos hicieron reír un rato. Compartimos sobremesa después de la cena. Lógicamente, nos bombardearon a preguntas sobre trámites, fronteras, seguridad… Todos nos fuimos contentos a dormir y a la mañana siguiente, cada uno por su lado.

Nos despertamos aún de noche para intentar llegar a Marruecos ese mismo día. A medio camino nos sorprendió una pequeña tormenta de arena. La temperatura subió hasta los 50ºC. La nevera también empezó a sufrir. No podía bajar de los 11 grados, seis por encima de lo que es normal. La furgo se empezó a llenar de arena fina que entraba por todas partes. El calor se hizo insoportable. Y esta situación duró unos 200 kilómetros… Muy duro para nuestros cuerpos y para la mecánica de la furgo. Son momentos en los que piensas en la dureza de la vida en ese país. Poca gente se aventura a vivir en el Sahara y quien lo hace es alguien especial.

Alcanzamos la frontera de Mauritania sucios y sudados. No tuvimos ningún problema para hacer los distintos trámites. Y por allí, por una zona desértica y llena de polvo, rueda ahora una de las bicis que compramos en Burkina. La mía, la que se partió en dos y soldamos. La vendimos…

Otra vez volvíamos a estar en tierra de nadie, ese tramo de cinco kilómetros impracticables y llenos de coches abandonados. Nos llevamos una sorpresa: alguien se había encargado de llevarse esos esqueletos que algún día sirvieron para desplazarse.

Marruecos era el último país por el que debíamos pasar para llegar a España. Nos esperaba el puerto de Tánger para dar casi por finalizado el viaje. Pero nos quedaban 2500km por recorrer, unos kilómetros de un paisaje inigualable. El sur marroquí es sobrecogedor, solitario, cálido pero agradable, batido por los vientos atlánticos que refrescan la costa casi continuamente. Hay tanto por descubrir…

Pasar la frontera por la tarde, con scanner completo a la furgo, complica seguir rodando. La noche se te echa encima. Divisamos unas dunas a lo lejos y pusimos rumbo a ellas. El desierto no nos dificultó alcanzar la que, quizás, era la más grande. Su forma de media luna nos sirvió de refugio. La arena parecía abrazarnos. Un paraje sin igual para descansar una noche a la luz de las estrellas. Sin un solo ruido, sin una sola molestia. Una soledad que daba miedo a ratos. Una sensación agradable. E inolvidable.
Subimos a lo alto de la duna. Parecía estar esperándonos. Y bajamos por su cara más recta, un tobogán de arena finísima y blandísima. Nos duchamos (con la ducha de 12 voltios) para quitarnos la arena y el calor mauritano, cenamos a la luz de una vela y deseamos no olvidarnos nunca de ese regalo que nos hizo el desierto, el viento y la arena. Algo irrepetible. Las dunas siempre están en movimiento y nunca la volveremos a ver como la vimos esa noche.

En Dakhla paramos en busca de una conexión a Internet. Claudia debía enviar un mail urgente. Nos habíamos prometido hacer kite surf cuando volviésemos, pero nuestro bolsillo no podía aguantar un extra como ese a estas alturas. Hicimos ver que no nos acordábamos y abandonamos la bahía sin dejar de contemplar el magnífico paisaje que brinda a los que la visitan.
También paramos en Camp Beduin. Buscábamos reencontrarnos con la cocina de Hafida. Y otra vez la lección de África que no acabamos de aprender: no se pueden hacer planes. Nunca. Llegamos a Camp Beduin después de una paliza de 600km desde Dakhla y Hafida no estaba. Pero el tagine de verduras que nos prepararon los que allí estaban suplió con creces su ausencia. Volvíamos a pasar la noche en medio del desierto, pero esta vez en compañía: unos alemanes que iban camino de Mauritania. Uno con un Mercedes G y otro con un Toyota Hj 60. Todos se sorprenden al vernos viajar con la Syncro… Al calor de una pequeña fogata pasamos un buen rato hablando.

Y el camino de vuelta a casa seguía implacable. Imparable. Alcanzamos Tiznit y en el camping municipal estaba acampada media Francia. “Se nota que vamos hacia el norte. Cada día encontramos más turistas” le dije a Claudia. También en Tiznit fuimos a comprar al mercado. Un poco de fruta, unas verduras y unas olivas buenísimas. Y una tela de PVC para la baca. Más vale tarde que nunca…
Y de allí a Marrakech para volver a su plaza y a su zoco. Decidimos perdernos y ver qué ocurría. Lo que pasó fue una tarde espléndida entre gente, tiendas, vendedores, gatos, bicis y demás.

No podíamos parar. La costa nos llamaba de nuevo. Entre Casablanca y Rabat hay un pueblo llamado Mohammedia. Pasamos un par de noches y compartimos muchas cosas con sus habitantes. Eran las últimas horas de nuestra aventura. Teníamos que partir rumbo al norte, rumbo al final del viaje.

