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Volver a empezar

En España deben estar todos con el tema de la vuelta al cole, al trabajo, a la rutina. Nosotros también. Pero de otra manera. En un viaje como este llega un momento en que debes tomar la decisión de volver. Quizás vuelves por unos meses, unos días o unos años. Eso ya se verá. Pero es como volver a empezar. Todo tiene un principio y un final. Y este es el principio de nuestro final. El final de la aventura ya se acerca. Nos faltan unas cuantas semanas. A algunos les parecerá una eternidad, pero para nosotros los días pasan rápidos. Sin darnos cuenta alcanzaremos Tanger para embarcar camino de Barcelona.

Ghana ya queda lejos, pero el recuerdo que nos llevamos es tan bueno que siempre estará presente. Nos ha marcado. Los que seguís el blog ya sabéis porqué. Pero es que, además, la despedida no podía ser mejor. En nuestro canal de youtube colgamos hace unos días un par de vídeos de Cap Three Points. Fue una recomendación de Xavier y Queralt, una pareja catalana que vive con sus dos hijos desde hace un año en Accra, la capital de Ghana. Nos recibieron con los brazos abiertos y hablando de cosas bonitas para ver Xavier nos dijo que esa zona era para no perdérsela. Y así era. Tiene algo especial. Es salvaje, inaccesible, calurosa. Es el lugar donde hemos decidido que, si cambiamos de vida, deberán buscarnos.

Costa de Marfil (así se conocía en nuestro país) hace poco que dejó la guerra atrás. El simple hecho de oír su nombre me traía malos recuerdos. Oficialmente en 2002 entró en guerra. Una guerra que hacía años que estaba presenté, pero no declarada abiertamente. Y una guerra africana, entre africanos, sin intervención de las llamadas “fuerzas de paz” hasta que se pierde el control, se convierte en la mayoría de casos en una sangría sin límite. Las atrocidades vividas por los marfileños hace que después de 4 años oficialmente desarmada queden en el aire sentimientos de venganza, miedos, rencores. Y se percibe. Sobre todo en el centro y en el norte.

La entrada a Cote d’Ivore desde Ghana no fue fácil. Ninguna frontera lo es. Pero lo nuestro roza la mala suerte. Nos caducaba el visado el día 5 de septiembre. Fuimos a renovarlo unos días antes, pues queríamos visitar alguna zona del país que no habíamos visto. Al llegar a la oficina de inmigración de Accra rellenamos unos papeles y los entregamos en la ventanilla. Al momento nos dicen: “no hace falta renovarlo si vais a salir del país dentro de los cinco días siguientes a que caduque el visado”. Caducaba el 5, así que el 9 estábamos en la frontera. Por si acaso…

Y claro, al enseñar los pasaportes nos dicen que el visado está caducado. Les argumentamos lo que nos habían dicho en la oficina de inmigración de la capital, pero nos dicen que es mentira y que debemos pagar 40 dólares por cabeza de “penalización”. Es el mismo precio que alargar el visado un mes. Nos negamos en redondo. Y los policías también se negaron del mismo modo a ponernos el sello. Llovía, así que nos refugiamos en la furgo. Había leído en foros de Internet que en situaciones así quien demuestra más paciencia, gana. Pues vamos allá. Nos preparamos unos bocadillos delante de la garita de los policías (más que nada para que nos vieran) y cuando acabamos herví agua para un té y me fui a beberlo al lado de donde ellos estaban. Sin prisas. Sin hacerles caso. Como diciendo “tengo todo el tiempo del mundo”.
Al minuto siguiente nos pidieron de nuevo los pasaportes, nos pusieron el sello y nos rogaron que no fuésemos diciendo por ahí que habíamos pasado sin pagar. “Claro! Todo muy legal, verdad?” pensé para mí mismo. Por suerte en Cote d’Ivore nos recibieron fantásticamente. En 20 minutos ya estábamos subidos de nuevo en la furgo y conduciendo dirección Grand Bassam.

Esa zona (Grand Bassam) la llaman la costa más bonita del país. Yo la calificaría como la zona más turística. Está llena de hoteles, hostales y albergues. Nosotros entramos en un hotel y nos dejaron dormir dentro de la furgoneta, en el parking. Una buena manera de ahorrarse unos cefars. Al día siguiente estábamos en Abidjan, la capital económica de Cote d’Ivore, por un tema de visados. La llegada a esa ciudad es sorprendente. Tiene un skyline tipo Manhattan que no habíamos visto en ninguno de los otros países en los que hemos estado. De lejos sorprende. Pero a medida que te acercas vas descubriendo que la “fortuna” del país, que se gestó a principio de los años 80 gracias al cacao y a la agricultura, se ha desvanecido. Ahora es como una megápolis en decadencia. Los altos edificios son moles de cemento sucio, sin apenas vida. La guerra pasó factura y muchas empresas se dieron a la fuga apresuradamente. Y la mayoría no ha vuelto.

Pese a todo, Cote d’Ivore es el único país de West Africa que tiene una autopista. Y como en el resto del país todo lo que se construyó al paraguas de los millones del cacao ahora no se puede mantener.
Íbamos hacia el centro, hacia la zona más castigada por la guerra. El día volvía a ser lluvioso. Nos llovió todos los días. A veces con intensidad. Otras con unas pocas gotas. Yamoussoukro (llámese Yakro, que aquí lo acortan todo) es la capital política. Allí las callejuelas desaparecen para dar paso a la majestuosidad de las grandes (grandísimas) avenidas que no llevan a ninguna parte. Siempre al estilo africano. Es decir, con arena, polvo, gente, cabras y socavones. A lo lejos vislumbramos una cúpula. Allá que nos fuimos para descubrir una enorme iglesia: la Basílica de Notre Dame de la Paix. Y es que Cote d’Ivore tiene las dos iglesias modernas más grandes del mundo. Esta es la mayor. Su construcción (entre 1985 y 1989) tuvo un coste aproximado de 250 millones de euros. Otra muestra de los contrastes del continente.

