Essaouira

Hacia Mauritania sin prisas

Dejamos atrás Marrakech y ponemos rumbo a una de las mecas del Windsurf, ahora Kite surf: Essaouira. La carretera que sale de Marrakech no tiene la misma magia ni la espiritualidad que sí posee el centro de la ciudad. Es fea, con tráfico, sucia y calurosa. Pero recta y plana, algo que se agradece después de tantas subidas y bajadas que impone la falda del Atlas. Poco a poco vas dejando atrás la modernidad del norte de Marruecos para encontrar algo, aunque sea por unos pocos kilómetros, de la esencia de Marruecos. Los potentes coches de lujo dejan paso a los burros cargados hasta los topes y tirando de un carro que en todos los casos se han fabricado con trozos de metal reutilizados.

También queda atrás, por el momento, el calor. A medida que alcanzas la costa la temperatura cambia considerablemente. Y el viento aumenta exponencialmente. La verdad es que se agradece. A mitad de camino lo que era una carretera nacional llena de parches y gente se convierte en una especie de autovía desierta por la que apenas circula nadie. Nosotros mantenemos nuestro ritmo. Unos 80km/h de marcador que, de momento, nos llevan a todas partes sin prisas pero sin pausas. Da igual que sea subida o bajada. La velocidad es la misma. No tenemos prisa. Aquí nadie tiene prisa.

En un par de horas alcanzamos Essaouira. Pero antes nos sorprende una cooperativa femenina dedicada a la fabricación de aceite de Argán. Aquí el Argán está por todas partes. El árbol, claro está. Y se aprovecha el tirón comercial que posee actualmente todo lo fabricado con Argán para conseguir unos Dirham. Decidimos parar a echar una ojeada y la decisión no puede ser mejor. Nos enseñan no solo el fruto del que se extrae el aceite, sino todo su proceso de fabricación y el de sus derivados: cremas cosméticas, mascarillas de pelo, champú, gel de baño, aceite para cocinar, pasta para untar… Esta cooperativa da trabajo a 60 mujeres que descascarillan, pelan, tuestan, machacan, calientan y hacen todo lo necesario con sus manos para conseguir finalmente que alguien disfrute del aceite de Argán.

Con una sensación de haber hecho las cosas bien al ayudar con la compra de algún producto a lo que nos pareció un gran avance en la lucha por los derechos de las mujeres en Marruecos, seguimos camino hasta entrar en Essaouria. Por el camino encontramos varias cooperativas más de mujeres dedicadas a la producción de aceite de Argán. Lo que pensábamos que era algo único pierde parte de su encanto al ver que es un gran negocio en esta zona. Pero, la verdad, nos da igual…

Essaouria no es grande, pero sí que es turística. Ya no es la meca que los windsurfistas encontraron hace décadas tranquila y bohemia y que aparece en todas las guías como una ciudad imprescindible de visitar. Sí que es cierto que posee un aire especial, que puedes pasear sin que nadie te moleste, que la Medina posee un punto de decadencia que la hace muy agradable. Pero hay algo que llama la atención: las cientos de tiendas que hay por la zona comercial no están muy abiertas a regatear y eso aquí es muy extraño. Puede ser por que los rusos han llegado hasta aquí con sus pulseras “todo incluido” y sus bolsillos bien llenos a través de buses lanzaderas desde Agadir. “Si no lo compras tú por 15DH, quizás lo compren ellos por 50”, deben pensar. No vamos a culparles. Aquí todos somos turistas y, unos más y otros menos, todos tenemos dinero para gastar.

Comemos. Es algo de lo que no hemos hablado todavía. En Marruecos la gran mayoría come fuera de casa. Es muy barato incluso para los marroquíes. Aquel dicho tantas veces usado para justificar un gasto extra de “es más barato comer fuera que en casa” aquí es cierto. Si buscas un poco encuentras menús completos por 35DH (menos de 3,40 euros). Y la comida es buena, aunque por ese precio olvídate de langosta y exquisiteces similares, claro. Y haces relaciones sociales y observas costumbres diferentes, como por ejemplo dar el pan sobrante a la mesa de al lado cuando tu ya has acabado de comer.

Después de comer damos una vuelta por el puerto de pescadores. Queremos hacer algunas fotos a las gentes que allí trabajan, pero siguen con su negativa a ser retratados. Es ver una cámara que les apunta y empezar a recriminarte. Duro trabajo el de Claudia por estos lares…

Agadir nos espera. Nos despedimos de Essaouria, con sus playas abarrotadas de gente, por una carretera que va bordeando la costa para después saltar al interior y volver al océano a falta de pocos kilómetros para llegar a nuestro destino.

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