Podría haber empezado a escribir este post en el puerto de Tánger. Teníamos varias horas de espera así que hubiera sido un buen momento. Pero las emociones no me dejaban siquiera plantearme abrir el ordenador. El proyecto de 10fronterasfotofurgo, la aventura, llegaba a su fin. Se acababa. Quedaban dos noches de ferry pero esa era la despedida de África, un continente que nos ha fascinado. Una tierra que nos ha dado cobijo tres meses y medio, un poco más de lo planeado, pero en la que nos hubiéramos quedado mucho tiempo más. Nos vamos sabiendo que volveremos, que nos encontraremos de nuevo con la maravillosa gente de Breast Care International en Ghana, que pasaremos más tiempo en Malí, que nos compraremos otra bici en Burkina, que nadaremos en las lagunas de Senegal, que atravesaremos el río Gambia, que miraremos al cielo buscando el fin de los rascacielos de Cote d’Ivore. Nos vamos sabiendo que volveremos a pasar calor en Mauritania y frío en Marruecos. Se acabó por esta vez. Pero no por siempre…

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Dejamos atrás Marruecos y empezamos a cruzar Mauritania

La carretera seguía y seguía y seguía. Las rectas del sur de marruecos camino al Sahara son interminables. Y aburridas. No hay nada que ver. No hay nada que observar. El paisaje que al principio llama tanto la atención va dejando paso a la indiferencia. Nada. Esa es la palabra.

Pero entre esa nada encontramos un oasis en forma de campamento beduino. Así se llama: Camp Beduin. Lo regenta una pareja, ella árabe y él, francés. El enclavamiento posee una fuerza que no se puede percibir en ningún otro lugar del sur de Marruecos. Su haima lo domina todo. Y la cocina de Hafida, que así se llama ella, es de otro planeta. No hemos comido tan bien desde que salimos de Barcelona. Y eso son muchos kilómetros de pruebas diarias… Sopas, tahin de camello, de pollo con arroz, de verduras, queso de sus cabras y un desayuno que es imposible de acabárselo. Podéis ver las fotos de las comidas en el post que Claudia ha colgado en su blog. El camp se encuentra lejos de la carretera (4’5km de pista) y cerca de las lagunas saladas que hay por la zona y eso hace que el agua de la ducha sea ligeramente salada (solo ligeramente). Y no hay luz eléctrica. Bueno, sí la hay gracias a un generador, pero no funcionaba. No nos importó en absoluto. Y menos todavía sabiendo lo que nos esperaba al día siguiente.

Nos despertamos descansados. Y devoramos el desayuno que nos había preparado Hafida. Nos pusimos rumbo, de nuevo, hacia la nada, que se rompía de vez en cuando por un control policial. Por cierto que no hemos vuelto a tener ningún intento de soborno por parte de ningún policía. Y llegamos a Dakhla. Entrar en la bahía es descubrir un mundo occidentalizado. Hay algún purista que se queja de la incipiente masificación de la zona. A nosotros nos pareció genial. Dakhla ha desplazado a Essaouira como meca del kite surf y la verdad es que no nos extraña en absoluto. Si bien la ciudad no tiene ningún encanto, los paisajes son impresionantes. Si continuas por la bahía llegas hasta la ciudad en sí. Y te das cuenta de que algo es diferente. Hay mucha gente lo que choca con los pueblos abandonados 50, 100 y 150 kilómetros atrás. Y está relativamente limpio para lo que es Marruecos. Vamos a seguir observando: hoteles de 4 estrellas, restaurantes occidentalizados, coches de alta gama, perros paseando por la ciudad… Aquí pasa algo. Claro que pasa! Dakhla es una ciudad militar y el punto de encuentro y reunión de múltiples organismos oficiales. Y esa gente se gana bien la vida. Y si se gana bien la vida, eso se nota por todas partes.

El problema fue encontrar un lugar en el que dormir. Pensábamos que en la zona de la bahía donde se practica kite habrían campings. Pero nos equivocamos. Solo hay zonas de bungalows de lujo para occidentales a precios occidentales. Y una zona para autocaravanas que no nos acabó de convencer. Así que al final acabamos en el único camping de la zona, de muy mala clasificación pero que nos sacó del apuro de la ducha matutina con un agua caliente y potente. Agua caliente? Sí. Por suerte hemos pasado frío por las noches. Cargamos agua dulce y nos vamos. Antes nos hacemos unas fotos con algún camión de algún overlander que encontramos. De momento, los únicos en toda la aventura…

Nos vamos de Dakhla jurando que a la vuelta pararíamos a hacer kite. Ese tipo de promesas te animan por lo menos un rato. Pongamos que ese rato se corresponde con unos 20 kilómetros de carretera que te ahorras de estar mirando hacia el infinito. Nos quedaban 340 kilómetros hasta la frontera de Mauritania. Se suceden las horas. Una, dos, tres, cuatro… A lo largo de la quinta hora alcanzamos la frontera de Marruecos. La pasamos sin problemas con perro rastreador incluido. Los agentes se deben pensar todavía que estamos locos. Normalmente la gente se pone tensa cuando le meten el perro en la furgo. A nosotros nos encantó. Echamos de menos a Syncro (nuestro Border Collie) y eso se nota. Solo nos faltó hacerle mimos al perro policía.