El siguiente objetivo en el mapa era Bouaké. Esta caótica ciudad, la segunda más grande del país, es la cuna de los rebeldes. Se nota por la cantidad de coches de Naciones Unidas circulando por las calles y por el gran control policial que hay a la entrada y a la salida. En un sitio así no es recomendable dormir en la furgo, así que nos fuimos al Mon Afrike, un paraíso entre tanto caos y una especie de búnker. Tiene varios guardas armados, doble muro de seguridad, alambrada de púas, puertas blindadas… Una maravilla para recordar la fragilidad política y la inestabilidad del país. Lo alcanzamos después de seguir las indicaciones y perdernos para darnos de bruces con un chimpancé. Y las sorpresas continúan una vez dentro del Mon Afrike. Allí conviven dos perros, una enorme tortuga cuya diversión es tirar las sillas que acaban de recoger los trabajadores y un ciervo al estilo Bambi. Ya lo decíamos: un oasis de paz y tranquilidad… no sólo para las personas.

Más al norte, hacia la frontera de Malí. Ese era nuestro objetivo. Salió el sol, como contento de vernos en ruta de nuevo. Pero le duró poco. Lo justo para descubrir la vegetación selvática que vive en Cote d’Ivore y parar a ver unos telares al borde de la carretera. Hacen estampados increíbles con una simple cámara de coche cortada a lo largo. La habilidad del encargado de diseñar los estampados nos sorprendió. Y el ver a niños de 10 años trabajando en esos telares nos devolvió a la realidad de la manera más directa. Ferkessédougóu (Ferké para los amigos) nos acogió para dormir una noche más antes de cambiar de país. Y no paraba de llover.

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Errores que no se deben cometer

De Nouakchott a la frontera con Senegal hay 200km. Atraviesas poblados bereberes que te hacen preguntar cómo viven estas gentes, de dónde sacan para comer algo cada día. No es dinero lo que les falta (que también…), pues en Mauritania lo que no hay son cosas para comprar. Es que no podemos imaginar qué pueden llevarse a la boca. No es el país más pobre de los que visitaremos, pero es impactante para un europeo encontrarse tan rápidamente con zonas donde el 69% de la población vive con menos de un dólar al día.

Cuanto más al sur, peor. Las carreteras están rotas y solo caben dos coches muy justos. Si te encuentras con un camión, te vas al arcén. Es la ley del más fuerte. Nos ponemos en marcha pensando: “solo son 200 kilómetros. Los haremos rápido”. Primer error de un día cargado de errores. En África las distancias no se cuentan en kilómetros. Se cuentan en horas. Segundo error: no poner gasoil saliendo de Nouakchott, sabiendo además que la gasolinera más cercana estaba a 200 kilómetros, a la entrada de Rosso. Tercer error: confiar en un GPS antes que en las indicaciones de un lugareño. Así pues, ya os podéis hacer una idea de cómo transcurrió el desplazamiento. Fuimos mucho más lentos de lo esperado, sin carburante (primera ley de África: pon gasoil siempre que puedas…) y a una de las fronteras más odiadas por los overlanders: Rosso.

Por el camino, además, cometimos otro error, el más grave quizás. En un control de carretera el militar de turno nos dijo que su hermano trabajaba como transito en la frontera mauritana. Nos pareció buena idea que nos llevara el tema de papeleos. Fue llegar a Rosso y empezar nuestro calvario. Entramos la furgo a la zona de aduanas con la frontera cerrada y nos salimos. Mal. Nunca debimos salir de allí. No pudimos volver a entrar hasta las 15h de la tarde (eran las 14:00) y durante todo ese rato fuimos los monigotes de una tal David, el hermano del militar. Nos llevó a comer a una casa particular donde nos cobraron. Nos comentó que en Senegal ahora se necesitaba visado (sí, desde el 1 de julio se neceita…), que en la frontera de Mauritania se tenían que pagar casi 100 euros para conseguir la salida, cuando a la entrada pagamos 10, que los trámites en Senegal cuestan otros 150 euros (todo esto en moneda del país, claro), que si en el otro lado del rio, o sea Senegal, no hay garitas de cambio y se tiene que cambiar allí (cosa cierta, pero a su manera), que sí necesitaremos un guía en el otro lado… Y un montón de cosas más que lo único que hacen es despistarte.

Juramos que nunca daríamos los pasaportes o los papeles del coche a uno de estos tipos. Y a la primera de cambio, nos quedamos sin ellos. Empezó un baile de idas y venidas con nuestros pasaportes, los papeles del coche y mi carnet de conducir. Y nosotros sin saber nada porque nada te explicaban. De repente: “corre, corre! Al coche!” nos subimos y embarcamos en el ferry. Sin nuestros pasaportes y sin los papeles del coche y sin mi carnet de conducir. Los llevaba el supuesto “hermano” de David, un tal Omar. No había manera de que nos los devolviese. Desembarcamos en Senegal. Lo primero: “Visa”. “Pas de visa” les decimos. Pues sin visa “no sello”. Para conseguir el maldito sello tienes que presentar un justificante de haber rellenado el formulario de petición de visado a través de Internet. Vamos a una especie de garito donde los ordenadores deben funcionar con un modem de 56k. O menos… Después de casi media hora rellenando un formulario, Omar dice: “vamos a la policía que os darán el sello sin formulario porque conozco al jefe”. Confiados, vamos con él. Bueno, confiados y porque tenía todos nuestros papeles. Llegamos a donde supuestamente dan el sello. Nada. Sin visa no hay manera de entrar. Nos lleva entonces a otra zona de la aduana para “arreglar” los papeles del coche. Disponemos de Carnet du Passage en Doune, un papel imprescindible para entrar en Senegal con un vehículo de más de 5 años de antigüedad y que se gestiona en España con aval bancario de por medio. Todo esto para evitar que vendas el coche. Como si tuviéramos pintas de vender la furgo en Senegal…

Ahí nos empieza a pedir dinero. “Todo va con recibo, confía en mí”. No tenemos otra opción. Nos tiene atados de pies y manos. Después, a otro lado a no sabemos qué. Y vuelta a empezar. Que si a la garita de policía donde ponen el sello, que si a lo del coche, que si a no sabemos donde. Y otra vez. Y otra vez. Y una más. Y otra. Mi desespero va en aumento y cuando después de 3 horas le digo que ya está bien, que me cuente como está el tema, me dice que el no lo soporta más y que nos espabilemos. En ese momento la desesperación y la impotencia es total. Continuamos una hora más detrás de este tipo que no nos solucionó nada. Al final dice que se va, que está de Ramadán y que esta “tres fatigué”. Pero que nos deja con otro amigo suyo, igual de jeta y aprovechado. Volvemos entonces a la policía del sello. Nada. Sin el maldito formulario no hay visado. Así que volvemos a ese antro de Internet y después de una hora y de pagar 52 euros cada uno nos dan un provisional. Para el visado definitivo tienes que esperar. Encontramos a dos chicos franceses que llevaban tres días esperando para conseguirlo, pero el mail no les llegaba (finalmente les llegó).

Con ese papel y gracias a que hace solo 10 días que empezaron con toda esta tomadura de pelo, les colamos un gol. Les dijimos que ese era el papel que nos pedían. Y en media hora, el sello. Con el sello en nuestros pasaportes, fuimos a acabar de arreglar el tema del vehículo. Media horita más. Noche cerrada ya hacía un par de horas casi. Finalmente lo conseguimos. Asqueados, enfadados, rabiosos y humillados por el gran timo de esta gentuza que se hacen llamar guías de tránsito, nos fuimos de Rosso para, esperamos, no volver nunca más.

Dormimos a 15 kilómetros, en la primera gasolinera que encontramos. Por fin. Un mal sabor de boca que nos quitó rápidamente el chico que trabajaba en esa gasolinera, todo un ejemplo de amabilidad y simpatía.

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Dejamos atrás Marruecos y empezamos a cruzar Mauritania

La carretera seguía y seguía y seguía. Las rectas del sur de marruecos camino al Sahara son interminables. Y aburridas. No hay nada que ver. No hay nada que observar. El paisaje que al principio llama tanto la atención va dejando paso a la indiferencia. Nada. Esa es la palabra.

Pero entre esa nada encontramos un oasis en forma de campamento beduino. Así se llama: Camp Beduin. Lo regenta una pareja, ella árabe y él, francés. El enclavamiento posee una fuerza que no se puede percibir en ningún otro lugar del sur de Marruecos. Su haima lo domina todo. Y la cocina de Hafida, que así se llama ella, es de otro planeta. No hemos comido tan bien desde que salimos de Barcelona. Y eso son muchos kilómetros de pruebas diarias… Sopas, tahin de camello, de pollo con arroz, de verduras, queso de sus cabras y un desayuno que es imposible de acabárselo. Podéis ver las fotos de las comidas en el post que Claudia ha colgado en su blog. El camp se encuentra lejos de la carretera (4’5km de pista) y cerca de las lagunas saladas que hay por la zona y eso hace que el agua de la ducha sea ligeramente salada (solo ligeramente). Y no hay luz eléctrica. Bueno, sí la hay gracias a un generador, pero no funcionaba. No nos importó en absoluto. Y menos todavía sabiendo lo que nos esperaba al día siguiente.

Nos despertamos descansados. Y devoramos el desayuno que nos había preparado Hafida. Nos pusimos rumbo, de nuevo, hacia la nada, que se rompía de vez en cuando por un control policial. Por cierto que no hemos vuelto a tener ningún intento de soborno por parte de ningún policía. Y llegamos a Dakhla. Entrar en la bahía es descubrir un mundo occidentalizado. Hay algún purista que se queja de la incipiente masificación de la zona. A nosotros nos pareció genial. Dakhla ha desplazado a Essaouira como meca del kite surf y la verdad es que no nos extraña en absoluto. Si bien la ciudad no tiene ningún encanto, los paisajes son impresionantes. Si continuas por la bahía llegas hasta la ciudad en sí. Y te das cuenta de que algo es diferente. Hay mucha gente lo que choca con los pueblos abandonados 50, 100 y 150 kilómetros atrás. Y está relativamente limpio para lo que es Marruecos. Vamos a seguir observando: hoteles de 4 estrellas, restaurantes occidentalizados, coches de alta gama, perros paseando por la ciudad… Aquí pasa algo. Claro que pasa! Dakhla es una ciudad militar y el punto de encuentro y reunión de múltiples organismos oficiales. Y esa gente se gana bien la vida. Y si se gana bien la vida, eso se nota por todas partes.

El problema fue encontrar un lugar en el que dormir. Pensábamos que en la zona de la bahía donde se practica kite habrían campings. Pero nos equivocamos. Solo hay zonas de bungalows de lujo para occidentales a precios occidentales. Y una zona para autocaravanas que no nos acabó de convencer. Así que al final acabamos en el único camping de la zona, de muy mala clasificación pero que nos sacó del apuro de la ducha matutina con un agua caliente y potente. Agua caliente? Sí. Por suerte hemos pasado frío por las noches. Cargamos agua dulce y nos vamos. Antes nos hacemos unas fotos con algún camión de algún overlander que encontramos. De momento, los únicos en toda la aventura…

Nos vamos de Dakhla jurando que a la vuelta pararíamos a hacer kite. Ese tipo de promesas te animan por lo menos un rato. Pongamos que ese rato se corresponde con unos 20 kilómetros de carretera que te ahorras de estar mirando hacia el infinito. Nos quedaban 340 kilómetros hasta la frontera de Mauritania. Se suceden las horas. Una, dos, tres, cuatro… A lo largo de la quinta hora alcanzamos la frontera de Marruecos. La pasamos sin problemas con perro rastreador incluido. Los agentes se deben pensar todavía que estamos locos. Normalmente la gente se pone tensa cuando le meten el perro en la furgo. A nosotros nos encantó. Echamos de menos a Syncro (nuestro Border Collie) y eso se nota. Solo nos faltó hacerle mimos al perro policía.