Y salimos de Marruecos. Ahora falta atravesar una pista de enduro de unos 5 kilómetros para alcanzar la otra frontera, la mauritana. En esos cinco kilómetros de tierra de nadie, que se dice que están minados, hay cientos de coches abandonados, desguazados y quemados. Un panorama dantesco que no puedes imaginarte si no pasas por ahí. Increíble. La llegada a la frontera no es menos dantesca. Del orden desordenado de Marruecos se pasa al caos total. Aparcamos y al segundo aparece un tipo que dice trabajar allí. Nos pide los pasaportes, que no le damos ni por asomo. Este tipo de gente se hace pasar por agente de aduanas (aunque en nuestro caso vestía una camiseta blanca que no se había lavado en 7 semanas), te coge los pasaportes, te marea, te hace los trámites (los hace, eso sí) y después te pide dinero o no te da los pasaportes. Suerte que tenía la lección aprendida de la primera vez que visité Marruecos y no le dimos nada.

Tras una hora de ir de aquí para allá, de “hacernos pequeñitos”, como dice Claudia, delante de tanto uniforme militar, de no entender nada y de rellenar papeles ya entrábamos en Mauritania. Tuvimos que pagar un seguro para la furgo, pues la carta verde no cubre en este país. 20 euros, que al cambio son unos 7500 uquias, la moneda Mauritana. Curiosamente, una de las cosas que más ayuda a que los mauritanos se abran (también los marroquíes) es el tatuaje en árabe que llevo en el brazo. Les hace mucha gracia y los controles se pasan en segundos. Porque el tema de los controles es un mundo a parte. Te paran, te piden los pasaportes y la ficha técnica del vehículo. Te llevan a una garita y lo apuntan todo en un bloc enorme. Esto te rompe cualquier media porque hay un control cada 20km. La solución es fotocopiar el pasaporte y escribir el numero de matrícula y la marca de la furgo. Te paran, se lo das al gendarme de turno y sigues. Un truco muy útil.

Llegamos por fin a Nouadhibou, en el norte de Mauritania. En este país no hay campings, hay albergues. En ellos se puede dormir con la furgo dentro, pero los servicios son mínimos. Es lo que hay, así que toca adaptarse. Y lo hacemos muy rápidamente. Después de instalarnos vamos a cenar algo. Solo estaremos dos noches en Mauritania y queremos comer algo típico. El destino nos lleva al Restaurante Tako. Entramos y a los dos minutos llega el dueño. Se llama Luis y es un madrileño que lleva cinco años viviendo en esta ciudad de 80.000 habitantes. Nos empieza a sacar platos y más platos. Incluso ensaladas, que hace días y días que no comemos. Lo devoramos todo y estamos un buen rato hablando con él. Le regalamos una de las tres botellas de vino que llevamos y que nos regalaron nuestros amigos de Lokavore antes de partir. En la frontera nos lo querían requisar si no pagábamos 200DH. En Mauritania está prohibido el alcohol. Cuando el militar de la frontera nos invita a pagarle esa cantidad o se quedan el vino un “ok, no hay problema. El vino ya te lo puedes quedar” lo soluciona todo rápidamente. Al ver que no nos interesaba para nada quedarnos con el alcohol que llevábamos, que era la verdad, decide que por ser nosotros nos deja pasarlo. Pues perfecto. A Luis le dimos una alegría enorme…

Por la mañana conducimos rumbo a Nouakchott, la capital. Más carretera sin fin. Más desierto. Y, ahora sí, el calor hace acto de presencia. Estamos atravesando el Sahara. Que se note! Son 460km que hacemos en dos etapas, parando en la única sombra que hay en todo el recorrido: una gasolinera curiosa. A las 16.00 entramos en esta ciudad de 1 millón de habitantes en víspera de Ramadán y el caos se multiplica. Andamos buscando un albergue en el que nos dejen entrar con la furgo. Finalmente lo conseguimos. Auberge Menata se llama.

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Problemas con la conexión a internet nos impiden colgar más fotos…

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Empiezan los controles

Las sorpresas en este país se suceden una detrás de otra. Lo primero fue Agadir. Esta ciudad fue completamente destruida en los años 60 por un terremoto. Así que todo es nuevo. Incluida la Medina, que fue creada por un arquitecto italiano (no recuerdo ahora el nombre…). La pasamos de largo, pero nos deja claro que el desorden nos acompaña alá donde vamos. Ponemos rumbo a TanTan, que tiene playa y creemos que allí habrán campings. No nos equivocamos, pero antes de llegar allí hacemos una parada para comer en Tiznit. Es una población pequeña. Poco a destacar si no fuese porque nos perdimos con la furgoneta y fuimos a dar directamente la calle del mercado semanal. Fue divertido pasar por en medio y hablar con un orfebre que nos quería cambiar algo de plata por algo de whiskey y que se dirigió a nosotros en un inglés que para lo que se ve por aquí era bastante bueno.

Paramos a comer en esta misma ciudad y como más vale ser previsor, miro el techo para ver si todo está ok. Pues bien, una de las cinchas que sujetan la carga que llevamos estaba suelta. Menos mal que no se cayó nada, por que una sola de las cajas pesa unos 10 kilos y no quiero saber qué hubiese ocurrido de haber caído encima del parabrisas de un coche. Desde ahora las reviso a diario por que el ajetreo de los baches va en aumento…