Y salimos de Marruecos. Ahora falta atravesar una pista de enduro de unos 5 kilómetros para alcanzar la otra frontera, la mauritana. En esos cinco kilómetros de tierra de nadie, que se dice que están minados, hay cientos de coches abandonados, desguazados y quemados. Un panorama dantesco que no puedes imaginarte si no pasas por ahí. Increíble. La llegada a la frontera no es menos dantesca. Del orden desordenado de Marruecos se pasa al caos total. Aparcamos y al segundo aparece un tipo que dice trabajar allí. Nos pide los pasaportes, que no le damos ni por asomo. Este tipo de gente se hace pasar por agente de aduanas (aunque en nuestro caso vestía una camiseta blanca que no se había lavado en 7 semanas), te coge los pasaportes, te marea, te hace los trámites (los hace, eso sí) y después te pide dinero o no te da los pasaportes. Suerte que tenía la lección aprendida de la primera vez que visité Marruecos y no le dimos nada.

Tras una hora de ir de aquí para allá, de “hacernos pequeñitos”, como dice Claudia, delante de tanto uniforme militar, de no entender nada y de rellenar papeles ya entrábamos en Mauritania. Tuvimos que pagar un seguro para la furgo, pues la carta verde no cubre en este país. 20 euros, que al cambio son unos 7500 uquias, la moneda Mauritana. Curiosamente, una de las cosas que más ayuda a que los mauritanos se abran (también los marroquíes) es el tatuaje en árabe que llevo en el brazo. Les hace mucha gracia y los controles se pasan en segundos. Porque el tema de los controles es un mundo a parte. Te paran, te piden los pasaportes y la ficha técnica del vehículo. Te llevan a una garita y lo apuntan todo en un bloc enorme. Esto te rompe cualquier media porque hay un control cada 20km. La solución es fotocopiar el pasaporte y escribir el numero de matrícula y la marca de la furgo. Te paran, se lo das al gendarme de turno y sigues. Un truco muy útil.

Llegamos por fin a Nouadhibou, en el norte de Mauritania. En este país no hay campings, hay albergues. En ellos se puede dormir con la furgo dentro, pero los servicios son mínimos. Es lo que hay, así que toca adaptarse. Y lo hacemos muy rápidamente. Después de instalarnos vamos a cenar algo. Solo estaremos dos noches en Mauritania y queremos comer algo típico. El destino nos lleva al Restaurante Tako. Entramos y a los dos minutos llega el dueño. Se llama Luis y es un madrileño que lleva cinco años viviendo en esta ciudad de 80.000 habitantes. Nos empieza a sacar platos y más platos. Incluso ensaladas, que hace días y días que no comemos. Lo devoramos todo y estamos un buen rato hablando con él. Le regalamos una de las tres botellas de vino que llevamos y que nos regalaron nuestros amigos de Lokavore antes de partir. En la frontera nos lo querían requisar si no pagábamos 200DH. En Mauritania está prohibido el alcohol. Cuando el militar de la frontera nos invita a pagarle esa cantidad o se quedan el vino un “ok, no hay problema. El vino ya te lo puedes quedar” lo soluciona todo rápidamente. Al ver que no nos interesaba para nada quedarnos con el alcohol que llevábamos, que era la verdad, decide que por ser nosotros nos deja pasarlo. Pues perfecto. A Luis le dimos una alegría enorme…

Por la mañana conducimos rumbo a Nouakchott, la capital. Más carretera sin fin. Más desierto. Y, ahora sí, el calor hace acto de presencia. Estamos atravesando el Sahara. Que se note! Son 460km que hacemos en dos etapas, parando en la única sombra que hay en todo el recorrido: una gasolinera curiosa. A las 16.00 entramos en esta ciudad de 1 millón de habitantes en víspera de Ramadán y el caos se multiplica. Andamos buscando un albergue en el que nos dejen entrar con la furgo. Finalmente lo conseguimos. Auberge Menata se llama.

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Problemas con la conexión a internet nos impiden colgar más fotos…

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Hacia Mauritania sin prisas

Dejamos atrás Marrakech y ponemos rumbo a una de las mecas del Windsurf, ahora Kite surf: Essaouira. La carretera que sale de Marrakech no tiene la misma magia ni la espiritualidad que sí posee el centro de la ciudad. Es fea, con tráfico, sucia y calurosa. Pero recta y plana, algo que se agradece después de tantas subidas y bajadas que impone la falda del Atlas. Poco a poco vas dejando atrás la modernidad del norte de Marruecos para encontrar algo, aunque sea por unos pocos kilómetros, de la esencia de Marruecos. Los potentes coches de lujo dejan paso a los burros cargados hasta los topes y tirando de un carro que en todos los casos se han fabricado con trozos de metal reutilizados.

También queda atrás, por el momento, el calor. A medida que alcanzas la costa la temperatura cambia considerablemente. Y el viento aumenta exponencialmente. La verdad es que se agradece. A mitad de camino lo que era una carretera nacional llena de parches y gente se convierte en una especie de autovía desierta por la que apenas circula nadie. Nosotros mantenemos nuestro ritmo. Unos 80km/h de marcador que, de momento, nos llevan a todas partes sin prisas pero sin pausas. Da igual que sea subida o bajada. La velocidad es la misma. No tenemos prisa. Aquí nadie tiene prisa.

En un par de horas alcanzamos Essaouira. Pero antes nos sorprende una cooperativa femenina dedicada a la fabricación de aceite de Argán. Aquí el Argán está por todas partes. El árbol, claro está. Y se aprovecha el tirón comercial que posee actualmente todo lo fabricado con Argán para conseguir unos Dirham. Decidimos parar a echar una ojeada y la decisión no puede ser mejor. Nos enseñan no solo el fruto del que se extrae el aceite, sino todo su proceso de fabricación y el de sus derivados: cremas cosméticas, mascarillas de pelo, champú, gel de baño, aceite para cocinar, pasta para untar… Esta cooperativa da trabajo a 60 mujeres que descascarillan, pelan, tuestan, machacan, calientan y hacen todo lo necesario con sus manos para conseguir finalmente que alguien disfrute del aceite de Argán.

Con una sensación de haber hecho las cosas bien al ayudar con la compra de algún producto a lo que nos pareció un gran avance en la lucha por los derechos de las mujeres en Marruecos, seguimos camino hasta entrar en Essaouria. Por el camino encontramos varias cooperativas más de mujeres dedicadas a la producción de aceite de Argán. Lo que pensábamos que era algo único pierde parte de su encanto al ver que es un gran negocio en esta zona. Pero, la verdad, nos da igual…

Essaouria no es grande, pero sí que es turística. Ya no es la meca que los windsurfistas encontraron hace décadas tranquila y bohemia y que aparece en todas las guías como una ciudad imprescindible de visitar. Sí que es cierto que posee un aire especial, que puedes pasear sin que nadie te moleste, que la Medina posee un punto de decadencia que la hace muy agradable. Pero hay algo que llama la atención: las cientos de tiendas que hay por la zona comercial no están muy abiertas a regatear y eso aquí es muy extraño. Puede ser por que los rusos han llegado hasta aquí con sus pulseras “todo incluido” y sus bolsillos bien llenos a través de buses lanzaderas desde Agadir. “Si no lo compras tú por 15DH, quizás lo compren ellos por 50”, deben pensar. No vamos a culparles. Aquí todos somos turistas y, unos más y otros menos, todos tenemos dinero para gastar.

Comemos. Es algo de lo que no hemos hablado todavía. En Marruecos la gran mayoría come fuera de casa. Es muy barato incluso para los marroquíes. Aquel dicho tantas veces usado para justificar un gasto extra de “es más barato comer fuera que en casa” aquí es cierto. Si buscas un poco encuentras menús completos por 35DH (menos de 3,40 euros). Y la comida es buena, aunque por ese precio olvídate de langosta y exquisiteces similares, claro. Y haces relaciones sociales y observas costumbres diferentes, como por ejemplo dar el pan sobrante a la mesa de al lado cuando tu ya has acabado de comer.

Después de comer damos una vuelta por el puerto de pescadores. Queremos hacer algunas fotos a las gentes que allí trabajan, pero siguen con su negativa a ser retratados. Es ver una cámara que les apunta y empezar a recriminarte. Duro trabajo el de Claudia por estos lares…

Agadir nos espera. Nos despedimos de Essaouria, con sus playas abarrotadas de gente, por una carretera que va bordeando la costa para después saltar al interior y volver al océano a falta de pocos kilómetros para llegar a nuestro destino.

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Medio día en la Plaza Jamaa el Fna.

Marrakech posee una luz de misterio desde que sale el sol. Te despiertas relativamente pronto y ya notas ese calor especial que te acompaña a la que te alejas de la costa. Empiezas a sudar cuando mueves un dedo y ya no paras hasta que te vas a dormir. Y sigues sudando. Pero quejarse es de débiles. Y con una piscina en el camping no hay queja posible…

Primero un desayuno abundante (lo de “petit” dejeuner debe ser una broma). Y después, bañador y al agua. La mejor manera de quitarte el sudor: nadar, hablar en remojo, relajarse en la piscina. Un pequeño parón para la tarde que nos espera y que empieza a las 13.30h cogiendo uno de los buses de línea regular que pasa por delante del camping y que tiene parada… donde se quiera. Así que lo paramos y nos subimos a él. 14DH (unos 1,4 euros) por los dos para hacer unos 20km y con parada a escasos metros de la plaza Jamaa el Fna

Una vez en Marrakech nos acercamos a ver el ambiente. A esas horas no hay mucho que ver. Algunos carros de zumo de frutas, las tiendas de souvenirs, mujeres que decoran con henna y poco más. Bueno sí: sol y calor. Un sol abrasador. De camino a la plaza más famosa de Marruecos te encuentras lugares donde comer. Lugares donde nunca te pararías ni siquiera a mirar si lo tuyo es el hotel de cinco estrellas y no eres muy dado a probar cosas nuevas. Sitios donde solo hay lugareños. Sitios de esos de pensar que si ellos comen allí, malo no debe ser. Así que decidimos dar marcha atrás y refugiarnos en un auténtico puesto de comidas callejero, una especie de bar que en nuestro país no recibiría ni el calificativo de antro. Nos acomodamos en unas sillas frente a una mesa mugrienta y llena de huesos de pollo. Un trapo para tirarlos al suelo y ya está lista. Pedimos dos tahin que en principio debían ser vegetales pero que tenían trozos de carne por todas partes. El vegetarianismo en África es complicado…

Las raciones, servidas en el típico cono y calentadas en brasas, son más que generosas. Nos fijamos en cómo comen los que allí están sentados. Un trozo de pan y a remojarlo. Los dedos sumergidos en el caldo que acompaña a las patatas, las legumbres, la cebolla, el tomate y algo más. Y a la boca. A los turistas nos traen cubiertos, pero a un amante del pan (como yo) le parecerá una muy buena opción para darse un atracón. El veredicto final: increíblemente delicioso. Nunca se debe perder la oportunidad de probar las comidas de sitios así.

Con la panza llena las cosas se ven… igual pero con la panza llena. El calor sigue ahí. El sol, también. Y la gente. Y los caballos con sus carros. Y como no los vendedores de souvenirs, los carros de zumos de fruta y las mujeres que decoran con henna. Aún tiene poco que ver con el movimiento que te espera pocas horas después. Si quieres matar el tiempo puedes adentrarte en la Medina, pero sigue haciendo calor y los vendedores te agobian. No puedes relajarte ni un segundo a mirar nada porque ya los tienes encima con un “barato, 5DH”. Salimos. Nos sentamos en un bar a esperar.