Las carreteras, otro tema a parte. Cuanto más al sur, mas descuidadas. Pero el cambio respecto a la última vez que estuve viajando por Marruecos es bestial. Nada de carreteras de un solo carril más arcén de tierra. Ahora ya no tienes que tirarte a un lado cuando viene un conductor de cara o jugarte la vida a ver quién aguanta más antes de tirarse a ese arcén que parece un campo de coles. Un descanso, la verdad. Pero ahora, esas carreteras de doble carril son aprovechadas por los conductores de autocares suicidas que circulan a una velocidad elevadísima, con una mano apoyada en la ventana y la otra sujetando un móvil. Da miedo verlos venir ladeados por el sobrepeso que llevan y la ventolera que provocan hace que tengas que sujetar el volante con más fuerza de la que tienes. Y ahora las carreteras están llenas de baches, son más estrechas y los arcenes tienen un palmo de desnivel. Por lo menos algo de emoción para las últimas jornadas de conducción en las que las rectas kilométricas del desierto aburren hasta al policía más veterano acostumbrado a esperar el paso de algún turista para hablar un rato o pedir algo…

Los temidos controles policiales nos habían dejado en paz hasta que llegamos a TanTan. Fue entrar en esta población/ciudad y empezar nuestro calvario. El primero, muy amable. El segundo no puedo describirlo. Nos para y nos dice: “acaba de cometer usted una infracción de primer grado. Se ha saltado un Stop. Son 700DH de multa (70 euros)” Se me ponen los ojos como platos. “700?” le pregunto. “Sí. Así es”. Ya me vi el percal. Me hace bajar de la furgoneta y me lleva a su garita de madera. Allí me dice que me lo puede “arreglar” por 500DH. Le digo que no, pese a que realmente me había saltado el dichoso Stop. Le pido que me rebaje más el precio de su particular “mordida” y me dice que por menos de 500DH no me da ningún recibo de multa. Pero que si le doy 400 lo olvida todo. Al final le suelto 300DH con todo el dolor de mi corazón. Después de darle vueltas en la cama, he llegado a la conclusión de que me coló un gol como una catedral. Pagué por que me había saltado el Stop (que no vi en ningún momento pero Claudia me dijo que sí que estaba), pero el próximo que me pare para multarme tendrá que enseñarme una tarifa de multas o llevarme al cuartelillo a hablar con su superior. 300DH! Madre mía! Cada vez que lo pienso se me revuelve todo. Desde entonces no hemos dejado de pasar controles uno tras otros. Habremos pasado ya, no sé, 20 ó 25. En 400km no está mal…

Otras de las sorpresas que nos tenía preparada Marruecos era el tema de Internet. Nosotros estábamos tan felices con nuestras conexiones diarias en cualquier café o restaurante o camping o gasolinera incluso. Pero eso se acabó. Por el sur hay dificultades incluso para encontrar un teléfono. No hay internet en ningún lado. Solo algunos pueblos que disponen de buena conexión telefónica disponen de algún local con wi-fi. Poco para lo que estábamos acostumbrados… que ya se sabe que a lo bueno se acostumbra uno rápido…

Tras TanTan y su policía corrupto nos desplazamos en busca del camping a TanTan Plage. El nombre, no me lo negaréis, promete. Pero al llegar te das cuenta de que solo es eso: el nombre. TanTan Plage estaría a medio camino entre… y… Bueno, la verdad es que no conocemos ningún sitio comparable a este. Y el Camping Atlantic, al que fuimos a parar aún no sé porqué, merece una mención a parte. No quiero ni recordar el aspecto de los inodoros. Los debieron instalar hace algún tiempo en busca de darle un toque más europeo a sus instalaciones, pues son de taza. Unas instalaciones aún por acabar, como casi todo por aquí. Pues bien, los han usado y no los han limpiado nunca. Yo creo que no saben que se tienen que limpiar. En fin, que tuvimos que estrenar un gadget que llevábamos para emergencias como estas. Suerte de la feria con la noria sacada de una película de terror y que nos animó la tarde/noche. Ya veréis las fotos en otro post…

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Medio día en la Plaza Jamaa el Fna.

Marrakech posee una luz de misterio desde que sale el sol. Te despiertas relativamente pronto y ya notas ese calor especial que te acompaña a la que te alejas de la costa. Empiezas a sudar cuando mueves un dedo y ya no paras hasta que te vas a dormir. Y sigues sudando. Pero quejarse es de débiles. Y con una piscina en el camping no hay queja posible…

Primero un desayuno abundante (lo de “petit” dejeuner debe ser una broma). Y después, bañador y al agua. La mejor manera de quitarte el sudor: nadar, hablar en remojo, relajarse en la piscina. Un pequeño parón para la tarde que nos espera y que empieza a las 13.30h cogiendo uno de los buses de línea regular que pasa por delante del camping y que tiene parada… donde se quiera. Así que lo paramos y nos subimos a él. 14DH (unos 1,4 euros) por los dos para hacer unos 20km y con parada a escasos metros de la plaza Jamaa el Fna

Una vez en Marrakech nos acercamos a ver el ambiente. A esas horas no hay mucho que ver. Algunos carros de zumo de frutas, las tiendas de souvenirs, mujeres que decoran con henna y poco más. Bueno sí: sol y calor. Un sol abrasador. De camino a la plaza más famosa de Marruecos te encuentras lugares donde comer. Lugares donde nunca te pararías ni siquiera a mirar si lo tuyo es el hotel de cinco estrellas y no eres muy dado a probar cosas nuevas. Sitios donde solo hay lugareños. Sitios de esos de pensar que si ellos comen allí, malo no debe ser. Así que decidimos dar marcha atrás y refugiarnos en un auténtico puesto de comidas callejero, una especie de bar que en nuestro país no recibiría ni el calificativo de antro. Nos acomodamos en unas sillas frente a una mesa mugrienta y llena de huesos de pollo. Un trapo para tirarlos al suelo y ya está lista. Pedimos dos tahin que en principio debían ser vegetales pero que tenían trozos de carne por todas partes. El vegetarianismo en África es complicado…