Una espera que se ve recompensada a las 18.15h cuando aparecen, de golpe y por sorpresa, una marabunta de carritos de color verde. Son los que montan las paradas de comida para la cena. El movimiento aumenta. Subir a una de las terrazas-mirador es una muy buena opción para verlo todo en perspectiva. Unas escaleras separan el suelo de la plaza de una de estas terrazas donde la consumición es obligatoria incluso antes de acceder a ellas. No vemos a nadie, así que pasamos y nos sentamos. Ahora sí que se observa la habilidad de los marroquíes para montar estructuras y cambiar el paisaje que tienes delante en un abrir y cerrar de ojos. En tan solo 30 minutos montan una especie de mini barrio lleno de puestos de comida (esta vez sí, callejeros). Es como una feria de cualquier ciudad española, pero en vez de necesitar dos días ésta se monta y se desmonta en minutos (Tras las fotos encontraréis un vídeo para que lo veáis).

Entre aguas frías que se calientan en minutos y tés con menta que se mantienen calientes hagas lo que hagas, van pasando las horas hasta que la noche abraza toda la plaza. Ese momento es mágico. Las luces se encienden y el humo de las parrillas lo envuelve todo. Volvemos a la calle. Hay mucha gente. Mucha. Adentrarse en esa feria diaria de la comida callejera es un tanto pesado. No puedes dar dos pasos sin que alguno de los “cazadores de clientes” te moleste invitándote a su garito. Cuando averiguan tu nacionalidad empieza la retahíla de frases típicas como : más barato que en el Mercadona de Valencia, Barcelona bona si la bossa sona, adeu Andreu y cosas por el estilo, incluido el omnipresente Barça. Tenemos suerte de que por aquí corre mucho español. El tema de los rusos aún no lo tienen controlado y pretenden convencerles para que se sienten en sus bancos al grito de “Kalasnicov!”. Evidentemente, no tienen el mismo éxito que con nosotros. Una risas y accedemos a uno de esos chiringuitos.

La carta es completa: brochetas, patatas fritas, berenjenas y algo así como “cena” y “pimienta”, que no es otra cosa que la traducción vía google de palabras como “soup” o “pevre”. Así que lo correcto sería “sopa” y “pimientos”. Otra de esas cosas que te sacan una sonrisa de esta gente tan amable y alegre. La carne, según Claudia, no es nada del otro mundo. Solo se salva el pollo, algo contrastado ya de las dos veces que lo ha probado. El resto, seco y sin gusto. Yo opto por unas berenjenas con pimientos y patatas. Buenísimo no estaba, pero se podía comer. A la hora de pagar, sorpresa. 135DH por una comida mala y rápida. No nos convence…

Para volver al camping ya no hay autobús. El último sale a las 20.30 y son las 21:30. Negociamos el precio con un taxi para que nos acerque hasta nuestro alojamiento. Quedamos en 60DH tras ser espectadores de excepción de las discusiones entre los propios taxistas. Nos subimos al coche con uno de ellos. Antes de salir de la ciudad para en el arcén. “Voy a hacer un truco” nos comenta. Arranca dos hojas del manual de usuario del coche. Se baja. Quita el letrero de Taxi del techo del coche y lo deja en el maletero. Abre la puerta. Coge las hojas arrancadas del manual y un poco de cinta aislante. Tapa con ellas la palabra “Taxi” de los laterales del coche. Se sube y continuamos. No nos explica nada, sino que intenta cambiar de tema diciéndonos que ahora se pone el cinturón de seguridad porque salimos de la ciudad. Quizás piensa que no nos hemos dado cuenta de lo que acaba de pasar. Los “petit taxi” como este en el que vamos sentados no pueden salir de la ciudad con pasaje. Por eso ha tapado y quitado todos los indicativos. Finalmente llegamos al camping. Le damos un billete de 200DH y nos devuelve 130. “Habíamos pactado el precio en 60DH, no en 70” le digo. Como si oyera llover. Empieza a hablar en árabe y yo en catalán. Cerramos la puerta y vemos como se aleja de nuevo hacia la ciudad con los papeles aún en las puertas y 10DH de más en su bolsillo. Por lo menos la furgo nos espera, paciente y acalorada, dispuesta a darnos cobijo una vez más.

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Seguimos por Marruecos

Parece que le hemos cogido el gusto a este país. El carácter y el comportamiento de la gente ha cambiado mucho. Ya no llevas una docena de niños y jóvenes detrás, gritando que les des algo por enseñarte la dirección correcta cuando te has perdido, pidiendo un regalo por el simple hecho de ser extranjero, intentándote timar a la que te despistas. Todo eso, de momento, se ha acabado.

Lo pudimos comprobar en Fes. Solo llegar a la ciudad nos asaltó un hombre en moto al grito de: “camping? camping?” a lo que le dijimos que sí. Nos acompañó hasta la puerta del camping y no nos pidió nada a cambio. Primera sorpresa. Después, en la visita a la Medina de la ciudad, tranquilidad total. Es cierto que íbamos con un guía oficial (mujer), pero es que en ningún momento nos molestaron para nada. Así pudimos disfrutar de la visita… y del calor.

Fuimos a Fes a visitar la zona de los curtidores y a tirar algunas fotos desde las terrazas. Pero esta vez incluso pudimos acceder a la zona donde trabajan las pieles para sentir, ni que fuese por un momento, lo que ellos viven cada día.
Evidentemente lo primero que llama la atención es el olor. Es soportable si estás concienciado de adonde vas. Pero si se es un poco impresionable lo puedes llegar a pasar muy mal. Disfrutar del momento es lo mejor que puedes hacer. Y si ves orejas por el suelo, pezuñas, trozos de animal difíciles de identificar o se te manchan los pies de ese líquido mezcla de sangre, tinte, agua y cal pues no pasa nada…

Tras la visita y con un calor insoportable que te deja grogui te puedes ir a pasear por la zona que los oriundos llaman el centro. Fes está dividida en tres grandes barrios: la Medina del siglo VIII (que a su vez se divide en dos), la zona nueva (que era del siglo XIII) y el centro que es del siglo XX. Allí se puede cenar. Pero olvídate de los platos típicos árabes. A los marroquíes les gusta comer platos de otros países. Dicen que sus comidas típicas las cocinan cada día en casa y que si sales a un restaurante no vas a comer lo mismo que en tu casa, no? Así que una crepe, una tortilla, una pizza o un panini es lo que puedes encontrar. Los restaurantes de comidas típicas son para turistas… Después de la cena, un taxi te llevará al camping. No hay que negociar nada. Los taxis de las ciudades llevan taxímetro. 14 dirhams del centro al camping, que estaba como decía nuestra guía “en el culo del mundo”.