Las raciones, servidas en el típico cono y calentadas en brasas, son más que generosas. Nos fijamos en cómo comen los que allí están sentados. Un trozo de pan y a remojarlo. Los dedos sumergidos en el caldo que acompaña a las patatas, las legumbres, la cebolla, el tomate y algo más. Y a la boca. A los turistas nos traen cubiertos, pero a un amante del pan (como yo) le parecerá una muy buena opción para darse un atracón. El veredicto final: increíblemente delicioso. Nunca se debe perder la oportunidad de probar las comidas de sitios así.

Con la panza llena las cosas se ven… igual pero con la panza llena. El calor sigue ahí. El sol, también. Y la gente. Y los caballos con sus carros. Y como no los vendedores de souvenirs, los carros de zumos de fruta y las mujeres que decoran con henna. Aún tiene poco que ver con el movimiento que te espera pocas horas después. Si quieres matar el tiempo puedes adentrarte en la Medina, pero sigue haciendo calor y los vendedores te agobian. No puedes relajarte ni un segundo a mirar nada porque ya los tienes encima con un “barato, 5DH”. Salimos. Nos sentamos en un bar a esperar.

Una espera que se ve recompensada a las 18.15h cuando aparecen, de golpe y por sorpresa, una marabunta de carritos de color verde. Son los que montan las paradas de comida para la cena. El movimiento aumenta. Subir a una de las terrazas-mirador es una muy buena opción para verlo todo en perspectiva. Unas escaleras separan el suelo de la plaza de una de estas terrazas donde la consumición es obligatoria incluso antes de acceder a ellas. No vemos a nadie, así que pasamos y nos sentamos. Ahora sí que se observa la habilidad de los marroquíes para montar estructuras y cambiar el paisaje que tienes delante en un abrir y cerrar de ojos. En tan solo 30 minutos montan una especie de mini barrio lleno de puestos de comida (esta vez sí, callejeros). Es como una feria de cualquier ciudad española, pero en vez de necesitar dos días ésta se monta y se desmonta en minutos (Tras las fotos encontraréis un vídeo para que lo veáis).

Entre aguas frías que se calientan en minutos y tés con menta que se mantienen calientes hagas lo que hagas, van pasando las horas hasta que la noche abraza toda la plaza. Ese momento es mágico. Las luces se encienden y el humo de las parrillas lo envuelve todo. Volvemos a la calle. Hay mucha gente. Mucha. Adentrarse en esa feria diaria de la comida callejera es un tanto pesado. No puedes dar dos pasos sin que alguno de los “cazadores de clientes” te moleste invitándote a su garito. Cuando averiguan tu nacionalidad empieza la retahíla de frases típicas como : más barato que en el Mercadona de Valencia, Barcelona bona si la bossa sona, adeu Andreu y cosas por el estilo, incluido el omnipresente Barça. Tenemos suerte de que por aquí corre mucho español. El tema de los rusos aún no lo tienen controlado y pretenden convencerles para que se sienten en sus bancos al grito de “Kalasnicov!”. Evidentemente, no tienen el mismo éxito que con nosotros. Una risas y accedemos a uno de esos chiringuitos.

La carta es completa: brochetas, patatas fritas, berenjenas y algo así como “cena” y “pimienta”, que no es otra cosa que la traducción vía google de palabras como “soup” o “pevre”. Así que lo correcto sería “sopa” y “pimientos”. Otra de esas cosas que te sacan una sonrisa de esta gente tan amable y alegre. La carne, según Claudia, no es nada del otro mundo. Solo se salva el pollo, algo contrastado ya de las dos veces que lo ha probado. El resto, seco y sin gusto. Yo opto por unas berenjenas con pimientos y patatas. Buenísimo no estaba, pero se podía comer. A la hora de pagar, sorpresa. 135DH por una comida mala y rápida. No nos convence…

Para volver al camping ya no hay autobús. El último sale a las 20.30 y son las 21:30. Negociamos el precio con un taxi para que nos acerque hasta nuestro alojamiento. Quedamos en 60DH tras ser espectadores de excepción de las discusiones entre los propios taxistas. Nos subimos al coche con uno de ellos. Antes de salir de la ciudad para en el arcén. “Voy a hacer un truco” nos comenta. Arranca dos hojas del manual de usuario del coche. Se baja. Quita el letrero de Taxi del techo del coche y lo deja en el maletero. Abre la puerta. Coge las hojas arrancadas del manual y un poco de cinta aislante. Tapa con ellas la palabra “Taxi” de los laterales del coche. Se sube y continuamos. No nos explica nada, sino que intenta cambiar de tema diciéndonos que ahora se pone el cinturón de seguridad porque salimos de la ciudad. Quizás piensa que no nos hemos dado cuenta de lo que acaba de pasar. Los “petit taxi” como este en el que vamos sentados no pueden salir de la ciudad con pasaje. Por eso ha tapado y quitado todos los indicativos. Finalmente llegamos al camping. Le damos un billete de 200DH y nos devuelve 130. “Habíamos pactado el precio en 60DH, no en 70” le digo. Como si oyera llover. Empieza a hablar en árabe y yo en catalán. Cerramos la puerta y vemos como se aleja de nuevo hacia la ciudad con los papeles aún en las puertas y 10DH de más en su bolsillo. Por lo menos la furgo nos espera, paciente y acalorada, dispuesta a darnos cobijo una vez más.

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Seguimos por Marruecos

Parece que le hemos cogido el gusto a este país. El carácter y el comportamiento de la gente ha cambiado mucho. Ya no llevas una docena de niños y jóvenes detrás, gritando que les des algo por enseñarte la dirección correcta cuando te has perdido, pidiendo un regalo por el simple hecho de ser extranjero, intentándote timar a la que te despistas. Todo eso, de momento, se ha acabado.

Lo pudimos comprobar en Fes. Solo llegar a la ciudad nos asaltó un hombre en moto al grito de: “camping? camping?” a lo que le dijimos que sí. Nos acompañó hasta la puerta del camping y no nos pidió nada a cambio. Primera sorpresa. Después, en la visita a la Medina de la ciudad, tranquilidad total. Es cierto que íbamos con un guía oficial (mujer), pero es que en ningún momento nos molestaron para nada. Así pudimos disfrutar de la visita… y del calor.

Fuimos a Fes a visitar la zona de los curtidores y a tirar algunas fotos desde las terrazas. Pero esta vez incluso pudimos acceder a la zona donde trabajan las pieles para sentir, ni que fuese por un momento, lo que ellos viven cada día.
Evidentemente lo primero que llama la atención es el olor. Es soportable si estás concienciado de adonde vas. Pero si se es un poco impresionable lo puedes llegar a pasar muy mal. Disfrutar del momento es lo mejor que puedes hacer. Y si ves orejas por el suelo, pezuñas, trozos de animal difíciles de identificar o se te manchan los pies de ese líquido mezcla de sangre, tinte, agua y cal pues no pasa nada…

Tras la visita y con un calor insoportable que te deja grogui te puedes ir a pasear por la zona que los oriundos llaman el centro. Fes está dividida en tres grandes barrios: la Medina del siglo VIII (que a su vez se divide en dos), la zona nueva (que era del siglo XIII) y el centro que es del siglo XX. Allí se puede cenar. Pero olvídate de los platos típicos árabes. A los marroquíes les gusta comer platos de otros países. Dicen que sus comidas típicas las cocinan cada día en casa y que si sales a un restaurante no vas a comer lo mismo que en tu casa, no? Así que una crepe, una tortilla, una pizza o un panini es lo que puedes encontrar. Los restaurantes de comidas típicas son para turistas… Después de la cena, un taxi te llevará al camping. No hay que negociar nada. Los taxis de las ciudades llevan taxímetro. 14 dirhams del centro al camping, que estaba como decía nuestra guía “en el culo del mundo”.

A la llegada al camping, sorpresa en forma de boda marroquí. Todo muy kitsch y muy jolgorioso. Hasta las 2.30 de la mañana no pudimos dormir…

Nos despertamos bien pronto para ir a Rabat fresquitos a gestionar el visado de Mauritania en su embajada. No nos hizo falta pues el calor no apareció en todo el día. Llegamos a las 11h a la puerta de la embajada después de atravesar todo Rabat con un tráfico increíblemente denso y un tanto caótico. Solo llegar nos aborda un hombre: “corred, corred! Van a cerrar las puertas! Tenéis que pedir el” formulier” y hacer una “fotocopí”! Entramos a la zona de visados, pedimos el “formulier” y… Se pas de formulier. Nuestras caras de no entender nada, de ir perdidos y de pensar que tendríamos que volver al día siguiente hizo que el funcionario mauritano se apiadara de nosotros y nos diera un formulier para hacer fotocopís. Corriendo nos fuimos a la busca de algún lugar donde nos hicieran la fotocopia. Lo encontramos. Pero no funcionaba la fotocopiadora (this is Africa). Así que a buscar otro lugar. Lo encontramos de nuevo. Un locutorio con cinco cabinas de teléfono todas ellas averiadas. Pero con una fotocopiadora funcionando.

Ya con los papeles fotocopiados, las fotos y los pasaportes nos volvimos a la embajada pensando que habrían cerrado. Pero no. Al funcionario le caímos bien y esperó a que llegásemos para cerrar la garita. Nunca sabremos si fue por casualidad o por esa extraña simpatía que sintió hacia nosotros, pero nosotros queremos pensar que fue por esto último. A la hora de pagar, otra sorpresa. No teníamos suficiente dinero y se impuso otro sprint al cajero más cercano. Y el funcionario, esperando. Todo eso se lo cobró después. ya veréis porqué.

Una vez todo entregado nos dio un papel con dos números y nos dijo que los visados estarían el mismo día a las 16h en punto. Lo recalcó un par de veces. Así que nos fuimos a comer. Nos sobraban 4 horas para recoger los visados. A las 4 menos 20 de la tarde ya estábamos en la puerta de la embajada (muy europeos nosotros…). Pero claro, esto no funciona así. Se abría la puerta, se entregaban diez visados según el orden de ese papelito que hemos comentado antes y se cerraba la puerta. Pero no se cerraba cinco minutos. Ni diez. Ni media hora siquiera. Se cerraba más de una hora cada vez. Se volvía a abrir, accedía Claudia con los números (recordad que las mujeres no hacen colas) y siempre la misma respuesta: “pas encore”. A esperar a la siguiente tanda. Así fueron pasando las horas hasta que finalmente a las 20h lo conseguimos. 8 horas de espera que pasamos entre la furgo, charlas con otros que también esperaban, fotos… Lo dicho, this is Africa.