A la llegada al camping, sorpresa en forma de boda marroquí. Todo muy kitsch y muy jolgorioso. Hasta las 2.30 de la mañana no pudimos dormir…

Nos despertamos bien pronto para ir a Rabat fresquitos a gestionar el visado de Mauritania en su embajada. No nos hizo falta pues el calor no apareció en todo el día. Llegamos a las 11h a la puerta de la embajada después de atravesar todo Rabat con un tráfico increíblemente denso y un tanto caótico. Solo llegar nos aborda un hombre: “corred, corred! Van a cerrar las puertas! Tenéis que pedir el” formulier” y hacer una “fotocopí”! Entramos a la zona de visados, pedimos el “formulier” y… Se pas de formulier. Nuestras caras de no entender nada, de ir perdidos y de pensar que tendríamos que volver al día siguiente hizo que el funcionario mauritano se apiadara de nosotros y nos diera un formulier para hacer fotocopís. Corriendo nos fuimos a la busca de algún lugar donde nos hicieran la fotocopia. Lo encontramos. Pero no funcionaba la fotocopiadora (this is Africa). Así que a buscar otro lugar. Lo encontramos de nuevo. Un locutorio con cinco cabinas de teléfono todas ellas averiadas. Pero con una fotocopiadora funcionando.

Ya con los papeles fotocopiados, las fotos y los pasaportes nos volvimos a la embajada pensando que habrían cerrado. Pero no. Al funcionario le caímos bien y esperó a que llegásemos para cerrar la garita. Nunca sabremos si fue por casualidad o por esa extraña simpatía que sintió hacia nosotros, pero nosotros queremos pensar que fue por esto último. A la hora de pagar, otra sorpresa. No teníamos suficiente dinero y se impuso otro sprint al cajero más cercano. Y el funcionario, esperando. Todo eso se lo cobró después. ya veréis porqué.

Una vez todo entregado nos dio un papel con dos números y nos dijo que los visados estarían el mismo día a las 16h en punto. Lo recalcó un par de veces. Así que nos fuimos a comer. Nos sobraban 4 horas para recoger los visados. A las 4 menos 20 de la tarde ya estábamos en la puerta de la embajada (muy europeos nosotros…). Pero claro, esto no funciona así. Se abría la puerta, se entregaban diez visados según el orden de ese papelito que hemos comentado antes y se cerraba la puerta. Pero no se cerraba cinco minutos. Ni diez. Ni media hora siquiera. Se cerraba más de una hora cada vez. Se volvía a abrir, accedía Claudia con los números (recordad que las mujeres no hacen colas) y siempre la misma respuesta: “pas encore”. A esperar a la siguiente tanda. Así fueron pasando las horas hasta que finalmente a las 20h lo conseguimos. 8 horas de espera que pasamos entre la furgo, charlas con otros que también esperaban, fotos… Lo dicho, this is Africa.

No contentos con todas las horas de espera, decidimos intentar llegar a dormir a Marrakech. 360km a ritmo de T3 Syncro. O sea, mas de cuatro horas más una hora extra para encontrar el camping. Un camping, eso sí, espectacular. Llegamos a la puerta a la 1.30 de la madrugada y el dueño nos abrió no sin antes decirnos “pero… sabéis qué hora es?! Unas risas y a dormir.

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Volkswagen donará más de 10.000 euros!!!!

Volkswagen Vehículos Comerciales nos ha vuelto a sorprender dando a conocer la cuantía final del dinero recaudado para Breast Care International y sus hospitales Pace & Love. ¡¡10.310 euros!!

Nosotros como embajadores de esta ONG seremos los encargados de hacer la entrega simbólica de esta cantidad una vez lleguemos a Ghana, donde tenemos prevista la llegada en agosto. Evidentemente, NO LLEVAREMOS EL DINERO CON NOSOTROS, sino que Volkswagen Vehículos Comerciales realizará una transferencia internacional desde España a favor de Breast Care International.

La recolecta se llevó a cabo el pasado fin de semana del 14, 15 y 16 de junio durante la celebración de la 10ª Concentración FurgoVolkswagen que se celebró en Sant Pere Pescador, en las instalaciones del Camping La Ballena Alegre. Allí Volkswagen Vehículos Comerciales organizó un mercadillo solidario con precios populares y donó 10 euros por cada una de las furgonetas inscritas en la concentración.

En total 10.310 euros que ayudarán a luchar contra el cáncer en África. Estamos muy contentos y orgullosos de la generosidad de Volkswagen Vehículos Comerciales por habernos ayudado a lograr este sueño. Sin ellos, su esfuerzo y su pasión, no hubiese sido posible. Os lo hemos agradecido muchas veces, pero no nos cansaremos nunca de hacerlo. Así que… GRACIAS!!!

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Ya es oficial! Volkswagen Vehículos Comerciales apoya a 10fronterasfotofurgo!

Leed esto atentamente: Volkswagen Vehículos Comerciales y 10fronterasfotofurgo irán de la mano por el oeste de África y recaudarán fondos para el cáncer de mama en Ghana. Hemos estado esperando este momento hasta hoy y ahora ya podemos decir que es oficial. Volkswagen nos apoya!!!

Esta es la nota de prensa que la marca ha enviado a los medios:

La 10ª FurgoVolkswagen es el punto de partida para la recaudación de dinero con un mercadillo solidario y la aportación económica de Volkswagen Vehículos Comerciales por cada furgo que se acerque a la foto de grupo

Un periodista y una fotógrafa recorrerán más de 20.000 kilómetros a lo largo de 11 países a bordo de una Volkswagen Transporter T3 Syncro del año 1988

Once países para visitar, diez fronteras para cruzar, dos aventureros y una Volkswagen Transporter T3 Syncro como medio de transporte y vivienda. Estos son los elementos que resumen “10fronterasfotofurgo”, un proyecto solidario en el que Volkswagen colabora recaudando fondos para apoyar la lucha contra el cáncer en África a través de los hospitales Peace & Love. La 10ª FurgoVolkswagen será así el punto de partida de este viaje que además tiene como objetivo acercar la situación de las zonas más desconocidas de los países del noroeste de África. Para ello cuentan con una furgoneta muy robusta a pesar de su antigüedad, capaz de transitar por caminos y superficies de todo tipo.