No contentos con todas las horas de espera, decidimos intentar llegar a dormir a Marrakech. 360km a ritmo de T3 Syncro. O sea, mas de cuatro horas más una hora extra para encontrar el camping. Un camping, eso sí, espectacular. Llegamos a la puerta a la 1.30 de la madrugada y el dueño nos abrió no sin antes decirnos “pero… sabéis qué hora es?! Unas risas y a dormir.

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Comienza 10fronterasfotofurgo

Empezamos con los posts de la aventura. De momento hemos tenido suerte y disponemos de Internet en casi todos lados, lo que nos permite poder estar conectados con asiduidad. Y lo aprovechamos para empezar a contar en nuestro blog cómo discurren las cosas. Las fotos están hechas con nuestra última adquisición, una Fujifilm X100 que por el momento hemos decidido que será la encargada de ilustrar nuestro blog. Las fotos de la Canon EOS 5D Mark III (las buenas… ;-)) las podréis ver en la exposición que está organizando Volkswagen Vehículos Comerciales para nuestra vuelta.

Salimos ayer desde Barcelona. A las 10 de la mañana zarpó el barco de Grandi Navi Veloci con destino al puerto de Tánger. El camarote era amplio y aprovechamos para descansar del ajetreo de las últimas semanas. La boda y el viaje han consumido el 100% de nuestro tiempo y de nuestras fuerzas. Así que bienvenida fue la siesta y las 10 horas de descanso nocturno. La discoteca tampoco nos molestó excesivamente, pues en ella se habían instalado dos funcionarios marroquíes con sus portátiles para realizar los primeros trámites aduaneros. Pasamos un buen rato haciendo cola y hablando con los diferentes voluntarios que la organizaban. Por cierto, las mujeres no hacen cola si el coche está a su nombre, pero este no era nuestro caso. Así que estuvimos un par de horas entretenidos.

Y llegamos a Tánger, puerta de entrada a África. Supoerar la aduana fue más fácil que el desembarque. Colas, bocinas, furgonetas cargadas hasta los topes, peatones, policía. Faltaban ojos para controlar todo lo que pasaba alrededor de la furgoneta. Salimos dirección a Chefchaouen rápidamente… pero por la carretera equivocada. En vez de circular por la N2, que discurre por el interior, nos desviamos por la carretera de la costa, donde un viento infernal nos esperaba y nos acompañaría hasta Tetouan. Desde allí, tranquilamente hasta encontrar los desvíos correspondientes (cosa nada fácil ni con un GPS offroad…). La carretera que va desde Tetouan hacia Chefchaouen soporta mucho tráfico de camiones lentos. Y los adelantamientos nos ponían los pelos de punta.

Chefchaouen aparecía en lo alto de una colina y el camping está en lo alto de lo alto de esa misma colina. Un último esfuerzo para la Syncro, que de momento se está comportando perfectamente. Nos acomodamos, cambiamos nuestras vestimentas por unas más cómodas y frescas y nos fuimos a visitar la Medina de calles estrechas y paredes entre el blanco y el azul celeste. Mañana pondremos rumbo a Fes.

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Vídeo de presentación de nuestra aventura

Aquí tenéis un vídeo que podría ser uno más. Pero no. Éste es especial. Nos lo pasamos en grande haciéndolo. Y nos ha gustado mucho el resultado. Muchísimo! Es la presentación de la aventura, del proyecto de 10fronterasfotofurgo. Y el estreno de nuestro canal de Youtube. Ferran y Cris, de Swingyourpics, se encargaron de crearlo. Risas, repeticiones, tomas, descargas, montaña, tranquilidad, cena… Un fin de semana para recordar!
Muchas gracias a los dos. Sois los mejores!!!

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Ya tenemos los billetes de ferry. Embarcamos el 28 de junio!!

A pocos meses del inicio de la aventura los temas deben ir cerrándose para que no se acumulen. Uno de los que teníamos abiertos era los billetes de ferry para cruzar hasta Marruecos. Habíamos pensado en bajar por carretera hasta Algeciras y allí cruzar el estrecho. Otra opción era aprovechar la ruta de GNV que para en Barcelona y nos deja en Tánger. Una vez mirados los precios de las dos opciones, la gasolina, el tiempo necesario para llegar a Algeciras, el cansancio acumulado ya desde la primera jornada, etc, decidimos embarcarnos directamente en Barcelona y empezar el viaje desde casa.

Así que nos sentamos delante del ordenador y empezamos a buscar los billetes: que si este es muy caro; que si este otro no tiene fechas; que si aquel no tiene butacas libres; que si el de más allá sólo tiene camarotes compartidos… Finalmente y con la ayuda financiera de Montse, la tía de Claudia, nos hicimos con dos pasajes en suite matrimonial (¿?) para embarcar el día 28 de junio a las 9 de la mañana en Barcelona y llegar a Tánger 31 horas después… ¿La vuelta? No tenemos fecha de regreso…

Ahora queda terminar la preparación de la furgo, cerrar el acuerdo con algún patrocinador (si fuese posible) y anunciar el compromiso de publicación de la aventura con una de las revistas especializadas en todo terreno más importante de nuestro país.

Pero lo que sin duda ha servido para darnos cuenta de que nos vamos sí o sí es la compra de los billetes y el tener fecha de partida. Esto va tomando forma y no hay quien lo pare…!

Mome, de nou moltissimes gràcies per tot!!

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Cambiando el techo a la Syncro. Parte 1

En una camper el tema de la habitabilidad es de lo más importante. El espacio existente dentro de una furgoneta es el que es. Ya puedes organizarte el interior como quieras y adaptarlo a tus necesidades, pero siempre hay una zona que queda sin servicio: el techo. Muchos de vosotros ya sabréis que es por ahí por donde se gana más comodidad. Y claro, las dudas surgen: que si montar un techo elevable; que si montar un techo elevado fijo; que si montar un techo elevado-elevable…

Nuestra Syncro era en origen una Carthago de techo alto (elevado). Muy alto, pues la furgo medía 290cm. El viento lateral era un peligro y el peso de ese techo mermaba las ya de por sí justas prestaciones de la T3 con motor 1.6td (el que montaba en origen). A cambio, el interior era muy agradable. Te permitía estar de pie todo el rato, tenía un gran armario/almacén y era luminoso gracias a dos grandes ventanas laterales. Así era la furgo con el techo Carthago:

T3 syncro carthago

T3 techo carthago

Una vez tomada la decisión de cambiar el techo llega el momento de ponerse a sopesar los pros y los contras de los diferentes techos que existen para T3. El típico techo elevable es cómodo en caso de vivir en una ciudad y tener que guardar la furgo en un parking. Normalmente los aparcamientos tienen una altura de 2 metros o 2,1 metros y con el techo elevable se puede acceder a muchos de ellos. Dispone de cama en la zona de arriba y una vez instalado no se pierde demasiada aerodinámica. Entonces… ¿dónde está el fallo? Yo principalmente valoro mucho el poder moverme cómodamente por el interior de la furgo. y eso implica no tener que ir agachado. Con un techo elevable, o lo levantas (cosa que llama mucho la atención en una ciudad, por ejemplo) o tienes que ir encorvado. Y tampoco dispones de armario… Así pues, descartado. La siguiente y única opción restante (si descartamos techos desmontables, techos barca y demás inventos) es el techo elevado-elevable. No son tan bajos como los elevables ni tan altos como los elevados. Puedes estar levantado en el interior sin tener que levantar el techo, tiene cama en la zona alta y armario. Este fue el elegido. Existen diferentes fabricantes que instalaban este techo en las T3. Reimo y Weinsberg son, a mi parecer, los más bonitos. Pero sobre todo el segundo siempre había sido mi objetivo. Una T3 Syncro con ese techo era mi sueño. Dispone, además, de una zona a modo de baca en la parte trasera, muy útil cuando piensas afrontar viajes como el de 10fronterasfotofurgo.

La búsqueda dio sus frutos y gracias a una carambola me pude hacer con él. Un miembro alicantino del foro FurgoVW andaba buscando un techo Westfalia para T3 y tenía un Weinsberg. Yo quería un Weinsberg pero no tenía un Westfalia. Un buen amigo mío (Iñaki) me informó de la aparición de un techo Westfalia en perfectas condiciones en un desguace de Vizcaya. Empecé a mover el tema y finalmente ese forero de alicante se fue a por el Westfalia y yo conseguí quedarme con su Weinsberg. Este, para ser más exactos…

t3 weinsberg

Enseguida me puse manos a la obra. Lo primero era adecentar el Weinsberg, cosa nada fácil… El interior estaba en muy mal estado. No tenía ni guarnecidos, ni aislantes ni nada por el estilo… Le faltaba la tela, los herrajes traseros y los resortes para levantarlo. Tampoco tenía el armario delantero y se había hecho una especie de aislamiento con lana de roca.

interior t3 weinsberg

interior techo weinsberg t3

weinsberg t3 syncro

El exterior estaba mejor. Muy sucio, pero sin golpes ni roturas. Lo peor, la claraboya comida por el sol y llena de resina. Con una Karcher, acetona y mucha paciencia se fue limpiando poco a poco…

weinsberg t3 syncro

claraboya T3 weinsberg

weisnberg syncro

syncro weinsberg

Poco a poco los resultados iban apareciendo. En la foto se ve perfectamente el cambio de color al darle con la Karcher:

karcher weinsberg

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Y el resultado final, más que satisfactorio:

karcher weinsberg T3

La restauración del interior la dejo para el post siguiente…

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Este es nuestro próximo proyecto

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Viaje por el oeste de África con una antigua furgoneta con el fin de documentar fotográficamente tanto el viaje en sí como la realidad social de las diferentes comunidades que visitemos. Siempre que sea posible intentaremos alejarnos de los circuitos turísticos para poder captar la realidad social en su máxima expresión.
Son 10 fronteras, 9 países, dos personas, una cámara de fotos, una cámara de vídeo, una vieja furgoneta todo terreno y tiempo de sobras. Esto es 10fronterasfotofurgo y este nuestro logo…

logo 10fronterasfotofurgo

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