Claudia Maccioni, fotógrafa de 31 años, y José Ramón Puig “Koke”, periodista de 39, se subirán a la Transporter T3 Syncro el 28 de junio en Barcelona dispuestos a recorrer durante tres meses más de 20.000 kilómetros por el oeste de África. Marruecos será su puerta de entrada a África, para luego cruzar Mauritania, Senegal, Gambia, Guinea Bissau, Guinea Conakry, Costa de Marfil, Burkina Faso, Ghana y Togo hasta llegar a Benín.

La 10ª FurgoVolkswagen será el punto de partida para la recaudación de fondos. Volkswagen Vehículos Comerciales ha querido apoyar una acción solidaria orientada a apoyar la lucha y prevención del cáncer en África, una enfermedad muy extendida en el continente y la primera causa de mortalidad allí. Volkswagen organizará un mercadillo solidario para que todos los fans de las furgos que quieran colaborar con esta iniciativa lo puedan hacer, y hará aportaciones económicas por cada furgo que se acerque a hacer la foto de familia en la concentración. El dinero que se recaude irá íntegramente destinado a un proyecto en Ghana, a través de la ONG Breast Care Ghana, que centra sus esfuerzos en la lucha contra el cáncer de mama a través de sus hospitales Peace&Love.

El cáncer es una de las grandes desconocidas en África. Según los últimos estudios de la OMS, la enfermedad mata más gente que la malaria y el VIH juntos y se ha convertido en una carga inasumible para los países en vías de desarrollo. Claudia, que ha superado un cáncer de mama, quiere reflejar la realidad de las mujeres que padecen esta enfermedad en este país africano.

El viaje transcurrirá por las zonas menos turísticas, buscando la verdadera esencia de los poblados y gentes autóctonas de cada zona. Con Claudia detrás de la cámara de fotos y José Ramón como redactor, realizarán distintos reportajes para plasmar de forma cercana la realidad social de todos estos países.
El progreso del proyecto “10fronterasfotofurgo” se puede seguir en la red a través del blog https://10fronterasfotofurgo.wordpress.com, donde Claudia y José Ramón informan con regularidad del estado de la aventura. También tienen presencia en Facebook, Twitter, Instagram y Youtube.

Una T3, la furgoneta solidaria

La elección de una Volkswagen Transporter T3 Syncro de 1988 responde a cuestiones prácticas y de versatilidad. Su fiabilidad y prestaciones en la conducción por cualquier tipo de carretera o camino y su uso como vivienda al mismo tiempo la hacen muy atractiva a la hora de afrontar cualquier reto. Además, este modelo se asocia a un espíritu de libertad, aventura y pasión que caracteriza a los dos integrantes del viaje.

La T3 Syncro utilizada es un modelo exclusivo. Solo se fabricaron 43.468 unidades en todo el mundo y 5.848 de este modelo en concreto (panelado). Ha recibido modificaciones como un motor TDI de 90 CV y nuevos amortiguadores Trail Master de gran capacidad de carga. Además se han instalado faros frontales de largo alcance y dos bacas portaequipajes en el techo. En el interior, los viajeros contarán con cocina de gas, nevera, calefacción estacionaria, cama doble tanto en la zona inferior como en la superior, iluminación por LEDs, doble placa solar y aislantes térmicos, entre otros equipamientos.

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Vídeo de presentación de nuestra aventura

Aquí tenéis un vídeo que podría ser uno más. Pero no. Éste es especial. Nos lo pasamos en grande haciéndolo. Y nos ha gustado mucho el resultado. Muchísimo! Es la presentación de la aventura, del proyecto de 10fronterasfotofurgo. Y el estreno de nuestro canal de Youtube. Ferran y Cris, de Swingyourpics, se encargaron de crearlo. Risas, repeticiones, tomas, descargas, montaña, tranquilidad, cena… Un fin de semana para recordar!
Muchas gracias a los dos. Sois los mejores!!!

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Ya tenemos los billetes de ferry. Embarcamos el 28 de junio!!

A pocos meses del inicio de la aventura los temas deben ir cerrándose para que no se acumulen. Uno de los que teníamos abiertos era los billetes de ferry para cruzar hasta Marruecos. Habíamos pensado en bajar por carretera hasta Algeciras y allí cruzar el estrecho. Otra opción era aprovechar la ruta de GNV que para en Barcelona y nos deja en Tánger. Una vez mirados los precios de las dos opciones, la gasolina, el tiempo necesario para llegar a Algeciras, el cansancio acumulado ya desde la primera jornada, etc, decidimos embarcarnos directamente en Barcelona y empezar el viaje desde casa.

Así que nos sentamos delante del ordenador y empezamos a buscar los billetes: que si este es muy caro; que si este otro no tiene fechas; que si aquel no tiene butacas libres; que si el de más allá sólo tiene camarotes compartidos… Finalmente y con la ayuda financiera de Montse, la tía de Claudia, nos hicimos con dos pasajes en suite matrimonial (¿?) para embarcar el día 28 de junio a las 9 de la mañana en Barcelona y llegar a Tánger 31 horas después… ¿La vuelta? No tenemos fecha de regreso…

Ahora queda terminar la preparación de la furgo, cerrar el acuerdo con algún patrocinador (si fuese posible) y anunciar el compromiso de publicación de la aventura con una de las revistas especializadas en todo terreno más importante de nuestro país.

Pero lo que sin duda ha servido para darnos cuenta de que nos vamos sí o sí es la compra de los billetes y el tener fecha de partida. Esto va tomando forma y no hay quien lo pare…!

Mome, de nou moltissimes gràcies per tot!!

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